EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

SERMÓN XVI SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES. LA CONFESIÓN DEBE SER HUMILDE, SENCILLA Y CRÉDULA.


I. HEMOS CAÍDO EN UNA DISGRESIÓN, COMO LOS QUE CONTEMPLAN UN PANORAMA DESDE LA ALTURA, O COMO EL CAZADOR QUE DE REPENTE PERSIQUE A OTRA PIEZA
1. 1. ¿Qué significa, entonces, este número de siete? No creo que haya entre nosotros alguien tan simple, que pueda pensar que los siete bostezos del niño no significan nada, y que ese número es fortuito. Pienso que algo querría representar el Profeta cuando se echó sobre el cadáver, encogió su cuerpo a la estatura del niño, unió la boca con la suya, los ojos con los suyos y las manos con sus manos. Todo esto lo hizo el Espíritu Santo y dispuso que se registrara por escrito. Sin duda deseaba reformar esos espíritus envueltos en un cuerpo corrompido como compañero infiel, y a quienes la necia sabiduría del mundo los familiarizó con su locura: Porque el cuerpo mortal es lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente pensativa.
 Que nadie se extrañe, pues, y lo lleve a mal, si revisando esta especie de despensa del Espíritu Santo, me muestro indiscreto; porque así viviré y sé que en ello me va la vida del espíritu. Quiero prevenir a los que en alas de su inteligencia, casi antes de comenzar los sermones exigen conocer la conclusión; también me debo, y especialmente, a los más lentos. Porque no me preocupa tanto desarrollar el comentario de los textos como llegar a los corazones. Sepan que mi deber es sacar agua del pozo y darles de beber: lo cual no se consigue yendo aprisa, sino tratándolos detenidamente y con frecuentes exhortaciones. Es cierto que yo tampoco esperaba detenerme tanto exponiendo estos misterios. Os confieso que me pareció suficiente un sermón, para atravesar en seguida este bosque sombrío y cerrado de las alegorías, y llegar a la planicie de su sentido moral en una sola jornada. Pero no ha sido así. Llevamos ya dos jornadas, y aún nos queda mucho por andar.
 Contemplábamos desde lejos las copas de los árboles y las cumbres de los montes; pero se nos ocultaba la vasta extensión de los valles y la espesura de los jarales. ¿Quién podía prever que el milagro de Eliseo, por ejemplo, podía interceptarnos de repente el paso, cuando tratábamos del llamamiento de los paganos y la repulsa de los judíos? Pero una vez que sucedió, no vamos a lamentarnos por entretenernos un poco más, para volver después al tema que habíamos dejado. Porque está en juego nada menos que el pasto de las almas. También los perros y los cazadores abandonan más de una vez la pieza que acosaban, y se lanzan tras otra que inesperadamente les salió al paso.
II. DE QUE ES SIGNO EL MILAGRO DE ELISEO CUANDO PUSO SU BOCA. SUS OJOS Y SUS MANOS SOBRE EL NIÑO MUERTO
Yo confío mucho en la fuerza que me infunde aquel gran Profeta, poderoso en obras y palabras, que descendió de los más altos cielos, se dignó visitarme a mí, polvo y ceniza, compadecerse de un cadáver, echarse sobre él, encogerse y adaptarse al pequeño, compartir con el ciego la luz de sus ojos, soltar la lengua muda con el beso de su propia boca y, a su contacto, devolver la fuerza a sus manos. Lo rumio todo dulcemente y se llenan mis entrañas, se sacia mi interior y la médula de mis huesos segrega alabanza. De una vez por todas concedió eso al mundo entero; y ahora todos experimentamos cada día cómo lo sigue haciendo con nosotros. A nuestro espíritu le da la luz de la inteligencia; a nuestras palabras, su oportunidad; a nuestras obras, su eficacia. Nos hace capaces de pensar rectamente, hablar con provecho y ser eficientes en nuestras obras.
 Es como una soga de tres cuerdas, muy resistente, capaz de arrancar las almas de la prisión diabólica, hasta arrastrarlas consigo al reino de cielo, si tiene sentimientos nobles, si sus palabras son dignas y su vida las confirma. Con sus ojos tocó los míos para alumbrar con las antorchas de la fe y de la inteligencia el rostro del hombre interior. Juntó mi boca con la suya e imprimidó el signo de la paz sobre mi cadáver, pues siendo enemigos, muertos para la justicia, nos reconcilió con Dios.
 Aplicó su boca a mi boca, soplándome repetidas veces el aliento de la vida, una vida más santa que la anterior. Porque la primera vez creó en mí un ser vivo, pero ahora me ha reformado para ser un espíritu vivificado. Puso sus manos sobre las mías, mostrándome el modelo de su vida en forma de obediencia. O mejor, aplica sus manos al duro trabajo y adiestra las mías para el combate, mis dedos para la pelea.
III. QUÉ SIGNIFICAN LOS SIETE BOSTEZOS DEL NIÑO
Y el niño bostezó siete veces. Era suficiente que bostezara una sola vez, para manifestar la gloria del milagro; pero que lo hiciera precisamente siete veces, nos anuncia un misterio. Si lo miras bien, en un primer cadáver, ingente por ser el de toda la humanidad, descubrirás a la Iglesia que, al recuperar la vida por medio del Profeta echado sobre ella, analogamente bostezó siete veces y tomó la costumbre de cantar las alabanzas siete veces al día. Pero si te miras a ti mismo, advertirás que tu vida espiritual abarca este misterioso número, si sometes los cinco sentidos a las dos exigencias de la caridad; es decir, si pones ahora, como aconseja el Apóstol, al servicio de la santidad tu cuerpo, antes esclavo de la inmoralidad y del desorden total. O bien, si entregas esos mismos sentidos a la salvación de los hermanos; y para completar el número de siete, añade otras dos aptitudes: cantar la bondad y la justicia del Señor.
 Encuentro, además, otros siete bostezos o signos, sin los que no es posible tener certeza de que haya resucitado de verdad mi espíritu: cuatro hacen referencia al sentimiento interior de compunción y tres a su confesión. Si vives, si sientes, si hablas, puedes reconocerlas en ti mismo. Sabrás que has recuperado por completo la sensibilidad, si tu conciencia se siente herida por cuatro punzadas de la compunción: dos de confusión y otras dos de temor. Y además, cuando tres especies de confesión atestigüen que vives, completando el número septenario. De eso hablaremos más tarde. ¿No tiene en cuenta ese número el santo Jeremías en su lamentación?
IV.SOBRE LA DOBLE VERGÜENZA
Imítale tú al Profeta cuando llores por tu alma. Piensa que Dios es tu creador, tu bienhechor, tu padre y tu Señor. Por estas cuatro razones eres delincuente: gime por cada una de ellas. Responde con tu temor a la primera y a la última; con tu confusión a las otras dos. Nadie teme al padre porque es padre. El padre siempre se enternece y perdona. Cuando castiga golpea con una vara, no con un bastón; y si hiere, cura. Lo dice como Padre: Yo desgarro y yo curo. No tienes por qué temer al padre; si alguna vez castiga, no lo hace por vengarse, sino por corregir. El que advierte que ha ofendido al padre se siente avergonzado, no atemorizado. Por propia iniciativa me engendró con el mensaje de la verdad, no me arrojó impulsado por la pasión carnal, como el que concibió mi cuerpo. 
 Pero ese padre no perdonó a su propio hijo para salvar al que así había engendrado. Ha sido para mí un verdadero padre, pro yo no le he correspondido como hijo. Un hijo tan pésimo ¿cómo puede atreverse a mirarle a la cara a un padre tan bueno? Me avergüenza haberme comportado tan indignamente con mi progenitor; me llena de confusión haber sido tan degenerado para con mi padre. Bajen de mis ojos arroyos de lágrimas, cubra mi rostro la vergüenza; que el pudor encienda mis mejillas y me envuelvan las tinieblas. Mi vida se consumirá en el dolor y mis años en los gemidos. ¡Qué dolor! ¿Salí ganando con lo que ahora me sonroja? Si cultivé los bajos instintos, de ellos cosecharé corrupción. Sembré para el mundo, que también perece con su codicia. En una palabra: desgraciado e insensato de mí, no se me cayó la cara de vergüenza cuando al amor y a la honra de mi padre eterno preferí lo caduco, vacío e insignificante, cuyo paradero es la muerte. Me aturde y abochorna escuchar: Si yo soy tu padre, ¿dónde queda mi honra?
 Pero aunque no fuese padre, me abruma con sus beneficios. Son como testigos que hace desfilar ante mí. Pasando por alto otros muchos, ahí están el sustento diario de mi cuerpo, el tiempo que me da la tregua, y muy especialmente, la sangre de su amado Hijo que clama desde la tierra. Me sofoca mi ingratitud. Y para colmo de mi confusión, seré acusado de haber devuelto mal por bien, odio por amor. Nada puedo temer de mi bienhechor, que además es mi padre. Es el verdadero bienhechor que da sin regatear y sin humillar. No humillan sus dones, porque son puro don; los regala, no los vende y nunca se arrepiente de haberlos regalado. Pero cuanto más constreñido me vea por su benignidad, más me hundo en mi propia bajeza. Avergüénzate, alma mía; duélete, puesto que sus dones son irrevocables, no humillantes. ¿Seremos unos perfectos ingratos que ni los recordamos? ¿Cómo pagaré al Señor, al menos ahora, todo el bien que me ha hecho?
 Pero si la confusión se repliega, abatida sobre sí misma, deberá acudir en su auxilio el temor. Acuda y anímelo. 
V. SOBRE EL DOBLE TEMOR
De momento dejemos a un lado estas dos entrañables palabras de bienhechor y padre, y fijémonos en otras más severas, pues si leemos que es Padre cariñoso y Dios de todo consuelo, también se nos dice que es Dios de la venganza, un Juez justo, temible  en sus decisiones sobre los hijos de los hombres, un Dios celoso. Para ti es padre y bienhechor; para sí mismo, Señor y Creador. Pues por el testimonio de la Escritura, todo lo ha creado para su gloria. Se desvive por lo que es tuyo y te lo guarda, ¿no crees que a veces sentirá celo por lo suyo? ¿No reclamará el honor de su sabiduría? Por eso irrita a Dios el malvado cuando piensa para sí: No lo reclamará. ¿Qué significa decir interiormente que no lo reclamará? Perder el temor de que pueda hacerlo. Pero él exigirá hasta el último céntimo, lo reclamará y lo pagarán con creces los soberbios. Requerirá el servicio de su redimido y la gloria de aquel a quien plasmó.
 Concedamos que por ser padre, disimula; que el bienhechor, perdona; pero no así el Señor y Creador. El que disculpa al hijo no condesciende con la criatura, no rehabilita a su criado infiel. Consider qué pánico y espanto debes sentir por haber despreciado a tu Creador y al de todos los hombres, y haber ofendido al Señor, de la majestad. Impone temor la majestad, impone temor el Señor, y sobre todo esta majestad y este Señor. Si al reo de lesa majestad, aunque sea humana, las leyes lo condenan a pena de muerte, ¿cuál será el fin de los que desprecian la omnipotencia divina? Él toca los montes y echan humo ¿y tiene la osadía de irritar a tan tremenda majestad una vil mota de polvo, que la desparrama el más leve soplo sin posibilidad de recogerla?
 Temed, sí, temed al que tiene poder para matar el cuerpo y después echarlo en el fuego. Temo al infierno, tiemblo ante el rostro de un juez terrible hasta para los coros angélicos. Me estremece la ira del poderoso, su furor, dispuesto a destruir el mundo que se desploma, precedido de fuego voraz, de violenta tempestad, del grito del arcángel, de la palabra terrible. Me estremecen las fauces de la bestia infernal, el vientre del abismo, los leones que rugen dispuestos a devorarme. Me horrorizan el gusano roedor, el río de fuego, los torbellinos de humo, las exhalaciones de vapor, azufre y el viento huracanado; me horrorizan las tinieblas exteriores. ¡Quién echará agua sobre mi cabeza, quién hará brotar de mis ojos torrentes de lágrimas, para prevenir con mi llanto los lamentos y el crujir de dientes, las esposas y los grilletes insoportables, el eso de apretadas cadenas que hieren y desuellan, pero no acaban con la vida! ¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me engendraste para ser hijo del dolor y de la amargura, de la ira y del llanto eterno? ¿Para qué me acogiste en tu regazo y me criaron tus pechos, si nací para ser abrasado como pasto de las llamas?
 El que de verdad se sienta afectado por todo esto, ése ha recuperado su sensibilidad; con este doble temor y aquella doble confusión de sí mismo ya ha bostezado cuatro veces.
VI. Bostezará tres veces más cuando haga su confesión. Nadie podrá decir ya que no habla, que no siente, si esta confesión brota de un corazón humilde, sencillo y confiado. Confiesa, pues, cuanto le remuerde a tu conciencia; pero con humildad, sencillez y confianza. Así llegas al número misterioso. Algunos se complacen haciendo daño y se alegran de la perversión, como dice graficamente el Profeta: Publican sus pecados como Sodoma, pero aquí no me refiero a ellos; son extraños a nosotros. ¿Es asunto mío juzgar a los de fuera?
Sin embargo, hemos escuchado alguna vez descaradas añoranzas y jactancias de sus pasadas aberraciones a quienes llevan el hábito y la vida de monjes. De haberse enfrentado con alguien como aguerrido gladiador o en sutiles controversias literarias; o de cosas muy apreciadas para la vanidad mundana, pero muy nocivas, perniciosas y peligrosas para la salvación del alma. Esto delata un espíritu aún muy mundano; el hábito que lleva no responde a una nueva vida, sino que encubre su vida anterior. Algunos incluso la echan de menos, profundamente entristeticidos; se aferran a las apetencias de la gloria y no borran sus culpas. Se engañan a sí mismos porque con Dios no se juega.
 No se despojaron del hombre viejo; sólo lo cubren con el nuevo. Con esta fonfesión no se hace una buena limpieza de la levadura vieja, sino que se levanta todavía más, como está escrito: Mientras callé se envejecieron mis huesos, rugiendo todo el día. Avergüenza recordar la altanería con que algunos se jactan sin pudor alguno de su deplorable soberbia -deespués de haber tomado el santo hábito-para suplantar a otros, para abusar de su hermano y devolver temerariamente mal por mal o insulto por insulto, aplicando la ley del talión como respuesta a la injuria o a la calumnia.
 Para hacernos una confesión más perniciosa y mucho más arriesgada, porque es más sutiomente falaz, cuando no tenemos recato en descubrir nuestras torpes deshonestidades; no porque seamos humildes, sino por aparentarlo. Mal que que apatetece ser alabado por su humildad, no posee esta virtud: la destruye. el verdadero humilde desea que se le considere un despreciable y que no elogien su humildad. Goza cuando lo menosprecian; sólo es juiciosamente soberbio para desechar toda alabanza. ¿Existe mayor aberración o algo más indigno que poner al servicio de la soberbia a la misma confesión, que es de suyo garantía de humildad? ¿Pretender ser considerado mo el mejor allí donde deberías ser enjuiciado como el peor? Maravillosa especie de jactancia, esa que no consiente contarte entre los santos, si no es exhibiendo tu maldad. Tal confesión guarda una apariencia de humildad, pero no es virtud, y además de no merecer el perdón, provoca la ira divina.
 ¿Le sirvió de algo a Saúl confesar su pecado al verse reprendido por Samuel? Es claro que aquella confesión fue reprobable y no borró la culpa. ¿Cómo podía rechazar una confesión humilde el maestro de la humildad, dispuesto siempre a dar su gracia a los humildes? Era imposible que no le hubiera aplacado, si la humildad que insinuaban sus labios hubiese resplandecido en su corazón. Aquí tenéis la razón por la que dije que la confesión debe ser humilde.
VII. LA CONFESIÓN SENCILLA
Pero debe ser también sencilla. Que no se quede satisfecha justificando su intención, posiblemente oculta, pero culpable; ni suavizando el pecado realmente grave; ni fingiendo influencias ajenas, cuando nadie le coaccionó contra su voluntad. Lo primero no sería una justificación, sino justificar el delito; no reconcilia, desafía. Lo segundo es signo de ingratitud; cuanto más se rebaja la culpa, menos se aprecia la gloria del que la perdona. Un servicio se presta siempre con mayor resistencia cuando se presiente que será menos agradecido, por creerlo menos necesario. De hecho renuncia al perdón el que devalúa la oferta del que se lo concede; eso es lo que hace en realidad todo el que se obstine en atenuar su delito con disculpas. 
 Tomemos, por fin, el ejemplo del primer hombre: no negó, es cierto, su culpa; pero tampoco consiguió el perdón, sin duda porque implicó en la culpa a su mujer. Acusar a otro cuando a ti te inculpan, es una manera de excusarse. El santo David explicará qué absolutamente inútil y pernicioso es pretender excusarte, cuando alguien te corrige. Llama palabras maliciosas a las que empleamos para pretextar excusas a nuestros pecados, y ruega e implora que no deje inclinar su corazón a esta maldad. Y con razón. Pues quien se excusa peca contra su alma: aleja de sí el remedio del perdón y con sus propios labios se cierra a sí mismo el paso a la vida. ¿Cabe mayor malicia? ¡Armarse contra la propia salvación, herite a ti mismo como el puñal de tu lengua! ¿Con quién puede ser bueno el que es inicuo consigo mismo?
VIII. LA CONFESIÓN CRÉDULA Y LAS SIETE REDOMAS QUE TRAJO EL SEÑOR JESÚS, CINCO LLENAS DE ACEITE Y DOS DE VINO
Finalmente, la confesión debe ser confiada, para confesar con esperanza en el perdón total, no sea que en vez de justificarte te condenes con tu boca. Judás, el que vendió al Señor, y Caín el fratricida, confesaron su crimen, pero no confiaron. Escucha al principio: He pecado, entregando a la muerte a un inocente. Y el segundo confiesa: Es demasiado grave mi pacado para merecer el perdón. Fueron sinceros, pero de nada les sirvió su confesión desconfiada. Si sumamos estas tres condiciones de la confesión a las cuatro cualidades interiores de la compunción, nos dan el número plenario de siete.
 Si tu compunción es así y así has confesado, totalmente seguro de que has vuelto a la vida, creo que debes estar cierto de que no pronuncias en vano el nombre de Jesús, que pudo y quiso realizar en ti tales maravillas. El no ha bajado en vano, después de haber enviado antes su bastón. No ha venido inutilmente, porque no llegó de vacío. ¿Es que no habita en la plenitud total? Y llegó cuando se cumplió el plazo revelando que venía con toda su plenitud. Verdaderamente colmado, porque el Padre lo había ungido con aceite de júbilo entre todos sus compañeros; lo ungió y lo envió lleno de gracia y lealtad. Lo ungió para que ungiese a los demás. Todos fueron ungidos por él, porque todos pudieron recibir de su plenitud. Por eso dice: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, a los prisioneros la libertad, para anunciar el año de gracia del Señor.
 Como has podido escuchar, vino para ungir nuestras heridas, y mitigar nuestros dolores. Por eso vino ungido, sencillo y humilde, con entrañas de misericordia para cuantos lo invocan. Sabía que bajaba para los débiles, mostrándose como ellos lo necesitaban. Y como eran tantas las enfermedades, como médico prevenido procuró traer toda clase de medicinas. Vino con el espíritu de prudencia y sabiduría, el espíritu de consejo y valentía, el espíritu de conocimiento y de piedad, y el espíritu de temor del Señor.
 Ya ves cuántas redomas llenas de ungüentos compuso este médico celestial, para sanar las heridas de aquel infeliz que cayó en manos de los salteadores. Son siete las que hemos enumerado, en consonancia con los siete signos que describíamos. Porque esas redomas contenían la vida del espíritu. De ellas sacó el aceite con que ungió mis heridas; también puso un poco de vino, pero menos que aceite. Era lo más eficaz para mis debilidades, pues necesitaban más misericordia que justicia; también el aceite flota sobre el vino. Por eso nos trajo cinco barrilles de óleo y sólo dos de vino. El temor y el poder corresponden al vino, y las otras cinco representan al aceite por la suavidad que le es propia. Con su espíritu de fortaleza, como un valiente excitado por el vino, descendió a los infiernos, destrozó las puertas de bronce, quebró los cerrojos de hierro, ató al malvado fuerte y se alzó con su botín. También descendió con el espíritu de temor, pero no temeroso, sino terrible.
 ¡Oh Sabiduría! ¡Qué habilidad la tuya! Con vino y aceite curas mi alma, para devolverle la salud fuertemente suave y suavemente fuerte. Fuerte para mí y suave conmigo. Pues, por lo demás, alcanzas con vigor de extremo a extremo y gobiernas el universo con acierto, domeñando al enemigo para proteger al débil. Sáname Señor, y quedaré sano; daré gracias y tañeré para tu nombre, diciendo: Tu nombre es omo bálsamo fragante.
 No lo alabo como vino generoso -para que no llames a juicio a su siervo-, sino como bálsamo que me colma de gradcia y de ternura. Como verdadero óleo que sube por encima de todo líquido con el que se mezcle, claramente simboliza el nombre que sobrepasa todo nombre. ¡Oh suavísimo y dulvísimo nombre! ¡Nombre excelente, preferido a todos, alabado por los siglos! Este es el bálsamo más suave, que da brillo al rostro humano; ungüento que perfuma la cabeza del que ayuna para que no exhale el hedor del pecado. Este es el nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor, con el que le había llamado el ángel antes de su concepción. No sólo el judío, sino cualquiera que lo invoque se salvará: hasta esos límites llega su fragancia. El Padre se lo ha concedido al Hijo, Esposo de la Iglesia y Señor nuesro, Jusús, Cristo, bendito por siempre. Amén.


RESUMEN:
El número siete se repite en numerosas ocasiones:
-El niño resucitado por Eliseo bostezó siete veces.
-La Iglesia tomó la costumbre de alabar a Dios siete veces al día (matitines, laudes....).
-Los cinco sentidos más: cantar la bondad y la justicia del Señor.
Cuatro punzadas de la compunción ( dos de confusión y dos de temor) más tres especies de confesión.
-El número de lamentaciones de Jeremías.
Si tenemos verdadera sensibilidad hacia Dios consideremos el significado oculto de cuatro bostezos en el niño resucitado por Eliseo: se refieren a la naturaleza de Dios, al hecho de  ser padre y bienhechor; al de ser Señor y creador. No pensemos que va a dejar de ejercer estas funciones: nos exigirá que seamos coherentes con sus deseos y su poder.
 El quinto bostezo es que la confesión debe ser humilde. Quiere esto decir que no debe ser muy expresiva en los propios defectos, para expresar una humildad que no existe sino para aparentarla.
 El sexto bostezo indica que la confesión debe ser sencilla, evitando excusarnos para aminorar el daño que hemos hecho, pues esa actitud lo único que ocasiona es disminuir el perdón concedido.
 Finalmene la confesión debe ser confiada en el perdón y no precabida por la grandeza del pecado. Este es el séptimo bostezo.
 Nuestro Señor vino a sococrrernos con sus unguentos: con vino y con aceite. Para ello trajo siete redomas. Cinco de ellas contenían aceite que se refiere a la misericordia (de lo que más estemos necesitados) y dos al vino (que corresponde a la justicia) que también es necesario.

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