EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

domingo, 10 de septiembre de 2017

CÓMO ORDENAR RECTAMENTE LOS AFECTOS


1. Muchachas de Sión, salid a ver al Rey Salomón. No dice venid a ver a Eclesiastés o Ilida, que son los otros nombres con que también era llamado ese rey. Aquí quiere decir que Jesucristo es nuestro verdadero Salomón, porque él fue Salomón, es decir, hombre pacífico en el destierro. Eclesiastés en cambio significa predicador en el juicio; e Idida, amado del Señor en el reino. Y siempre aparece como rey. En el destierro modera las costumbres, en el juicio discierne los méritos, y en el reino distribuye los premios. En el destierro manifiesta la bondad, en el juicio la justicia, y en el reino la gloria. En el destierro inspira amor, en el juicio terror y en el reino admiración. 
  Con la rica corona que le cinó su madre. Esta corona es de misericordia, y por ello imitable. También le coronó su madrastra con la corona de la miseria, y por ello fue despreciado. Me refiero a la Sinagoga, que no fue para él madre, sino madrastra. Su familia le ceñirá la corona de justicia, y será terrible. Y su padre le ciñe la corona de la gloria, y atraerá nuestros deseos. Véanle, pues, los pecadores con la corona de miserias, la corona de espinas y arrepiéntanse. Véanlo las hijas de Sión, las almas movidas por el amor, con la corona de la misericordia e imítenlo. También lo verán los malvados ceñido con la corona de justicia, y se hundirán. Y los santos lo contemplarán con la corona de gloria y su gozo será eterno. 
2. Salid, muchachas de Sión, alfas afeminadas, del sentir de la carne a la percepción del espíritu, de la esclavitud de los deseos carnales a la libertad de la inteligencia espiritual. Y ved al Rey Salomón con la rica corona que le ciñó su madre. También reciben la corona otros que siguen su ejemplo, pero esto se debe a sus efuerzos y a la ayuda de la gracia. Este, en cambio, es el único que fue coronado por su madre, porque es el único que salió del seno materno como el esposo de su tálamo y dueño soberano de los sentimientos. Estos afectos, como ya lo sabemos, son cuatro: amor y alegría, temor y tristeza. Sin ellos el alma humana no puede subsistir; aunque para algunos sean motivo de corona, y para otros de confusión. Purificados y ordenados, llenan de gloria al alma con la corona de las virtudes, desordenados, la hacen despreciable y digna de odio y confusión. 
 Su purificación sigue este proceso: cuando se ama lo que debe ser amado, se ama más lo que merece más amor, y no se ama lo que no debe ser amado; entonces está purificado el amor. Y lo mismo ocurre con los otros afectos. El orden a seguir es éste: se comienza con el temor, sigue la alegría, a continuación la tristeza, y en la cumbre el amor. Su relación mutua es ésta: del temor y la alegría nace la prudencia, cuya causa es el temor y la alegría su fruto. De la alegría y la tristeza brota la templanza, cuyo manantial es la tristeza y la alegría su fruto. Y llegamos al broche final de la corona: del amor y del temor germina la justicia, cuya semilla es el temor y el amor su fruto. 
3. Veamos ahora cómo estos afectos bien ordenados son las virtudes, y en caso contrario llevan a la confusión. La tristeza unida al temor engendra la desesperación; y la alegría junto con el amor acaban en el libertinaje. Unase, pues la alegría al temor, y como el temor duda ante el futuro y la alegría se goza del presente, la alegría será el fruto final de una discreta prudencia. La alegría aquilata el temor y éste, una vez purificado, no es otra cosa que la prudencia.
 Por otra parte, no se puede separar la tristeza de la alegría; porque quien recuerda lo triste disfruta con moderación de lo gozoso. Sí, la tristeza debe equilibrar la alegría. Y esta alegría equilibrada se identifica con la templanza. También conviene unir amor y tristeza, porque quien desea con amor lo amable soportará con valentía todo lo adverso. El amor vigoriza la tristeza, y la tristeza así consolidada es la fortaleza. Unanse, asimismo, amor y temor, porque para adherirse rectamente a lo que es digno de amor, es preciso no olvidar aquello que se debe temer. El amor templa el temor. Y el temor así ordenado es sinónimo de justicia. 
 De estos afectos, tristeza y alegría, no se proyectan hacia el exterior porque solamente nos alegramos o entristecemos en nuestro interior. En cambio, el amor y el temor se proyectan al exterior: el temor es un impulso natural que nos vincula con el superior a nosotros por lo que tenemos de inferior, y su objeto adecuado es únicamente Dios. Y el amor es un afecto que nos vincula con el superior, con el semejante y con el inferior a nosotros, y tiene relación con Dios y con el prójimo. En estos dos movimientos consiste la justicia: temer a Dios por su poder y amarle por su bondad, y amar también al prójimo por la comunión de naturaleza. 
RESUMEN

Debemos considerar nombres de Salomón, sus diferentes Coronas y los afectos propios de la naturaleza humana. Éstos se combinan y así se dividen en dos grupos, los que nos ordenan rectamente y los que nos confunden. 

El Rey Salomón tenía distintos nombres
-Salomón: hombre pacífico en el destierro. Allí modera las costumbres y manifiesta la bondad. Inspira amor. 
-Ecleciastés: predicador en el juicio. Inspira terror.
-Idida: amado del Señor en el Reino. Inspira admiración. 

Asimismo, recibió distintas coronas:
-La corona que le ciñó su madre. Es de misericordia e imitable. 
-La corona de la miseria que se ciñó la Sinagoga y por ello fue despreciado.
-La corona de la justicia, ceñida por su familia y que será terrible. 
-La corona de la gloria ceñida por su padre y que atraerá nuestros deseos. 
Por tanto, Salomón puede ser visto desde diferentes ángulos. El nombre de Salomón es el que más se inspira con Jesucristo. 

 Los afectos son cuatro: amor, alegría, temor y tristeza. Siguen el siguiente orden: 
Temor(1)........Alegría(2).......Tristeza(3).......Amor(4)

TEMOR:  el temor duda ante el futuro. Se teme a Dios por su poder. 
ALEGRÍA:  se goza del presente. 
AMOR: es un afecto que nos vincula con el superior, con el semejante y con el inferior a nosotros, y tiene relación con Dios y con el prójimo, al que debemos amar por la comunión de naturaleza. Se ama a Dios por su bondad. 
 La tristeza y la alegría son afectos interiores. El temor y el amor se proyectan al exterior. 

-Veamos las combinaciones que nos ayudan en nuestro orden interno.

TEMOR(causa) + ALEGRÍA(fruto) = PRUDENCIA

ALEGRÍA(fruto) + TRISTEZA(manantial)= TEMPLANZA

AMOR(fruto) + TEMOR(semilla)= JUSTICIA;


-Veamos ahora las combinaciones que nos crean confusión: 

TRISTEZA + TEMOR= DESESPERACIÓN;

ALEGRÍA + AMOR= LIBERTINAJE; 

martes, 15 de agosto de 2017

DICHOSO EL HOMBRE QUE ENCUENTRA LA SABIDURÍA Y ABUNDA EN INTELIGENCIA


1. Hermanos, ¿qué hacemos en este mundo y cuál es nuestra actitud frente a él? Si pretendemos salvarnos de este mundo perverso, ¿por qué pactamos con él? Si queremos huir ¿por qué nos cargamos con nuestras propias cadenas? Aunque sean de oro, es preferible vivir libres de ellas que estar encadenados con ellas. No pensemos cuánto valen, sino cuán mucno nos estorban. Si nos resulta ya muy molesto soportar la dureza de nuestra condición, no nos apeguemos también a eso otro llevados de la concupiscencia, ni nos enredemos en inútiles preocupaciones. 
 Casi es inútil preguntar qué hace un hombre con los grillos puestos. Sabemos muy bien que se los ponen para hacerle sufrir e impedirle moverse. Los grillos son obstáculo para obrar y causa de sufrimiento. Por lo tanto, lo que tenemos que hacer en este mundo es penitencia. Aunque esto pertenezca más al padecer que al hacerl. Lo repito: debemos hacer algo en este mundo, y no para este mundo. Si se nos dice que Adán fue colocado en un jardín encantador para que lo cultivara, ¿qué hombre sensato va a imaginar que sus hijos están en un lugar de dolor para divertirse?
 Trabajemos, pues, pero no por el alimento que se acaba; entreguémonos al negocio de nuestra salvación. Trabajemos en la viña del Señor para merecer el denario de cada día. Trabajemos en la Sabiduría, que dice: El que me pone en práctica no pecará. El campo es el mundo, dice la Verdad. Cavemos en él: hay un tesoro escondido, desenterrémosle. Es la sabiduría, que está muy escondida. Todos la buscamos y la deseamos. 
2. Pero quien la busca en la cama está perdiendo el tiempo. Jamás la encontraremos en la tierra de una vida cómoda. ¿Cómo buscar a un gigante en una cuna? ¿Cómo quieres encontrar en tu cama al que nunca se alberga en ningún sitio? Escuchad la Escritura: Si buscáis, buscad; convertíos y venid. ¿Quieres saber de dónde? De tu cama. ¿Quieres saber cómo convertirte? Apártate de tus caprichos.
 Y si no encuentro la sabiduría siguiendo mis deseos -vuelves a insistir-, ¿dónde la encontraré? Me abrazo en ansias de poseerla, y no quedo satisfecho con encontrarla, sino que aspiro a una medida generosa, colmada, remecida y rebosante. Y con razón. Porque es dichoso el hombre que encuentra la sabiduría y abunda en inteligencia. 
 Búscala, pues, mientras hay posibilidad de encontrarla; e invócala mientras está cerca. ¿Quieres oír cuán cerca está? A tu alcance está la Palabra, en tus labios y en tu corazón, con tal que la busques con rectitud de corazón. Levanta el corazón, sal de tu cama y no te hagas sordo al consejo de tener alerta el corazón. Así encontrarás la sabiduría en tu corazón y de sus labios fluirá la prudencia. Pero procura que afluya abundante y que no se pierda en los vómitos.
3. No lo dudes, con la sabiduría has encontrado miel. Cuida no comas mucha no sea que, saciado, la vomites. Come de tal modo que siempre tengas hambre. No creas que ya tienes bastante; ni te sacies nunca de ella porque la vomitarás y quedarás sin eso mismo que crees tener: dejaste de buscar antes de tiempo. Jamás deberíamos dejar de buscar e implorar mientrar está cerca y puede ser encontrado. Te lo repito con palabras de Salomón: Al que come mucha miel le sienta mal y el que escudriña la majestad quedará oprimido por su gloria. Pilato, por qué preguntas al Señor en privado para que te susurre al oído en qué consiste la verdad. Eso es mucho para ti. Lo sagrado no es para los perros ni las perlas para los cerdos. Busca más bien el gusto por la fe y no pretendas por ahora la saciedad de la inteligencia. 
 Con razón, hermanos, se abatió ante el rigor de la flecha y sin esperar respuesta se volvió con los judios. Había tomado un camino de grandezas y maravillas  que le superaban, al preguntar en qué consiste la verdad. 
4. En consecuencia, busquemos la sabiduría en nuestro corazón, pero la sabiduría que mana de la fe, como dice el Apóstol: Sin ser más sabios de lo que conviene, sino siendo sobrios en el saber. Esta sobriedad en la sabiduría consiste en dolerse de los pecados pasados, despreciar las comodidades presentes y desear los premios futuros. Encuentras la sabiduría cuando lloras los pecados, no das valor a las ambiciones del mundo y todo tu deseo se lanza a la felicidad eterna. Encuentras la sabiduría cuando distingues el sabor de cada cosa: rechazas lo primero porque es amargo, desprecias lo otro como efímero y pasajero, y consideras que lo más digno y perfecto es anhelar aquellos otros bienes. En este juicio y discernimiento te guía un gusto secreto del espíritu. 
 Esta sabiduría es sobria y nada expuesta al vómito: el frío del temor al recordar los pecador, y el ardor de la caridad al ansiar las promesas divinas, preservan a la sabiduría del hastiío de las malditas preocupaciones actuales, e impiden que ni tú la vomites a ella ni ella a ti. Y así como es dichoso el hombre que encuentra la sabiduría, también es dichoso el hombre, y mucho más aún, que vive en la sabiduría. Tal vez esto sea abundar en ella. 
5. De tres maneras pueden afluir con abundancia a tus labios la sabiduría y la inteligencia: con la confesión de tus propios pecados, con la alabanza y acción de gracias y por las palabras edificantes. Porque la fe del corazón obtiene la justicia, y la confesión de los labios la salvación. Además, lo primero que hace el justo al hablar es acusarse a sí mismo; después alaba al Señor, y, finalmente -si la sabiduría afluye abundante- debe edificar al prójimo. ¿También debe abundar la sabiduría en las obras? Sí, y por encima de todo. Busquemos, por lo tanto, en las obras este triple abundancia, pues un sabio antiguo dijo que la sabiduría se manifiesta de tres maneras. Así pues, si vosotros no proponéis algo mejor, yo creo que la actividad humana está saturada de sabiduría cuando uno de vosotros, por ejemplo, vive en continencia, paciencia y obediencia. Con la obediencia perfecta mortifica su propia voluntad, con la humilde continencia cercena el placer de la carne y del mundo, y con la paciencia alegre soporta varonilmente las adversidades del cuerpo y del mundo. 

RESUMEN
En este mundo perverso, todos buscamos un tesoro encerrado que es la sabiduría. Debemos buscarla y oírla dentro de nosotros. Pero no vale una actitud pasiva, como estar en la cama, sino que hemos de estar alerta, esperar que fluya y no perderla. Pero primero debemos basarnos en la fe y no tratar de saciarnos con la sabiduría, no sea que nos lleve por caminos equivocados. La sabiduría debe basarse en dolerse de los pecados, rechazar las comodidades y pensar en los premios futuros del espíritu. En realidad, la verdadera sabiduría se basa en la continencia, la paciencia y la obediencia. 

jueves, 13 de julio de 2017

LOS PREDICADORES DEBEN SUAVIZAR EL SABOR AMARGO DE SU DOCTRINA


1. Se pasaba hambre en aquella región, y los hijos de los profetas estaban sentados junto a Eliseo, que les mandó cocer un caldo. Cuando lo probaron exclamaron: ¡Profeta, este sabe a veneno! Y no pudieron tragarlo. Entonces Eliseo ordenó: traedme harina. La echó en la olla y dijo: sírvelo a la gente. Lo comieron y el caldo ya no sabía amargo. 
 El hambre de la tierra es la escasez de la Palabra de Dios en el espíritu humano. Los hijos de los profetas son los discípulos de los predicadores. Profeta es sinónimo de "vidente". Y no es un despropósito llamar profetas a los predicadores, pues contemplan los secretos de los misterios de Dios y aplican los remedios oportunos a las diversas conductas de los hombres.
 Eliseo quiere decir "salvación de Dios", nombre muy propio de cualquier prelado o doctor de la Iglesia, porque su palabra persuasiva anuncia la salvación del Señor y al anunciarla la transmite. En el desempeño de su oficio prepara una gran olla a sus discípulos, repleta de hierbas silvestres; es decir, los amonesta con palabras severas, saturadas de amargura, pero cocidas con el fuego del Espíritu Santo. Los discípulos se horrorizan ante la dureza de sus palabras y gritan: Esto sabe a veneno. Y son incapaces de tormarlo. 
2. Entonces el administrador sabio, en vez de traer él mismo la harina, la manda traer, porque no es él quien distribuye el amor, sino quien exhorta a procurárselo. Y con ese aderezo lo que antes resultaba amargo se torna dulce. El predicador puede proclamar los consejos de la salvación a los oídos de quienes le rodean; pero solamente Dios es capaz de infundir el sabor del amor en el paladar del corazón. Lo dice muy bien S. Gregorio: "Si el Espíritu no enseña en el interior, es inútil todo lo que intenta hacer desde fuera la lengua del maestro". El sabor del cielo es muy distinto al de la tierra. Y mientras buscamos los sabores de nuestra cocina, somos incapaces de apreciar el sabor del cielo. 
 En el desierto hay codornices y maná; es decir, en el lugar de la disciplina hay preceptos de mayor y menor importancia. Cuando los israelitas vieron el maná preguntaron: ¿Manbu? ¿Qué es esto? Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: es el pan que el Señor os da para comer. El contenido misterioso de este hecho se revela perfectamente en el Evangelio de Juan, cuando dice el Señor: Os aseguro que, si no coméis la carne del hijo del hombre...Muchos discípulos dijeron al oírlo: Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? Desde entonces muchos se alejaron de él. 
 Lo mismo ocurre con ciertas personas muy simples que desean abrazarse a la conversión, y les espanta el rigor de la Regla. Cuando se les habla de despreciar el mundo, de la incompatibilidad entre las virtudes y los vicios, o se les exige ser diligentes en las vigilias, perserverar en la oración o practicar el ayuno, murmuran y dicen: ¿Qué es esto? ¿Quién es capaz de tantas y semejantes cosas? Desconocean por completo el espíritu de la Orden en la que ingresan. Incumbe entonces al pastor decirles unas palabras de aliento e insistirles en que se procuren la harina. 
RESUMEN:
Hambre: escasez de la Palabra de Dios en el espíritu humano.
Profeta: vidente
Eliseo: "salvación de Dios"
Hierbas silvestres: palabras severas. 
 La Palabra de Dios a veces resulta dura y difícil de asimilar. Es como una comida silvestre a la que es necesario añadir un aditivo. Para endulzar lo que no se entiende, lo que resulta duro, cada uno tiene que buscar dentro de su propio espíritu, pues es necesario hacer más asequible el discurso, pero no valen palabras ajenas sino que el remedio tiene que surgir del interior de cada uno y es también diferente para cada persona. El discurso ajeno sólo será un estímulo para activar la búsqueda interior. 

domingo, 25 de junio de 2017









SERMON 11 

 I.-EXHORTACION A LA ACCION DE GRACIAS.—II. LA MATERIA PRINCIPAL DE LA ACCION DE GRACIAS ES EL MODO Y EL FRUTO DE LA REDENCION.—III. EL FRUTO DE LA REDENCION CONSISTE EN TRES COSAS.—IV. EL MODO DE LA REDENCION CONSISTE EN OTRAS TRES.


1. Al terminar el sermón anterior os dije, y no me pesa repetirlo, cuánto deseo que todos vosotros exhaléis esa sagrada unción que recoge los beneficios de Dios en la gozosa gratitud de la santa devoción. Esto es muy saludable; tanto porque ali­via las penas de la vida presente, al volverse más tolerables cuando vivimos la alegría de la alabanza de Dios, cuanto porque nada anticipa tanto aquí en la tierra la paz de los conciuda­danos del cielo como alabar a Dios con vivo entusiasmo. Así lo dice la Escritura: Dichosos los que viven en tu casa, Señor, alabándote siempre. Pienso que a este perfume se refiere prin­cipalmente el Profeta cuando dice: Ved qué dulzura, qué deli­cia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza. Pero esto no guarda relación con el primer perfume. Aquél es bueno pero no agradable, pues el recuerdo de los pecados deja amargura y no engendra alegría. Además los que lloran sus pecados no viven juntos, ya que cada uno llora y deplora sus pecados personales. Mas los que viven en acción de gracias, sólo miran a .Dios que atrae toda su atención, y por eso conviven realmente entre sí. Su actitud es buena, porque toda la gloria se la dan al Señor, a quien corresponde en justi­cia, y además es muy agradable por el gozo que reporta.

2. Así pues, amigos míos, os exhorto a que intentéis salir del molesto y angustioso recuerdo de vuestros pecados y ca­minéis por las sendas más cómodas del recuerdo sereno de los beneficios de Dios. De este modo, contemplándole a él, os aliviaréis de vuestra propia confusión. Mi deseo es que experimentéis el consejo del santo Profeta, cuando dice: Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón. Ciertamente es necesario el dolor de los pecados, pero no continuo. Hay que variarlo con el recuerdo más agradable de la ternura divina, no sea que la tristeza endurezca el corazón y acabe en desesperación. Añadamos algo de miel al ajenjo; la amargura será salu­dable y redundará en salvación sólo cuando pueda beberse suavizada con la dulzura introducida.
Escucha finalmente a Dios: él mitiga el sinsabor del cora­zón quebrantado, sacando al abatido del abismo de la desespe­ración, consolando al afligido con la miel de sus promesas y animando al desalentado. Lo dice por el Profeta: Moderaré tus labios con mi alabanza para no aniquilarte. Es decir: «Para que no caigas en una tristeza extrema al contemplar tus malda­des, para que desesperado no caigas como si te arrojara un caballo desbocado, porque perecerías, yo te contengo con el bocado de la brida, saldrá al paso mi indulgencia, te reconfor­taré con mis alabanzas. Tú que te ofuscas con tus males, senti­rás alivio en mis bienes y descubrirás que es mayor mi benig­nidad que todas tus culpas».
Si Caín hubiese sido detenido con ese freno nunca habría dicho en su desesperación: Mi culpa es muy grave y no merez­co el perdón. No, de ningún modo. Es mayor su ternura que cualquier iniquidad. Por eso el justo no se acusa incesantemen­te; sólo cuando comienza a hablar. E incluso al terminar con­cluye alabando a Dios. Ved, efectivamente, qué orden sigue: He examinado mis caminos, para enderezar mis pies a tus pre­ceptos. Encuentra primero el dolor de la contrición y de la desdicha en sus propios caminos, para gozar después en la sen­da de los preceptos de Dios, como si fuesen toda su riqueza.
Vosotros también, a ejemplo del justo, cuando os sintáis humillados, recordad igualmente la bondad del Señor. Así po­déis leer en el libro de la Sabiduría: Creed que el Señor es bueno y buscadlo con un corazón sencillo. El recuerdo frecuente e incluso habitual de la generosidad de Dios induce fácilmente al espíritu a pensar así. De otra manera, no sería posible cumplir lo que dice el Apóstol: Dad gracias en toda circunstancia, si se ausentasen del corazón los motivos de la gratitud. No quisiera echaros a cuestas aquella afrenta de los judíos con que los acusa la Escritura: que olvidaron las obras de Dios y las maravillas que les había mostrado.

 3. Pero jamás hombre alguno será capaz de traer a la memoria y recoger todos los bienes que el Señor piadoso y clemente derrama sin cesar sobre los mortales: ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? Que al menos los redimidos nunca olvidemos su obra primordial y más sublime, la de nuestra redención. A este propósito trataré de inculcaros de manera especial, y lo más sucintamente que pueda, dos cosas que ahora se me ocurren, acordándome de aquella sentencia: Instruye al docto y será más docto.
Se trata del modo cómo realizó la redención y del fruto que con ella consiguió. ¿El modo? El anonadamiento de Dios. ¿El fruto? Nuestra divinización. Meditar en lo primero es sembrar la santa esperanza; en lo segundo, incitar el amor su­premo. Necesitamos las dos cosas para avanzar en el espíritu: la esperanza sin amor sería servir por un salario; el amor se enfriaría si creyésemos que es infructuoso.

 4. Nosotros esperamos de nuestro amor el fruto que nos prometió aquel a quien amamos: Una medida generosa, colma­da, remecida, rebosante. A mi entender, una medida sin medida.
Pero me gustaría saber de qué será esa medida, o mejor esa inmensidad que se nos promete: Jamás ojo vio un Dios fuera de ti que preparase tantas cosas para los que le aman. Tú que lo preparas, dinos qué nos preparas. Nosotros creemos y confiamos de verdad, tal como lo prometes, que nos saciaremos de los bienes de tu casa. Pero ¿cuáles son estos bie­nes? ¿Consistirán acaso en trigo, vino y aceite, oro y plata o piedras preciosas? Todo eso ya lo hemos conocido, lo hemos visto y lo vemos, pero lo desechamos. Buscamos lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado. Eso es lo que nos complace, lo que saboreamos y nos deleita buscar, sea lo que fuere. Todos serán discípulos de Dios y él será todo para todos. En definitiva, la plenitud que esperamos de Dios no será sino el mismo Dios.

 5. ¿Quién podrá vislumbrar toda la dulzura que encierran estas cuatro palabras: Dios será todo para todos? Prescindien­do del cuerpo, percibo claramente en el alma la razón, la vo­luntad y la memoria: las tres constituyen su esencia. Todo el que vive guiado por el espíritu, sabe cuánto les falta para ser completas y perfectas estas tres facultades, mientras vivimos en este mundo. ¿No será porque Dios no es todavía todo para rodos? De aquí se deriva que la razón se engañe en sus juicios con tanta frecuencia, que la voluntad se vea sacudida por cuatro desórdenes, y que la memoria se desconcierte por sus mu­chos olvidos. La noble criatura se ve doblegada con este triple fracaso, no por gusto, aunque abriga una esperanza. Pues el que sacia de bienes todos los anhelos, será plenitud luminosa para la razón, torrente de paz para la voluntad, presencia eter­na para la memoria. ¡Oh amor, verdad, eternidad! ¡Santa feliz Trinidad! Por ti suspira desde su desgracia esta mi trini­dad, desgraciada por su infeliz destierro lejos de ti. ¡Con cuán­tos errores, sufrimientos y miedos se enredó por separarse de ti! ¡Ay de mí! ¡Cómo hemos trastocado esta trinidad contra la tuya! Siento palpitar mi corazón, y me duele mi ser; me abandonan las fuerzas, y me estremezco; me falta hasta la luz de los ojos, y caigo en el horror. ¡ Ay, trinidad de mi alma, te expatriaste al pecar y mira ahora tu gran desemejanza con la Trinidad!

 6. ¿Mas por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo cuando se aleje de la razón el error, de la voluntad el sufrimiento, de la memo­ria todo temor, y les revele lo que esperamos: una maravillosa serenidad, una dulzura absoluta, una seguridad eterna. Lo pri­mero será obra del Dios verdad, lo segundo del Dios amor y lo tercero del Dios omnipotencia. Así será Dios todo para to­dos, cuando la razón reciba la luz inextinguible, cuando la voluntad llegue a la paz imperturbable, cuando la memoria se acerque para siempre a la fuente inagotable.
Vosotros mismos sabéis asignar lo primero al Hijo, lo se­gundo al Espíritu Santo, lo tercero al Padre. Pero lo haréis sin sustraer nada de ello al Padre, o al Hijo, o al Espíritu Santo, de modo que la distinción de personas no menoscabe la plenitud, ni la perfección recaiga en detrimento de la propiedad. Consi­derad también si los que pertenecen a este mundo son capaces de experimentar algo semejante en los placeres de la carne, en los espectáculos mundanos y en las ostentaciones de Satanás; pues como dice Juan, así engaña esta vida a sus desgraciados secuaces: Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y jactancia de los bienes terre­nos. Esto a propósito de los frutos de la redención.

 7. Si recordáis el modo de llevarla a cabo, dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que conside­réis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo tri­vial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supu­so el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá algu­no: « ¿ no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación?» Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarían a darle gracias, cuando la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.
¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? «Sí: he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?» Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.
Es obvio como la luz del día cuánto le costó, hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia, oh Dios.

 8. Meditadlo y deteneos en ello. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pe­cado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables. Mas no creáis que poseéis ya aquella excelente fragancia tan elogiada de los pechos de la esposa. La premura por acabar en seguida este sermón me impide detenerme ahora en este tema. Retened en vuestra memoria lo dicho sobre los otros perfumes y probadlo en vuestra vida. Ayudadme con vuestra oración, para que pueda exponeros dignamente lo que convenga a las delicias de la esposa y fomente en vuestras almas el amor del Esposo, Jesucristo Señor nuestro.

RESUMEN
Vivir siempre alabando al Señor produce un inmenso gozo, muy superior a la compunción de los pecados cometidos. Deben, pues, alternarse, la aflicción por los pecados cometidos con el inmenso gozo de la alabanza, así evitaremos caer en extrema tristeza.
Hay tres cosas importantes:
-Instruirnos, que nos hará más doctos
-El anonadamiento de Dios que es dejarnos llevar y apoyar en ÉL.
-El fruto de todo ello será nuestra divinización basada en el amor.
La plenitud que esperamos en Dios no será sino el mismo Dios. Que Dios sea todo para TODOS. 
Esperamos tres cosas:
-Una maravillosa seguridad
-Una dulzuza infinita
-Una seguridad eterna
La creación del ser humano no fue un acto sencillo para Dios sino que le generó intenso esfuerzo y dolor como nos enseña la pasión de Cristo. 


viernes, 17 de marzo de 2017

EL MISTERIO DE LA VIÑA DE DIOS


          Sermón 30 sobre el Cantar de los Cantares 


El misterio de la viña de Dios


Hermanos, si reconocemos que la Iglesia es la viña del Señor, nos damos cuenta que no es una prerrogativa pequeña haber extendido sus límites a toda la tierra.
A través de esta imagen veo a los primeros creyentes de los cuales se dice que «todos pensaban y sentían lo mismo» (Hch 4,32)... Porque la persecución no la ha tan brutalmente desenraizado que no haya podido ser replantada en otros lugares y alquilada a otros viñadores, los cuales, llegada la estación propicia, han hecho que diera fruto. No ha perecido sino que ha cambiado de suelo; mejor así pues ha ganado en fuerza tanto como en extensión, como la bendita viña del Señor. Hermanos, levantad los ojos y veréis «que su sombra cubre las montañas y sus pámpanos los cedros de Dios, que ha extendido sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río» (cf sl 79, 11-12). 
No es sorprendente: es el edificio de Dios, el campo de Dios (1C 3,9). Es él quien la fecunda, la propaga, la corta y la poda para que dé más fruto. No va él a despreocuparse de una viña que su mano derecha plantó (Sl 79,15); no va a abandonar una viña en la que los pámpanos son los apóstoles, la cepa es Jesucristo, y el Padre es el viñador (Jn 15,1-5). Plantada en la fe, hunde sus raíces en la caridad; trabajada por la obediencia, fertilizada por las lágrimas de arrepentimiento, regada con la palabra de los predicadores, rebosa un vino que inspira el gozo y no la mala conducta, vino de muy dulce sabor, que en verdad rejuvenece el corazón del hombre (Sl 103,15)... ¡Hija de Sión, consuélate contemplando este gran misterio, no llores más! ¡Abre tu corazón para acoger a todas las naciones de la tierra!

RESUMEN

La Viña de Dios tiene sus raíces en la caridad; es cultivada con obediencia. Utilizamos las lágrimas del arrepentimiento para fertilizarla; es regada por la palabra. Al final reboza en vino y se extiende por toda las tierras. 





domingo, 12 de febrero de 2017

SOBRE ESTAS PALABRAS DEL SEÑOR: EL QUE SE ENSALZA SERÁ HUMILLADO


1. Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Si reflexionamos atentamente, hermanos, encontraremos cuatro grados diverdos entre los hombres. Me explico: unos poseen la felicidad plena en el cielo, por la cual suspiramos; otros la relativa felicidad de este mundo, en que gemimos, y otros la más absoluta infelicidad en el infierno, que con razón tememos. Para decirlo más brevemente, existe la vida y la sombra de la vida, la sombra de la muerte y la muerte. Y como nosotros no nos hallamos ni en la cumbre ni en el abismo, tememos descender y deseamos subir, tanto más ansiosos cuanto que nos vemos más cercanos del grado ínfimo que del supremo.
 Mas he aquí lo que se nos dice: Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será enaltecido. ¿Qué significa esta paradoja de exaltación y humillación? ¿No basta Señor, lo que nos humillas con tu verdad, que aún nos exiges que nos humillemos nosotros mismos? Todavía nos quedan muchas ocasiones de humillarnos, pero el que cae en ellas será incapaz de volverse a levantar; el que así se humilla no espere ser enaltecido. Efectivamente, nos humillaste en el abismo de la amargura y nos envolviste en tinieblas. Nuestra vida está al borde del abismo: ¿es posible humillarnos aún más? ¿Qué ganamos con morir y bajar a la fosa? Lo único que hay debajo de nosotros es la corrupción irreparable. Tras la sombra de la muerte sólo existe la muerte; tras el abismo de la angustia sólo aparece el ámbito de la muerte. 
2. El que se humilla, dice, será ensalzado. Si dijera: "el que sea humillado será enaltecido" me llenaría de gozo, pues me siento en verdad terriblemente humillado. Pero como dice: El que se humilla será ensalzado, me siento angustiado y no sé qué elegir ni qué hacer. Yo aquí no tengo una ciudad estable, ni me conviene continuar aquí, aunque estuviera permitido. Por otra parte, descender más es ir a la muerte. Estoy ya en un grado muy bajo, el penúltimo, y el siguiente es el infierno. Si desciendo a él, se acabó toda esperanza de subir; y si no me humillo tampoco podré ser elevado, pues solamente será ensalzado el que se humilla. Si opto por eso escojo la muerte, y en caso contrario se me niega la elevación y caigo también en manos de la muerte. Es difícil comprender este enigma. Más reflexionemos un poco en la primera parte.
3. Todo el que se ensalza será humillado. ¿Cómo podrá elevarse el que es humillado por la Verdad? No nos referimos al dónde, sino al cómo; pues lo que aquí parece estar ausente no es el lugar, sino la virtud. Repito que al hombre no le faltan lugares adonde elevarse, pero no tiene capacidad para realizarlo. Su deseo está ahí y muy vivo, pero sus posibilidades son nulas. Lo quieran o no, todos los humanos y todo hijo de Adán debe repetir: Con la verdad me humillaste. El que se humilla por la verdad es auténticamente humilde y si se ensalza actuará falsamente. Porque elevarse falsamente equivalea no elevarse.
 Demos gracias a Cristo que no dijo: "El que se ensalza será ensalzado". ¡Cómo nos eforzaríamos inútilmente en ello si lo creyéramos honesto, cuando ahora ni la misma impotencia de conseguirlo es capaz de frener nuestro apetito de gloria! Por eso, tal vez la frase: El que se ensalza será humillado no se refiere al fruto, que es nulo, sino al deseo, que es insensato.
4. ¡A cuántos vemos humillados, pero no humildes; castigados y no arrepentidos; curados incluso por Dios, y sin reparar aún la salud! Siguen creyendo que las espinas dan placer, disimulan los pecados que cometen, los escollos en que fluctúan las tinieblas que les ciegan, las trampas en que se mueven, el abismo de amargura en que habitan, el cuerpos mortal que soportan, el yugo pesado que arrastran, el peso aún más insoportable de su conciencia que ocultan y la terrible sentencia que les espera. 
 Así era aquel al que Juan, en el Apocalipsis, debe decir: Tú dices: soy rico y no me falta nada. Aunque no le sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Realmente, la elevación de los hombres es pura vanidad y mentira; como lo que ellos son: vanos y mentirosos. La verdad los humilla y la vanidad los eleva. Prefieren las tinieblas a la luz; se abrazan a la vaniad que los ensalza y van tras la mentira. En cambio, frente a la verdad qaue los humilla reaccionan con el disimulo y pueriles esfuerzos, y con todos los medios y modos posibles. 
5. ¿Hemos conseguido algo? Al menos hemos visto cómo se humilla verdaderamente al hombrfe. Es decir, apegándose a la verdad que le humilla, y, en vez de disimular, cooperando con ella con el dinamismo de su entrega personal. En adelante evitaré lo más posible la dureza del corazón; aceptaré con lágrimas mi dolor, no sea que, al hacerse insensible mi herida, se haga incurable. Seré un hombre que palpo mi pobreza ante la vara de su cólera, y no quiero pertenecer a ese grupo de quienes la Verdad dice: Los herí y no les dolió. Hemos tratado a Babilonia y no se cura. 
 ¡Qué duro es este remedio de la humillación! Pero la soberbia es una enfermedad muchísimo más grave. ¡Ojalá se le apliqwwue un remedio eficaz y capaz de sanarla! Me reconciliaré, pues, con mi enemigo; estaré de acuerdo con el juez y cederé ante el golpe del aguijón, para no ser castigado dos veces. Pues eso creo que dice el Señor: Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Como si dijera: al que patalea contra el aguijón se le clava mucho más aún y al que lo acepta y cede se le hará clemencia. 
RESUMEN
Hay tres tipos de personas:
-Los que poseen la felicidad plena en el cielo. Es la vida.
-Otros la relativa felicidad de este mundo. Aquí está la sombra de la vida y la sombra de la muerte. 
-Otros la absoluta infelicidad del infierno. Es la muerte.
En realidad ya hemos sufridos bastantes humillaciones. El que cae en las numerosas ocasiones para humillarnos más, no debe esperar el enaltecimiento.  
 Por otra parte, el texto dice el que "se humilla", no el que es humillado. Y el ser humano es humillado por la verdad. La verdadera riqueza es la humildad y no es lo mismo ser humillados que ser humildes. Debemos aceptar la verdad y el dolor que nos produce. Esa es la única forma de ser ensalzados. 

sábado, 14 de enero de 2017

DOS PELIGROS QUE AMENAZAN A LOS QUE AYUNAN


Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lávate la cara. El Señor dijo esto para indicar las dos faltas en que suelen incurrir los que ayunan: la vanagloria y la impaciencia. Al mandarnos lavar la cara nos pide conservar una intención pura, pues así como el rostro manifiesta la belleza corporal, también la intención refleja el encanto de lo que hace el alma. 
 Y con el detalle de ungir la cabeza o suavizar todo lo áspero, nos prescribe mantener la dulzura de espíritu durante el ayuno. Nuestra intención es pura si en todas nuestras acciones buscamos la gloria de Dios, la utilidad del prójimo o el bien de nuestra conciencia. 

RESUMEN
Cuando ayunemos debemos pensar que la intención del mismo sea honesta y, en segundo lugar, comportarnos con dulzura y no ásperamente.