EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

lunes, 29 de septiembre de 2014

EL ESCÁNDALO: SERMÓN SEGUNDO EN LA FIESTA DE SAN MIGUEL


Sobre las palabras del Señor: El que escandalice a uno de estos pequeños

1. Acabáis de escuchar, hermanos, qué amenazas tan terribles profiere el Evangelio a quienes escandalizan a los pequeños. La Verdad no halaga, no lisonjea, no engaña a nadie, al denunciar abiertamente: Más le valdría a ese individuo no haber nacido. Sí, mucho mejor si no hubiera nacido de nuevo, si no hubiera renacido a la vida, si no hubiera renacido del Espíritu, el que iba a terminar hundido en la carne. El que suscita escándalos en esta casa, en esta comunidad santa donde Dios se complace y los ángeles ienten contento  confianza, sería preferible que le colgasen al cuello una rueda de molino. Y en vez del yugo suave y la carga ligera del Salvador, abrume sus hombros el peso insoportable de los deseos, terrenos, y se hunda en el fondo del mar ancho y dilatado, que es el mundo del pecador.
 Su pena sería mucho menor si hubiera perecido en el mundo y no en el monasterio. El hombre que no sabe amar está condenado a la muerte, aunque se deje quemar vivo. Y digo esto, hermanos, no porque os estime en poco, o porque vea que reina entre vosotros este vicio tan detestable. Todo lo contrario: para animaros a perseverar y progresar en ese amor, en esa unanimidad y en esa paz que tenéis por ser fieles a Dios. Al fin y al cabo, ¿quién sino vosotros es nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra honrosa corona? ¿No es acaso vuestra unidad y unanimidad, que me llena de gozo al veros tan amantes de la fraternidad, y ese amor mutuo que reina entre vosotros y que es el vínculo de la perfección? Os pido con toda mi alma: hermanos míos queridos, manteneos así fieles en el Señor. Porque en esto conocerán todos, incluso los ángeles santos, que sois discípulos de Cristo: que os amáis unos a otros.
2. En el sermón anterior, si recordáis, expuse los tres motivos que mueven a los ángeles a brindarnos su amor y su atención. Y creo que también pueden aplicarse vivamente a la importancia del amor fraterno. Salta, desde luego, a la vista que al hombre que no ama a su prójimo no le interesa nada de lo que entonces dijimos. ¿Cómo van a amarnos los ángeles por amor a Cristo si advierten por nuestra falta de amor mutuo que no somos discípulos suyos? ¿Cómo van a amarnos por nosotros mismos, es decir, por la mutua semejanza de nuestra naturaleza espiritual, si ven que no amamos a los que participan de nuestra misma naturaleza humana? ¿Y si nuestras rivalidades les demuestran que no somos espirituales sino carnales? ¿Nos amarán acaso por ellos mismos, viendo en nosotros piedras vivas para restaurar su ciudad, si nos falta el vínculo de la caridad, que es lo único que puede unirnos y fundirnos con ellos? ¿Qué esperanza pueden abrigar de completar con nosotros las murallas de su ciudad si observan y comprueban que no somos piedras vivas capaces de ensamblarse unas con otras, sino polvo que arrebata el viento, que se levanta ante el soplo de una palabra o que huye ante la más leve sospecha?
 Esto se me ha ocurrido respecto a aquello que dijo el Señor: El que escandalice a uno de estos pequeños. Espero que en adelante evitaréis con más cuidado esta peste fatal.
3. ¿Y quién no se conmueve al oírlo que nos dice a continuación el Evangelio: Si tu ojo te pone en peligro, arráncalo, etc? ¿Se nos exige arrancarnos un ojo o una mano, o cortarnos un pie? Lejos de nosotros interpretarlo de una manera tan material y ridícula. Anteriormente la palabra divina nos puso en guardia contra los escándalos externos. Ahora nos aconseja, con idéntica firmeza, cómo debemos actuar ante los peligros internos, es decir, cuando percibimos en nuestro cuerpo unos criterios que luchan contra los criterios de la razón. El conoce nuestra masa, y que no nos es tan fácil evitar estos escándalos.
 La experiencia de cada día nos dice que estos escándalos pueden brotar de tres raíces. Algunas veces el ojo de nuestra intención es completamente nítido; y es pura gracia de Dios, no mérito nuestro. Mas el ojo nos escandaliza -y es un acto propiamente nuestro- cuando la voluntad quiere introducir otra intención no tan pura. A éstos se dirige el saludable consejo del Salvador: Sácatelo y arrójalo lejos de ti. Y lo pones en práctica si no consientes, si lo desechas y si resistes. Lo mismo podemos decir de la mano o del pie. Si estamos realizando unas obras buenas, y la voluntad propia nos arrastra a otras, la mano nos está escandalizando. Debemos cortarla y arrojarla lejos de nosotros, negándole el consentimiento.
 Los escándalos se producen cuando alguna parte de nosotros mismos nos incita a vivir, a actuar, de forma impura.
4. Lo mismo suele ocurrirnos cuando intentamos vivir con más perfección, y subir los peldaños de la escalera de Jacob, o como dice el Salmista, avanzar de virtud en virtud. ¿Cuántas veces no tropiezan nuestros pies con la pusilanimidad o neglicencia, empeñados en caminar hacia abajo o más despacio? Cortémoslos, sin miedo, para que el piede la gracia, que está en el verdadero camino, corra sin trabas, estorbos ni tropiezos.
 A continuación nos dice el Evangelio que es mucho mejor para nosotros entrar tuertos, mancos o cojos en la vida que ser arrojados al fuego eterno con los dos ojos, manos o pies. Se refiere a aquellos que siguen siempre su voluntad, tanto si es buena como si es mala, y toman el camino del bien o del mal según el impulso de sus deseos. Les sería mucho más provechoso seguir siempre las inspiraciones de la gracia, y cuando se interfiere la voluntad propia, cortarla y arrojarla de sí mismos. A fuerza de dominar durante largos años nuestra propia voluntad, logramos domarla un poco. Se rebela mucho menos y nuestro espíritu se somete a Dios sin resistirle ni contradecirle.
 En este caso ya no necesitamos desprendernos del ojo porque uniéndose a otro ojo puro él mismo se ha purificado. En realidad no es un ojo distinto, sino que está identificado con el del otro, como dice el Apóstol: el que se une al Señor se hace un espíritu con él. Y lo que decimos del ojo podemos aplicar también a la mano o al pie. Aquel, pues, cuya voluntad se une a la gracia con todos sus afectos y deseos de tal modo que no desea hacer cosas malas, ni imperfectas, ni de modo distinto a como le sugiere la gracia: ése es el hombre perfecto. Esa paz pertenece a la felicidad; superar obstáculos y vencer las tentaciones corresponde a la fortaleza. Aquello es la gloria, esto la práctica de la virtud.
RESUMEN
Se refiere a "los pequeños" no sólo a los niños sino a los débiles y desvalidos.
También a la vida en comunidad dentro de un monasterio. Manifiesta que es preferible caer en todos los errores fuera del mismo que dentro de esa vida comunitaria.
 Los ángeles no pueden amarnos si no somos capaces, nosotros, de amar al prójimo y actuamos faltos de caridad que es como la masa que une las piedras que conforman una gran muralla.
Debemos huir de los escándalos externos y también de  los internos.
El Apóstol nos dice que arranquemos nuestros ojos o nuestras manos si son causa de escándalo. Podemos actuar de forma inadecuada con nuestros ojos, nuestras manos o con los pies. Es una forma simbólica de expresarse.
 Debemos arrancar de nosotros lo que sea un obstáculo para avanzar en el camino (como en la escalera de Jacob) hacia la perfección. No  seguiremos los dictados de la propia voluntad sino que nos  someternos a Dios.
 El hombre perfecto no necesita mutilar partes de sí mismo,  sino que es uno con Dios. Esa es la gloria y a su ejercicio le llamamos fortaleza.

martes, 23 de septiembre de 2014

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA. SERMÓN TERCERO


Este es el grupo que busca al Señor, que busca el rostro del Dios de Jacob
 Fatigado mi espíritu por tanta multitud de gente que busca cosas tan distintas, ¡con qué ansias retorno a este recinto para reparar mi alma!  Gracias a Dios, mi deseo no ha quedado defraudado, ni frustrada mi esperanza. Ardía en deseos de ver: lo he visto y estoy totalmente relajado. Me siento lleno de ánimos, reboso alegría. Bendigo al Señor con toda mi alma y todo mi ser proclama: Señor, ¿quién como tú?
 Al mirar de lejos, cuando ya me acercaba, confieso que me pareció ver corporalmente a los que el Profeta vio en espíritu; inmediatamente me vino a la mente lo que él pronunció con su boca, y canté con él: Este es el grupo que busca al Señor. 
 Hay muchas razas humanas, y si no me engaño, esta que ahora florece y surge entre nosotros es la tercera generación. La primera no buscó al Señor ni fue buscada por él: todos nacimos de nuestra madre con la mente llena de tinieblas manchados de pecado. La segunda nos dió lo que necesitamos: el rápido remedio del agua y del Espíritu.
 Esta generación no era la que buscaba, sino la buscada, pues el Señor buscó a los que no sabían ni podían buscarle. Nos buscó, pues, y nos encontró en la segunda generación, para que seamos un pueblo adquirido. Si el hermano mayor murmura y se abrasa de envidia, se le dice: Había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo se había perdido y ha aparecido.
 Pero el Señor nos buscó para que nosotros le buscáramos en el momento oportuno, cuando ya podía ser buscado y encontrado. ¡Hay de nosotros, que hemos sido tan descuidados y negligentes en buscar la vida, en buscar al único que es bueno para los que le buscan, para el alma que espera en él! ¡Ay de ti, generación rebelde y pertinaz, gente perversa e idólatra! Que buscas todavía la falsedad y amas el engaño y no guardas fidelidad a la verdad con la que te habías desposado. ¿No necesita esta generación nacer de nuevo y ser nuevamente engendrada? Sí y mucho. Convertidos en razas de víboras tienen una necesidad absoluta de volver al vientre de la madre gracia y nacer otra vez, porque sus obras últimas son peores que las primeras.
 Gracias, pues, a la gracia y a la misericordia más gratuita, si cabe hablar así, que colma de favores no sólo a quienes no los merecen sino a los totalmente ingratos y degenerados. Gracias al que os ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva y os concede la adopción filial. Sí, os engendró voluntariamente con el mensaje de la verdad. Primeramente os había engendrado con el misterio de su misericordia. Por parte del que engendraba era voluntario, más no por parte de los engendrados, que carecían del uso de la voluntad y del ejercicio de la razón. Por eso desconocían su nacimmiento y al que les engendró. Ahora, en cambio, la generación voluntaria ofrece un sacrificio voluntario, como dice la Escritura: te ofreceré un sacrificio voluntario dando gracias a tu nombre Señor, que es bueno.
 Este es el grupo que busca al Señor. ¿Le busca o ya le posee? Sí. Lo posee y lo busca. Es imposible buscarle sin poseerle ya antes. ¿Qué poseen, qué buscan? ¿O cómo lo poseen y cómo lo buscan? Engendrados por el Verbo poseen al Verbo. ¿No es el Verbo el Señor? Escuchad a Juan: este es el grupo que busca al Señor, que busca tu presencia Dios de Jacob. Uno mismo es, al que poseen y buscan porque uno e idéntico es el Verbo del Padre y el esplendor de de gloria del Padre. A este se le puede poseer sin buscarle, más no se le puede buscar si antes no se le posee. La sabiduría dice de sí misma: el que me come tendrá más hambre. Él puede salir al encuentro del que no le busca y, como antes dijimos, con su abundancia de gracia y de bendiciones, puede buscar y adelantarse a los que son incapaces de buscarle a él. Nadie puede buscarle si anes no lo posee, pues él mismo nos dice que nadie puede hacercarse a mi si el Padre no lo atrae. Hay, pues, alguien que atrae; aunque en cierto sentido no está presente, porque siempre atrae hacia sí mismo. Nunca jamás está presente por la fe el padre sin el hijo, para llevarlo hasta la visión.
 ¿Cómo no va a regocijarse mi espíritu? ¿Cómo no se ha de gozar extraordinariamente con esta generación que busca el Señor? El argumento más evidente de que se deleita en la sabiduría es su mismo apetito insaciable. La prueba más cierta y el testimonio indiscutible de que poseéis al que buscáis y que vive en vosotros es la fuerza con que os atrae hacia sí. Ese empeño supera las posibilidades humanas: es obra de la diestra del Señor, a quien suplicáis sin cesar: ¡Ah! Llévanos contigo: correremos al olor de tus perfumes. Os repito que no es propio de hombres vivir así y al ver cómo buscáis a Cristo no necesitamos más pruebas de que Cristo vive en vosotros. 
 Ya veis, hermanos, qué espíritu habéis recibido: el Espíritu que viene de Dios. Por eso conocéis a fondo los dones que Dios os ha hecho. Hemos oído hablar del orden apostólico, profético y angélico: y creo que no podemos imaginar cosa más sublime. Pero observo en vosotros algo, y algo grande, de cada uno de ellos. ¿Quién dudará llamar vida celestial y angélica a la vida célibe? ¿No sois ya vosotros ahora lo que serán los elegidos después de la resurrección? ¿No sois los ángeles de Dios en el cielo, completamente libres del matrimonio?
 Enamoraos, hermanos, de esa perla de gran valor: entregaos con ardor a esta vida santa que os hace conciudadanos de los consagrados y familia de Dios, como dice la Escritura: La incorruptibilidad acerca de Dios. Así, pues, no por vuestras fuerzas sino por favor de Dios sois lo que sois: por la castidad y vida santa sois ángeles en la tierra, o ciudadanos del cielo que peregrinan en la tierra. Porque mientras sea el cuerpos nuestro domicilio, estamos desterrados del Señor
 ¿Qué decir de la profecía? La ley y los profetas llegaron hasa Juan, proclama la Verdad. Pero después de Juan, vino uno que no era enemigo sino discípulo de la Verdad, y dijo: Imperfecta es nuestra ciencia, e imperfecta nuestra profecía. Ha cesado, pues, la profecía porque ya conocemos; pero no ha cesado del todo, porque nuestro saber es limitado. Cuando venga lo perfecto se acabará lo limitado. Los profetas anteriores a Juan anunciaron las dos venidas del Señor. La salvación no provenía del conocimiento sino de la profecía. 
 ¡Que estilo tan maravilloso del profeta es este al que os veo consagrados! ¡Qué ímpetu profético os absorbe! Sí, es cierto. No poner la mirada en lo que se ve, sino como enseña el Apóstol, en lo que no se ve, es sin duda alguna profetizar. Guiarse por  el Espíritu, vivir de la fe, buscar lo de arriba y no lo de la tierra, olvidar lo que queda atrás y lanzarse a lo que está delante, es una profecía viviente. ¿Cómo podemos ser ciudadanos del cielo, si no es por el espíritu de profecía? Los antiguos profetas no vivían entre los hombres de su tiempo: se despegaban de su época con la fuerza y el ímpetu del espíritu, y gozaban viendo el día del Señor: ¡y cuáno se alegraban al verlo!
Sobre la profesión apostólica escuchemos aquellas palabras: Lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Si es lícito gloriarse, podemos gloriarnos. Mas si somos sabios, procuremos gloriarnos en el Señor. Ese es el auténtico orgullo: El que esté orgulloso, que esté orgulloso del Señor. No es nuestra mano quien hace todo esto, sino el Señor: el Poderoso ha hecho obras grandes por nosotros; que nuestra alma proclame la grandeza del Señor. Por un favor suyo extraordinario podemos continuar, con entusiasmo, aquella gran empresa de que se gloriaban los apóstoles. Si quiero sentirme orgulloso de esto, tampoco soy un insensato. Y a fuerza de ser sinceros, algunos de los aquí presentes dejaron algo más que una barca y unas redes.
 ¿Y qué supone eso? Los apóstoles dejaron todo, pero fue para seguir al Señor hecho hombre. Nosotros no queremos decir nada; preferimos escucharlo del Señor: Tomás, ¿porque me has visto tienes fe? Dichosos los que tienen fe sin haber visto. Tal vez sea una profecía más excelente porque no se fija en los bienes temporales y caducos, sino en los espirituales y eternos. Por otra parte, el tesoro de la castidad resalta más en una vasija de barro, y la virtud parece más hermosa en la fragilidad de la carne. 
Cuando se vive la vida angélica en el cuerpo, la esperanza profética en el corazón, y en ambos la perfección apostólica, ¿se puede imaginar un cúmulo mayor de gracias? ¿Cómo pagáis al Señor todo el bien que os ha hecho? Vivís en un grado muy alto: pero por eso mismo es más peligrosa la caída. Hemos subido al tercer cielo. Por consiguiente quien se ufana de estar en pié, cuidado con caerse. Yo veía a Satanás, dice el Señor, caer de lo alto como un rayo. Se precipitó, se despedazó y se hizo trizas: sus heridas son incurables, se convirtió en un aliento fugaz que no torna. ¿También vosotros queréis marcharos? Satán cayó ¿No caeréis vosotros en pos de él? 
 Es mucho mejor perseverar en los caminos del Señor, y seguir apoyándoos en la gracia. No es dichoso el hombre que sigue la senda de los pecadores, sino los que encuentran en ti, Señor, su fuerza. Caminan de virtud en virtud hasta ver a Dios en Sión para gozar de la dicha de sus escogidos gloriarse con tu heredad. Sí, ellos son la heredad, ellos los dioses y los hijos del Altísimo.
 Hermanos míos, si éste es con toda verdad y certeza el grupo que busca al Señor, que busca el rosro del Dios de Jacob, ¿qué otra cosa puedo deciros, sino aquello que dice el Profeta: Que se alegren los que buscan al Señor; recurrid al Señor y perseverad, buscad continuamente su rostro? O lo que dice otro: Si buscáis, buscad. ¿Qué quiere decir: si buscáis, buscad? Buscadle coon sencillez de corazón. A él por encima de todo, y ninguna otra cosa fuera de él, Buscadle con sencillez de corazón. 
 El que es simple por naturaleza exige sencillez de corazón. Y concede su gracia a los sencillos. El indeciso no sigue rumbo fijo. No enconrarán jamás al que vosotros buscáis, los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba desertan. Él es la eternidad; y ésta no se consigue sin un búsqueda perseverante. ¡Ay del pecador ue va por dos caminos! Nadie puede estar al servicio de dos amos. Aquella integridad, perfección y plenitud no acepta semejante doblez. Solamente se deja encontrar de quien le busca con un corazón perfecto. Si es horroroso el perro que vuelve a su vómito y la cerda lavada que se revuelca en el fango, y si Dios escupe de su boca al tibio, ¿qué va a ser del impío y del pecador? Si es maldito quien ejecuta con negligencia la obra del Señor, ¿qué merecerá el que obra con engaño?
 Huyamos, carísimos, de esta doblez, y evitemos por todos los medios la levadura de los fariseos. Dios es la verdad. Si no queremos buscar inútilmente al Señor, busquémosle verdaderamente, busquémosle frecuentemente, busquémosle constantemente. No busquemos nada en lugar de él, nada juntamente con él, ni los cambiemos por ninguna otra cosa. Porque es más fácil que pase el cielo y la tierra, que no encuentre quien así busca, ni reciba quien así pide, ni se le abra al que así llama.

 RESUMEN
Necesitamos abandonar otras obligaciones para recomponer nuestro espíritu en los lugares habituales de oración. Somos un pueblo buscado generosamente por Dios. Aunque el hombre y Dios se buscan, muchos no lo aceptan y rechazan esa adopción sobrenatural. 
 Dios nos busca y nosotros tenemos que responder a su llamada, pero ya está dentro de nosotros, de lo contrario no sentiríamos la necesidad de encontrarle.
 Somos como somos, en nuestras escasas virtudes, gracias al poder de Dios, pero no debemos olvidar que no vivimos en un domicilio definitivo, que estamos como desterrados del Señor. 
 El profeta presta atención no a lo que ve, sino a lo que no ve. Se adelanta a los acontecimientos de cada día y sabe que la vía del conocimiento no es la del conocimiento mundano sino otro más profundo. Así ocurrió desde los tiempos de Juan y la necesidad de la profecía no ha cesado todavía. 
 Nuestro verdadero orgullo debe ser dejar cosas materiales en pos del espíritu. Ese abandono resalta más cuanto mayor sea aquello a lo que renunciamos. 
Es mucho más placentero el camino de la virtud, seguir en pos del Altísimo. No es grata la senda de los pecadores. 
Debemos buscar sin tibiedad, sin dobleces, y hallaremos. Quien quiera buscar a medias se encontrará en un laberinto sin salida. 



EN LAS FAENAS DE LA COSECHA SERMÓN SEGUNDO

Las dos mesas


Hermanos, estos tabajos nos recuerdan nuestro destierro, nuestra pobreza, nuestro pecado. ¿Por qué nos matamos día, tras día con frecuentes ayunos y largas vigilias, con trabajos y fatigas? ¿Fuimos creados para esto? En absoluto. El hombre nace condenado a trabajar, pero no fue ceado para el trabajo. Su nacimiento está manchado por la culpa, y por eso merece pena. Todos debemos gemir con el Profeta: en la culpa nací, pcador me concibió mi madre. La primera creación fue muy distinta, porque Dios no creó la culpa ni la pena. De la muerte, que es la mayor de todas, dice explícitamente la Escritura: La merte entró en el mundo por la envidia del diablo. Y en otro lugar: Dios no hizo la muere, etc.
As´como cuando trabajan las manos no se cierran los ojos ni los oídos, del mismo modo, y con mayor razón, mientras trabaja el cuerpo, el espíritu debe estar atento a su labor y no perder el tiempo. Piense durante el trabajo el motivo del trabajo, para que la pena que sufre le recuerde la culpa que la bajó, para que la pena que sufre le recuerde a culpa que la mereció. Y al ver la herida vendada, piense en la herida que está debajo de las vendas. Con este pensamiento somos más humildes bajo la mano poderosa de Dios, el espíritu se satura de dulce piedad y se presenta como un pobre ante su presencia. La Escritura no cesa de advertirnos: Compadécete de tu alma agradando a Dios. Y no hay duda que la miseria que agrada a Dios alcanza fácilmente misericordia. No digamos que no tenemos de qué compadecernos de nuestras almas. Si somos sinceros, encontraremos en ella mchas cosas dignas de ompasión.
 Voy a fijarme solamente en una, y de este modo vosotros podréis examinar las demás. ¿No os parece que nos hayamos en medio de dos mesas y que contemplamos muertos de hambre a los que comen aquí y allá? Eso somos, sin duda alguna. ¿Cuándo podremos nosotros reirnos, regocijarnos, aliviarnos y vivir orgullosos y satisfechos?¿No conocemos las mesas, no apreciamos los banquetes, no vemos los manjares? Aquí veo a los que estrujan los placeres de los bienes sensibles de este mundo; allí contemplo a los que Cristo confirió la realiza, para que coman y beban a su mesa en el reino de su Padre.
 En cualquiera de los casos, veo que son hombres semejantes a mi, que son mis hermanos. Pero, hay de mi, a ninguna mesa puedo extender la mano. Las dos me están prohibidas: esta por la profesión, aquella por vivir en el cuerpo. No me atrevo a acercarme a la de abajo, ni puedo llegar a la de arriba. La única solución es comer el pan del dolor, que las lágrimas sean mi pan noche y día, y esperar que algún convidado celestial -movido a compasión- arroje unas migajas de felicidad a la boca del cachorrillo que ladra bajo la mesa. 
 La envidia que sentimos al ver al ver a los que están saturados de los goces de este mndo, rebela un alma enferma y ese afecto no me parece propio de un alma espiritual. Y, todavía, está más lejos de la verdad quien tiene por dichosos a los que debería compadecr como miserables: los que pecan y no se arrepienten. Ese se cree desgraciado, no por el juicio de la razón, sino por el sentimiento de no ser como ellos. En realidad debería desear que todos fueran como él.
 Quien así piensa sólo merece alabanza, si lo que él cree que es una desgracia, se decide a soportarlo pacientemene por amor o temor de Dios, y dice con sinceridad al Señor: Por ser fiel a tus palabras he seguido caminos duros. Esta manera de pensar es propia de principiantes, como la leche para los niños. Cuando el alma progresa y decide seguir el dictamen de la razón, todo lo tiene por pérdida y basura, y se lamenta con el Profeta de los que se revuelcan en el estiércol.
 Desprecia todo esto con una especie de santa y humilde soberbia, y con su grandeza de espíritu, en vez de ensalzar a la gente que tiene todo eso, la tiene por desgraciada, proclama dichoso a aquel cuyo Dios es el Señor. Es decir, se compadece de unos al compararlos consigo mismo, y verá a otros que le hacen compadecerse de sí mismo, porue contempla las riquezas celestiales y sus alegrías perpetuas a la derecha del Señor. Y así el que se lamentaba de no participar en la abundancia de aquí abajo, porque, por tu causa nos degüellan cada día, ahora suspira con más anhelo por la opulencia de arriba y dice: Ay de mí, cuanto se prolonga mi destierro.

RESUMEN

 No nacimos para el trabajo y el sufrimiento, sino para la felicidad. Obra de nuestras culpas y del diablo es padecer tal como lo hacemos. Sin embargo, agradando a Dios podemos alcanzar misericordia. 
 Vivimos entre dos mesas: una es la de los que explotan los placeres mundanos y otra la de los que comparten la mesa de Cristo. Ni a una ni a otra podemos acercarnos libremente.
 La auténtica sabiduría es despreciar esta mesa de aquí. Despreciarla en nosotros mismos y en los demás.

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA. SERMÓN PRIMERO

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA



SERMÓN PRIMERO

Dos males que cooperan a nuestro bien


 Parecemos pobres y lo somos. Con tal que recibamos el Espíritu que viene de Dios y conozcamos a fondo los dones que Dios nos ha hecho. Sí, Dios nos ha concedido una gloria y un poder inmenso. A los que le recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios. ¿No es acaso un privilegio de los hijos de Dios el que todas las criaturas estén a nuestro servicio? El Apóstol estaba convencido de que todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios.
 Pero tal vez alguno de vosotros esté pensando: ¿qué me dices a mi con eso? Y llevado de su espíritu pusilánime se hará esta o parecidas reflexiones: Pero yo soy pobre y desgraciado, estoy vacío de amor filial y no tengo experiencia de una verdadera devoción;. Escucha por favor lo que sigue, pues Dios en la Escritura jamás da pié a la desesperación: entre nuestra constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Este afecto que buscas es la paz, no la paciencia y eso se haya en la patria, no en el camino. Los que ya están allí no necesitan el consuelo de la Escritura.
 Así, pues, mantengamos la esperanza con la constancia y el consuelo de las Escrituras, aunque no podamos conseguir todavía la paz. Por eso, al decir que cooperan todas las cosas para el bien de los que aman a Dios, añade con mucho acierto: con los que él ha llamado santos. No te asustes al oír la palabra santos, pues no los llama santos por sus méritos sino por un designio; ni por sus afectos, sino por su intención.
 En este mismo decía el Profeta: protege mi vida, que soy santo. Aquella santidad que tu te imaginas ni el mismo Pablo, oprimido todavía por el cuerpo corruptible, creía haberla conseguido. Lo dice abiertamente: sólo una cosa me interesa, olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, correr hacia la palpa de la vocación celestial. Todavía no ha alcanzado la corona, pero ya posee el propósito de la santidad. Eso mismo eres tu si estás decidido a rechazar el mal y obrar el bien, a perseverar en lo que has comenzado y ser cada día un poco mejor; y si alguna vez por fragilidad humana, no obras con toda rectitud, no te obstines, sino arrepiéntete y corrígete todo cuanto puedas. Sí, tu también eres santo aunque por ahora necesites gritar a Dios: protege mi vida que soy santo.
 ¿Quieres saber cómo todas las cosas cooperan al bien de estos santos? No puedo detenerme en cada una, pues el tiempo no permite prolongar la plática. Debemos marchar a la oración de la tarde. Os voy a decir en dos palabras, cómo todas las cosas nos son provechosas y cooperan a nuestro bien. Nuestros mismos enemigos pueden juzgarlo. Si ellos están a nuestro favor, ¿quién estará contra nosotros? Si nuestros enemigos nos favorecen, ¿cuánto más todas las criaturas con ellos. 
 Sabemos muy bien que tenemos dos clases de enemigos, o que nos aqueja un doble mal: lo que hacemos y lo que sufrimos. Para decirlo con otras palabras: la culpa y la pena. Pues aunque ambas cosas nos son contrarias, pueden convertirse en provechosas: ésta puede librarnos de aquella, y la primera puede ayudar mucho a la segunda. 
 Si lloramos de corazón y en lo íntimo de nuestra conciencia por nuestros pecados, esta penitencia y esta pena voluntaria que sufrimos suaviza nuestra conciencia, rompe los dienes de los pecados que nos corroen, y nos devuelve l esperanza del perdón. No sólo rechaza los pecados pasados, sino también los futuros, porque expulsa los vicios seductores, y algunos quedan tan aniquilados que ya casi no vuelven jamás a levantar su cabeza venenosa. Así actúa la pena en nuestro favor contra la culpa: la hace desaparecer o la debilita. Y de la culpa depende que no sea pena o que sea más leve. No en el sentido de que no exista en absoluto, o se rebaje su cantidad, lo cual no conviene, sino en que no sea pena o sea más llevadera, que sea poco onerosa o nada en absoluto. 
 El que siente profundamente el peso del pecado y las heridas del alma, sentirá muy poco o nada la pena corporal, y no le importará aceptar unos trabajos con los que sabe que borra los pecados pasados y evita los futuros. El santo rey David no dió importancia a las injurias del siervo que le insultaba, porque se acordaba del hijo que le perseguía.
RESUMEN
Dios nos da la paz, no la paciencia y lo hace poniendo a todos los seres, de la naturaleza, a nuestro servicio y dándonos el consuelo de las Escrituras. Para apreciar todo esto debemos estar llenos de amor filial. 
 La santidad no es algo conseguido sino deseado ferviertemente. Un camino lleno de deseos y una esperanza. 
 Si hasta la enemistad que recibimos nos favorece, cuanto más el resto de las criaturas. 
 El sentimiento de culpa que nos induce al llanto, con un verdadero arrepentimiento es n maravilloso consuelo que no elimina, pero minimiza el dolor. Hay, en general, dos grandes males los que sufrimos y los que ocasionamos. Si pensamos en los que ocasionamos, daremos menos importancia a los que sufrimos. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

SOBRE EL SALMO 23


1. ¿Quién subirá al monte del Señor? Cristo subió una vez corporalmente a lo más alto de los cielos, y continúa subiendo espiritualmente en el corazón de los elegidos. Si nosotros queremos subir con él, debemos elevarnos de los valles de los vicios a los montes de las virtudes. Estos vicios son de dos clases: unos nos dañan a nosotros y otros al prójimo; a los primeros los llamamos torpezas, y crímenes a los segundos. Y todos juntos forman un valle de lágrimas, porque la vida de los pecadores debe llorarse con un río de lágrimas.
 Del valle de las torpezas se sube al monte de la castidad por la triple continencia de los miembros, de los sentidos y de los pensamientos. La primera reprime los actos, la segunda evita las miradas y la tercera agota los afectos. Y del valle de los crímenes se asciende al monte de la inocencia. La escalera es ésta: No hagas a otro lo que a ti no te agrada. Está hecha con los tres peldaños del temor: temor del que padece y no puede usar la ley del talión, temor a la autoridad del superior que puede imponer un castigo, y temor al juez interior que paga a cada uno según sus obras. Quien escala esta cumbre es justo y vive, pero, como afirma el Apóstol, debe soportar la persecución.
2. Por eso del monte de la inocencia es preciso ir al de la paciencia, que también tiene una escalera de tres peldaños. El primero es la pasión del Señor, el segundo la fortaleza de los mártires, y el tercero la grandeza del premio. Así como a los de la inocencia los llamamos peldaños del temor, a estos podemos denominarlos peldaños del pudor. Y ten muy en cuenta que este monte de la paciencia, formado por estos tres escalones es arduo, lleno de espinas y árido. Es arduo porque resulta difícil imitar la pasión del Señor; lleno de espinas, por los continuos pinchazos de las tentaciones: reveses en la fortuna, afrentas y dolores corporales, todo lo cual pone a prueba a los mártires santos. Y es árido, porque el premio no se espera recibir en esta vida, sino en la futura.
 Y después de este monte aún queda otro, el monte de los montes. Quien lo alcanza experimenta que Dios descansa en él. Escuchemos la Escritura: Puso su morada en la paz. Más también en esta montaña de la paz se levanta otra escalera, la de la caridad. Nos lo dice el Señor: Todo lo que queráis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros a ellos. Y nosotros queremos que nos recompensen, que nos perdonen y que nos den gratuitamente.

RESUMEN:
Primero nos encontramos con el valle de las torpezas, en el que hay dos tipos de vicios:
-Los que nos dañan a nosotros (torpezas).
-Los que dañan a los demás (crímines).
Entre los dos forman un río de lágrimas.

Superado  ese valle, hay cuatro montañas:
a)El monte de la castidad a donde se llega por la triple continencia de los miembros, de los sentidos y de los pensamientos. Por tanto, supera las torpezas.
b)El monte de la inocencia: se basa en la sentencia de no hacer a otros los que a ti no te gusta que te hagan. Por tanto, supera los crímenes. Debe superar los tres peldaños del temor (a la autoridad, al juez interior..). Subir a este monte entraña sufrir persecución.
c)El monte de la paciencia: debe superar los peldaños del pudor. Es un monte arduo, lleno de espinas y árido.
d)El monte de los montes: permite alcanzar la verdadera paz. Se basa en que "Todo lo que queráis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros a ellos. Y nosotros queremos que nos recompensen, que nos perdonen y que nos den gratuitamente".








sábado, 20 de septiembre de 2014

EN LA FIESTA DE SAN MIGUEL. LOS ÁNGELES TIENEN TRES MOTIVOS PARA ATENDERNOS


1. Hoy celebramos la fiesta de los ángeles, y exigís un sermón digno de semejante solemnidad. ¿Pero qué pueden decir de los espíritus angélicos unos viles gusanos? Creemos y confesamos sin vacilar que la presencia y visión divina los hace dichosos, y que disfrutan eternamente de aquellos bienes del Señor que el ojo nunca vio, ni el oído oyó, ni el corazón del hombre puede imaginar. ¿Qué va a decir, pues, un simple mortal a hombres mortales, de realidades que ni él puede imaginar ni ellos son capaces de entender? Si de la abundancia del corazón habla la boca, en nuestro caso la lengua tiene que enmudecer por falta de ideas.
 Es cierto que nos desborda por completo y supera nuestra capacidad explicar el resplandor de la gloria de que los ángeles santos gozan en sí mismos, o más bien en Dios. Pero sí podemos comentar la gracia y amor que nos dispensan. Estos espíritus celestes no sólo tienen una grandeza que nos causa admiración, sino también una delicadeza llena de amor.
 Así, pues, hermanos, ya que no podemos comprender su gloria acojamos entrañablemente su misericordia. Nos consta que estos familiares de Dios, ciudadanos del cielo y príncipes del paraíso, la poseen a raudales. Nos lo confirma por otra parte el Apóstol, que fue arrebatado al tercer cielo y mereció estar presente en aquella corte bienaventurada y conocer sus secretos. "Todos ellos son espíritus encargados de un ministerio, con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación".
2. Y que nadie ponga esto en duda: el mismo Creador y Rey de los ángeles no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos. ¿Cómo vamos a despreciar esta misión de los ángeles, si se adelantó a ellos aquel a quien ellos sirven en el cielo llenos de ilusión y de gozo? Si también dudas de esto, hay quien lo vio y lo testifica: "Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Otro Profeta dice al Padre, refiriéndose al Hijo: "Lo hiciste poco menos que los ángeles". Sí, es maravilloso que "quien es tanto más poderoso cuanto más extraordinario es el título que ha heredado", supere en humildad a los que sobrepuja en grandeza y aparezca muy por debajo de los ángeles el que se consagró al más humilde servicio.
 Tal vez te preguntes en qué se hizo inferior a los ángeles cuando vino a servir, ya que también ellos, como antes dijimos, tienen la misión de servir. Muy sencillo: en que no sólo sirvió sino que también se dejó servir, siendo uno mismo el que ofrecía sus servicios y los recibía. Razón tiene la esposa del Cantar cuando grita: ¡Mirad, cómo viene éste, saltando sobre los montes y brincando por los collados! Cuando se pone a servir salta sobre los ángeles, y cuando se deja servir brinca sobre ellos. Los ángeles sirven de lo ajeno, ofreciendo a Dios nuestras buenas obras, y trayéndonos su gracia. Por eso la Escritura, antes de afirmar que "de la mano del ángel subió ante Dios el humo de los aromas" dice expresamente que le habían entregado gran cantidad de aromas. Ellos ofrecen a Dios nuestros sudores, no los suyos; y no sus lágrimas no las nuestras Y nos devuelven, no sus propios dones sino los de Dios.
3. No actuó así aquel Siervo que está por encima de todos y se hizo el más humilde: se ofreció a sí mismo como sacrificio de alabanza, entregó su vida al Padre y nos reparte diariamente su carne. En gracia, pues, a un Siervo tan extraordinario, los ángeles santos nos asisten gustosa y amablemente. Nos aman porque Cristo nos amó. Dice un proverbio popular: Quien ama a Beltrán, ama a can. ¡Ángeles benditos! Nosotros somos unos cachorrillos de ese Señor a quien vosotros tanto amáis; unos perrillos ansiosos de llenarse el estómago con las migajas que caen de la mesa de sus amos, que sois vosotros.
 Digo esto, hermanos, para que tengáis plena confianza en los ángeles y acudáis libremente a ellos en todas vuestras necesidades. Procurad, vivir más dignamente en su presencia, alcanzar continuamente su favor, captar su benevolencia e implorar su clemencia. Para ello estimo necesario indicaros otros motivos que estimulan a los ángeles a cuidarse de nuestra debilidad. Sin ansiedad suya, ciertamente, pero con mucho provecho para nosotros. Sin perjuicio para su felicidad, y en beneficio inmenso de nuestra salvación.
4.Consta, sin duda alguna, que como dotada de razón y capaz de bienaventuranza, el alma humana pertenece, por así decirlo, a la naturaleza angélica. Por eso no os conviene, espíritus bienaventurados, quebrantar la ley y desdeñar a ese vuestro linaje al que debéis asistir. Ni siquiera aunque le veáis profundamente degradado. No podemos imaginar que vosotros, ciudadanos celestes, disfrutéis al ver desolada vuestra ciudad y las murallas agrietadas en ruinas. Si deseais que se restauren, como es lógico, insistid frecuentemente con vuestras súplicas ante el tronco de la gloria y decid: Dígnate, Señor, favorecer a Sión, para que se construyan las murallas de Jerusalén. Si amáis la belleza de su casa, y precisamente porque la amáis, sientan vuestro celo las piedras vivas y racionales, las únicas que pueden servir para reparar vuestra ciudad.
 Este es, hermanos, el cordel de tres cabos con que el amor inefable de los ángeles nos atrae desde la excelsa morada de los cielos para consolarnos, visitarnos y ayudarnos: lo hacen por Dios, por nosotros y por sí mismos. Por Dios, imitando su amor entrañable para con nosotros. Por nosotros en quienes se compadecen de su propia semejanza. Por ellos mismos, porque desean vivamente que nosotros completemos sus coros. De la boca de los niños de pecho, que todavía toman leche y no manjares sólidos, brotará una alabanza perfecta a la majestad divina. Los espíritus angélicos poseen ya las primicias, y eso les inunda de sabrosísima felicidad, y les impulsa a esperar y desear ardientemente su plenitud.
5. Segçim estp. queridos hermanos, considerad cuán solícitos debemos estar nosotros para merecer su compañía; y vivamos de tal modo en presencia de los ángeles que no se ofendan jamás al mirarnos. ¡Hay de nosotro, si llegan a irritarse por nuestros pecados y negligencias, y nos tienen por indignos de su presencia  asistencia! Nos veríamos obligados a llorar y decir con el Profeta: Mis enemigos y compañeros me tieneden lazos los que atentan contra mi alma, y me abandonan aquellos que podrían protegerme y ahuyentar al enemigo.
 Si tanto necesitamos la valiosa amistad de los ángeles, procuremos no ofenderles y ejercitarnos en lo que a ellos les complace. Son muchísimas las coas que les agradan y gustan encontrar en nosotros: la sabriedad, las castidad, la pobreza voluntaria, el deseo incesante del cielo, la oración con lágrimas y la pureza del corazón. Pero por encima de todo, los ángeles de paz nos exigen la unión y la paz. Esto es a los que a ellos más les agrada, porque nos convierten en un vivo retrato de su patria, y hacen de la tierra una nueva Jerusalén. Y si en aquella ciudad reina la unión más perfecta, tengamos también nosotros unos mismos sentimientos e idénticas palabras; no haya bandos entre nosotros, sino formemos todos un solo cuerpo.
6. Y al contrario, nada les ofende e indigna tanto como las discusiones y escándalos que puedan darse entre nosotros. Recordemos aquello de Palblo a los Corintios: Mientras hay entre vosoros rivaliad y discordia, ¿no es que os guían los bajos instintos y vivís a los humano? Y el apóstol Judas insiste en los mismo: Estos son los que cean divisiones, siendo hombres de instintos y sin Espíritu. Fijaos cómo vivifica el alma humana a todos los miembros del cuerpo y los compenetra mutuamente. Separemos a uno de ellos, y deja de tener vida. Así  ocurre al que reniega de Jesús. Nadie puede decir eso por el Espíritu de Dios, porque renegar significa separarse. Lo mismo ocure al que se aparte de la unidad: se queda privado del espíritu de vida.
 ¡Qué razón tienen los Apóstoles para llamar animales, carnales y vanos de espíritu a los pendencieros y cismáticos. Cuando esos espíritus bieneaventurados encuentran rencillas y escándalos dicen: "¿Qué podemos hacer nosotros en este gente sin Espíritu? Si reinara aquí el Espíritu abundaría el amor, y no estaría deshaecha la unidad. Es imposible convivir con estos hombres carnales. ¿Puede unirse la luz con las tieneblas? Nosotros pertenecemos al reino de la unidad y de la paz, y esperábamos atraer a estos hombres a esta misma unión y concordia. ¿Cómo van a compenetrarse con nosotros si no se entienden entre ellos?
 El pasaje del Evangelio de hoy está muy bien escogido para esta fiesta. Quiere infundirnos un profundo terror de escandalizar a los niños, porque esos escándalos disguntan muchísimo a los ángeles. El que escandalice a uno de estos pequeños. ¡Que terrible es lo que dice a continuación! Pero ya es hora y debemos ir a misa. Os pido que no os molestéis por interrumpir aquí la materia; lo que hemos dicho puede ser útil si volvemos a insistir sobre el tema en otro sermón.

RESUMEN
Cristo vino con nosotros para servir y ser servido. Los ángeles sirven a la obra del Creador presentándoles nuestras lágrimas y sudores. Los Ángeles nos asisten y aman porque Cristo nos amó.
" Este es, hermanos, el cordel de tres cabos con que el amor inefable de los ángeles nos atrae desde la excelsa morada de los cielos para consolarnos, visitarnos y ayudarnos: lo hacen por Dios, por nosotros y por sí mismos. Por Dios, imitando su amor entrañable para con nosotros. Por nosotros en quienes se compadecen de su propia semejanza. Por ellos mismos, porque desean vivamente que nosotros completemos sus coros".No les disgustemos y creemos, junto a ellos, la Jerusalén perfecta y celestial. Quiere infundirnos, en esta línea, un gran temor a la desunión y al escándalo.

viernes, 19 de septiembre de 2014

LAS PROPIEDADES DE LOS DIENTES


1.El Espíritu Santo, esa fuente de donde mana el río del Cantar de los Cantares, creo que nos ofrece grandes misterios en esos dientes de que allí se habla. Porque son muy distintos de aquellos otros de quienes se dice: Dios les romperá sus dientes en la boca. Ni como el mismo Señor dijo a un santo varón: El terror invade sus dientes. No, estos dientes son más blancos que la leche. Son los de la esposa, de cuya belleza se enamoró el Altísimo, y que está limpia de toda mancha y arruga. Es toda blanca, pero sus dientes son blanquísimos y la ensalza con una comparación nueva y extraña: Tus dientes son un rebaño de ovejas esquiladas.
 ¿Qué existe de digno, por favor, en esta metáfora para que creamos que ha descendido de los arcanos celestes? Algo muy grande y que debemos aceptarlo con toda la capacidad de nuestro espíritu. Es el Espíritu quien habla, y ni una tilde de sus palabras está vacía de sentido. No hay duda de que en estos dientes se esconde algo, y si lo descubrimos hallaremos el secreto de un conocimiento más sagrado.
 2. Los dientes son blancos y fuertes. No tienen carne y carecen de piel. No soportan nada extraño entre ellos. Su dolor es superior a cualquier otro. Están cerrados por los labios para no ser vistos, pues es indecoroso que se vean a no ser en la risa. Mastican el alimento para todo el cuerpo y no perciben ningún sabor. No se gastan facilmente, están muy bien ordenados: unos arriba y otros abajo; se mueven sólo los de abajo y no los de arriba.
 Yo creo que estos dientes simbolizan los hombres entregados a la profesión monástica, que eligen un camino más breve y una vida más segura, y dentro del cuerpo blanco de la Iglesia aparecen mucho más blancos. ¿Se puede imaginar algo más límpido que esos hombres que evitan hasta la menor huella de impureza, y lloran los pecados que han cometido de pensamiento y de obra? ¿Y qué más fuerte que aquellos para quienes la tribulación es un consuelo, el desprecio es su orgullo y la pobreza su riqueza? Son unos hombres sin carne, pues viven en la carne, pero olvidados de ella, y se guían por el consejo del Apóstol: Vosotros no estáis sujetos a los bajos instintos, sino al Espíritu. Tampoco tienen piel, porque viven al margen del encanto y tensión de las realidades mundanas, y reposan tranquilos y en paz.
 No toleran nada extraño entre ellos, porque se les hace intolerable el menor obstáculo de unos con otros o en la conciencia de cualquiera de ellos. De ahí esa oportuna importunidad con que me molestáis tan frecuentemente, y la mayoría de las veces sin necesidad, y el mucho tiempo que le dedicáis. Su dolor no es comparable a ningún otro, pues la murmuración y disensión dentro de una comunidad es la cosa más horrorosa y detestable. Están cerrados con los labios para que no se vean: también nosotros nos ocultamos tras estos muros materiales y evitamos las miradas y el acceso de la gente del mundo. Y por otra parte es indecoroso enseñarlos, a no ser en el momento de reírse: y no hay nada tan desagradable como un monje metido en palacios y ciudades, excepto cuando le obliga a ello esa virtud que cubre un sinfín de pecados, es decir, la risa de la caridad, que es siempre alegre.
 Los dientes mastican el alimento para todo el cuerpo; y estos hombres tienen la misión de orar por todo el cuerpo de la Iglesia, tanto por los vivos como por los muertos. A pesar de ello no perciben ningún sabor, esto es, no se apropian a sí mismos gloria alguna, sino que dicen con el Profeta: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. No se desgastan facilmente, y es que cuanto más ancianos más fervientes son, y a medida que se acercan a la palma más veloces corren.
 Están muy bien ordenados. Si aquí no reina el orden, dónde buscarlo? Todo está regulado con número, peso y medida: la comida y bebida, las vigilias y el sueño, el trabajo y el descanso, la actividad y el ocio. Unos están arriba y otros abajo; también entre nosotros hay superiores y súbditos, y los primeros están unidos a los otros que estos últimos están acorde con aquellos. Los de abajo se mueven y jamás los de arriba, porque los súbditos pueden sentir cierta inquietud, mas los superiores deben conservar siempre en calma el espíritu.
 Dice que son como un rebaño de ovejas esquiladas. ¡Qué bien está la comparación de los monjes con las ovejas esquiladas! Porque están realmente esquilados al no tener propios ni sus corazones, ni sus cuerpos ni los bienes del mundo. Y estas ovejas están recién salidas del baño. El baño es el bautismo, del que sale quien tiende a la cumbre de una vida más perfecta, y desciende el que se entrega a una vida deshonesta. Cada oveja tiene mellizos, porque engendran con su palabra y su ejemplo. Y entre ella no hay estériles porque nadie es infecundo.

RESUMEN
Compara San Bernardo la vida religiosa a la pulcritud y desnudez de los dientes, que cumplen perfectamente su cometido. Igualmente a las ovejas que no son estériles ni infecundas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

EL ESPÍRITU SANTO ACTÚA EN NOSOTROS DE CUATRO MANERAS

1. Cristo nos ofrece una doble realidad: por una parte, lo que no logramos conocer, como su generación divina, de la cual se dice: ¿Quién puede explicar su nacimiento? Y por otra parte, todo lo que podemos conocer de sus obras divinas. Y lo mismo nos sucede con el Espíritu Santo: nuestros sentidos no perciben cómo procedel del Padre y del Hijo siendo igual y coeterno al Padre y al Hijo. En cambio, nos resulta evidente porque él nos ha enseñado cómo actúa su gracia en nosotros.
 Las obras del Espíritu Santo tienen un doble enfoque: unas son para nuestro bien y otras para el del prójimo. Lo que hace para nosotros mismos es, en primer lugar, fomentar la compunción borrando nuestros pecados; en segundo lugar suscita el fervor, ungiendo y sanando las heridas; en tercer lugar nos da capacidad de conocer, y con ese pan nos sustenta y robustece; y en cuarto lugar nos embriaga de vino, aumentando todos estos dones e infundiendo el amor.
 Otros carismas, como la sabiduría, la ciencia, el consejo, etcétera, nos los concede para bien del prójimo. Por eso el Apóstol, al hablar de los diversos dones, no dice solamente: Este recibe del Espíritu la sabiduría, y aquel la ciencia; sino que añade: palabras de sabiduría, palabras de ciencia, y así indica que estos dones se conceden para los otros, es decir, para edificar a los demás.
2. En estas obras es preciso evitar dos peligros: compartir con el prójimo lo que se nos da para nosotros, y reservarnos lo que se nos concede para los demás. Pues si nos apropiamos lo que recibimos para bien de los demás, faltamos a la caridad y se nos dice: ¿Para qué valen la sabiduría escondida y el tesoro oculto? Y si damos a conocer a los hombres los dones que recibimos de Dios en vez de agradecérsele a él en lo íntimo del corazón, perdemos la humildad y merecemos aquel reproche: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido?
 En ambos casos nos ponemos en peligro: en el primero perdemos la humildad y en el segundo la caridad. ¿Y es preciso salvarse sin humildad y sin caridad?
 En consecuencia, el orden adecuado de nuestro progreso es éste: aprovecharnos en primer lugar de esos dones como la compunción y otros semejantes; y la la gracia del Espíritu Santo suscita otros, como la sabiduría o la ciencia, procuremos compartirlos con el prójimo. De esta manera, si nos reservamos lo que nos conviene a nosotros y repartimos generosamente entre todos lo que se nos da para bien del prójimo, alcanzaremos ese don del Espíritu Santo que llamamos descreción de espíritus.

RESUMEN
El Espíritu Santo nos da unos dones para nosotros y otros para los demás.
 Para nosotros nos otorga, en primer lugar, fomentar la compunción borrando nuestros pecados; en segundo lugar suscita el fervor, ungiendo y sanando las heridas; en tercer lugar nos da capacidad de conocer, y con ese pan nos sustenta y robustece; y en cuarto lugar nos embriaga de vino, aumentando todos estos dones e infundiendo el amor.
 Otros carismas, como la sabiduría, la ciencia, el consejo, etcétera, nos los concede para bien del prójimo.
 En estas obras es preciso evitar dos peligros: compartir con el prójimo lo que se nos da para nosotros, y reservarnos lo que se nos concede para los demás. De no ser así faltaremos a la humildad y a la caridad. En cualquier caso procuraremos empezar por utilizar los dones que, generosamente, nos da para nosotros mismos.

martes, 16 de septiembre de 2014

SERMÓN A LOS ABADES


Noé, Daniel y Job cruzan el mar de tres modos distintos: en barca, por un puente y a nado.


 Todos sabemos que hay tres clases de hombres que alcanzan la libertad cruzando, cada uno de un modo distinto, este mar inmenso, símbolo de esta vida llena de molestias y oleajes. Son Noé, Daniel y Job. El primero lo cruza en una nave, el segundo por un puente y el tercero nadando. Estos tres hombres representan tres estados de vida en la Iglesia: Noé dirigía el arca para no morir durante el diluvio. En él reconozco sin vacilar la misión de los que gobiernan la Iglesia. Daniel es el varón de deseos, entregado a la abstinencia y castidad: el prototipo de los que se consagran exclusivamente a Dios en la penitencia y continencia. Job administra sabiamente las riquezas del mundo en la vida matrimonial, representa al pueblo cristiano que posee honestamente los bienes terrenos.
 Trataremos del primero y del segundo, porque tenemos aquí presentes a nuestros venerables hermanos y coabades que pertenecen a la jerarquía, y también se hallan algunos monjes, que viven en la condición de penitentes. Nosotros los abades no podemos olvidar que también pertenecemos a ese estado, a  no ser que -Dios no lo permita-por los privilegios de nuestro ministerio olvidemos nuestra profesión.
 No me entretengo en el tercero, es decir, los que viven en el matrimonio, porque apenas nos atañe a nosotros. Estos atraviesan el océano a nado, lanzados a una aventura llena de fatigas y peligros; y a una travesía inmensamente grande y desprovista de caminos. Es un viaje muy arduo, como lo vemos por tantos como lloramos por perdidos, y los muy pocos que llegan a la meta. Ciertamente, es muy difícil, sobre todo en estos tiempos invadidos de maldad, sortear las tormentas de los vicios y los abismos del pecado entre el oleaje del mundo.
 El estado de los continentes lo cruza por un puente que es, como todos comprendemos, el camino más corto, fácil y seguro. Omito las alabanzas y me limito a indicar los peligros, que es mucho mejor y más provechoso. 
 Queridos hermanos: habéis tomado un camino muy reco y más seguro que el del matrimonio; pero no está plenamente garantizado. Os asechan tres peligros: compararos con otros, mirar hacia atrás o intentar detenerse y plantarse en medio del puente. Ese puente es tan estrecho que no permite hacer eso. El camino que lleva a la vida es muy angosto. Contra el primer peligro, oremos cada uno de nosotros como el Profeta, para que no nos domine el orgullo, porque ahí fracasan los malhechores. El que echa mano al arado y después mira atrás, resbalará muy pronto y se hundirá en el océano. El que se para, aunque no abandone la Orden, y finja deseos de seguir adelante, acabará siendo derribado y arroyado por los que vienen detrás. El sendero es muy estrecho, y ese tal es un estorbo para los que quieren caminar y avanzar. Discuen continuamente con él, le reprenden, no soportan su flogedad y tibieza; le aguijonean y empujan, por así decirlo, con sus manos; y una de dos: o se decide a caminar o se pierde sin remedio. 
 Por eso no nos conviene retardar el paso, y mucho menos aún fijarnos en los otros o compararnos con ellos. Corramos humildemente y avancemos sin cesar, no sea que perdamos de vista al que salió como un héroe a recorrer su camino. Si somos sensatos, procuraremos mirarle sin cesar, atraídos por su fragancia, y el camino se nos hará más ligero y agradable. 
 A pesar de ello los decididos a correr no encuentran demasiado estrecho este puente. Está formado de tres buenos troncos de madera, apoyándose bien en ellos no hay peligro de resbalar. Son a mortificación corporal, la pobreza de bienes de este mundo y la humilde obediencia. Ya sabemos que, es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. Y que los que quieren enriquecerse en esta vida, caen en la tentación y en el lazo del diablo. Además, el que se apartó de Dios por la desobediencia puede volver a Él por el camino recto y seguro de la obediencia. Estas tres cosas deben estar muy ensanbladas. Porque la penitencia corporal vacila envuelta en riquezas y si le falta la obediencia, puede caer fácilmente en la indiscreción. Una pobreza rodeada de placeres y egoismo es pura ilusión. Una obediencia cubierta de riquezas y regalos no es sólida ni merece recompensa.
 Pero si las practicas con un sabio equilibrio logragrás evitar los tres peligros de este mar: los bajos apetitos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero. Insiso en que deben practicarse con mucho equilibrio; es decir: la penitencia esté libre del mal humor, la pobreza sin ansias de poseer y la obediencia limpia de propia voluntad. Recordemos aquellos murmuradores que perecieron mordidos por las serpientes; y que los que quieren hacerse ricos -no dice los que son ricos, sino los que pretenden ser-, caen en el lazo del diablo.
 Y qué diremos de aquel -Dios no lo permita- que desprecia las riquezas y busca los halagos de la pobreza con la misma pasión o mucho más afán con que los mundanos apetecen las riquezas. ¿Qué diferencia existe en desear una cosa u otra si el afecto está desordenado? Incluso parece más lógico hacer objeto de nuestro deseo aquello que atrae a la mayoría. Por eso, todo el que intenta conseguir directa o indirectamente, que su padre espiritual le mande lo que el quiere, se engaña a sí mismo si presume de ser obediente. En este caso no es él quien obedece al superior, sino el superior a él. 
 Pero recodemos aquel consejo del Salvador: la medida que uséis la usarán con vosotros. Por eso el que da a manos llenas merece que le devuelvan una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Cierto, para la salvación basta llevar con paciencia las molesias corporales; pero lo ideal es abrazarse gustosamente a ellas con fervor de espíritu. También podemos contentarnos con no buscar lo superfluo e incluso no murmurar cuando nos falta lo necesario; pero es mucho más perfecto alegrarse y hacer todo lo posible para que el prójimo tenga lo necesario, aunque nosotros sintamos la penuria. Y también está permitido, sin poner en peligro la salvación, intentar que el superior te mande lo que tu deseas, con tal que actúes con paciencia y lealtad; pero lo superas con creces si huyes de todo cuanto alaga a la propia voluntad, siempre que ésto lo permita una conciencia recta. 
 Los prelados son sin duda alguna, los que se internan en naves por el mar, comerciando por las aguas inmensas. No están condicionados por la estrechez del puente ni las fatigas del nadar, sino que pueden bogar en todas direcciones y acudir en ayuda de quien los necesite. Pueden dirigir a los que avanzan por el puente o nadando, orientar a los adelantados, prever y evitar los escollos, espolear a los tibios y animar a los débiles. Tan pronto suben al cielo como bajan al abismo, porque unas veces tratan cosas muy espirituales y otras juzgan acciones horribles e infernales.
 ¿Y habrá alguna nave capaz de resistir un oleaje tan embravecido y no zozobrar en medio de tantos peligros? Sí, el amor es fuerte como la muerte y la pasión es tan cruel como el abismo. Por eso se nos dice a renglón seguido que las aguas torrenciales no podrán apagar el amor. Los superiores necesitan esta nave, construida con esas tres paredes laterales que tienen todos los barcos, y que en frase de Pablo son el amor que brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida. La pureza del corazón del prelado consiste en querer servir más que residir. En el desempeño de su cargo no busque su interés ni los honores del mundo, o cosa parecida, sino agradar a Dios y salvar almar.
 Además de esta intención pura necesita también una vida intachable; de este modo se convierte en modelo de su grey, porque enseña más con sus obras que con sus palabras, y según la regla de nuestro Maestro, cuando indique a sus discípulos que es nocivo, muéstreles con su conducta que no deben hacerlo. En caso contrario, el hermano aquien reprende podría murmurar y decir: Médico, cúrate a ti mismo. Dar pie para ello sería el desprestigio del sperior y un daño enorme para los súbditos. 
 Y al hablar así yo no presumo de haber evitado siempre esto. Lo hago porque la Verdad nos recuerda con insistencia a mí y a todos que el superior debe ser irreprensible, y capaz siempre de responder como el Señor a quienes le injurian: ¿Quién de vosotros puede acusarme de algo? Nosotros no podemos liberarnos totalmente del pecado en esta vida miserable; pero lo que el maestro reprenda en sus discípulos debe evitarlo con suma diligencia. 
 En consecuencia, sus pensamientos más íntimos vayan acordes con sus costumbres. No aparezca humilde en su porte exterior y sea altivo en s corazón, presumiendo de sabiduría, virtud o santidad. Esto sería una fe fingida, porue no confía exclusivamente en la misericordia del Señor con una actitud humilde.
 Fijaos qué bien concuerdan con estas tres cualidades -pureza de corazón, conciencia honrada y fe sentida- aquellas otras palabras del mismo Apóstol: A mí me importa muy poco que me exijáis cuentas vosotros o un tribunal humano, etc. Ni siquiera yo me las pido, sigue diciendo, porque la conciencia no me reprocha de que busco mis intereses, sino los de Jesucristo. 
 Tampoco me importa nada que vosotros me tengáis como hombre de conciencia honesta y vida intachable. Quien me pide cuentas es el Señor. Con lo cual afirma que sólo en él pone su confianza, y que se humilla ante la mano poderosa de Dios. Dime ahora si podemos comparar todo esto con aquella triple pregunta de Jesús a Pedro, y si no se reduce prácticamente a ¿me amas?, ¿me amas? En realidad se trata de un amor que le brota de un corazón limpio, de una conciencia honrada y de una fe sentida. Con razón se exige amor al que va en la barca, para convertirlo en pescador de hombres. 
RESUMEN

 Hay tres formas de atravesar el inmenso mar de la vida: en un arca como Noé (aquí situamos a los que toman las grandes decisiones), por un puente como Daniel (situamos aquí a los dedicados a la vida clerical y monástica) o a nado como Job, que es la forma más difícil, llena de vicisitudes, propia de los que viven en el matrimonio y en los acontecimientos que ocurren cada día. Hablaremos de las dos primeras porque nos encontramos ante gente dedicada a la vida monástica. 
 Lo más cómodo es atravesar el puente, pero no podemos ni deternernos, ni mirar atrás ni compararnos con os otros. Será necesario atravesarlo con prisas.
 Ese puente tiene tres bases que son la pobreza de bienes materiales, la obediencia y la mortificación corporal. Los factores forman un todo sin lo cual el puente cedería.
 Hay tres amenazas que son los bajos apetitos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero, aunque es más peligroso perseguir su posesión que poseerlo. Incluso tener la pobreza manifiesa como objetivo es una forma de presunción. 
 Es importante soportar las molestias de la salud corporal, evitar la murmuración y buscar la colaboración con nuestros superiores de una manera leal. 
 Los prelados son los que navegan y enseñan el camino a los que atraviesan puentes y nadan. Deben actuar con corazón puro y su conducta ser un ejemplo para todos. 
 Que su aspecto exterior sea el reflejo de la belleza interior y que vivan en el amor de Cristo. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

DIFERENCIA ENTRE LA CRIATURA Y EL CREADOR


1. Todo lo has dispuesto con peso, número y medida. Con esta frase se indica en qué se diferencia la esencia divina. Las criaturas han sido hechas con peso, número y medida; y el Creador carece en absoluto de todo eso.
 El peso se refiere al valor del objeto, y su valor depende de la hermosura o utilidad del mismo. De este modo se valora cada cosa. En consecuencia, la criatura está hecha con peso porque puede compararse con otras del mismo género, y resultar superior, inferior o igual. El peso de cada cosa es aquello en que puede ser valorada.
 La medida, en cambio, hace referencia al lugar y al tiempo. Y si únicamente aceptamos el lugar como realidad material, la medida de las realidades inmateriales no se efectuará en función del lugar, sino del tiempo. De hecho, el alma no puede ocupar un espacio material, y el cuerpo tampoco parece ser el lugar del alma. ¿Va a estar encerrada en el cuerpo la que vivivica lo exterior y lo interior? Lo mismo se halla en la epidermis que en las más ocultas entrañas.
2. Sin embargo, por el afecto carnal y su contacto continuo con lo material, el alma puede equivocarse y pensar sólo en lo material. Donde está su tesoro allí tiene su corazón, y sólo saborea lo que ama. Encorvada y en cierto modo empapada de afectos terrenos, es incapaz de ver su propio rostro. Hundida en el fango, no se ve a sí misma y cree que su rostro es aquella cara cubierta de barro. La realidad es muy distinta: el alma tiene otras medidas en relación con el lugar. En realidad, el lugar de cada cosa depende de los límites de su sustancia. Ahora bien, la sustancia del alma consiste en su razón, su memoria, su reflexión, su juicio y otras facultades semejantes, que poseen sus límites bien definidos. Así pues, todos los espíritus, a excepción del divino, están hechos con medida, ya que su inteligencia, memoria y demás facultades son limitadas.
 Y a la vez, todo ha sido hecho con número, bien porque constan de diversas partes -como las materiales-bien por su diversidad o mutabilidad, como las inmateriales. El único en quien no cabe peso, número o medida es Dios. Es único y no tiene nadie semejante a quien compararse. Es único y desborda toda estimación; es eterno e inmenso, es indivisible y absolutamente invariable.
RESUMEN
Todas las criaturas tienen peso, número y medida. Las realidades inmateriales pueden carecer de estas cualidades pero están sujetas al tiempo. En cambio Dios no tiene peso, número, medida ni tiempo.

EL BESO DEL ESPÍRITU SANTO

1. Que me bese con el beso de su boca. La boca del Padre es el Hijo, pues al Hijo lo conoce sólo el Padre, y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Pero todos los que reciben esta revelación sobre el Padre o el Hijo, es obra del Espíritu Santo. Por eso, cuando Pedro dijo al Señor: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo, él le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!-que significa hijo de la paloma-, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo.
 Lo confirma también el Apóstol. Viene diciendo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado lo que Dios ha preparado para los que le aman. Y añade: Pero Dios nos lo ha revelado por medio de su Espíritu. Según esto, parece que la esposa tiene la gracia del Espíritu Santo, y de eso modo comprende que el Hijo es igual al Padre. Pues no dice: "Que me bese con su boca" con lo cual se referiría al beso único del Padre, inaccesible a toda criatura por ser imposible igualarse al Padre. Sino que dice: Con el beso de tu boca. Sabemos que el beso es común al que lo da y lo recibe. Por eso, si el Padre y el Hijo se besan mutuamente, ese ósculo es, sin lugar a dudas, es Espíritu Santo.
2. Ese beso ansía la esposa al exclamar: Que me bese con el beso de su boca. Y ese es el beso que ha recibido, como lo atestigua Pablo: Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones es Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba, Padre! Ese beso prometía también el Salvador al exhortar a sus discípulos a cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu bueno a los que se lo pidan?
 Al estamparte ese beso, el Verbo esposo concede al alma racional el conocimiento de Dios y el amor de la virtud, y los dos labios que le besan son la virtud y la sabiduría de Dios. Sí, la sabiduría otorga conocimiento y el amor es fruto de la virtud. El alma, por su parte, también posee dos labios para besar a su esposo: son el entendimiento y la voluntad. La inteligencia capta la sabiduría y la voluntad la virtud. Si es únicamente la inteligencia quien percibe el conocimiento de la sabiduría, y la voluntad carece del amor a la virtud, el beso no es perfecto; y al contrario, si la voluntad recibe el amor y la inteligencia está vacía de conocimiento, el beso tampoco es perfecto. Unicamente es total y perfecto cuando la sabiduría ilumina la inteligencia y la virtud impulsa la voluntad.
RESUMEN
El Espíritu Santo es el beso que une al Padre y al Hijo. Los creyentes no podemos captar el contacto físico sino el beso, independiente como algo etéreo. Para captar ese beso hace falta entendimiento y voluntad. La carencia de uno de estos dos labios hará que el beso se incompleto e imperfecto. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

SOBRE LA PASCUA Y LAS MUJERES


1. ¿Qué significa el gesto de esas tres piadosas mujeres que, al morir Jesús, compraron aromas para embalsamar el cuerpo que reposaba en el sepulcro? ¿Qué ejemplo nos porponen a imitar? Porque, como afirma San Gregorio, lo que ellas hacen es signo de otra cosa a realizarse en la santa Iglesia..
 Así pues, cuando veamos a Cristo muerto, esto es, cuando sintamos que la fe en Cristo está muerta en el corazón de un hermano, apresurémonos a comprar aromas y ungir a ese muerto. Esas tres mujeres simbolizan tres facultades nuestras, capaces de adquirir sus propios ungüentos. ¿Cuáles son? El alma, la mano y la lengua.
 Todo comprador da y recibe algo: pierde lo que da para poseer lo que recibe. Aquí, el alma da la moneda de la propia voluntad y adquiere el sentimiento de la compasión, el celo de la justicia y el discernimiento para aconsejar. La mano, por su parte, ofrece la obediencia y compra la continencia carnal, la paciencia en la tribulación y la perseverancia en el obrar. Y finalmente, la lengua preenta la moneda de la confesión y recibe la mesura en el corregir, la facilidad para exhortar y la eficacia para persuadir.
2. Preparados ya estos aromas, se acercan juntas al monumento y se preguntan: ¿Quién nos correrá la losa de la entrada del sepulcro? Esta losa puede ser la tristeza excesiva, la pereza o la dureza; mientras obstruye el acceso del corazón, impide que el alma, la mano y la lengua puedan embalsamar el cadáver. Pero la Escritura dice: Tu oído sintió la buena disposición de su corazón. Y las tres observan que la piedra está removida, entran en el sepulcro y oyen que ha resucidado ese muerto que querían ungir. ¿Quién les indica y les dice eso? Un ángel, testigo de la resurrección. Cuando Cristo resucita en una persona, su rostro es más radiante, su aspecto más sereno, su palabra más delicada, su porte más modesto y su espíritu mucho más dispuesto para cualquier obra buena. ¿No es todo esto un radiante mensajero de la resurrección interior?
 Los demás acontecimientos y palabras sobre la resurrección de Cristo -como el sudario que encontraron o la promesa que le verían en Galilea- y otros detalles del texto evangélico, pueden ser interpretados también en este sentido tropológico. Pues lo que ocurrió históricamente en la Cabeza, debemos creer que también se realiza moralmente en su cuerpo.
RESUMEN
Cuando la fe de un hermano languidece, precisa de tres ungüentos: el alma, la mano y la lengua.
-El alma da la moneda de la propia voluntad y adquiere:
1.El sentimiento de la compasión
2.El celo de la justicia
3.El  discernimiento para aconsejar.
-La mano ofrece la obediencia y adquiere:
1.La continencia carnal.
2.La paciencia en la tribulación
3.La perseverancia en el obrar.
-La lengua presenta la moneda de la confesión y recibe:
1. La mesura en el corregir
2. La facilidad para exhortar
3. La eficacia para persuadir.

La losa que impide aplicar los ungüentos es la tristeza excesiva, la pereza y la dureza.
Pero Cristo resucita y mueve la losa gracias a la RESURRECCIÓN INTERIOR, que hará su rostro mucho más radiante.



sábado, 13 de septiembre de 2014

EL LUGAR SUPERIOR E INFERIOR DEL ALMA

1. El alma racional tiene dos lugares: el inferior que ella gobierna, y el superior en el cual descansa. El lugar inferior que gobierna es el cuerpo. Y el superior donde descansa es Dios. A ambos se les puede aplicar lo que dice la Escritura: Si el espíritu que manda se enfurece contra ti, tú no dejes tu puesto. No dejes de regir el inferior, ni de reposar en el superior. 
 Pero lo que acabo de decir es propio de los incipientes e imperfectos, a los cuales dice el Apóstol: Hablo en términos humanos, por lo flojos que sois: igual que antes cedisteis vuestro cuerpo como esclavo a la inmortalidad y al desorden, para el desorden total, cededlo ahora a la honradez, para vuestra consagración.
 El alma debe realizar tres funciones en el cuerpo: darle vida, hacerlo sensible y regirlo. Si pierde la vida o se perturban sus sentidos, el alma no es condenada. En cambio, si sucumbe víctima de la tentación, eso sí que se le imputa como pecado. Por eso se le advierte que, cuando se subleve contra ella el espíritu, no abandone su puesto; es decir, cuando se acerque la tentación no ofrezca su cuerpo como instrumento para la injusticia.
 2. Fijémonos, sin embargo, en la expresión: Si el espíritu que manda se enfurece contra ti. El espíritu malo no puede hacernos nada si no se lo mandan o permiten. En consecuencia, aunque su voluntad siempre es mala, su poder siempre es justo. Pues si la mala voluntad depende de él, la facultad de obrar le viene sólo de Dios. Y esa voluntad se la modera siempre el Señor, para que por la malicia de su voluntad no castigue él por encima de lo que merecen los culpables. 
 Esto es lo que podemos decir sobre el lugar inferior. El lugar superior podemos entenderlo así: no abandone jamás la paz espiritual que halla en Dios cuando le ataca el diablo; aunque le tiente por todas partes, permanezca firme en Dios, con tranquilidad y perseverancia. Esta interpretación se aplica a los perfectos, que pueden decir con Elías: Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy. O aquello del apóstol Juan: Nuestra vida en este mundo es como la suya. Repito que esta interpretación se aplica a los perfectos, los cuales con su vida han comenzado ya a imitar la existencia propia de la eternidad.
RESUMEN
San Bernardo hace aquí una distinción entre el alma y el espíritu. El alma gobierna todas las funciones del ser humano, mientras que el espíritu nos inclina hacia el bien o hacia el mal. Así nos dice:
El alma racional gobierna sobre el cuerpo y descansa en Dios. El alma debe realizar tres funciones en el cuerpo: darle vida, hacerlo sensible y regirlo. Nunca debe ofrecer nuestro cuerpo como instrumento para la injusticia, aunque el espíritu se encuentre agitado y lleno de tentaciones.  Igualmente debe descansar siempre en Dios con tranquilidad y perseverancia. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

¡CUIDADO CON LOS APLAUSOS HUMANOS!

 Si encuentras miel como lo justo, no sea que te hartes y la vomites. Podemos traducir con mucha propiedad la palabra miel por el halago de los aplausos humanos. Y con toda razón se nos recomienda no abstenernos completamente de este alimento, sino de tomarla con exceso. Porque a veces nos resulta provechoso recibir alabanzas humanas, esto es, cuando actuamos por amor fraterno y el bien de los demás, pues de este modo nos resulta más llevadero. Manteniendo esta sobriedad, no peligra el uso moderado de esta miel. Todo lo que pasa de ahí es malo y pernicioso.
 Efectivamente, come demasiada miel quien se vuelva a ella con ansiedad y se hincha, se ceba y satura de los halagos y gloria mundana. El Profeta santo pide al Señor que le libre de ello, expresando este favor humano no con la metáfora de la miel, sino con otra muy semejante, la del aceite. Que el ungüento del impío no perfume mi cabeza.
 ¿Quieres saber cuándo vomita este desenfrenado devorador de miel lo que ha comido hasta saciarse y sin moderación? Cuando oiga que otro cualquiera recibe alabanzas, él se retorcerá de envidia; y entonces esos aplausos que tragaba sin otra finalidad que la de regodearse en la lisonja humana, los vomitará con una angustia semejante al horrendo placer con que los devoró. El espíritu que se entrega a la vanidad y que se hincha de arrogancia, sólo ve desprecios en las alabanzas que reciben los demás. 
RESUMEN
Las alabanzas (la miel) no son negativas pues nos estimulan en nuestra labor. La señal de que no son adecuadas, es cuando las alabanzas que reciben los demás nos produce envidia. Esa sensación hace de la ingesta, y del rechazo de la alabanza ajena, algo parecido al vómito. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

LA GUARDA DEL CORAZÓN

1. Guarda con todo cuidado tu corazón, porque de él brota la vida. La vida brota del corazón por estos dos cauces: por una parte, con el corazón se cree y se obtiene la justificación, el justo vive de la fe, el corazón puro ve a Dios, es decir, lo conoce, pues la vida eterna consiste en reconocerte a ti como único. Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo. Y por otra parte, Cristo nuestra vida, que habita ahora por la fe en nuestros corazones, aparecerá glorioso y nosotros con él; y el que ahora está oculto en el corazón pasará como del corazón a todo el cuerpo, cuando transforme la bajeza de nuestro ser reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo. Otro Apóstol lo confirma así: Ahora ya somos hijos de Dios, aunque todavía no se ve lo que vamos a ser.
2. Pero conviene examinar por qué se dice: Guarda con todo cuidado tu corazón. La gente del mundo suele decir: "Quien conserva su cuerpo se asegura un buen castillo". Nosotros decimos lo contrario: "Quien cuida su cuerpo conserva un vulgar estercolero". Así piensa el Apóstol: Quien cultiva la carne, cosechará corrupción; el que cultiva el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.
 Esto significa que debemos cultivar y proteger ante todo el campamento del alma, porque de él procede la vida eterna. Pero este campamento está colocado en campo enemigo y lo atacan por todos los flancos. Por eso hay que defenderlo con todo cuidado, esto es, con la máxima vigilancia y por todas partes, abajo y arriba, por delante y por detrás, a derecha e izquierda.
 Por abajo le ataca la concupiscencia carnal y hace la guerra al alma, pues la carne tiene deseos opuestos al espíritu. Por arriba le amenaza el juicio de Dios: Es horroroso caer en las manos del Dios vivo. Por detrás acecha el placer mortal, que exhala el recuerdo de los pecados pasados; y por delante el asalto de las tentaciones. A la izquierda está la inquietud de los hermanos arrogantes y murmuradores, y a la derecha el fervor y devoción de los hermanos obedientes. Aquí nos ataca de dos maneras: por envidia a sus buenas obras, o por emulación a su gracia particular.
3. Vigile, pues, contra la carne una fuerte disciplina. Contra el juicio de Dios, el juicio de la propia confesión; y esto de dos maneras diversas: públicamente para los pecados públicos y en secreto para las faltas ocultas. Nos lo confirma el Apóstol: Si nos juzgáramos debidamente nosotros, no nos juzgarían. Contra el placer que suscita el recuerdo de los pecados pasados, la lectura frecuente. A la insistencia de las tentaciones, la insistencia en una oración suplicante. Contra la agitación de los hermanos, la paciencia y la compasión. Frente al fervor de los hermanos sumisos, la complacencia y la discreción. La complacencia elimina la envidia, y la discreción templa los excesos de la emulación.

RESUMEN
Del corazón brotan las emociones y la vida. En el futuro las emociones allí contenidas se dispersarán por todo el cuerpo.
Nuestro corazón es atacado por todos los frentes:
-Por debajo ataca la concupiscencia carnal. Nos defenderemos con una fuerte disciplina.
-Por arriba el juicio de Dios. Nos defenderemos con la propia confesión. Pública contra los pecados públicos. Oculta contra los pecados escondidos.
-Por detrás el placer de los recuerdos de los pecados pasados. Nos defenderemos con la lectura frecuente.
-Por delante el asalto de las tentaciones. Nos defenderemos con la oración suplicante.
-A la izquierda la inquietud de los hermanos arrogantes y murmuradores. Nos defenderemos con paciencia y compasión.
-A la derecha el fervor y devoción de los hermanos obedientes. Esto nos produce envidia y emulación de su gracia. Nos defenderemos con la complacencia que elimina la envidia y con la discreción que templa los excesos de emulación.