EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

SERMÓN VIII SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES: EL BESO MÁS ÍNTIMO ES EL ESPÍRITU SANTO



1.Tal como lo prometí ayer y recordáis, hoy, me he propuesto hablaros del beso más íntimo: el de la boca. Es cuchad con más atención lo más dulce y más sublime, lo que, más raramente se saborea y resulta más difícil de entender. Partimos desde lo más profundo: de ese beso inefable al que se refería el Evangelista, a mi parecer, ese beso nunca experimentado por criatura alguna, cuando nos dice: Al Hijo sólo el Padre lo conoce y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Porque el Padre ama al Hijo y le abraza con dilección únicaica, como la de un ser supremo al que a su vez el Hijo se estrecha íntimamente con él y no con menor afección, pues llega a morir por él, como lo asegura él mismo: Para que el mundo comprenda que amo al Padre, levantaos, vámonos. Indudablemente quería decir que iba a su pasión. Este simultáneo conocimiento y amor mutuos entre progenitor y el engendrado, ¿qué son sino un beso suavísimo pero secretísimo?

2.Doy por seguro que ni siquiera la criatura angélica tiene acceso a un misterio tan sagrado como el amor divino. Y así lo intuye San Pablo: esa paz de Dios supera todo conocimiento, incluso el de los ángeles. Por eso ni la esposa, por grande que sea su libertad, puede decir: ¡Que me bese con besos de su boca!

Contemplad a la nueva esposa recibiendo un beso nuevo, pero no de la boca, sino del beso de la boca: Sopló sobre ellos –Jesús sobre los apóstoles, esto es, sobre la primitiva Iglesia-, y dijo: Recibid el Espíritu Santo. Este fue el beso. ¿Cuál? ¿Aquel soplo? No; el Espíritu invisible, infundido con el soplo del Señor, como para dar a entender con ello que también procede del Padre como un verdadero beso, común para el que lo recibe y el que lo da. La esposa se satisface con ser besada con el beso del esposo, aunque no sea directamente con la boca. Ser besada por el beso no lo considera baladí ni trivial, porque no es ni más ni menos que la infusión del Espíritu Santo. Si pensamos que es el padre quien besa y el Hijo quien recibe el beso, concluiremos que el beso es el mismo Espíritu Santo, paz imperturbable, nudo indisoluble, amor inseparable, unidad indivisible del Padre y del Hijo.

3.El, por tanto, induce a la esposa a que pida con toda confianza, con el nombre de un beso, la infusión de ese mismo Espíritu. En realidad, su atrevimiento puede apoyarse en estas palabras que pronuncia el Hijo: Al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo, pero añade: y aquel a quien se lo quiere revelar. La esposa sabe con certeza que a ella se lo revelará antes que a nadie. Por eso pide resueltamente que le dé un beso, es decir, ese Espíritu en quien se le revelará el Padre y el Hijo. Porque jamás se da a conocer uno sin el otro. De ahí se desprenden estas palabras: Quien me ve a mi está viendo al Padre. Y estas otras de Juan: Todo el que niega al Hijo se queda también sin el Padre. Con razón, pues, la suma felicidad no estriba sólo en el conocimiento de uno de ellos, sino en el de los dos. Porque está escrito: Y ésta es la vida eterna, reconocerte a ti como único Dios verdadero y a tu enviado Jesús como Mesías. Además se dice que quienes siguen al Cordero llevan inscrito en su frente el nombre de Cristo y el de su Padre; es decir, han sido glorificados porque conocen a los dos.

4.Alguno dirá: “Si ha dicho que la vida eterna es reconocer al Padre y al Hijo, pero no ha mencionado al Espíritu Santo, ¿será necesario conocerlo? Sí; porque si se conoce perfectamente al Padre y al Hijo, ¿cómo es posible ignorar al Espíritu Santo, que es la bondad mutua de ambos? Tampoco puede conocer una persona íntegramente a otra, si se le oculta su buena o mala voluntad. Además, al afirmar: Esta es la vida eterna, reconocerte a ti como verdadero Dios y a tu enviado Jesús como Mesías, si esa misión manifiesta tanto la obediencia voluntaria del Hijo como la benignidad del Padre, indudablemente no se omitió al Espíritu Santo, ya que expresamente se revelaba en la gracia que los dos nos dispensaron. Porque el Espíritu Santo es el amor y la benignidad del Padre y del Hijo.

5.Por esta razón, cuando la esposa pide el beso ruega que se le infunda la gracia de este triple conocimiento, en cuanto esta carne mortal puede recibirla. Mas la pide al Hijo, pues corresponde al Hijo revelarlo a quien le plazca. Se revela, por tanto, el Hijo a sí mismo a quien él quiere, y revela también al Padre. Y lo revela sin duda mediante el beso que es el Espíritu Santo. Así lo atestigua el Apóstol: A nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu. Pero al comunicar el Espíritu mediante el cual se manifiesta, revela también a ese Espíritu: dando, revela; y revelando, da. Es más: la revelación verificada por el Espíritu Santo, no sólo es una iluminación del conocimiento, sino también fuego del amor, como dice el Apóstol: El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu que nos ha dado.

Por eso, quizá, otros que conocieron a Dios, pero no le rindieron la gloria que se merece, no lo conocieron por revelación del Espíritu Santo, porque llegaron a conocerlo y no le amaron. Sólo se nos dice que descubrieron a Dios, mas no se añade: “por el Espíritu Santo”, para que esos impíos no usurpen el beso de la esposa. Satisfechos con el saber que engríe, ignoraron que lo constructivo es el amor.

Finalmente, el mismo Apóstol nos dirá cómo llegaron a ese conocimiento: Entendieron lo invisible de Dios por medio de las cosas creadas. Por eso sabemos que no conocieron perfectamente al que nunca amaron. Si lo hubieran conocido de verdad no habrían ignorado la bondad del que quiso nacer y morir en la carne para redimirlos. Escucha también lo que se les reveló acerca de Dios: Su eterno poder y su divinidad. Y verás cómo esa sublimidad y majestad la escudriñaron por la presunción de su espíritu, no según el Espíritu de Dios; por eso no comprendieron que él es sencillo y humilde. No es de extrañar; porque tampoco su caudillo Behemoth valora nunca lo humilde, sino que, tal como está escrito con relación a él, mira debajo de sí cuanto hay de grande. A la inversa de David, que no pretendía grandezas que superasen su capacidad, para no verse aplastado por la gloria de la majestad al intentar investigarla.

6.Recordad también vosotros lo que amonesta el sabio, para estar seguros cuando razonáis los misterios divinos: No pretendas lo que te sobrepasa ni escudriñes lo que se te esconde. Proceded pues, guiados por el Espíritu y no cedáis a vuestros propios deseos. La erudición del Espíritu no provoca la curiosidad, inflama el amor. Con razón la esposa, cuando busca el amor de su alma, no se fía de sus sentidos carnales, ni asiente a los fútiles razonamientos de la curiosidad humana. Pide un beso, es decir, el Espíritu Santo, de quien recibe a un tiempo el gusto de su ciencia y el condimento de su gracia. Justamente esa ciencia que se infunde con ese beso, se recibe con amor, porque el beso es señal del amor. Mas la ciencia que engríes, por carecer de amor, no nace de un beso.

Tampoco deben arrogárselo quienes sienten un celo de Dios que no se inspira en su sabiduría. Porque el don del beso lleva consigo estos presentes: la luz del conocimiento y el ungüento de la devoción. Eso es precisamente el Espíritu de ciencia y entendimiento que, cual abeja portadora de cera y de miel, lo tiene todo: fuego para iluminar con su sabiduría y gracia para infundir su sabor. Que no crea, por tanto, haber recibido este beso el que entiende la verdad pero no la ama; o bien el que la ama pero no la entiende. Con este beso son incompatibles el error y la tibieza.

Así pues, para recibir la doble gracia de ese beso, la esposa presenta sus dos labios: la luz de la inteligencia y el deseo de la sabiduría. Radiante con este beso cumplido, merece escuchar: En tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente.

En conclusión, el Padre besando al Hijo le eructa desbordante todos los misterios de su divinidad y espira la fragancia de su amor. Es lo que dice simbólicamente la Escritura: Un día eructa palabra a otro día. Mas como ya hemos dicho, a ninguna criatura se le ha concedido presenciar este abrazo singularmente dichoso y eterno: sólo al Espíritu de ambos, testigo y partícipe de este mutuo conocimiento y amor. Pues, ¿quién conoce la mente del Señor? ¿Quién es su consejero?

7.Alguien podría decirme: “Y tú, ¿cómo lo sabes, si dices que a ninguna criatura se le ha concedido presenciarlo?” Porque es el Hijo único, que es Dios y está en el regazo del Padre, quien lo dio a conocer. Digo que lo dio a conocer, no a mí, desgraciado e indigno, sino a Juan, el amigo del esposo, de quien son estas palabras: a Juan Evangelista, el discípulo a quien amaba Jesús. También su alma fue, en verdad, agradable a Dios, digna de ser llamada y considerada como esposa, digna de los abrazos del esposo y digna finalmente de reclinarse sobre el pecho del Señor. Juan extrajo del pecho del Unigénito lo que éste bebió del seno de su Padre. Pero no sólo él; también aquellos a quienes el mismo Ángel del gran consejo decía: A vosotros os he llamado amigos, porque os he comunicado todo lo que he oído a mi Padre. Pablo también bebió del seno del Unigénito y su Evangelio no es invento humano, ni se lo ha transmitido ningún hombre, sino una revelación de Jesucristo.

Efectivamente, todos ellos pueden decir con gozo y con toda verdad: El Hijo único que está en el regazo del Padre es quien nos lo dio a conocer. ¿Y qué es esta revelación más que un beso? Pero un beso del beso, no un beso de la boca. Escucha lo que es un beso de la boca: Yo y el Padre somos uno. Yo estoy con el Padre y el Padre está conmigo. Este es un beso de boca a boca y nadie puede apropiárselo. Es un beso de amor y de paz; amor que supera todo conocimiento y paz que transciende todo razonar. Sin embargo, lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado, Dios lo reveló a Pablo por su Espíritu, esto es, por el beso de su boca. Por tanto ese estar el Padre con el Hijo y el Hijo con el Padre es el beso de la boca. Y el beso del beso lo descubrimos en estas otras palabras: Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido.

8.Distingamos aún mejor los dos besos. Recibe un beso de la boca el que recibe la plenitud; pero el que recibe una parte de esa plenitud recibe un beso del beso. Pablo fue un hombre excepcional. Mas por mucho que acercase su boca, aunque fuera arrebatado hasta el tercer cielo, siempre quedaría lejos de la boca del Altísimo y deberá sentirse satisfecho dentro de su limitación, incapaz de llegar al rostro glorioso de Dios. Por eso pide humildemente que se digne enviarle un beso de lo alto. No así el que nunca consideró una usurpación el ser igual a Dios, hasta poder afirmar: Yo y el Padre somos uno. Unidos en su identidad y abrazados en su igualdad, no mendiga un beso desde su inferioridad; al mismo nivel de su condición sublime, une su boca a la del Padre y por una prerrogativa singular recibe un beso de su misma boca. Por tanto, para Cristo ese beso es plenitud y para Pablo participación; él lo recibe del Padre y éste se gloría de ser besado por el beso del Padre.

9.Dichoso beso que lleva al conocimiento de Dios y al amor del Padre, el cual nunca será conocido en plenitud sino cuando sea amado perfectamente. ¿Alguno de vosotros ha escuchado gemir al Espíritu del Hijo en lo íntimo de su conciencia: Abba, Padre? Esa, ésa es el alma que debe presumir de que es amada por la ternura del Padre, la que se siente afectada por el mismo Espíritu de amor que el Hijo. Tu, quienquiera que seas, confía, confía sin vacilar lo más mínimo. En el Espíritu del Hijo reconócete como hija del Padre y esposa o hermana del Hijo. Advertirás cómo se designa con cualquiera de estos dos nombres a quien se encuentra en ese estado Y no cuesta mucho demostrarlo, pues tengo a mano las palabras que dirige el esposo: Ya vengo a mi jardín, hermana y esposa mía. La llama hermana porque tienen los dos un mismo Padre; y esposa porque se unen en el mismo Espíritu. Si se hacen una sola carne los que forman un matrimonio carnal, ¿por qué la unión espiritual no puede hacer a los dos con mayor razón un solo espíritu? Estar unido al Señor es ser un Espíritu con él.

Pero el Padre también la llama hija suya, e incluso, como si fuese su propia nuera la invita a los cariñosos abrazos de su Hijo: Escucha, hija, mira; inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza. Ahí tienes a quien pide el beso. Sí, alma santa; pero sé muy reverente porque él es el Señor tu Dios y quizá, más que besarlo, debas adorarlo con el Padre y el Espíritu Santo por siempre eternamente. Amén.

RESUMEN:

El amor entre el Padre y el Hijo son como un beso suavísimo y secretísimo. Este beso es también el Espíritu Santo que derrama Cristo sobre la primitiva iglesia. La suma felicidad está en el conocimiento conjunto del Padre y del Hijo que recibe la esposa. Pero también debemos conocer al Espíritu Santo que es el amor y la benignidad del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo es el beso del Padre y del Hijo, pero también conocimiento y amor. Nos permite conocer y amar a Dios por medio de las cosas creadas. A Dios no llegaremos con los sentidos corporales ni con el razonamiento sino con el amor, que es la auténtica sabiduría. Podríamos considerar que la unión del Padre y el Hijo sí es una unión de boca a boca y no del beso a nuestra boca. Juan Evangelista, el discípulo predilecto nos reveló estos grandes secretos de amor y de paz. Es muy diferente recibir el beso de la boca que recibir el beso del beso. Podemos aspirar al beso perfecto pero quizás más que besarlo debemos adorarlo.

1 comentario:

  1. EL PADRE....de los infinitos cielos.
    LA MADRE....asunta en cuerpo y alma al reino celestial.
    Y el Ungido Salvador, Cristo Jesús: Dios-Hombre....en total plenitud.

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