EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

domingo, 26 de octubre de 2014

LA VIDA SE MANIFIESTA POR LOS CINCO SENTIDOS DEL ALMA


1. Os aseguro, queridos hermanos, que nuestra neglicencia es muy grande e inexcusable si nos entregamos a pensamientos inútiles y perdemos el tiempo. No necesitamos penetrar las nubes, ni cruzar el mar para hallar unas ideas sanas y provechosas. Como dice Moisés, tenemos la palabra a nuestro alcance, en nuestra boca y en nuestro corazón. Podemos encontrar en nosotros mismos motivos y semillas infinitas de pensamiento muy útiles. 
 Si nuestra alma es tan ignorante y negligente que le resulta imposible penetrar en su interior, atienda al menos a lo que hace fuera de sí misma y de manera visible: si busca con atención, también ahí encontrará la sabiduría. Como dice la Escritura: Da una ocasión al sabio y será más sabio.
 Fíjate, ¡oh alma, qué das a tu cuerpo: le suministras vida y capacidad de sentir. La vida, como puedes ver, es la misma en todo el cuerpo: es idéntica en el ojo que en los dedos. En cambio, la facultad de los sentidos es distinta. Pide, pues, tu lo mismo a Dios, que es tu verdadera alma. Un alma que desconoce la verdad no podemos decir que vive, sino que está muerta; y carece también de sensibilidad si no posee el amor. La vida del alma es, pues, la verdad, y su sensibilidad el amor.
 No te sorprendas si a veces los impíos conocen la verdad y están vacíos de amor. Les ocurren como a ciertos elementos que viven y no sienten, por ejemplo, los árboles y otros semejantes: están animados pero no tienen alma. Así sucede a las almas de los malvados: conocen la verdad por la razón natural, y a veces ayudadas también por la gracia; pero no se dejan animar por ella. En cambio, a los que el alma espiritual infunde el conocimiento de la verdad y del amor, no la poseen como algo externo, sino como su propia alma, se unen a ella u forman un solo espíritu. Para ellos el conocimiento de la verdad es algo indivisible, lo mismo que la vida del cuerpo, como antes dijimos. Un mismo conocimiento percibe las realidades más pequeñas y las más grandes. 
2. Pero si lo observamos atentamente, el amor es múltiple. Tal vez puedas encontrar cinco formas distintas, que corresponden a los cinco sentidos corporales. Existe el amor entrañable con el que amamos a nuestros padres, el amor gozoso que nos une a los amigos, el amor legítimo que profesamos a todos los hombres, el amor costoso para con los enemigos y el amor santo y ferviente para con Dios.
 Advierte cómo cada uno tiene un aspecto específico y completamente diverso de los demás. Y si lo examinas con un poco de curiosidad, tal vez encuentres que el primero -el amor a nuestros padres- equivale al sentido del tacto. De hecho, este sentido sólo percibe lo que está próximo y unido al cuerpo; y ese amor se manifiesta únicamente a los que están más cercanos según la carne. La comparación sigue siendo válida aunque digamos que es el único sentido difundido en todo el cuerpo, porque ese amor es natural a toda carne, y los mismos animales salvajes aman y son amados de sus criaturas.
 Podemos también aplicar perfectamente el amor social al gusto, porque es mucho más sabroso, y éste sentido es el más necesario en la vida humana. Yo no comprendo qué vida tiene, al menos en nuestra vida comunitaria, el que no ama a aquellos con quienes convive.
 El amor general a todos los hombres se parece al olfato, porque este sentido percibe las cosas lejanas, y aunque no está privado del placer sensible, al ser tan amplio le llega más débil. El oído, en cambio, capta mejor lo que está lejano; y entre los hombres los más distantes son los que no se aman. Además en los demás sentidos siempre existe algo de placer corporal y en cierto modo pertenecen al cuerpo. El oído, empero, sale totalmente de él. Por eso se compara con razón a ese amor cuyo único motivo es la obediencia. Resulta, pues, evidente que tiene relación con el oído, ya que los otros amores se apoyan algo en el cuerpo. 
3. Y la vista se apropia la semejanza con al amor divino, porque es más excelente que los demás y tiene una naturaleza en cierto modo especial. Es mucho más perspicaz y percibe realidades muy remotas. Es cierto que el olfato y el oído captan cosas muy lejanas, pero parece que atraen hacia sí el aire y de él sacan las sensaciones. La vista, en cambio, no actúa así: parece salir de sí misma y superar todas las distancias.
Lo mismo sucede en el amor. Atraemos en cierto modo a los próximos al amarlos como a nosotros mismos; atraemos también a los enemigos, pues los amamos para que sean como nosotros, es decir, nuestros amigos. Pero si amamos a Dios cual conviene, esto es, con todo el corazón, con toda el alma y todas las fuerzas, nos lanzamos y corremos con toda presteza hacia él, que nos supera infinitamente. 
4. Resulta, pues, evidente que entre los sentidos corporales la vista es el más digno de todos, y el oído más que los otros tres. El olfato supera en dignidad, aunque no en utilidad, al gusto y al tacto. Lo manifiesta también la disposición de los órganos. ¿Quién ignora que los ojos se sitúan en la parte superior del rostro y algo más abajo de los oídos? Lo mismo podemos decir de las narices respecto a los oídos, y de la boca con relación a la nariz. Las manos y las otras partes del cuerpo en que reside el tacto están, como sabemos, más bajas que la boca.
 Según este principio también podemos comprobar que unos sentidos espirituales son más dignos que otros. Pero esto es muy fácil advertirlo y lo omito en gracia a la brevedad. También dejo a vuestra reflexión esta otra idea: así como los miembros del cuerpo mueren si no los vivifica el alma, también perecen irremisiblemente esos afectos de que hablamos -los miembros del alma- si quedan privados del alma de su alma que es Dios. Porque no amará íntegramente lo que debe mar, o no lo amará cuanto debe ni como debe amarlo. Por ejemplo, hay quienes aman a sus padres con amor carnal, o dan gracias a Dios cuando les concede favores. Semejante amor no merece el nombre de amor, o es un amor débil y a ras de tierra. 

RESUMEN

Existe una ley natural que permite a los sabios observar el mundo que les rodea, pero no es posible si no va acompañada de la gracia del conocimiento y el sentimiento del amor. 
 El amor es múltiple. Existen  cinco formas distintas, que corresponden a los cinco sentidos corporales. Existe el amor entrañable con el que amamos a nuestros padres y que equivale al tacto, el amor gozoso que nos une a los amigos y que equivale al gusto, el amor legítimo que profesamos a todos los hombres y que equivale al olfato, el amor costoso para con los enemigos y que equivale al oído; finalmente el amor santo y ferviente para con Dios, que es equiparable a la vista. La vista permite captar realidades lejanas como ocurre con el amor a Dios que nos supera infinitamente. Unos sentidos son superiores a otros y asimismo esa superioridad se corresponde con su ubicación diferente en nuestro organismo. Pero en general los sentidos necesitan ser mantenidos y vivificados. Mantener su intensidad y calidad. Eso sólo es posible con el alma profunda común a todos ellos que es el alma de Dios. 

jueves, 23 de octubre de 2014

SOBRE LAS PALABRAS DEL APÓSTOL: "LO INVISIBLE DE DIOS RESULTA VISIBLE POR SUS OBRAS". Y SOBRE AQUELLOS VERSOS DEL SALMO: "VOY A ESCUCHAR LO QUE DICE EL SEÑOR"


1. Desde la creación del mundo, afirma el Apóstol, lo invisible de Dios resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras. Este mundo sensible es como un libro abierto a todos y sujeto a una cadena para que quien lo desee lea en él la sabiduría de Dios. Vendrá un día en que el cielo se cerrará como un libro, y nadie necesitará ya leer en él, porque todos serán discípulos de Dios. Y al igual que la criatura celeste, también la terrestre verá a Dios cara a cara, y no confusamente ni como en un espejo. Contemplará su sabiduría en una visión clara y directa.
 Mientras tanto el alma humana necesita valerse de las criaturas para llegar al conocimiento del Creador. La naturaleza angélica, en cambio, conoce de una manera más dichosa y perfecta a las criaturas en el Creador. Parece ser que fue arrebatada a esta altura, al menos por un momento, aquella alma afortunada que contempló el mundo entero en un sólo rayo de sol. Habla de este milagro el Papa San Gregorio en el libro de los Diálogos, y dice: "Para quien ve al Creador las criaturas le resultan muy pequeñas". Felices, pues, los que se sacian con la flor del trigo y no necesitan extraer miel de la piedra ni aceite de la roca. Es decir, los que no buscan lo invisible de Dios reflexionando en lo visible, sino que lo perciben con toda transparencia en sí mismo. Pero como ya he dicho, todo esto es propio de la dicha angélica, no de la debilidad humana. 
2. Intentemos al menos comprender lo invisible de Dios a través de las realidades creadas. Y si el alma lo contempla en todas las criaturas, con mucha más facilidad lo contemplará y con más delicadeza lo reconocerá en esa criatura que ha sido hecha a imagen del Creador, es decir, en sí misma. De todos los seres que existen bajo el sol ninguno tan cercano a Dios como el alma humana. Tiene razón el Profeta al decir a Dios: Dichoso el hombre que se apoya en ti. Su corazón está dispuesto a subir. Y poco después añade: Caminan de baluarte en baluarte y Dios se les mostrará en Sión.
 Por eso, hermanos, no cesamos de exhortaros a que recorráis los caminos del corazón y conservéis siempre el alma en vuestras manos, para que escuchéis lo que dice en vosotros el Señor Dios que anuncia la paz. ¿ Y a quienes anuncia la paz? A su pueblo y a sus santos. ¿Quién es ese pueblo y esos santos? Lo dice a continuación: Los que se convierten de corazón.
3. Por nuestra parte acostumbramos ver en estas palabras tres categorías de hombres, los únicos a quienes Dios anuncia la paz. Otro profeta nos habla de los tres hombres que se salvarán: Noé, Daniel y Job. Los cita en orden inverso, pero las categorías son las mismas: los continentes, los prelados y los casados.
 Los continentes si abandonan los placeres carnales para entregarse a los propios del corazón, los deseos espirituales; por eso el ángel llama a Daniel varón de deseos. Los prelados si procuran servir más que presidir, ya que a ellos les concierne sobre todo la santidad. Un salmo no duda espiritualmente santos. Y los casados si no violan los preceptos, para que se les llame con razón pueblo de Dios y ovejas de su rebaño.
4. Pero también nosotros -ya que nuestra solicitud es sobre todo para con nosotros-solemos aplicarnos estas tres categorías. En el pueblo vemos a los hermanos encargados de algo, y entregados a asuntos externos y en cierto modo populares. Los que se convierten de corazón son los que viven en el claustro, libres de toda preocupación y completamente dispuestos para experimentar qué suave es el Señor.
 Dios anuncia la paz en ambos muros, porque ambos tienden a lo mismo, aunque por un sendero distinto. Son la armonía del arpa con la cítara: tan agradable es el sonido de la cítara como el del arpa; y no importa que otros sean más graves y otros más agudos. A pesar de todo María ha elegido la mejor parte, aunque la humilde actividad de Marta puede ser tan meritoria ante Dios. Pero se alaba la elección de María, y eso es lo que nosotros debemos preferir; y lo otro aceptarlo pacientemente, si se nos pide. 
5. La expresión que aparece en medio de estas dos, es decir, a sus santos, se refiere a los prelados, porque deben asumir las dos clases de vida. Su misión consiste en levantar y unir estos dos muros cuya orientación es tan distinta, como vicarios que son de la piedra angular, Cristo Jesús. No hay duda de que su ministerio es mucho más peligroso que los anteriores. No obstante, si se esmeran en este servicio, se ganan una buena recompensa; recibirán una medida de paz más colmada y rebosante. Por eso se dice que Dios anuncia la paz a sus santos.
 ¿Duda alguno de qué santos se habla aquí? Escuche a Isaías: Se os llamará santos de Dios, ministros de nuestro Dios. Me había propuesto explicaros con algún ejemplo cómo debe levantarse el espíritu humano, por la consideración de sí mismo, al conocimiento espiritual. Más es preciso diferirlo para otro día y para otro sermón. 

RESUMEN
Debemos percibir a Dios en el mundo que nos rodea cada día, pero recibirlo directamente, captarlo, no deducirlo con pensamientos racionales. Lo percibimos más claramente en el ser humano que es la criatura más parecida a Dios. Se salvarán tres tipos de hombres. Los continentes que abandonan los sentidos y se dedican a la vida espiritual, los prelados cuando se dedican a servir más que a presidir y, finalmente, los casados, cuando no abandonan los preceptos a los que se han comprometido. Entre la actividad de Marta y María es preferible la de María, aunque debemos aceptar pacientemente la de Marta si se nos pide. Los prelados deben ser una especie de puente entre la actividad de Marta y de María y esta es una actividad muy meritoria.

miércoles, 22 de octubre de 2014

LOS DIVERSOS SENTIMIENTOS DEL ALMA Y CÓMO RESPONDE DIOS A CADA UNO DE ELLOS


(Iglesia románica de Oliván. España)
1. A Dios le aplicamos diversos nombres, como el de Padre, Maestro, Señor. Esto no significa que atribuyamos multiplicidad alguna a su naturaleza única e inmutable. Se debe más bien a los múltiples cambios de nuestros sentimientos, según los progresos o retrocesos del alma. Y así, algunas almas actúan considerando a Dios como Patrón, otras como Señor o Maestro, otras como Padre y algunas como Esposo. De este modo nos parece que Dios avanza con los que progresan y cambia con los que cambian. Pone en movimiento a todas las criaturas como lo afirma el Profeta, pero él es inmutable y vive en un mismo día.
 Escucha lo que dice el Profeta en otro salmo: Con el santo tú eres santo, con el íntegro eres íntegro y con el sincero eres sincero. Y añade esto otro, un tanto extraño: Y con el astuto tu eres sagaz. A continuación nos indica cómo puede cambiar o producir cambios el que es inmutable: Tú salvas al pueblo elegido y humillas los ojos soberbios.
2. Sin embargo, no es primero lo espiritual, sino lo animal; lo espiritual, viene después. Por eso creo que antes de nuestra conversión vivimos otras cuatro etapas: una depende de nosotros, y las otras tres del jefe de este mundo. El alma está sometida a sí misma cuando sigue su propia voluntad, disfrutando de una desastrosa libertad. Es como aquel hijo pródigo que recibió su parte de la herencia paterna, es decir, su inteligencia, su memoria, sus facultades corporales y los demás dones de la naturaleza. Y en lugar de disfrutarla según la voluntad divina lo hace a su capricho, y prescinde totalmente de Dios en su vida. Pero este hombre permanece todavía bajo su propio dominio, porque se guía por su voluntad propia y no se deja dominar por los vicios y pecados. Sabemos que quien comete el pecado ya no es dueño de si mismo, sino esclavo del pecado. 
 Hasta ahora vivía separado de su padre, pero no lo había abandonado. Es verdad que se aleja de su creador, pero si no reniega de él con su conducta, sigue estando muy cerca de él. Así continúa mientras se guía por su voluntad propia y hace cosas lícitas pero inútiles. Mas al apartarse de si mismo cayendo en el pecado, marcha a un país lejano. Lo más apartado del ser absoluto y único es la ausencia del ser. Nada más opuesto al origen, camino y meta del universo como el pecado, que es la pura nada. 
3. El castigo de Dios es justo y riguroso: el hijo que huye de su padre se hace siervo de otro. Llega a un país lejano y dice el texto que se puso al servicio de un indígena. Yo creo que se trata de uno de esos espíritus malvados que están irremisiblemente obstinados en el pecado y sólo aman la maldad y la corrupción. Ya no son extranjeros ni advenedizos, sino ciudadanos y moradores del pecado. Decir que ese joven pobre y peregrino se puso al servicio de un indígena significa que se hizo su esclavo. La frase siguiente explica cómo le servía: Se puso al servicio de uno de los naturales del país, que le mandó a sus campos a guardar cerdos.
 Advirtamos que la violencia del hambre le obliga a someterse a un hombre sin entrañas. También Israel bajó a Egipto en tiempo de hambre. ¡Qué peligrosa y dañina es el hambre! Convierte en míseros esclavos a los libres, los condena a trabajar el barro y la arcilla, los mezcla con los cerdos y hasta ls convierte en siervos de los cerdos. ¿Por qué le sobrevino semejante miseria alq ue había llegado tan rico, y cargado con todo lo que le había tocado de la herencia paterna? No lo dudemos, por lo que dice un poco antes: derrochó toda su fortuna viviendo con meretrices. Por eso empezó a pasar necesidad.
4. Estas meretrices son las concupiscencias carnales. Se entrega locamente a ellas y despilfarra su fortuna, porque abusa de ellas para el placer. Viene luego un hambre terrible, pues dice la Escritura que el ojo no se sacia de ver, ni el oído de oír. Y se le manda apacentar cerdos, es decir, los sentidos corporales que retozan entre el fango y las inmundicias. ¿ No serán estos puercos aquellos en que entraron los demonios cuando fueron expulsados de un hombre? Al ser arrojados de nuestra razón o de nuestro espíritu, el pecado se refugia en los sentimientos corporales. Así lo insinúa el Apóstol al afirmar que a su espíritu le gusta la ley de Dios, pero su carne percibe esa ley del pecado que está en su cuerpo. Por eso añade en otro lugar: Veo que en mi, es decir, en mis bajos instintos, no anida nada bueno. ¿Qué hacer cuando los espíritus impuros son expulsados del hombre y se apoderan de los cerdos? Buscar el remedio de las lágrimas y arrojarse a las aguas, para que esa corriente impetuosa sofoque la raíz tan pujante del pecado. Aunque la extirpación total del pecado parece estar reservada para el final de los tiempos. 
5. He hecho esta disgresión para explicar con con más claridad cómo se apodera el demonio de quien vive esclavo de si mismo. Entra como un hombre fuerte y se adueña del palacio donde sólo encuentra un hombre pobre e indefenso. Yo creo que los hombres están sometidos de tres maneras al jefe de las tinieblas. Algunos ni lo desean ni se niegan a ello: son los que no pueden usar aún su voluntad. Pero son objeto de reprobación por el pecado original, hasta que otro más fuerte encadene a ese fuerte y arramble con todo su ajuar. Ese viene por el Sacramento, como un nuevo Moisés; viene en el agua, pero no sólo con agua, sino con agua y sangre.
 Otros lo quieren, y pecan voluntariamente. Y otros no lo desean; quisieran arrepentirse, pero impulsados miserablemente por la naturaleza y por un justo juicio de Dios, siguen manchándose sin cesar. En esta situación parece hallarse el hijo pródigo. Y es realmente pródigo, porque no contento con dilapidar sus bienes, se sometió él mismo a una miserable servidumbre. El infeliz se ve vendido al pecado, recapacita y dice: Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre. Quien lo haya experimentado creo que reconocerá fácilmente en estas palabras un alma sumida en la miseria. ¿Qué hombre, en efecto, hundido en la costumbre de pecar, no se sentiría feliz si pudiera ser como uno de esos que viven negligentes en el mundo sin reproche, a pesar de que no buscan lo de arriba, sino lo de la tierra?
 ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia! Es decir, tienen el consuelo de su inocencia y disfrutan el bien de su buena conciencia. Yo, en cambio, estoy muriéndome de hambre, esto es, me abraso en los deseos insaciables del pecado y el halago de los vicios. 
 También puede interpretarse que no le atormenta el hambre de pan o la sed de agua, sino aquella hambre y sed de la palabra de Dios con que amenazaba el Profeta a Judea. No quiero decir que esto suceda así, sino que así lo siente el miserable humillado en el pecado. De hecho los que tienen un espíritu mundano o egoista no se glorían del testimonio de su conciencia. Pero el pecador arrepentido tiene por muy santo al que se ve inocente bajo algún aspecto. Y dice: Trátame como a uno de tus jornaleros.
6. Esta es la primera etapa en que los hombres comienzan a someterse a Dios y viven como jornaleros bajo la autoridad del padre de familia. Son los que vemos en el mundo, sin desear nada o casi nada las realidades eternas; sirven a Dios por el interés del salario y le piden los bienes terrenos que desean. 
 En la segunda etapa le aceptan como Señor: es el siervo que teme la cárcel y tiembla al merecer un castigo. Esta actitud es la que llamamos conversión, renuncia del mundo y puerta de la vida. Nos lo dice la Escritura: El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor. Y lo confirma otro Profeta: Concebimos en tu temor y engendramos el espíritu de salvación.
 Muy cercano y casi unido con este grado está el tercero: son los que se alimentan aún de leche como niños en Cristo, y parecen vivir siempre pendientes del maestro y pedagogo. Es muy propio de los novicios: comienzan a saborear los consuelos de la meditación espiritual, de la compunción, de la salmodia y otras prácticas semejantes; y sienten un temor infantil de ofender al maestro, para que no les castigue ni les prive de los pequeños regalos con que suele animarles ese instructor tan paternal. Están siempre atentos al Señor y se inquietan cuando se ausenta de ellos una sola hora. No temen ya que les castigue como a esclavos, pero sí que los azote como a niños. 
 Aceptan la disciplina del maestro para no irritarle ni apartarse del camino recto; para que no les quite la gracia del fervor, sin la cual todo les resulta muy pesado, les abruma el hastío y sienten el azote interior de sus amargos pensamientos. Estos son los azotes con los que Dios castiga a sus hijos más pequeños: los conocemos mejor recurriendo a la experiencia más bien que a las palabras. Por eso dice el Señor por el Profeta: Si sus hijos abandonan mi ley, etc., castigaré con la vara sus pecados y a latigazos sus culpas. 
7. Así pues, en estos primeros pasos o etapa infantil se alternan el temor del Señor y la disciplina del maestro. Y quien intenta observarlas fielmente se encuentra a veces en este estado y otras en el siguiente. Por eso al hablar a la Iglesia aún tierna, el Señor le recuerda ambos nombres: Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y co razón, porque lo soy. Reconozcan nuestros novicios que éste es su lugar y procuren mantenerse siempre en él.
 Necesitan, ante todo, el temor, para que se les perdonen los pecados y los eviten en el futuro. Lo afirma la Escritura: El Temor del Señor expulsa el pecado, sea el que ya ha sido admitido o el que pretende entrar. El primero lo expulsa con la penitencia, y el otro haciéndole resistencia. Pero como el camino que conduce a la vida es estrecho, vosotros hijitos míos, que sois aún niños en Cristo, necesitáis alguien que os eduque y alimente. Alquien que os enseñe, os guíe, os proteja y acaricie como a niños; y os consuele con todo cariño, para que no muera esa flor tan tierna. 
 Por eso, no yo, sino el mismo Príncipe y Pastor de la Iglesia os advierte: Como niños recién nacidos, ansiad la leche auténtica, no adulterada; pero no os quedéis en ella, sino creced con ella en la salvación. Otro texto sagrado lo dice con más claridad: Rebosad de gozo todos los que os lamentabais de ella-de Jerusalén, según el contexto- para que bebáis leche y os saciéis de la abundancia de sus consuelos. Y así, cuando se os quite la leche, banqueteéis participando en su gloria.
8. Este es el estado del hijo robusto que vive bajo el Padre. Ya no toma leche, sino alimento sólido. Olvida lo pasado, todo aquello en que su mirada egoísta se entretenía con amargura; y tampoco se fija en lo presente, ni le apetecen los caprichos infantiles. Está volcado en las realidades futuras, en la corona que Dios ofrece y en conseguir su gloria futura; aguarda la dicha que esperamos y la manifestación gloriosa del gran Dios. Deja a un lado las niñerías y no le interesan estas alegrías, agradables sí, pero pasajeras. 
 Y como avanza hacia la madurez del adulto quiere ocuparse en las cosas de su padre, suspirar por su herencia y dedicarse a ella en incesantes meditaciones. ¿Quién va a pensar que es un mercenario quien así anhela la herencia paterna, y la pide y aguarda con todo su ser? El Profeta afirma que esa es la recompensa propia de un hijo, no de un jornalero: Cuando  dé a sus amados el descanso, la herencia del Señor será la recompensa de sus hijos, fruto de sus entrañas.
9. Existe, empero, otro grado más alto y un amor más perfecto que éste. Cuando el corazón está totalmente purificado, el alma no desea ni pide otra cosa a Dios que el mismo Dios. Tras múltiples experiencias ha comprendido que el Señor es bueno con los que esperan en él y con el alma que le busca. Por eso proclama con todo el afecto de su corazón y plenamente convencida aquello del salmista: ¿Qué otra cosa existe para mí en el cielo, y fuera de ti qué me importa la tierra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo.
 Esta alma no busca su interés, ni su felicidad, ni su gloria o cosa semejante, ni se guía por un amor centrado en sí misma. Se lanza sin reservas hacia Dios, que absorbe todo su deseo, gozar de él. Por eso contempla sin cesar, y cuando le es posible a cara descubierta la gloria del esposo celeste y se va transformando en su imagen con resplandor creciente, por el Espíritu del Señor. Y merece escuchar: ¡Qué hermosa eres, amiga mía! A lo cual ella responde con libertad: Mi amado es mío y yo suya. En este gozoso y regalado coloquio se recrea radiante con su esposa. 
RESUMEN
Dios es un ente dinámico que percibimos bajo distintas formas. Sin embargo, para sí mismo, es inmutable o, en todo caso, un gran misterio para nosotros. 
Antes de nuestra conversión vivimos cuatro etapas.
En la primera, la persona se aleja de Dios, pero no cae en el pecado. Simplemente se centra en las facultades y cualidades que ha obtenido por el hecho de ser un ser creado y dotado de una serie de potencialidades. 
Escoger el camino equivocado lleva a perder la libertad y a servir a situaciones ajenas que nos perjudican. 
 Nuestros sentidos, como la vista y el oído, nunca se cansan de ejercer sus funciones. El hombre debe ser algo más que puro sentido y transcender a lo espiritual, de lo contrario es como si estuviéramos apacentando cerdos y quizás el pasaje en que los demonios son expulsados de un hombre y entran en los puercos, quiera decirnos algo de esto. 
 El hijo pródigo mira con envidia a todo aquel que no vive halagado por el pecado, o que lleva una vida sencilla sin la costumbre de pecar. Cualquier detalle inocente le parece extraordinario porque él es incapaz de ello. Esa vida normal es la primera fase, a la que sigue otra fundada en el temor de Dios, otra en el goce espiritual de la vida contemplativa siguiendo fielmente a sus maestros, no sin algo de temor ante la posible pérdida de lo alcanzado y la existencia de pensamientos que entorpecen nuestro camino. Vivimos entonces entre el temor de Dios y el consuelo espiritual de nuestro maestro, nos alimentamos con leche tierna porque estamos recorriendo los primeros pasos espirituales. Después de tomar esa leche espiritual pasamos a ingerir alimento sólido, a buscar a Dios en nuestras meditaciones con sincero amor, no como un mercenario que espera objetos materiales. Finalmente llegamos al amor a Dios por si mismo, sin que sea medio para obtener nada y nos recreamos en sus infinitos matices.

miércoles, 8 de octubre de 2014

EN LA NATIVIDAD DE LA VIRGEN MARÍA


EN LA NATIVIDAD DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
SERMON LLAMADO "DEL ACUEDUCTO"

(8 de septiembre)

1. Cuando el cielo goza ya de la presencia de la Virgen fecunda, la tierra venera su memoria. Allí se halla la posesión de todo bien, aquí el recuerdo; allí la saciedad, aquí una tenue prueba de las primicias; allí la realidad, aquí el nombre. Señor, dice el salmista, tu nombre permanecerá para siempre, y tu memoria pasará de generación en generación. Esta generación y  no es de ángeles, a la verdad, sino de hombres. ¿Queréis saber cómo su nombre y su memoria está en nosotros y su presencia en las alturas? Oíd al Salvador cuando dice: Habéis de orar así: Padre nuestro.que estás en los cielos, santificado sea el tu nornbre. Fiel oración, cuyos principios nos avisan de la divina adopción y de la terrena peregrinacion, a fin de que, sabiendo que mientras no estamos en el cielo vivimos alejados del Señor y fuera de nuestra patria, gimamos dentro de nosotros mismos aguardando la adopción de tus hijos, o sea, la presencia del Padre. Por tanto, expresamente habla de Cristo el profeta cuando dice: Cual espíritu que anda delante de nosotros es Cristo nuestro Señor; bajo de su sombra viviremos entre las gentes, porque entre las celestiales bienaventuranzas no se vive en la sombra, sino más bien en el esplendor. En los esplendores de los santos, dice, de mi seno te engendré antes del lucero. Pero esto, sin duda, es el Padre.
2. Mas la madre no le engendró al mismo en el esplendor, sino en la sombra; pero no en otra sombra que con la que el Altísimo la cubrió. Justamente por eso canta la Iglesia, no aquella Iglesia de los santos, que está en las alturas y en el esplendor, sino la que peregrina todavía en la tierra: A la sombra de aquel que había deseado me senté, y su fruto es dulce al paladar mío. había pedido que se le mostrase la luz del mediodía, en donde el Esposo apacienta su rebaño, pero fue contrariada en su deseo, y en lugar de la plenitud de la luz recibió la sombra, en lugar de la saciedad, el gusto. Finalmente, no dice: A la sombra que yo había deseado, sino: a la sombra de aquel a quien yo había deseado me senté, pues no había deseado la sombra, sino el resplandor del mediodía, la luz llena de quien es luz llena. Y su fruto, añade, dulce a mi paladar. ¿Hasta cuándo me has de negar tu compasión, sin permitirme el respirar y tragar siquiera mi saliva? ¿Cuándo llegará el día en que se cumpla esta sentencia: Gustad y ved cuán suave es el Señor? Sin duda es suave al gusto y dulce al paladar, por lo cual se comprende perfectamente que, en vista de ello, prorrumpiera la esposa en voces de acción de gracias y de alabanza.
3. Pero ¿cuándo se dirá: Comed, amigos, y bebed y embriagaros, amadísimos? Los justos, dice el profeta, coman en convite, pero delante de Dios, no en la sombra. Y de sí mismo dice: Seré saciado cuando aparezca tu gloria. También el Señor dice a los apóstoles: Vosotros sois los que permanecisteis conmigo en mis tentaciones y yo dispongo para vosotros, así como mi Padre le dispuso para mí el reino, para que comáis y bebáis sobre mi mesa». ¿En dónde? En mi reino, dice. Dichoso aquel que coma el pan en el reino de Dios. Sea, pues, tu nombre santificado, por el cual de algún modo ahora estás, Señor, en nosotros, habitando por la fe en nuestros corazones, puesto que ya ha sido invocado sobre nosotros tu nombre. Vénganos tu reino. Venga, ciertamente, lo que es perfecto y sea acabado lo que es en parte. Tenéis, dice el Apóstol, por fruto de vuestras obras la santificación, pero será su fin la vida eterna. La vida eterna es fuente indeficiente que riega toda la superficie del paraíso. No sólo la riega, sino que la embriaga, como fuente de los huertos, pozo de aguas vivas que corren con ímpetu desde el Líbano, y el ímpetu del río alegra la ciudad de Dios". Pero ¿quién es la fuente de la vida, sino Cristo Señor? Cuando aparezca Cristo, que es vuestra vida, entonces también apareceréis vosotros con Él en la gloria. A la verdad, la misma plenitud se anonadó a sí misma para hacerse para nosotros justicia, santificación y remisión, no apareciendo todavía vida, gloria o bienaventuranza. Corrió la fuente hasta nosotros y se difundieron las aguas en las plazas, aunque no beba el ajeno de ellas. Descendió por un acueducto aquella vena celestial, no ofreciendo, con todo ello, la copia de una fuente, sino infundiendo en nuestros áridos corazones las gotas de la gracia, a unos, ciertamente, más, a otros, menos. El acueducto, sin duda, lleno está para que los demás reciban de la plenitud, pero no la misma plenitud.
4. Ya habéis advertido, si no me engaño, quién quiero decir que es este acueducto que, recibiendo la plenitud de la misma fuente del corazón del Padre, nos la franqueó a nosotros, si no del modo que es en sí misma, a lo menos según podíamos nosotros participar de ella. Sabéis, pues, a quién se dijo: Dios te salve, llena de. gracia. Mas ¿acaso admiraremos que se pudiese encontrar de que se formase tal y tan grande acueducto, cuya cumbre, al modo de aquella escala que vió el patriarca Jacob, tocase en los cielos, más bien, sobrepasase también los cielos y pudiese llegar a aquella vivísima fuente de las aguas que están sobre los cielos? Se admiraba también Salomón y, al modo del que desespera, decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte?. A la verdad, por eso faltaron durante tanto tiempo al género humano las corrientes de la gracia, porque todavía no estaba interpuesto este deseable acueducto de que hablamos ahora. Ni nos admiraremos de que fuese aguardado largo tiempo, si recordamos cuántos años trabajó Noé, varón justo, en la fábrica del arca, en la cual sólo unas pocas almas, esto es, ocho, se salvaron, y esto para un tiempo bastante corto.
5. Pero ¿cómo llegó este nuestro acueducto a aquella fuente tan sublime? ¿Cómo? Con la vehemencia del deseo, con el fervor de la devoción y con la pureza de la oración, según está escrito: La oración del justo penetra los cielos. A la verdad, ¿quién será justo, si no lo es María, de quien nació para nosotros el Sol de justicia? ¿Y cómo hubiera podido llegar hasta tocar aquella majestad inaccesible, sino llamando, pidiendo y buscando? Sí, halló lo que buscaba aquella a quien se dijo: has hallado gracia a los ojos de Dios. ¿Qué? ¿Está llena de gracia y todavía halla más gracia? Digna es, por cierto, de hallar lo que busca, pues no la satisface la propia plenitud, ni está contenta aún con el bien que posee, sino que, así como está escrito: El que de mí bebe, tendrá sed todavía, pide el poder rebosar para la salvación del universo. El Espíritu Santo, le dice el ángel, descenderá sobre ti, y en tanta copia, en tanta plenitud difundirá en ti aquel bálsamo precioso, que se derramará copiosaniente por todas partes. Así es, ya lo sentimos, ya se alegran nuestros rostros en el óleo. Mas esto, ciertamente, no es en vano; y si el aceite se derrama, no por eso perece. Por esto, sin duda, también las vírgenes, esto es, las almas todavía párvulas, aman al Esposo y no poco. Y no sólo recibió la barba aquel ungüento que descendía de la cabeza, sino también las mismas fimbrias del vestido le recibieron.
6. Mira, hombre, el consejo de Dios, reconoce el consejo de la sabiduría, el consejo de la piedad. Habiendo de regar toda la era con el rocío celestial, humedeció primero todo el vellocino; habiendo de redimir todo el linaje humano, puso todo el precio en María. ¿Con qué fin hizo esto? Quizá para que Eva fuese -disculpada por la hija y cesase la queja del hombre contra la mujer para siempre. No digas ya, jamás, Adán: "la mujer que me diste me ofreció del árbol prohibido; di más bien: La mujer que me diste me ha dado a comer del fruto bendito". Consejo piadosísimo, sin duda, pero no es esto todo acaso; hay otro todavía oculto. Verdad es lo que se ha dicho, pero aún es poco (si no me engaño) a vuestros deseos. Dulzura de leche es; se sacará, acaso, si con más fuerza apretamos la crasitud de la manteca. Contemplad, pues, más altamente con cuánto afecto de devoción quiso fuese honrada María por nosotros aquel Señor que puso en ella toda la plenitud, para que, consiguientemente, si en nosotros hay algo de esperanza, algo de gracia, algo de salud, conozcamos que redunda de aquélla que subió rebosando en delicias. Huerto es, en verdad, de delicias que no solamente inspiró viniendo, sino que agitó dulcemente con sus soberanos soplos aquel austro divino, sobreviniendo en ella, para que por todas partes fluyan y se difundan sus aromas, los dones, es a saber, de las gracias. Quita este cuerpo solar que ilumina al mundo, ¿cómo podría haber día? Quita a María, esta estrella del mar, del mar sin duda grande y espacioso, ¿qué quedará, sino obscuridad, que todo lo ofusque, sombra de la muerte todo y densísimas tinieblas?
7. Con todo lo íntimo, pues, de nuestra alma, con todos los afectos de nuestro corazón y con todos los sentimientos y deseos de nuestra voluntad, veneremos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Señor que quiso que todo lo recibiéramos por María. Esta es, repito, su voluntad, pero para bien nuestro. Puesto que, mirando en todo y por todo al bien de los miserables, consuela nuestro temor, excita nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra desconfianza y anima nuestra pusilanimidad. Recelabas acercarte al Padre, y aterrado con sólo oír su voz. huías a esconderte entre las hojas. Él te dió a Jesús por mediador. ¿Qué no conseguirá tal Hijo de Padre tal? Será oído sin duda por su respeto, pues el Padre ama al Hijo. Mas recelas acaso llegarte también a Él. Hermano tuyo es, tu carne es, tentado en todas las cosas sin pecado para hacerse misericordioso. Este hermano te lo dió María. Pero, por ventura, en Él también miras con temblor su majestad divina, porque, aunque se hizo hombre, con todo eso permaneció Dios. ¿Quieres tener un abogado igualmente para con Él? Pues recurre a María. Porque se halla la humanidad pura en María, no sólo pura de toda contaminación, sino pura de toda mezcla de otra naturaleza. No me cabe la menor duda: será ella oída también por tu respeto. Oirá sin duda el Hijo a la Madre, y oirá el Padre al Hijo. Híjos amados, ésta es la escala de los pecadores, ésta es mi mayor confianza, ésta es toda la razón de la esperanza mía. ¿Pues qué? ¿Podrá acaso el Hijo repeler, o padecer Él repulsa? ¿Podrá el Hijo no ser atendido por su Padre o rechazar los ruegos de su Madre? No, no; mil veces no. Hallaste, dice el ángel, gracia en los ojos de Dios. Dichosamente. Siempre ella encontrará la gracia, y sola la gracia es de lo que necesitamos. La prudente Virgen no buscaba sabiduría, como Salomón; ni riquezas, ni honores, ni poder, sino gracia. A la verdad, sola es la gracia por la que nos salvamos.
8. ¿Para qué deseamos nosotros, hermanos, otras cosas? Busquemos la gracia, y busquémosla por María, porque ella encuentra lo que busca y no puede verse frustrada. Busquemos la gracia, pero la gracia en Dios, pues en los hombres la gracia es falaz. Busquen otros el mérito; nosotros procuremos cuidadosamente hallar la gracia. ¿Pues qué? ¿Por ventura, no es gracia el estar aquí? Verdaderamente misericordia del Señor es que no hayamos sido consumidos nosotros. ¿Y quiénes somos nosotros? Nosotros, tal vez, perjuros; nosotros, adúlteros; nosotros, homicidas; nosotros, ladrones; la basura, sin duda, del mundo. Consultad vuestras conciencias, hermanos, y ved que donde abundó el delito sobreabundó también la gracia. María no alega el mérito, sino que busca la gracia. A la verdad, en tanto grado confía en la gracia y no presume de sí altamente, que se recela de la misma salutación del ángel. María, dice, pensaba qué salutación sería ésta. Sin duda, se reputaba indigna de la salutación del ángel. Y acaso meditaba dentro de sí misma: ¿De dónde a mí esto, que el ángel de mi Señor venga a mí? No temas, María, no te admires de que venga el ángel, que después de él viene otro mayor que él. No te admires del ángel del Señor, el Señor del ángel está contigo. ¿Qué mucho que veas a un ángel viviendo tú ya angélicamente? ¿Qué mucho es que visite el ángel a una compañera de su vida? ¿Qué mucho que salude a la ciudadana de los santos y familiar del Señor? Angélica vida es, ciertamente, la virginidad, pues los que no se casan ni son casados serán como los ángeles de Dios.
9. ¿No veis cómo también de este modo nuestro acueducto sube a la fuente, ni ya con sola la oración penetra los cielos, sino igualmente con la incorrupción, la cual nos une con Dios, como dice el Sabio? Era la Virgen santa en el cuerpo y en el espíritu, y podía decir con especialidad: Nuestro trato es en el cielo. Santa era, repito, en el cuerpo y en el espíritu, para que nada dudes acerca de este acueducto. Sublime es en gran manera, pero no menos permanece enterísirno. Huerto cerrado es, fuente sellada, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua, pues no sólo tenía su lámpara llena de aceite, sino que guardaba en su vasija la plenitud de él. En su corazón había dispuesto los grados para subir hasta el lugar santo por medio de la asidua oración y una vida santísima, y así vemos que subió a las montañas de Judea con mucha prisa, saludó a Isabel y permaneció en su asistencia como tres meses, de suerte que ya entonces podía decir la Madre de Dios a la madre de Juan lo que mucho tiempo después dijo el Hijo de Dios al hijo de Isabel: Déjame hacer ahora, que así es como conviene que cumplamos nosotros toda justicia. Puede afirmarse con toda verdad que esta Virgen al subir a las montañas de Judea se elevó más que los más altos montes de Dios, lo cual constituye el tercer ascenso de la Virgen, a fin de que se cumpliera en ella aquello de que con dificultad se rompe la cuerda tres veces doblada. Hervía, pues, la caridad en buscar la gracia, resplandecía en el cuerpo la virginidad y sobresalía la humildad en el obsequio. Pues si todo aquel que se humilla será ensalzado, ¿qué cosa más sublime que esta humildad? Se admiraba Isabel de su venida, y decía: ¿De dónde a mí esto, que la Madre de mi Señor venga a mi. Pero mucho más debiera haberse admirado de que María se anticipara a lo que más tarde debía decir su Hijo: No vine a ser servido, sino a servir. Con razón, por tanto, aquel cantor divino, llevado de su admiración profética, decía de ella: ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente, hermosa como la luna, escogida como el sol; terrible como un ejército formado en batalla?.Sube ciertamente sobre el linaje humano, sube hasta los ángeles, pero a éstos también los sobrepuja y se eleva sobre toda criatura celestial. Sin duda que sobre los mismos ángeles es forzoso que vaya a recibir aquella agua viva que ha de difundir sobre los hombres.
10. ¿Cómo, dice, se hará esto, porque yo no conozco varón? Verdaderamente es santa en el cuerpo y en el espíritu, teniendo no sólo la integridad de la virginidad, sino el propósito firme de conservarla incólume. Mas respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo sobrevendrá en ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra. Como si dijera: no me preguntes a mí esto, porque es cosa superior a mi comprensión y no podría declarártelo. El Espíritu Santo, no el espíritu angélico, sobrevendrá en tí, y la virtud del Altísimo te hará sombra, no yo. No te pares ni siquiera entre los ángeles, Virgen santa; mucho más sublime está lo que la tierra sedienta espera que se le dé a beber por ministerio tuyo. Un poco que les pases a ellos hallarás a quien ama tu alma. Un poco, repito, no porque tu Amado no sea superior a ellos incomparablemente, sino porque nada encontrarás que medie entre El y ellos. Pasa, pues, las virtudes y las dominaciones, los querubines y los serafines, hasta que llegues a Aquel de quien alternativamente están clamando: Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos. Pues el fruto santo que nacerá de ti se llamará Hijo de DiOS . Fuente es de la sabiduría el Verbo del Padre en las alturas. Pero este Verbo por medio de ti se hará carne, para que Aquel que dice: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí, diga igualmente: Porque yo procedí de Dios y he venido de parte de Dios. En el principio, dice San Juan, era el verbo. Ya brota la fuente, pero por ahora sólo en sí misma. Añade luego: Y el Verbo estaba en Dios, habitando una luz inaccesible, y decía el Señor desde el principio: Yo medito pensamientos de paz y de aflicción. Pero en ti, Señor, está tu pensamiento, y lo que piensas lo ignoramos nosotros. Porque ¿quién pudo jamás conocer los designios del Señor o quien fue su consejero? Descendió, pues, el pensamiento de la paz a la obra de la paz: el Verbo se hizo carne y habita ya entre nosotros. Habita por la fe en nuestros corazones, habita en nuestra memoria, habita en muestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. Porque ¿qué idea se formaría antes el hombre de Dios? ¿No se le representaba en su corazón bajo la forma de un ídolo?
11. Incomprensible era e inaccesible, invisible y superior a toda humana inteligencia. Mas ahora quiso ser comprendido, quiso ser visto, quiso que pudiésemos pensar en Él. ¿De qué modo, me preguntas? Echado en el pesebre, reposando en el virginal regazo, predicando en el monte, pernoctando en la oración; o bien pendiente de la cruz, poniéndose pálido en la muerte, libre entre los muertos y mandando en el infierno; o también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles las hendiduras de los clavos, insignias de su victoria; últimamente subiendo a lo más alto de los cielos a vista de los mismos apóstoles. ¿Qué cosa de éstas no se piensa verdadera, piadosa y santamente?.Cualquiera de estas cosas que yo piense, pienso en mi Dios y en todas estas cosas. El es mi Dios. El meditar, pues, estos misterios lo llamé sabiduría, y juzgué por prudencia el refrescar incesantemente la memoria de la suavidad de estos dulces frutos, que produjo copiosamente la vara sacerdotal que María fue a coger en las alturas para difundirlos con la mayor abundancia en nosotros. La recibió, sin duda, en las alturas y sobre los ángeles, puesto que recibió al Verbo del mismo corazón del Padre, según está escrito: El día anuncia al día la palabra. Verdaderaniente es  día el Padre, pues es día de la salud de Dios. ¿Acaso no es también día María? Y esclarecido. Resplandeciente día es, sin duda, la que procedió como la aurora resurgente, hermosa como la luna, escogida como el sol.
12. Contempla, pues, cómo se elevó hasta los ángeles por la plenitud de la gracia y por encima de los ángeles al descender sobre ella el Espíritu Santo. Hay en los ángeles caridad, hay pureza, hay humildad. ¿Cuál de estas cosas no resplandeció en María? Pero de esto ya os hemos hablado antes del modo que hiemos podido; prosigamos en ver su excelencia singular. ¿A quién de los ángeles se dijo alguna vez: el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra. Y por eso el fruto santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios? La verdad nació de la tierra, no de la criatura angélica, puesto que no tornó la naturaleza de los ángeles para salvarlos, sino que tomó la semilla de Abraham. para redimir a sus hijos. Cosa excelsa es para el ángel el ser ministro del Señor, pero otra cosa más sublime mereció María, que fue la de ser Madre del Señor. Así la fecundidad de la Virgen es una gloria sobreeminente, y por este privilegio único fue sublimada sobre todos los ángeles, tanto más cuanto supera el nombre de Madre de Dios al de simples ministros suyos. A ella la encontró la gracia,llena de gracia,para que, fervorosa en la caridad,en la virginidad íntegra, en la humildad devota concibiese sin conocer varón y diera a luz igualmente sin dolor ni menoscabo de su virginidad. Más aún, el fruto que nació de ella se llama santo y es Hijo de Dios.
13. En lo demás, hermanos, debemos procurar con el mayor cuidado que aquella Palabra que salió de la boca del Padre para nosotros por medio de la Virgen, no se vuelva vacía, sino que por mediación de Nuestra Señora volvamos gracia por gracia. Mientras suspiramos por la presencia, fomentemos con toda nuestra atención su memoria, y así sean restituidas a su origen las corrientes de la gracia para que fluyan después más copiosamente. De otra suerte, si no vuelven a la fuente se secarán, y siendo infieles en lo poco no merecernos recibir lo que es máximo. Poco es ciertamente la memoria en comparación de la presencia, poco en comparación de lo que deseamos, pero grande cosa es respecto de lo que merecemos: inferior es respecto del deseo, pero muy superior al mérito. Sabiamente, por tanto, la Esposa, aun por esto poco, se congratula a sí misma en gran manera, puesto que habiendo dicho: muéstrame dónde tienes los pastos, dónde reposas al llegar el mediodía, aunque recibió muy poco en comparación de lo que había pedido, pues en vez del pasto de mediodía sólo gustó el sacrificio de la tarde, sin embargo de ningún modo se lamenta de ello, como suele suceder, ni se contrista, sino que da gracias al Amado y en todo se muestra más devota. Sabe muy bien que si es fiel en la sombra de la memoria, obtendrá sin duda la luz de la presencia. Así, los que hacéis memoria del Señor, no guardéis silencio, no permanezcáis mudos, aunque, a la verdad, los que tienen presente al Señor no necesitan de exhortación, y aquellas palabras del profeta: alaba, Jerusalén, al Señor, alaba a tu Dios, Sión, más bien son de congratulación que de amonestación, pero por los que caminan aún en la fe necesitan de amonestación para que no callen y no respondan al Señor con el silencio, porque Él hace oír su voz y habla palabras de paz para su pueblo y para sus santos y para todos aquellos que se vuelven a Él de corazón. Por esto se dice en el salmo: con el santo serás santo, y con el varón inocente, inocente, y oirá al que le oye y hablará al que le habla. De otra suerte le habrás dado silencio, si tú callas. Pero ¿si tú callas de qué? De la alabanza. No calléis, dice, y no le deis silencio hasta que establezca y ponga a Jerasalén alabanza en la tierra. La alabanza de Jerusalén es gustosa y hermosa alabanza, a no ser que acaso juzguemos que los ciudadanos de Jerusalén se deleitan de las alabanzas mutuas y que se engañan recíprocamente con la vanidad.
14. Hágase tu voluntad, ¡oh Padre!, así en la tierra como en el cielo, para que las alabanzas que resuenan en Jerusalén resuenen también en la tierra. Pero ¿qué sucede ahora? El ángel no busca gloria de otro ángel en JerusaIén, mas el hombre desea ser alabado del hombre en la tierra. ¡Execrable perversidad!, pero sólo propia de aquellos que tienen ignorancia de Dios, que viven olvidados del Señor Dios suyo; en cuanto a vosotros, que os acordáis del Señor, no ceséis de publicar sus alabanzas hasta que resuenen cumplidamente en toda la tierra. Hay un silencio irreprensible, más aún, loable, como también hay palabras que no son buenas. De otra suerte no diría el profeta que era bueno aguardar en silencio la salud que viene de Dios . Bueno es que la jactancia guarde silencio, bueno es que la blasfemia se calle, bueno es que enmudezca la murmuración y la detracción. Acontece que alguno, exasperado por la magnitud del trabajo y peso del día, murmura en su corazón y juzga temerariamente a los que velan por su alma, como que han de dar cuenta de ella. Esta murmuración equivale a un grito clamoroso que procede de un corazón endurecido y que le impide oír la voz de Dios. Otros, por la pusilanimidad de su espíritu, desmayan en la esperanza, y ésta viene a ser como una horrible blasfemia, que ni en este siglo ni en el futuro se perdona. Otros, en fin, aspiran a cosas grandes y muy superiores a su capacidad, diciendo: Nuestra mano es robusta. creyéndose algo cuando en realidad son una pura nada. ¿Qué le hablará a éste aquel Señor que no habla de un sitio de paz? Ese tal dice: Rico soy y de nadie necesito, mientras que el que es la verdad clama: ¡Ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis aquí vuestra consolación. Y en otra parte añade: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados . Calle, pues, en nosotros la lengua maldiciente, la lengua blasfema, la lengua orgullosa y altanera, porque es bueno aguardar en este triplicado silencio la salud que viene de Dios, a fin de que así podamos decir: Habla, Señor, porque tu siervo escucha. Semejantes voces no se dirigen a Él, sino contra Él, según aquello que decía Moisés a los murmuradores: No es contra mí vuestra murmuración, sino contra el Señor.
15. Mas de tal suerte has de callar en estas tres cosas, que no enmudezcas del todo, guardando con Dios absoluto silencio. Háblale contra la jactancia por la confesión, para que alcances perdón de lo pasado. Háblale contra la murmuración con la acción de gracias, para que te conceda más abundante gracia en la presente vida. Háblale contra la desconfianza en la oración, para que consigas también la gloria en lo futuro. Confiesa, repito, lo pasado, y da gracias por lo presente, y en adelante ora con más cuidado por lo futuro, a fin de que Él a su vez no calle en la remisión, ni en la donación de sus gracias ni en sus promesas. No calles, repito, no guardes silencio en su presencia. Háblale para que también Él te hable y pueda decirte: mi amado es para mí y yo para él. Voz agradable es ésta; dulce palabra. Sin duda no es esta voz de murmuración, sino de tórtola. No me digas ¿cómo hemos de cantar los cánticos del Señor en la tierra extraña?, porque no debe reputarse tierra extraña aquella de la cual dice el Esposo: la voz de la tórtola se ha oído ya en nuestra tierra. Había, pues, oído el que decía: cogednos las zorras pequeñas, y por eso acaso prorrumpió en voces de gozo, diciendo: mi amado es para mí y yo para él. Sin duda voz de tórtola que con una castidad singular persevera para su consorte, así vivo como muerto, para que ni la muerte ni la vida la separen de la claridad de Cristo. Mira, pues, si hubo algo que pudiese apartar al amado de la amada, cuando ves que persevera unido a ella aún pecando y estando apartada de Él. Porfiaban en vueltas entre sí las nubes en ofuscar los rayos para que nuestras iniquidades nos apartasen de Dios. Pero desplegó su fervor el Sol y lo disipó todo. De otra suerte, ¿cuándo hubieras tú vuelto a Él, si Él no hubiera perseverado para ti, si Él no hubiera clamado: Vuélvete, vuélvete, Sunamitis; vuélvete, vuélvete para que te miremos? Sé, pues, tú también no menos perseverante, de modo que por ningunos castigos, por ningunos trabajos te apartes.
16. Lucha con el ángel, como Jacob, para que no seas vencido, porque el reino de los cielos se alcanza a viva fuerza y sólo los valerosos le arrebatan. ¿Por ventura, no indican lucha aquellas palabras: Mi amado es para mí y yo para él? Te dió Él muestras de su amor, experimenta también el tuyo. En muchas cosas te prueba el Señor tu Dios; se desvía muchas veces, aparta de ti su rostro; pero no llevado de ira. Lo hace para probarte, no para reprobarte. Te sufrió el amado, sufre tú al amado, sostén al Señor y obra varonilmente. No le vencieron a Él tus pecados, a ti tampoco te superen sus castigos, y alcanzarás la bendición. Mas ¿cuándo? Al nacimiento de la aurora, cuando ya esclarezca el día, cuando haya establecido las alabanzas de Jerusalén en la tierra. He aquí, dice Moisés, que un varón, o sea, un ángel, luchaba con Jacob hasta la mañana . Haz que sea oída de mí en la mañana tu misericordia, porque en ti, Señor, he esperado. No callaré, perseveraré en la oración hasta la mañana, y ojalá que no me quede en ayunas. Tú, Señor, te dignas alimentarme, y no sólo esto, sino entre las azucenas. Mi amado es para mí, y yo para él, el cual se apacienta entre las azucenas . Un poco antes se observa en el mismo cántico que la aparición de las flores va acompañada del arrullo de la tórtola. Pero atiende que parece indicar el sitio, no el sustento, y no explica de qué cosas se alimenta, sino entre qué cosas.Acaso, pues, no se alimenta con el manjar, sino con la compañía de las azucenas, ni come azucenas, sino que anda entre ellas. Sin duda más bien por el olor que por el sabor agradan las azucenas y son más a propósito para la vista que para la comida.
17. Así, pues, se apacienta entre las azucenas, hasta que decline el día, y a la belleza de las flores se siga la abundancia de los frutos. Porque ahora es tiempo de flores, no de frutos, pues tenemos aquí sola la esperanza y no lo que esperamos, y caminando por la fe, no por la vista clara, nos congratulamos más con la expectación que con la experiencia. Considerad la suma delicadeza de esta flor y acordaos de aquellas palabras del Apóstol: Llevamos este tesoro en vasos de barro. ¡Cuántos peligros amenazan a las flores! ¡Cuán fácilmente con los aguijones de las espinas es traspasada la azucena! Con razón, pues, canta el amado: como azucena entre espinas, así es mi Amiga entre las vírgenes . ¿Acaso no era azucena entre espinas el que decía: con los que aborrecían la paz era yo pacífico?. Sin embargo, aunque el justo florece como la azucena, no se alimenta el Esposo de azucenas ni se complace en la singularidad. Escuchad cómo habla el que mora en medio de las azucenas: donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Ama siempre Jesús lo que está en medio; los lugares apartados y solitarios siempre los ha reprobado el Hijo del hombre, que es el mediador entre Dios y los hombres. Mi Amado es para mí y yo para él, el cual se apacienta entre azucenas. Procuremos, pues, hermanos míos, cultivar azucenas; démonos prisa arrancar de raíz las espinas y los abrojos, y plantemos en su lugar azucenas, por si alguna vez acaso se digna el amado descenderá a apacentarse entre ellas.
18. En María sí que se apacentaba, puesto que en ella hallaba grandísima abundancia de azucenas. ¿No son acaso azucenas el decoro de la virginidad, las insignias de la humildad, la supereminencia de la carídad? También nosotros podemos tener azucenas, aunque menos hermosas y olorosas; con todo, ni aún entre ellas se desdeñará de apacentarse el esposo, con tal de que a esas acciones de gracias, de que hemos hablado antes, les dé lustre la alegría de la devoción, a la oración le dé candor la pureza de intención y la misericordia dé blancura a la confesión, como está escrito: Aunque sean vuestros pecados como la escarlata, se volverán blancos como la nieve, y aunque sean rojos como el carmesí, serán blancos como la lana. Pero sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer, acuérdate de encomendarlo a María, para que vuelva la gracia por el mismo cauce por donde corrió, al dador de la gracia. No le faltaba a Dios, ciertamente, poder para infundirnos la gracia, sin valerse de este acueducto, si Él hubiera querido, pero quiso proveerte de ella por este conducto. Acaso tus manos están aún llenas de sangre o manchadas con dádivas sobornadoras, porque todavía no las tienes lavadas de toda mancha. Por eso aquello poco que deseas ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de El repulsa. Sin duda candidísimas azucenas son, ni se quejará aquel amante, de las azucenas de no haber encontrado entre azucenas todo lo que Él hallare en las manos de María. Amén.
RESUMEN
 Su nombre y su memoria está entre nosotros. Su presencia está en las alturas. Así lo dice el Padre Nuestro cuando especifica que "estás en los cielos".
 Cristo fue engendrado en las sombras de la tierra. María hubiera deseado el esplendor de las alturas. Sin embargo, es dulce y suave por lo que prorrumpió en acción de gracias.
 Deseamos la pesencia de Dios, no las sombras. Por eso pedimos que su nombre sea santificado y que venga a nosotros su reino. La fuente de la vida es Cristo Señor en forma de justicia, santificación y remisión. Agua santa que llega como por un acueducto, para todos pero no en la misma cantidad.
 Ese acueducto es la Virgen María, con su gracia ascendente como la misma Escala de Jacob.
 Ese acueducto se formó porque la oración del justo taladra los cielos. No tiene límite alguno. Su agua es de tal calidad que el que la bebe tendrá más sed. 
 La redención universal comenzó con María, fuente de toda luz y de toda gracia. 
 María es la voluntad de Dios para bien nuestro. Nos permite acercarnos al Padre. También al Hijo que, gracias a ella, es nuestro hermano.
 María nos acerca a la gracia pese a la imperfección y nuestros múltiples pecados.
 La oración y la incorrupción penetra los cielos. No era una virgen fatua. Subió a las montañas de Judea para ayudar a su prima Isabel, madre de Juan el Bautista. Era la tercera subida de la Virgen. Con dificultad se rompe la cuerda tres veces doblada.
 María está sobre los órdenes angélicos. El Verbo habitó entre nosotros y necesitábamos percibirlo pero no como un ídolo.
 María difunde entre nosotros los dulces misterios de Dios, que son la base de la sabiduría. Dios y María son el lado luminoso, la misma luz del día. 
 María es madre de Dios, mientras que los ángeles son meros ministros suyos. 
 Debemos contestar a la gracia con la oración dirigida al cielo no con el silencio, para que no cese el manantial que nos apoya espiritualmente.
 Es perverso no buscar a Dios sino la admiración de otros hombres. Caer en la desesperanza y de allí a la murmuración y la jactancia. Todas estas son cosas impropias y contrarias a la salud espiritual.
 Debemos luchar contra la jactancia, la murmuración y la desconfianza. Para ello, el mejor remedio es la oración y la acción de gracias. Debemos permanecer unidos ante las adversidades, esperando que la noche deje paso a la luz.
 El reino de Dios se alcanza a viva fuerza y, en muchas ocasiones, no nos reprueba sino que nos prueba. No sólo nos alimenta de cosas tangibles sino de manjares espirituales como el olor de las azucenas. 
 La vida terrena es más de flores que de frutos. Busquemos las azucenas, pero sabiendo que es una flor muy delicada, fácilmente destruida, o dañada, por espinas y abrojos. 
 María es tan sencilla como las azucenas. Está llena de virginidad, humildad y caridad. Intentemos poseer esas mismas virtudes, aunque siempre sea en menor grado. Utilicemos este acueducto tanto para recibir gracia como para enviar nuestras oraciones al reino de más allá que nos espera con sus dulces frutos. Hagamos todo lo posible para que este acueducto no se cierre jamás. 

martes, 7 de octubre de 2014

CARACTERÍSTICAS DEL PASTOR Y DEL REBAÑO

La diferencia que existe entre el pastor y su rebaño es idéntica es idéntica a la que debe mediar entre el obispo y su pueblo. El primero está en pie y bien erguido, el otro tiene la cabeza inclinada hasta el suelo. Lo ha dicho el poeta:
 "Mientras que todos los demás miran a la tierra, el hombre dirige su rostro hacia el cielo". 
 El pastor conduce y el rebaño se deja conducir. Aquél apacienta y éste come los pastos. La actitud y manera de ser les distingue perfectamente. El pastor lleva en la mano una vara para golpear, o más bien para conducir y agrupar a las ovejas. ¿Qué significa esta vara en la mano sino practicar la justicia, y de ese modo instruir a los súbditos más con el ejemplo que con la palabra? Porque si los discípulos ven que sus maestros les superan en humildad, ellos se avergonzarán de su soberbia. Recordemos qué dice del Señor la Escritura: Comenzó a obrar y a enseñar. 
 El pastor lleva también un bastón para herir al lobo. La vara es para la oveja y el bastón para el lobo. Para decirlo de otro modo, a los obedientes y sumisos debe corregirlos con delicadeza, y a los insolentes y rebeldes de corazón debe reprenderlos con más energía y, si es menester, herirlos con el castigo de la excomunión.
 También lleva el perro atado con un cordel, o sea, un celo discreto; y así no será como aquellos de quienes afirma la Escritura que tienen celo, pero mal entendido. Y finalmente, el buen pastor lleva pan en el zurrón, esto es, la palabra de Dios en su memoria. 

RESUMEN Y COMENTARIO
El pastor guía a su rebaño pero de distintas maneras. A los sumisos y obedientes, que cometen pequeñas faltas, los guía con una vara que indica la dirección correcta hacia donde deben caminar. A los soberbios y rebeldes los guía con un bastón, pues merecen mayor corrección. En cualquier caso guía a sus compañeros y acólitos con un largo cordel, para permitirles el uso de la razonable libertad que el Señor nos otorga. En la memoria del pastor, como pan espiritual, del que nos alimentamos todos, siempre se encuentra la palabra revelada por Dios. 

domingo, 5 de octubre de 2014

EN LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA. SERMÓN V


Doble consideración de sí mismo


 Hermanos, hoy clebramos una gran fiesta. Esto es muy fácil decirlo; pero si queréis saber a qué Santo festejamos, ya no es tan fácil. En efecto, cada vez que celebramos la memoria de un apóstol, de un mártir oo de un confesor, no es difícil indicar de qué se trata. Pensemos, por ejemplo, en las fiestas de San Pedro, del glorioso Esteban, de nuestro Padre San Benito o de algún otro príncipe de la curia celestial. La solemnidad de hoy, en cambio, no concierne a ninguno de ellos, aunque es realmente una solemnidad y no de las menores. Voy a decíroslo abiertamente: hoy se celebra la fiesta de la casa del Señor, del templo de Dios, de la ciudad del Rey eterno, de la esposa de Cristo.
 Nadie duda que es santa la esposa del Santo de los santos y dignísima de todo honor. ¿Y por qué dudar de que sea santa la casa de Dios, de la cual se dice: en tu casa reina la santidad? Su templo también es santo y de una perfección admirable. Juan nos atestigua que vio una ciudad santa. Vi bajar del cielo, como una novia que se adorna para su esposo. Con estas citas he comenzado ya a descubrir lo que intenta seguir ocultándoos. Es decir, la esposa y la ciudad son a la vez el templo y la casa. Lo cual no es nada extraño porque uno mismo es el que se digna mostrarse Esposo, Rey, Dios y Padre de familia.
 Pero no creo que quedéis satisfechos mientras no escuchéis con más claridad quién es el que merece llevar el nombre de Casa del Padre de Familia, Templo de Dios, Ciudad de este Rey y Esposa de este Esposo tan insigne. Yo, por mi parte, temo decir lo que pienso, no suceda que alguno de vosotros lo entienda mal o lo acoja con poca humildad y salga de esta reunión envanecido de su incomparable dignidad o escéptico por su espíritu tan mezquino. Quiero que reine siempre en vosotros la fidelidad y la humildad, virtudes imprescindibles para la salvación. Porque solamente los humildes reciben la gracia de aquel a quien sin fe es imposible agradarle. Quiero y deseo ardientemente que os presentéis ante él como pequeños y grandes; más aún -aunque sorprenda-, como que sois nada y algo. Y un algo muy grande. Si no sois magnánimos no podréis conseguir esos bienes tan sublimes ni arrebatar el reino de los cielos. Y si no os hacéis como niños tampoco entraréis en ese reino. 
 Yo no soy un gran pensador y sólo puedo comunicaros el fruto de mi experiencia. Por eso me limitaré a deciros lo que he sentido alguna vez, para que lo imite quien lo crea provechoso. Como estoy convencido de que debo compadecerme de mi mismo para agradar a Dios, pienso frecuentemente en eso y, ojalá pudiera hacerlo sin cesar. Hubo un tiempo que no me gustaba este ejercicio, porque me amaba muy poco, por no decir nada. ¿Quién ama al que desea verle muerto? Y si está fuera de toda duda que la maldad es muerte del alma, la conclusión es evidente: quien ama al mal odia a su propia alma. Yo la odié. Seguiría odiándola aún ahora si no me hubiera enseñado a amarla el que la amó primero. 
 Ayudado, pues, con su gracia, pienso alguna vez en mi alma y encuentro en ella dos cosas contrarias. Si la considero tal como es en sí y de sí misma, es decir, en su pura realidad, lo único que puedo decir es que está totalmente abatida. Es inútil detallar sus miserias; está abrumada de pecados, envuelta en tinieblas, enredada en placeres, llena de ilusiones, inclinada siempre al mal y proclive al vacío; para decirlo de una vez, invadida de confusión y vergüenza. Si toda nuestra justicia, mirada a la luz de la verdad, es como un paño manchado, ¿cómo srán nuestras injusticias? Si nuestra luz es pura tiniebla, ¿qué densidad tendrán nuestras tinieblas? 
 Quien se examine a sí mismo sin ambages y se juzgue imparcialmnte, dará la razón al Apóstol y confesará con toda sencillez: Si alguno se figura ser alg, cuando no es nada, él mismo se engaña. O hará suya aquella otra exclamación llena de fe y humildad. ¿Qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Lo sabemos perfectamente: pura vanidad, un soplo, nada. ¿Y cómo puede ser nada el que Dios tanto encumbra? ¿Es nada quien es tan amado de Dios?
Cobremos aliento, hermanos, y si en nuestro corazón no somos nada, tal vez el corazón de Dios nos reserve algo. ¡Oh Padre de las misericordias y Padre de los miserables! ¿Por qué vuelcas en ellos tu corazón? Sí, ya lo sé: donde está tu tesoro allí está tu corazón. ¿Cómo vamos a ser nada si somos tu tesoro? En tu presencia todas las naciones son como si no existieran, no cuentan absolutamente nada. Sí, eso son en tu presencia, pero no en tu corazón. Eso son ante el juicio de la verdad, no para el afecto de tu amor. Tú llamas a las cosas que no existen como a las que existen. No existen porque tu llamas lo que no existe; y existen porque las llamas. No existen en sí mismas, pero existen en ti. Lo dice, claramente el Apóstol: No por las obras sino porque él llama. De este modo consuelas con tu misericordia al que humillas con tu verdad, y se desahoga libremente en tus entrañas el que se ahoga en las suyas. Todos tus caminos se resumen en la misericordia y en la fidelidad para los que guardan tu alianza y tus mandatos: tu alianza que es amor, y tus mandatos que son fidelidad.
 Lee, hombre en tu corazón; lee en tu interir tu propio veredicto de la verdad, y te juzgarás indigno de la luz del sol. Lee después en el corazón de Dios la sentencia rubricada con la sangre del Mediador y verás cuán distinto cuán distinto te resulta poseer algo en esperanza y tenerlo realmente. ¿Qué es el hombre que así lo encumbras? Algo muy grande, mas para el que así lo ensalza. Y la prueba de ello es que se cuida inmensamente de él. Él mismo cuida de nosotros, escribe el apóstol Pedro. Y el Profeta añade: Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mi.
 Aquí vemos el maravilloso equilibrio entre ambas consideraciones: en un mismo momento desciene y asciende; se siente pobre y desgraciado y ve a Dios volcado sobre él. Subir y bajar a un mismo tiempo pertenece a los ángeles: Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar por el Hijo del  hombre. Pero ellos no sufren ninguna alteración al subir y bajar, porque continuamente son enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación y nunca dejan de estar en la presencia de la majestad. Dios lo ha dispuesto con misericordia: nosotros abundamos en gozo y ellos desconocen la tristeza. ¿Pensáis acaso que si no fuera así soportarían tranquilamente verse alejados ni un solo instante, por atenderos a nosotros, de ese rostro glorioso que les hechiza? El que es la Verdad nos dice el Evangelio, hablando de los niños, que sus ángeles están viendo siempre en el rostro del Padre. Vigilan atentamente a los niños, sin privarse en nada de su propia felicidad. 
 Por ese motivo San Juan vio descender a la Jerusalén celeste, pero no pudo contemplarla erguida. Tampoco dice que la viera caer, sino descender. En otra ocasión sí cayó una gran parte de aquella ciudad; pero esa parte era muy poco santa, ya que el modo de su terrible caída fue haberse rebelado contra el que es la santidad. 
Juan no pudo ver este desastre y esta terrible caída, porque todavía no existía. Pero la vio el Verbo, que existe desde el Principio, y dijo un día a los Apóstoles: Yo veía caer a Satanás de lo alto como un rayo. Esta parte que cayó será reparada por Dios. Él levantará las ruinas y reconstruirá las murallas de Jerusalén; pero no lo hará con ninguno de los que cayeron. En cambio, esta que desciende ya estaba preparada, como nos dice el vidente: Preparada por Dios.
 El hecho de que los ángeles santos descendieran y no cayeran se debe a una prevención divina, que les concedió el deseo y la capacidad para ello. Por eso nos dice el Apóstol que son únicamente administradores, sino enviados a un ministerio. ¿Es mucho que haga descender los cielos en bien de aquellos por quienes quiso el mismo ser enviado por el Padre? ¿Es mucho que haga descender los cielos en favor de aquellos por quienes descendió el Rey de los cielos, y escribió con su dedo en la tierra? Señor, inclina tus cielos. Mas aún: y desciende. ¿Qué más quieres? Que suban con él aquellos con quienes se identificó.
 Ya hemos dicho que las subidas y bajadas de los ángeles son simultáneas. Nosotros, en cambio, debemos alternar de una a otra, porque no podemos perseverar en lo alto, ni nos Subían al cielo y bajaban al abismo, y su alma desfallecía por el mal. ¿Por qué dice esto? Porque en esta vida es más frecuente que el alma sufra el mal que se goce en el bien: el mal es una realidad, el bien es una esperanza. ¿Quién puede salvarse? preguntaron los discípulos al Salvador. Y les dijo: Humanamente eso es imposible, pero no para Dios. Aquí radica nuestra confianza, nuestro único consuelo y la razón exclusiva de nuestra esperanza.
 Estmos ciertos de que es posible, ¿pero sabemos si lo quiere? El hombre no sabe si es digno de amor o de odio. ¿Quien conoce la mente del Señor? ¿Quien es su consejero? Necesitamos apoyarnos en la fe y confiar en el amor, para que su Espíritu nos revele el designio del corazón del Padre sobre nosotros, y asegure a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y que nos convenía de ello, llamándonos y justificándonos gratuitamente por la fe; porque estas dos gracias son el puente que une la predestinación con la glorificación. 
 Si la primera consideración se orientaba al juicio y a la verdad, esta otra se alimenta de la fe y del amor. Nada tiene de extraño que el hombre realice actividades tan dispares, si nos fijamos en la diversidad de naturalezas a que da origen una misma sustancia. ¿Hay algo más sublime que el espíritu de vida? ¿Existe algo más ordinario que el barro? Esta coherencia en el hombre de cosas tan incoherentes, no pasó inadvertida a lo filósofos al definirle como animal racional mortal. Es una admirable unción entre la razón y la muerte, entre la discreción y la corrupción. Idéntica oposición, por no decir mayor, encontramos en las costumbres, afectos y aspiraciones del hombre. Si, observas atentamente su maldad y su inmensa capacidad de bien, te parecerá un verdadero milagro la fusión de realidades tan dispares. De aquí que una misma persona puede ser llamado hijo de Jonás y Satanás. Absolutamente normal. Repasad el Evangelio y veréis cómo la Verdad, y en ambos casos son plena verdad, dijo: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás; y poco después le dijo: ¡Apártate de mi Satanás! Así pues, el mismo individuo era ambas cosas aunque no tenían el mismo origen. Lo primero lo tenía del Padre, lo segundo del hombre; pero él era una y otra realidad. ¿Por qué era hijo de Jonás? Porque no había recibido la revelación de la carne ni de la sangre, sino del Padre del cielo. ¿Y por qué era Satanás? Porque no pensaba en lo divino sino en lo humano. 
 Apoyémosnos en esa doble consideración para conocernos de verdad: una nos manifiesta nuestra nada y otra nuestra grandeza. La magestad divina está pendiente de nosotros y ha volcado su corazón sobre nosotros. De este modo nos gloriaremos con mesura, e incluso nos sentiremos solidamente orgullosos, porque ya no nos gloriamos en nosotros mismos, sino en el Señor. Nos apoyaremos exclusivamente en él y diremos: Si ha decidido salvarnos, pronto recuperaremos la libertad.
 Después de habernos detenido un momento en esta atalaya, preguntémonos por la casa de Dios, su templo, su ciudad, su esposa. Lo digo con temor y respeto: somos nosotros. Sí nosotros somos todo eso en el corazón de Dios. Lo somos por su gracia no por nuestros méritos. Que el hombre no usurpe lo que es de Dios ni se atribuya su gloria: si lo hace, Dios que le ha dado todo, humillará al orgulloso. Si un ansia pueril nos lleva a querer salvarnos prescindiendo de él, no lo lograremos. Disimular la propia flaqueza es excluirse de la misericordia: no queda lugar para la gracia donde se presumen méritos.
 Por el contrario, la humilde confesión de nuestras dificultaes excita su compasión. Esa confesión es lo único que le mueve a Dios a socorrer nuestra necesidad, como un rico padre de familia y nos hace encontrar pan en abundancia junto a él. Somos su casa donde no falta el alimento vital. Y no olvidemos que él quiere que su casa sea lugar de oración. Así piensa también el salmista cuando nos asegura que en la oración nos da a comer llanto y beber lágrimas a tragos. Por lo demás, como ya dijimos anteriormente con palabras del mismo Profeta, la santidad es el mejor adorno de esta casa. Si a las lágrimas de la penitencia acompaña la pureza del alma, la casa de Dios se convierte en un templo de la divinidad. Sed santos, nos dice el mismo Dios, porque yo, vuestro Dios, soy santo. Y el Apóstol añade ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu santo y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo aniquilará.
¿Será suficiente la santidad? Según el testimonio del Apóstol, también la paz es necesaria: Procurad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios. Esta paz es la que nos hace vivir juntos, unidos como hermanos, y edifica para nuestro Rey, el verdadero Rey pacífico, una ciudad enteramente nueva llamada Jerusalén, que significa visión de paz. Una multitud que está reunida y no tiene paz, ni observancia de la ley, ni disciplina ni régimen, ni cabeza, no merece llamarse pueblo sino turba. No sería ciudad, sino confusión. Tiene más de Babilonia que de Jerusalén.
 ¿Y cómo puede ser que un Rey tan glorioso se convierta en esposo, y una ciudad en esposa? Esto sólo puede realizarlo el que todo lo puede: el amor, que es más fuerte que la muerte. ¿No va a levantar el alma el que logró inclinar a Dios? Aquí ya no debes considerarte a ti mismo, como antes dijimos, sino realizar al máximo todas las potencialidades de tu fe. Dios mismo nos dice esto: Yo soy tu esposo por la fe, y me desposo y me desposo contigo en juicio en justicia -la mía, no la tuya-, Soy tu esposo por misericordia y compasión. ¿No se ha portado él como un esposo? ¿No ha amado y se ha mostrado celoso como un esposo? Entonces ¿cómo nos consideramos esposas suyas? 
 Por tanto, hermanos, sabemos por experiencia que somos la casa del Padre de familia, por el alimento tan abundante que tenemos: somos templo de Dios por nuestra santificación, ciudad del Rey supremo por nuestra comunión de vida y esposa del Esposo inmortal por el amor. Creo, pues, poder afirmar sin miedo que esta fiesta es realmente nuestra. Y no os extrañe que se celebre en la tierra: también se celebra en el cielo. Si la Verdad infalible nos dice que en el cielo hay alegría por un pecador que se convierte, con mayor razón se alegrarán los ángeles por la conversión de tantos pecadores. ¿Queréis otro testimonio? El Señor se goza en nuestra fortaleza. Alegrémonos, pues, con los ángeles de Dios, gocémons con Dios y celebremos esta fiesta con acción de gracias, y cuanto más familiar es, vivámosla con mayor devoción. 

RESUMEN
La esposa y la ciudad celestial son, a la vez, el templo y la casa del Señor. Debemos vivir con humildad, como niños y, al mismo tiempo, amarnos a nosotros mismos que es lo equivalente a despreciar al mal. Como no logro desprenderme totalmente de las tendencias maléficas, me compadezco de mi mismo y ese es un ejercicio que deberíamos hacer continuamente. El alma del hombre es impura e insignificante. Por eso mismo es difícil entender que seamos tan amados de Dios. Los caminos de Dios son difíciles de entender. Se basan en la misericordia y existe, con la intensidad que desea, lo que quiera que exista. El hombre y la Jerusalén celestial suben y bajan, sufren alegrías y tristezas. En nuestro apoyo Dios manda a sus ángeles que suben y bajan al mismo tiempo y no sufren la tristeza. En otras palabras, permanecemos aislados dependientes del socorro que llega y se va. Sólo Dios, de forma misteriosa, puede abrirnos el camino hacia las alturas celestiales. El hombre es un ser dual, al mismo tiempo angélico y satánico. Sólo Él, si ha decidido salvarnos nos hará recuperar la libertad. Nadie puede profanar el templo de Dios, que es nuestro propio cuerpo, porque Dios lo aniquilará. La Iglesia (la comunidad de los fieles) es la verdadera esposa de Dios y en ese sentido todos somos esposas de ese Dios santo y misericordioso. Debemos celebrar la fiesta de la dedicación a la iglesia con la alegría de que es nuestra fiesta y dando gracias a Dios por nuestra conversión. 

EN LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA. SERMÓN CUARTO


SERMÓN CUARTO
Estamos dedicando este día a solemnes alabanzas y lo llenamos de alegres cantos. Pero nadie que presume de religioso, o de sabio, puede ignorar lo que venera o cerebra. Por eso debemos pregunarnos a qué se debe todo esto o qué santo recordamos. Yo no me atrevo a decir nada; prefiero ceder la palabra a otro, cuyo testimonio tiene más valor y merece toda confianza.
 Tal vez os sorprenda este breve exordio, pues tenéis ante vuestros ojos esta iglesia, cuyo aniversario de la DEDICACIÓN celebramos. Nadie se atreve a negar la santidad de estos muros misteriosamente consagrados por las manos venerables de los Pontífices. Desde entonces se proclama aquí frecuentemente la palabra divina. Se perciben los fervientes susurros de la oración, se veneran las reliquias santas, y los espíritus angélicos velan incesantemente por su custodia.
 Es muy posible que me preguntes: "Todo esto es evidente, pero ¿Quién ha visto a los centinelas angélicos?" Tu no los has visto, pero el que los envía sí los ha visto. ¿Y quién es ese? El que dice por medio del Profeta: sobre tus murallas Jerusalén he colocado centinelas. Hay una Jerusalén en el cielo, la libre, nuestra madre. Pero yo creo que no hay vigilantes en sus murallas, pues el Profeta canta de ellas: reina la paz en tus fronteras. Y si esto te parece poco, escucha lo que continúa diciendo: nunca callan ni de día ni de noche. 
 Esto nos prueba que no se refiere a esta Jerusalén terrena cuando dice: sus puertas no se cerrarán durante el día y allí no habrá noche. La Jerusalén de arriba no está sujeta a cambios ni necesita centinelas. Quien los necesita son nuestros días y noches. Sobre tus murallas, Jerusalén, he colocado centinelas.  
 Tú eres compasivo con nosotros, Señor, y no estás tranquilo con esta frágil protección de nuestros muros; por eso, has destinado una escolta de ángeles que defienden las murallas y a cuantos viven en su interior. bendito seas, Padre, porque eso te pareció bien a ti,  y nosotros lo necesitábamos. Nuestro servicio resulta insuficiente si no nos asisten y ayudan esos espíritus en servicio activo, que se enván en ayuda de los que han de heredar la salvación. Es cierto que no vemos su servicio, pero palpamos su colaboración. No vemos su rostro, pero sentimos su eficacia. al menos nos convencemos de que lo invisible es más valioso que lo visible. Porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Por otra parte, lo visible encuentra su explicación en lo invisible, como lo dice el Apóstol: Lo invisible de Dios resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras. Por eso, cuando los judío blasfemaban contra el santo de Israel porque realizaba el acto invisible de perdonar los pecados, éste los rebatió con el signo visible de un milagro corporal: Para que sepáis que el Hijo del hombre está autorizado para perdonar pecdos en la tierra...-le dijo entonces el paralítico-, ponte en pie, carga con tu catre y vete a tu casa. 
 Lo mismo hizo con el fariseo que murmuraba del médico que devolvía la salud, y censuraba a la enferma que la recuperaba: le convenció de su error con pruebas evidentes describiendo las atenciones de esa mujer. Erraba el que tenía horror de aquella mujer: ya no era pecadora quien, asida a los pies de Jesús, los regaba con sus lágrimas, los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con perfumes. ¿ Quién examina unos pecados ya perdonados, o se irrita contra la que le está tocando, o tiene por pecadora a quien aborrece el mal cuando llora sus culpas, ama la justicia cuando besa los pies del Señor, se humilla abiertamente secándolos con perfume? ¿Es posible que siga reinando el pecado en un alma tan arrepentida y en un espíritu tan dolorido? ¿No será capaz este amor tan inmenso de sepultar un sinfín de pecados? Se le han perdonado muchos pecados porque ha amado mucho. 
 Así, pues, fariseo, ya no es una pecadora como tú piensas, sino una santa, una discípula de Cristo, de quien aprendió en un breve instante a ser mansa y humilde de corazón. Lo habías leído ya en un profeta, pero tal vez lo olvidaste: Cambia a los malos y dejarán de existir. Esto mismo os ocurrirá a vosotros, queridos hermans, cuando vuestro eterno acusador os eche en cara vuestra vida anterior de la que ya estáis arrepentidos; oiréis al Apóstol que os consuela con estas maravillosas palabras: Eso erais antes algunos, pero os han lavado y os han consagrado. O con aquellas otras: Os vais ganando una consagración que lleva a la vida eterna. Y estas otras que son insuperables: El templo de Dios es anto, y ese templo sois vosotros. 
 A éste cedimos la palabra al comenzar el sermón, cuando preguntábamos quiénes eran los santos cuya grandeza celebrábamos tan solmnemente. Es verad que llamamos santas a estas paredes y lo son por la consagración de los obispos, la lectura habitual de las Escrituras, las asiduas oraciones, las reliquias de los santos y la visita de los ángeles. Pero no honramos su santidad como, algo propio de ellas, ya que no reciben la consagración por sí mismas. La casa se santifica por los cuerpos, éstos por el alma y el alma por el Espíritu que habita en ella. 
 Y para que nadie lo ponga en duda, tenemos pruebas visible del bien que realiza en nosotros la gracia invisible. Quiero decir que también vosotros, como el paralítico del Evangelio, os ponéis en pie, habéis tomado con toda facilidad el catre de vuestro cuerpo en que yacíais extenuados, y vais caminando hacia vuestra casa, esa casa que os hace repetir los cantos del Profeta: vamos a la casa del Señor. Oh casa maravillosa, mucho más hermosa que las tiendas añoradas y los atrios más apacibles!¡Qué delicia son tus tiendas Señor de los ejércitos! Mi alma se consume anhelando los atrios del Señor. Pero son mucho más dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre.
 ¡Qué cosas tan gloriosas se han dicho de ti, ciudad de Dios!En las tiendas abndan los gemidos de la penitencia, en los atrios el bullicio de la alegría, y en ti la hartura de la gloria. En esta casa inferior resuena la oración, en la intermedia la esperanza; y en ti la acción de gracias y la alabanza. Dichoso el que evita aquí el mal, que es el pecado, y obra el bien. Aquí tenemos las primicias del Espíritu, allí las riquezas, y en ti la plenitud: esa medida generosa, colmada, remecida y rebosante que verterán sobre nosotros. Aquí se santifican los hombres, allí viven seguros y en ti son vienaventurados. 
 Las primicias del Espíritu que se dan a los que luchan en esta via, son la honestidad de su conducta, la rectitud de intención y la fortaleza en el combate. La honestidad de vida incluye las prácticas de penitencia y todas las prácticas corporales que ordena el Señor. Y como todo esto no es puro si no lo es tu mirada, necesitas también la rectitud de intencion y la pureza de corazón para evitar el ansia de honores o el deseo de alabanzas. Desea únicamente al que sacia todo tu deseo, y haz que la gracia que has recibido retorne a su propia fuente. Y no olvides que solamente la perseverancia conquista la corona, y que no es fácil conseguirla entre tantos riesgos si no templas tu valor en una lucha sin cuartel. Así se vive en las tiendas. 
 En los atrios se recibe a los que se jubilan de los duros combates para ser agasajados con su graciosa alegría. Allí abundan las riquezas del Espíritu, el descanso laboral, la ausencia de inquietudes, la paz frente al enemigo. Ese mismo Espíritu que no les permitía estar nunca ociosos y les animaba a trabajar, les dice ahora que descansen de sus trabajos. El mismo que ahora aconseja su alma y la estimula a hacer muchas cosas, entonces la alejará de toda preocupación y la librará de toda inquietud. El que ahora la mantiene alerta y la adiestra para la guerra mientras ruge el león, cuando consiga la victoria le concederá dormir apaciblemente junto a él. 
 Todo esto, como antes dijimos, es más bien liberarse del mal que recibir el premio del bien. A pesar de ello, la dura experiencia de nuestra necesidad nos fuerza a interpretar como un bien inmenso la mera ausencia del mal. Lo mismo que la conciencia reputa como cumbre de la santidad verse libres de graves delitos. ¡Cuán lejos estamos del bien sumo quienes ciframos la justicia en carecer de culpa, y la felicidad en no sentir las miserias!
 Por lo menos nadie piense ue consiste en esto la enjundia de aquella casa y el torrente de sus delicias. Porque ni ojo vio, ni oído oy´, ni hombre alguno ha imaginado lo que Dios ha preparado para los que le aman. No intentes oír, hombre, lo que jamás oyó oído humano; ni preguntes al hombre lo que su ojo nunca vio, ni cabe en su espíritu. Mas como no podemos callar de ningún modo, al saludar de lejos nuestra patria nos parece como percibir una triple promesa: de fortaleza, de grandeza y de gloria. Hombre era, en efecto, y prisionero el que decía: Entraré en la fortaleza del Señor. Nosotros podemos saber en qué consiste no estar enfermos, porque nos envuelve la enfermedad. Pero revestirse de fortaleza y de poder, y no de un poder odrdinario, sino de un inmenso poder, de la omnipotencia, eso nos desborda por completo.
 El testigo fiel nos dice también que a los que rehabilitó los engrandeció. La magnificiencia creemos que procede de la grandeza, y no tiene límites ni medidas. Nuestra pequeñez puede esperarla, jamás abarcarla. En cambio, nunca  debemos recelar ni tener por sospechosa la promesa de la gloria. Entonces saborearás feliz y confiado esa gloria, a la que ahora ni puedes acercarte por los peligros que te amenazan. Entonces cada uno recibirá de parte de Dios una alabanza segura y eterna, exenta por igual de fin y de riesgo; y como dice la Escritura: Una alabanza gozosa y armoniosa.
 Ea, pues, hermanos, luchemos ahora esforzadamente en las tiendas, para poder descansar dulcemente en los atrios, y ser glorificaos finalmente en la casa. Estas penalidades momentáneas y ligeras nos producen una gloria sublime y eterna. Dios será siempre nuestro orgullo, y no un orgullo vano, sino verdadero. 

RESUMEN
 No nos referimos a ningún santo en concreto ni a ningún templo, sino a la Jerusalén celestial, que no precisa de vigias o ceninelas, donde no existe la enfermedad o la noche. 
 Existe lo visible y lo invisible, pero lo invisible se torna visible cuando pensamos en sus obras.
 Nuestro ser arrepentido es el auténtico templo de Dios y después de perdonados nuestros pecados nadie puede recordarlos y recriminarlos. 
 Los muros del templo son santos, porque son santos sus moradores. Para ser dignos de ellos, debemos vivir con honestidad y pureza, asumiendo la penitencia y rechazando toda vanagloria. Todo esto es, en realidad una lucha sin cuartel, soñando con entrar al auténtico templo, donde el atrio ya es una bienaventuranza y el interior nos llena de gloria. 
 En el atrio que nos espera tras la dura vida, experimentaremos la paz, aunque sea percibida como mera ausencia de los pecados cometidos.
 Lo que nos espera después del atrio es de tal grandeza que no podemos ni imaginarlo, aunque sí desearlo.