EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

SERMÓN 23 SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES


I. CONTEXTO DEL VERSO: EL REY ME LLEVÓ A SUS BODEGAS. SALTAREMOS DE GOZO Y NOS REGOCIJAREMOS, RECORDANDO TUS PECHOS MEJORES QUE EL VINO. EXHORTACIÓN A LOS PRELADOS PARA QUE RECUERDEN QUE SON PADRES.-  El Rey me llevó a su bodega. De ahí salen sus perfumes, hacia allí hay que correr. Había dicho que se debe correr y con qué apoyo, pero no hacia dónde. Se ha de correr a las bodegas y al olor que de ellas emana. La esposa con su delicado olfato se ha apercibido del aroma, y anhela que le introduzcan allí en lo más íntimo. ¿ Cómo debemos imaginarnos esas bodegas? Pensemos de momento en esos departamentos que posee el esposo y difunden aromas, porque están cargados de perfumes desbordantes de delicias. Aquí se ha seleccionado, para conservarlo, todo lo más exquisito del huerto y de los campos. Aquí vienen todas corriendo. ¿Quiénes? Las que se mantienen fervientes en el espíritu. Corre la esposa, corren las doncellas. Pero la que ama más fervientemente corre más y llega la primera. Al llegar se siente incapaz de soportar, no ya el rechazo, sino la misma demora del esposo. Le abre al punto, como a una de casa, porque la ama apasionadamente con un amor extraordinario y singularmente grato.
 ¿Y las doncellas? Le siguen de lejos: son débiles y no pueden correr con la misma devoción y ansiedad junto a la esposa, y mucho menos emular su afán y su fervor. Por eso llegan tarde y esperan fuera. Mas es amor de la esposa no descansa, ni como suele suceder, se engalla por sus éxitos hasta olvidarlas. Al contrario, las consuela y las exhorta a la paciencia, para que lleven con calma su repulsa y su ausencia. También les comunica el gozo que experimentó, con el único objeto de que se congratulen con ella y esperen confiadas que también accederán al mismo favor que alcanzó su madre.
 No se preocupa de alcanzar mayores ventajar, y olvidarlas. Ni cree que su bien particular las perjudique. A pesar de que se ha separado de ellas por la prerrogativa de sus méritos, las acompañará siempre con su amor y con solícita preocupación. Al fin, ella debe imitar a su esposo, que sube a los cielos y promete que estará por los suyos en la tierra hasta la consumación de los siglos. Lo mismo hace ésta: por mucho que progrese, por grande que sea el honor al que la eleven, con su solicitud, su previsión y su afecto las llevará en sus entrañas, y no se alejará de ellas, porque las engendró en el Evangelio.
 Por eso las consuela: "Alegraos, confiad. El Rey me llevó a su alcoba. Pensad que a vosotras también os ha llevado. Parece que he entrado yo sola; pero esa soledad no me sirve de nada. Todas mis ventajas serán siempre vuestras: para vosotras progreso, con vosotras compartiré todo lo mejor de mis méritos". ¿Quieres cerciorarte de que les habló en este sentido y con estos sentimientos? Escucha lo que ellas respondieron: "Saltaremos de gozo y nos regocijaremos contigo". "Contigo", dicen, "saltaremos y nos alegraremos, porque aún no podemos hacerlo por nosotras". Y añaden: "Recordando tus pechos", esto es: "Esperaremos tranquilas hasta que vuelvas a nosotras con tus pechos exuberantes. Nosotras confiamos saltar de gozo y nos regocijaremos entonces, recordando mientras tanto tus pechos". Lo que sigue: "Superiores al vino", significa que ellas, debido a la imperfección de sus deseos sensuales, asignados al vino, aún se dejan llevar de sus recuerdos, pero los vencerán por la evocación de su pletórico encanto, que ya han experimentado, porque brota abundante desde sus pechos. Diría "de" sus pechos, pero recuerdo que de esto ya hablé bastante.
 Puedes comprobar así cómo presumen de su madre, cómo consideran suyas su riqueza y sus alegrías, consolándose de su ofensivo rechazo, porque ella ha sido introducida. No se fiarían si no conociesen a su madre. 
 Escuchen esto los prelados que prefieren siempre que sus súbditos les teman, pero no servirles. Aprended los que juzgáis la tierra. Entended bien que debéis ser madres y no señores. Intentad que os amen, no que os teman: cuando haya que recurrir a la severidad, ésta sea paternal no tiránica. Mostraos como madres, alentando; como padres, corrigiendo. Sed mansos, deponed toda dureza, no uséis el látigo, mostraos entrañables; que vuestros pechos desborden la dulzura de la leche, y no se hinchen de soberbia. ¿Por qué echáis sobre sus espaldas vuestro pesado yugo, cuando debéis llevar vosotros sus cargas? ¿Por qué vuestro niño mordido por la serpiente, rehúye confiarse al sacerdote, cuando más bien debía recurrir a él como al regazo de su madre? Vosotros, si sois hombres de espíritu, corregid con blandura, pensando cada uno en sí mismo, porque puede ser tentado. De lo contrario morirá por su culpa y a él se le pedirá cuenta de su sangre. Pero ya hablaremos de eso. 
II. SOBRE EL HUERTO, LA BODEGA Y LA ALCOBA DE LAS DIVINAS ESCRITURAS; Y EL PRIMER LUGAR SOBRE EL HUERTO DE LA TRIPLE HISTORIA.- Ahora, como ya está claro el contexto literal por todo lo que hemos expuesto, veamos cómo debemos entender el sentido espiritual de las bodegas. En el contexto se mencionan el huerto y la alcoba y los trato ahora entremezclados con las bodegas, asociándolos en este comentario: si se exponen juntos se esclarecen mejor entre sí. Si os parece bien, nos informaremos en las santas Escrituras sobre estas tres realidades: el huerto, la bodega y la alcoba. Porque el alma que tiene sed de Dios, vive y se asienta con gusto en ellas, sabiendo que ahí encontrará sin duda a aquel por quien suspira. De esta manera el huerto será la pura y simple historia, la bodega el sentido moral y la alcoba será el misterio de la contemplación espiritual.
 No sin razón he pensado que el huerto puede ser interpretado en sentido histórico. Aquí se encuentran los hombres virtuosos, como árboles fértiles en el huerto del esposo y en el paraíso de Dios, de cuyas obras rectas y honestas puedes tomar otros tantos ejemplos como frutos. ¿Dudará alguien que el hombre recto es como una plantación de Dios? Escucha lo que canta David a propósito del hombre justo: Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Escucha a Jeremías ensalzándolo casi con las mismas palabras: Será un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Escucha a Jeremías ensalzándolo casi con las mismas palabras: Será un árbol plantado junto al agua, arraigado junto a la corriente, cuando llegue el bochorno no se secará. Y también el Profeta: El justo crecerá como palmeras, se alzará como cedro del Líbano. Y de sí mismo: Yo, como verde olivo en la casa de Dios.
 El huerto es, pues, la historia, en tres partes. Abarca la creación del cielo y de la tierra, la reconciliación y la reparación. La creación es como la siembra y la plantación del huerto; la reconciliación, como el germinar de las semillas y de los árboles. En el momento oportuno, cuando destilaron los cielos el rocío y derramaron las nubes al Salvador, se abrió la tierra y brotó la salvación, por la que se reconciliaron el cielo y la tierra. Porque él es nuestra paz, que de  dos pueblos hizo uno, para reconciliar con su sangre lo terrestre  lo celeste. Por su parte, la reparación tendrá lugar al fin de los siglos: entonces veremos un cielo nuevo y una tierra nueva, y se cosecharán los buenos de entre los malos, como fruto de un huerto, para conservarlos en la despensa de Dios. Aquel día, así está escrito, el vástago del Señor será joya y gloria, fruto exquisito de la tierra. Tienes así las tres etapas, según el sentido histórico del huerto. 
III. SOBRE LAS TRES ETAPAS DE LA DOCTRINA MORAL, QUE SON LA DISCIPLINA, LA NATURALEZA Y LA GRACIA.- Igualmente, en el sentido moral hay que distinguir tres aspectos: como si fueran tres bodegas en una sola. Quizá por eso se mencionan las bodegas en plural, y no "la bodega", pensando en el número de bodegas. Pero dirá la esposa que fue llevada a la bodega del vino. Y ya que leemos: Instruye al docto y será más docto, podemos servirnos de la palabra con que el Espíritu Santo quiso llamar a esta bodega, para llamar a las otras dos: bodega de los aromas y bodegas del perfume. Después veremos la razón de estos nombres. De momento, no olvides que en el esposo encontrarás toda la salvación, todo lo más agradable; el vino, los perfumes  y el aroma. Según la Escritura el vino alegra el corazón del hombre. Pero también puedes leer que el aceite da brillo a su rostro y con él se combinan especias colorantes para darle el perfume. Los aromas no sólo son agradables por su exquisito olor; también son útiles por su fuerza curativa. Con razón se alegra la esposa porque le lleva a un lugar donde desborda la abundancia de la gracia. 
  Mas conozco otros nombres que a mi juicio cuadran mejor con las bodegas. Los enumero por su orden correspondiente: al primero lo llamaría Disciplina, al segundo Naturaleza, al tercero Gracia. Con el primero aprendes a ser el más ínfimo, conforme a los principios de la ética; con el segundo a ser igual a los demás; con el tercero, a ser superior a los otros. Es decir: a estar bajo otro, con otros y sobre otros. Esto es: a someterte, a convivir y a presidir. Con el primero aprendes a ser discípulo; con el segundo, compañero; con el tercero, maestro. Por lo demás, todos los hombres son iguales considerando su naturaleza. Pero la bondad de la naturaleza se degeneró en sus comportamientos, debido a la soberbia. Por eso los hombres se han hecho insensibles a su igualdad, han luchado por ser más unos que otros, y cada cual suspira por sobresalir. Ambicionando la gloria, se envidian entre sí y son rivales mutuamente. 
 Por esta causa, en la primera bodega debe someterse al desenfreno de la conducta con el yugo de la disciplina, hasta que la voluntad rebelde, triturada en el largo y duro magisterio de los mayores, se humille y recupere la salud. Así recordará, mediante la obediencia, aquella bondad natural que perdió por su engreimiento. Y guiado únicamente por su afecto natural y no por el miedo a la disciplina, aprenderá a vivir en paz en cuanto de él depende, unido socialmente con todos los que son iguales a su naturaleza, esto es, con todos los hombres. Y podrá pasar ya a la bodega de la naturaleza, experimentando lo que está escrito: ¡Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos! Es ungüento precioso en la cabeza. A estos hábitos totalmente renovados, como especias bien molidas, se mezcla el aceite de júbilo, que es la bondad natural; así nace un perfume de calidad y muy agradable. Ungido con él, el hombre se torna dulce y pacífico; un hombre leal, que a nadie engaña, a nadie molesta, a nadie hiere; no se engríe sobre los demás ni tiene favoritismos; se relaciona gustosamente con todos, dando y recibiendo.
 Creo que si has comprendido bien las propiedades de las dos bodegas, aceptarás que haya llamado con razón a una la de los perfumes y a otra la de los aromas. En la primera, del mismo modo que la violencia del almirez extrae el vigor y la fragancia de los ingredientes a fuerza de golpes, así también el rigor del magisterio y la severidad de la disciplina sacan y exprimen la bondad natural de los hábitos honestos. En la segunda fluye con espontaneidad servicial la agradable mansedumbre del afecto voluntario y como connatural, como el ungüento de la cabeza desciende al suave contacto del calor y perfuma el cuerpo entero. Así pues, en la bodega de la disciplina se guardan las especies aromáticas, pero secas y sin mezclas; por eso la he llamado aromática. pero a la otra la he designado como naturaleza, porque en ella se depositan y se guardan los ungüentos ya elaborados; por eso recibe el nombre de bodega de los perfumes.
 Pasando a la del vino, creo que el único motivo para llamarse así es porque en ella reposa el vino del celo que se consume de amor. Y no debe en modo alguno presidir a otros el que no haya merecido aún ser introducida en ella. Es menester que esté poseído por ese vino quien tenga que dirigir a los demás. Así ardía el Doctor de las gentes, cuando decía: ¿Quién enferma sin que yo no enferme? ¿Quién cae sin que a mi me dé fiebre? Pero usarás perversamente la autoridad sobre los demás, si en vez de consumirte por los que presides y vivir por el celo de su salvación, exiges lleno de ambición que estén sometidos a ti. También la llamé bodega de la gracia; no porque se pueda entrar sin la gracia en las otras dos, sino porque en ella se percibe su plenitud de modo único. Al fin, la plenitud de la ley es el amor; el que ama al hermano ya cumplió la ley.
 Has visto por qué se llaman así las bodegas. Mira ahora qué diferencia hay entre ellas.
 Es difícil refrenar la sensibilidad insolente e inestable y la concupiscencia intemperante de la carne, por temor al maestro o por la represión de una rígida disciplina.
 Es difícil llevarse bien con los hermanos por un afecto espontáneo. Las dos opciones son complicadas: la vigilancia bajo el mando de otro y enderezar la propia conducta, para ser agradable a los semejantes, únicamente bajo el control de la voluntad.
 Nadie puede afirmar que resulta igualmente meritorio o virtuoso convivir en paz con los demás que guiarlos con acierto. ¡Cuántos son los que viven en paz bajo un preceptor! Pero si los libras del yugo verás que no pueden guardar la paz, ni mantenerse ilesos en sus relaciones. Encontrarás también a muchos que conviven con los los hermanos sencillamente y sin discusiones; pero si los pones sobre los demás no sólo son inútiles sino indiscretos y perversos. Los que así se comportan viven contentos en una agradable mediocridad, según el nivel de gracia recibida de Dios; no necesitan maestros, pero son ineptos para enseñar. Anteceden con su conducta a los anteriores; pero superan a los dos los que saben ser superiores.
 Finalmente, el Señor promete a los que presiden rectamente la administración de todos sus bienes. Pero son pocos los que saben presidir bien, y muy pocos los que gobiernan con humildad. Cumplirá fácilmente ambas cosas el que haya alcanzado la discreción, madre de todas las virtudes, porque se embriagará con el vino del amor hasta despreciar su propia gloria, olvidarse de sí mismo y no buscar sus intereses; todo lo cual se consigue dentro de la bodega del vino, bajo el magisterio exclusivo y maravilloso del Espíritu Santo. Pues la virtud de la discreción, sin el fervor de la caridad, es totalmente inútil y el fervor exagerado lo derrumba todo si no lo modera la discreción. Es encomiable el que posee ambas virtudes, porque el fervor estimula a la discreción y ésta al fervor.
 Por tanto, el que gobierna bien debe poseer esta doble condición. Yo diría que es un dechado en su conducta y que ha asimilado perfectamente estas normal, el que ha recibido el don de recorrer sin tropiezo estas bodegas. Esto es, que nunca se ha enfrentado con sus superiores ni ha envidiado a sus semejantes, ni se ha despreocupado de sus súbditos ni los ha dominado con soberbia; obedece a los prelados, armoniza con sus iguales, condesciende para bien de sus súbditos. Y estoy convencido que la esposa ha llegado a esta cumbre de la perfección. Así lo indica con estas palabras: El Rey me llevó a sus bodegas. Porque no dice que le llevó a una de las bodegas, sino a las bodegas en plural.
IV. SOBRE LA DIVERSIDAD DE ALCOBAS, Y PRIMERO SOBRE LA ALCOBA DEL CONOCIMIENTO.- Entremos ya en la alcoba. ¿Cuál es? ¿Puedo presumir de que lo sé? No me atribuyo una experiencia tan sublime, ni me afano de esa prerrogativa que se reserva sólo para la esposa feliz. Reconozco honestamente con los Griegos que sólo me conozco a mi mismo, y quiero, como el Profeta, conocer lo que me falta. Pero si no supiera absolutamente nada, nada podría deciros. De lo que sé no quiero privaros a vosotros, ni reservármelo; y lo que no sé, que os lo enseñe el que muestra al hombre la ciencia.
 He dicho, y lo recordáis, que la alcoba del Rey debe buscarse en el misterio de la contemplación divina. Pero también recuerdo que hablando de los ungüentos, os dije que el esposo tiene muchos y muy diversos. Que no se dan todos a todos, sino que cada uno participa según la diversidad de sus méritos. De la misma manera, opino que la cámara del Rey no es una sola, sino muchas. Tampoco la reina es una sola: son muchas. Como son muchas las concubinas e innumerables doncellas. Pero cada una encuentra su alcobacon es esposo, pudiendo decir: Mi seceto es para mí, para mí es mi secreto. No a todas se les concede gozar en el mismo lugar de la dulce e íntima presencia del esposo, sino tal como su padre lo ha dispuesto para cada una. No lo elegimos nosotros a él, fue él quien nos eligió a nosotros y nos destinó. Cada uno está allí donde le fue asignado. Una mujer compungida encontró su lugar a los pies del Señor Jesús; otra, si es que fue distinta, encontró el fruto de su devoción junto a su cabeza. Tomás alcanzó la gracia de su intimidad en su costado; Juan, en su pecho; Pedro, en el seno del Padre, y Pablo, en el tercer cielo.
 ¿Quién de nosotros será capaz de distinguir debidamente esta diversidad de méritos, o mejor, de premios? Mas para que no creáis que paso por alto lo que yo puedo saber, la primera mujer se tendió en el seno de la humildad; la segunda en el trono de la esperanza, Tomás en la columna de la fe, Juan en la anchura del amor, Pablo en la intimidad de la sabiduría, Pedro en la luz de la verdad. Así pues, el esposo tiene muchas moradas; tanto la reina como la concubina, como la que pertenece al número de las doncellas, recibe su lugar y su limitación conforme a sus propios méritos, hasta que se le permita pasar a la contemplación, entrar en el gozo de su Señor y sondear el inefable secreto del esposo.
 Intentaré mostraros esto en su lugar con mayor claridad, si él se digna dármelo a conocer. Aquí nos basta saber que ninguna doncella, concubina o reina tiene abierto el paso a su alcoba más íntima. Esta queda reservada por el esposo en exclusiva para su paloma, su beldad, su perfecta. No tengo, pues, razón para indignarme si no me admite allí, sobre todo sabiendo que ni siquiera la esposa accede en esta vida a la intimidad total que para sí quisiera. Por eso insiste en que le avise dónde pastorea y dónde sestea.
 Escuchadme hasta dónde he llegado o creo haber llegado. No me toméis por jactancioso, si os lo confieso para vuestro mayor provecho. Hay un lugar en casa del esposo desde el cual promulga sus decretos y dispone sus determinaciones como moderador del universo, instituyendo las leyes para toda criatura con peso, número y medida. Se trata de un lugar profundo y secreto, pero no tranquilo. Pues aunque él mismo en lo posible, gobierna el universo con suavidad, en definitiva lo gobierna. Al contemplativo que llegue a este lugar no le deja descansar. De un modo maravilloso y placentero lo inquieta y excita a escudriñar y admirarlo todo. La esposa expresa admirablemente ambas cosas, el deleite de esta contemplación y su inquietud, cuando confiesa que duerme pero mantiene su corazón en vela. Porque viene a decir que mientras duerme siente el sosiego de un estupor suavísimo y de una plácida admiración, pero no obstante cuando está despierta siente el cansancio de una inquieta curiosidad y de un trabajoso ejercicio.
 También lo confiesa Job: Al acostarme pienso ¿cuándo me levantaré? Y luego deseo que llegue la tarde. ¿No adviertes en estas palabras que el alma santa desea a veces declinar en cierto modo ese encanto molesto, y a la vez amar esa deliciosa molestia? No habría dicho: Cuándo me levantaré, si ese descanso de la contemplación le agradase totalmente. Y si le hubiera disgustado por completo no esperaría de nuevo la hora del descanso, es decir, la tarde. Por tanto, ésta no es la alcoba del esposo, pues no descansa perfectamente.
V. SOBRE LA ALCOBA DEL TEMOR, DONDE SE TRATA DE LOS CLÉRIGOS.- Existe otro lugar en el que la severísima y profunda mirada inmutable del justo juicio de Dios, cuyos designios son terribles sobre los hijos de los hombres, vigila a la criatura racional, digna de reprobación. En este lugar el alma contemplativa mira temblorosa a Dios, que con su juicio misterioso pero justo rehúsa borrar el mal de los réprobos, y no acepta el bien y hasta endurece los corazones, para que no se arrepientan ni se corrijan, y convirtiéndose tenga que salvarlos. Todo esto proviene de un decreto justo y eterno, tanto más espantoso cuanto que permanece fijo e inmutable en la eternidad. Es para temblar lo que a este propósito escribe el Profeta, sobre el diálogo de Dios con sus ángeles: Dejemos en paz al impío. A lo cual respondes espantados preguntándose: ¿No vas a exigirle que practique la justicia? No, les dice, y señala el motivo: En la tierra de los santos ha cometido la maldad, y no verá la gloria del Señor.
 Teman los clérigos, teman los ministros de la Iglesia, porque en la tierra de los santos que ellos poseen, cometen grandes iniquidades: no se contentan con los impuestos, suficientes para sus necesidades; atesoran para sí impía y sacrílegamente lo superfluo, cuando con ello deberían alimentarse los necesitados; no sienten rubor alguno en devorar para su ostentación y lujuria el sustento de los pobres. Pecan, por tanto, con doble iniquidad: dilapidan lo ajeno y se aprovechan de lo sagrado para sus torpezas y vanidades.
 Si a estos pecadores los perdona e indulta en esta vida, para no compadecerse de ellos en la eternidad, aquel cuyas sentencias son como el océano inmenso, ¿quién encontrará la paz en esta bodega? Esta contemplación conduce al temor del juicio, no a la seguridad de la alcoba. Qué temible es este lugar, privado de todo reposo. Me aterro totalmente cuando alguna vez me arrebato hasta allí, al reflexionar dentro de mi con temor en aquellas palabras: ¿Quién sabe si uno es digno de amor o de odio? No es extraño que me estremezca yo allí, pues soy una hoja que arrebata el viento como paja seca. Incluso un gran contemplativo confiesa que casi vacilaron sus pies y estuvo a punto de caer. 
 Escuchadle: Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. ¿Por qué? No pasan, dice, las fatigas humanas, ni sufren como los demás. Por eso su collar es el orgullo, para no humillarse con la penitencia. Pero serán condenados por su soberbia con el diablo engreído y sus ángeles. Los que no pasan las fatigas humanas soportarán las del demonio, como dice el Juez: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Pero este lugar que es también de Dios, no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo. Se dice que en él se teme a Dios. Allí su nombre es sagrado y terrible; es como la entrada en la gloria, porque la primicia de la sabiduría es el temor del Señor. 
 No te extrañes de que haya situado la primicia de la sabiduría en esta alcoba, y no en la primera. Porque en ésta hemos escuchado a la Sabiduría, que como un maestro en su auditorio enseña todas las cosas; y nosotros la hemos acogido en la segunda. Allí nos instruye, aquí nos afecta. La instrucción crea doctos; la afección, sabios. El sol no calienta a todos los que ilumina. Así sucede con la Sabiduría: enseña a muchos lo que se debe hacer. pero no da inmediatamente la fogosidad suficiente para cumplirlo. Una cosa es conocer muchas riquezas y otra poseerlas; no es rico el que las conoce, sino el que las posee. De la misma manera, una cosa es conocer a Dios y otra temerle; el conocimiento no nos hace sabios, sino el temor, porque nos afecta. ¿Acaso llamarás sabio a quien le infla su saber? ¿Quién los tendrá por sabios sino el más ignorante, porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron ni le dieron gracias como a Dios? Yo opino más bien como el Apóstol, quien claramente afirma que su mente es insensata. 
 Ciertamente, la primicia de la sabiduría es el temor del Señor, porque el alma saborea a Dios en cuanto le mueve el temor, no cuando aumenta su saber. ¿Temes la santidad de Dios, temes su poder? Ya saboreas a Dios santo y poderoso, porque el temor es sabor. Y es el sabor el que hace sabios; como el conocimiento ilustrados; y la riqueza, ricos. ¿Qué es entonces lo primero? La disposición para saborear. Allí te preparan, para iniciarte a ti. Preparación es el conocimiento de las realidades. Pero esto degenera fácilmente en el tumor de la hinchazón si no la reprime el temor. Por eso se le llama primacía de la sabiduría, porque es la primera resistencia contra la peste de la insipiencia. Allí encontramos el acceso a la sabiduría, aquí la entrada. Con todo, ni aquí ni allí se le da al contemplativo la paz perfecta, porque allí Dios aparece como solícito, aquí como turbado. No busques, pues, la alcoba del esposo en estos lugares: porque el primero es el auditorio del Maestro, y el segundo parece más bien el tribunal del Juez. 
VI. SOBRE LA ALCOBA DEL TEMOR O PREDESTINACIÓN.- Pero hay un lugar donde se encuentra Dios tranquilo y en paz; no es una morada de un juez o un maestro, sino la de un esposo. Desde mi experiencia -porque desconozco la de otros-, es la alcoba en la que alguna vez me han introducido. Pero, ¡ay dolor! raras veces y por poco tiempo. Allí se reconoce claramente que la misericordia del Señor dura siempre, y por siempre para los que le temen. Feliz el que pueda exclamar: me junto con tus fieles que guardan tus decretos. El decreto de Dios es inmutable, su juicio de paz es inamovible para los que le temen, encubriendo el mal y premiando el bien. Así, de un modo admirable, no sólo el bien sino también el mal cooperan en todo para su bien. Verdaderamente es dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Porque ninguno está libre de pecado. Pues todos han pecado y necesitan la gracia de Dios. Sin embargo ¿quién puede acusar a los escogidos de Dios? Para ser plenamente justo me basta tener propicio solamente al que ofendí.
 Todo lo que él mismo ha decidido no imputarme es como si no existiese. No pecar es propio de la santidad de Dios; la santitad del hombre es la indulgencia de Dios. Yo he contemplado todo esto y comprendí la verdad de estas palabras. Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque le guarda la generación celestial. Esta generación es la predestinación eterna, por la cual Dios ha amado a los suyos y los agració en su amado Hijo, antes de la creación del mundo, para ser santos en su presencia, a fin de que contemplaran su gloria y su poder, y fuesen dignos de participar de la herencia de aquel cuya imagen reproducen. A éstos los vi como si nunca hubiesen pecado; porque si en algo pecaron durante esta vida no aparece en la eternidad, ya que el amor de su Padre sepulta un sinfín de pecados. He llamado felices a quienes les han absuelto de sus iniquidades y a quienes les han sepultado su pecado. Entonces sentí de repente que nacía en mi una gran confianza y una alegría como infundida. Aquí no había precedido el temor de aquel horrible lugar de la segunda visión. Por eso me creí tan feliz como uno de aquellos hombres dichosos. ¡Oh, si se prolongase esta experiencia! Visítame, Señor, una y otra vez, por medio de tu Salvador, para que vea los bienes de tus elegidos y me alegre con la alegría de tu pueblo. 
 ¡Qué lugar tan sereno! No sin razón pienso que se debe llamar la alcoba. Porque en ella no se siente a Dios como turbado por su cólera, ni se le ve como dominado por la preocupación. Se saborea en él una voluntad de bien, benévola y perfecta. Esta visión no espanta, apacigua; no provoca una curiosidad inquieta, sosiega; no fatiga el espíritu, tranquiliza. Aquí se descansa realmente. Dios en su serenidad lo serena todo; mirar su paz es pacificarse, es contemplar al Rey que tras sus diurnos oficios forenses, alejado del gentío y apartado de toda preocupación molesta, se encamina de noche al albergue, entrando en la alcoba con unos pocos a quienes distingue con esta íntima familiaridad, para descansar allí con tanta más seguridad cuanto más retirado, con tanto más sosiego cuanto más plácidamente contempla sólo a los que ama.
 Si alguno de vosotros fue arrebatado a este misterio y a este santuario de Dios, hasta el punto de no sentir ya la llamada o la perturbación de los sentidos indigentes, de los afanes punzantes y de las culpas mordientes, e incluso de todo lo que nos desprendemos con mayor dificultad, como son los fantasmas de las opresoras imágenes corporales, ése, cuando vuelva hasta nosotros podrá gloriarse en verdad y decir: El Rey me ha llevado a su alcoba. Con todo, yo no me atrevería a asegurar que sea esto exactamente lo que constituya el regocijo de la esposa. Es ciertamente una alcoba y una alcoba del Rey, porque de las tres que hemos asignado a la triple contemplación, ese lugar es el único donde reina la paz. Pues como lo hemos visto claramente en la primera hay una paz exigua, y en segundo ninguna. Ya que en aquélla aparece admirable y suscita una gran curiosidad para investigarla, y en ésta convulsiona violentamente nuestra flaqueza al mostrarse terrible. Por el contrario, en esta tercera alcoba no no se manifiesta tan temible ni se digna aparecer tan admirable, sino más amable, sereno y plácido, suave y manso, rico en misericordia con todos los que lo contemplan. 
 Para que se os grabe en la memoria un resumen de lo tratado ampliamente en este sermón sobre la bodega, el huerto y la alcoba, recordad sus tres etapas, sus tres méritos y sus tres premios: en el huerto recordad las tres fases, los méritos en la bodega y los premios en aquella triple contemplación del que busca la alcoba. Sobre la bodega queda dicho lo suficiente. Pero si algo hay que añadir sobre el huerto y la alcoba, o si surgiera alguna otra explicación lo tendremos presente en su lugar. De lo contrario, baste con lo expuesto y no lo repetiremos para que no llegue a cansarnos -líbrenos el Señor-, lo que predicamos para alabanza y gloria del Esposo de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, el Dios soberano, bendito por siempre. Amén.


RESUMEN: la esposa llega antes a las bodegas del esposo. Llega antes que las doncellas, pero las espera como el esposo la espera a ella misma. Las doncellas saben que gozarán de los mismos dones. Los prelados deben fomentar la esperanza y no el temor. El huerto será la pura y simple historia, la bodega el sentido moral y la alcoba será el misterio de la contemplación espiritual. En el huerto crecen los hombres virtuosos. El huerto es, pues, la historia, en tres partes. Abarca la creación del cielo y de la tierra, la reconciliación y la reparación. La creación es como la siembra y la plantación del huerto; la reconciliación, como el germinar de las semillas y de los árboles. En el momento oportuno, cuando destilaron los cielos el rocío y derramaron las nubes al Salvador, se abrió la tierra y brotó la salvación, por la que se reconciliaron el cielo y la tierra. En cuanto a las bodegas, habla de ellas en plural. Habría tres bodegas: la bodega del vino, la bodega de los aromas y la bodega de los perfumes. El vino alegra el corazón del hombre. 
 Los nombres de disciplina, naturaleza y gracia cuadran muy bien con las bodegasCon el primero aprendes a ser el más ínfimo, conforme a los principios de la ética; con el segundo a ser igual a los demás; con el tercero, a ser superior a los otros. La disciplina nos enseña a ser iguales a los demás y si existe un grado superior, consiste en una especie de unción que nos hace ser dulces y pacíficos. 
 La bodega de los perfumes exige actuar sobre las plantas y sustancias, para así extraerlos. Esos golpes son la severidad del magisterio y la severidad de la disciplina. La bodega de los aromas es como una unción que fluye de forma natural por todo el cuerpo. La bodega del vino, o de la gracia, es la bodega del amor que es la situación espiritual plena. 
 En un grado  inferior actuamos bajo el rigor de la disciplina y el mandato. En otro  superior lo hacemos de forma espontánea, sintiéndonos iguales a los demás. En el grado más alto, cuando acumulamos poder actuamos con una mezcla de fervor y prudencia, condiciones ambas que sólo se dan cuando sentimos caridad hacia los demás. Es éste el estado más alto, y espiritual,  de la convivencia.
 Cada uno encuentra la contemplación divina de una manera peculiar y diferente. Unos por la prudencia, otros por el amor, la sabiduría pero nadie, en esta vida, llega a la morada última de Dios, por lo que siempre seguimos buscándole.
 Hay un lugar desde donde Dios dirige el Universo. Allí se siente, al mismo tiempo contemplación y curiosidad por lo que el descanso no es completo. 
 Existe una morada, especialmente cruel, para los clérigos que dilapidan los bienes del pobre y se aprovechan de lo sagrado. La verdadera sabiduría debe basarse en el temor de Dios. Jamás debemos envidiar a los malvados que, aparentemente, progresan en esta tierra. Los que no soportan las fatigas humanas soportarán las del demonio. 
 Una cosa es el conocimiento y otra la sabiduría. De la misma forma es la diferencia entre poder saborear y saborear. La verdadera sabiduría es el temor de Dios. En el auditorio del Maestro Dios aparece como solícito. En una segunda estancia aparece como turbado y lleno de poder. En ninguno de estos lugares encontraremos la paz de su verdadera alcoba. 
 La santidad del hombre es la indulgencia de Dios. Es esa una alcoba muy protegida donde nos sentimos como predestinados y que Dios no anota nuestras faltas, sino que actúa con benevolencia. En esta tercera alcoba no se muestra tan temible y admirable, sino benevolente y plácido. 
 Recordemos las tres etapas del huerto, la bodega y la alcoba. Al huerto le corresponden fases, a la bodega méritos  y a la alcoba premios. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario