EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

SERMÓN 23 SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES


I. CONTEXTO DEL VERSO: EL REY ME LLEVÓ A SUS BODEGAS. SALTAREMOS DE GOZO Y NOS REGOCIJAREMOS, RECORDANDO TUS PECHOS MEJORES QUE EL VINO. EXHORTACIÓN A LOS PRELADOS PARA QUE RECUERDEN QUE SON PADRES.-  El Rey me llevó a su bodega. De ahí salen sus perfumes, hacia allí hay que correr. Había dicho que se debe correr y con qué apoyo, pero no hacia dónde. Se ha de correr a las bodegas y al olor que de ellas emana. La esposa con su delicado olfato se ha apercibido del aroma, y anhela que le introduzcan allí en lo más íntimo. ¿ Cómo debemos imaginarnos esas bodegas? Pensemos de momento en esos departamentos que posee el esposo y difunden aromas, porque están cargados de perfumes desbordantes de delicias. Aquí se ha seleccionado, para conservarlo, todo lo más exquisito del huerto y de los campos. Aquí vienen todas corriendo. ¿Quiénes? Las que se mantienen fervientes en el espíritu. Corre la esposa, corren las doncellas. Pero la que ama más fervientemente corre más y llega la primera. Al llegar se siente incapaz de soportar, no ya el rechazo, sino la misma demora del esposo. Le abre al punto, como a una de casa, porque la ama apasionadamente con un amor extraordinario y singularmente grato.
 ¿Y las doncellas? Le siguen de lejos: son débiles y no pueden correr con la misma devoción y ansiedad junto a la esposa, y mucho menos emular su afán y su fervor. Por eso llegan tarde y esperan fuera. Mas es amor de la esposa no descansa, ni como suele suceder, se engalla por sus éxitos hasta olvidarlas. Al contrario, las consuela y las exhorta a la paciencia, para que lleven con calma su repulsa y su ausencia. También les comunica el gozo que experimentó, con el único objeto de que se congratulen con ella y esperen confiadas que también accederán al mismo favor que alcanzó su madre.
 No se preocupa de alcanzar mayores ventajar, y olvidarlas. Ni cree que su bien particular las perjudique. A pesar de que se ha separado de ellas por la prerrogativa de sus méritos, las acompañará siempre con su amor y con solícita preocupación. Al fin, ella debe imitar a su esposo, que sube a los cielos y promete que estará por los suyos en la tierra hasta la consumación de los siglos. Lo mismo hace ésta: por mucho que progrese, por grande que sea el honor al que la eleven, con su solicitud, su previsión y su afecto las llevará en sus entrañas, y no se alejará de ellas, porque las engendró en el Evangelio.
 Por eso las consuela: "Alegraos, confiad. El Rey me llevó a su alcoba. Pensad que a vosotras también os ha llevado. Parece que he entrado yo sola; pero esa soledad no me sirve de nada. Todas mis ventajas serán siempre vuestras: para vosotras progreso, con vosotras compartiré todo lo mejor de mis méritos". ¿Quieres cerciorarte de que les habló en este sentido y con estos sentimientos? Escucha lo que ellas respondieron: "Saltaremos de gozo y nos regocijaremos contigo". "Contigo", dicen, "saltaremos y nos alegraremos, porque aún no podemos hacerlo por nosotras". Y añaden: "Recordando tus pechos", esto es: "Esperaremos tranquilas hasta que vuelvas a nosotras con tus pechos exuberantes. Nosotras confiamos saltar de gozo y nos regocijaremos entonces, recordando mientras tanto tus pechos". Lo que sigue: "Superiores al vino", significa que ellas, debido a la imperfección de sus deseos sensuales, asignados al vino, aún se dejan llevar de sus recuerdos, pero los vencerán por la evocación de su pletórico encanto, que ya han experimentado, porque brota abundante desde sus pechos. Diría "de" sus pechos, pero recuerdo que de esto ya hablé bastante.
 Puedes comprobar así cómo presumen de su madre, cómo consideran suyas su riqueza y sus alegrías, consolándose de su ofensivo rechazo, porque ella ha sido introducida. No se fiarían si no conociesen a su madre. 
 Escuchen esto los prelados que prefieren siempre que sus súbditos les teman, pero no servirles. Aprended los que juzgáis la tierra. Entended bien que debéis ser madres y no señores. Intentad que os amen, no que os teman: cuando haya que recurrir a la severidad, ésta sea paternal no tiránica. Mostraos como madres, alentando; como padres, corrigiendo. Sed mansos, deponed toda dureza, no uséis el látigo, mostraos entrañables; que vuestros pechos desborden la dulzura de la leche, y no se hinchen de soberbia. ¿Por qué echáis sobre sus espaldas vuestro pesado yugo, cuando debéis llevar vosotros sus cargas? ¿Por qué vuestro niño mordido por la serpiente, rehúye confiarse al sacerdote, cuando más bien debía recurrir a él como al regazo de su madre? Vosotros, si sois hombres de espíritu, corregid con blandura, pensando cada uno en sí mismo, porque puede ser tentado. De lo contrario morirá por su culpa y a él se le pedirá cuenta de su sangre. Pero ya hablaremos de eso. 
II. SOBRE EL HUERTO, LA BODEGA Y LA ALCOBA DE LAS DIVINAS ESCRITURAS; Y EL PRIMER LUGAR SOBRE EL HUERTO DE LA TRIPLE HISTORIA.- Ahora, como ya está claro el contexto literal por todo lo que hemos expuesto, veamos cómo debemos entender el sentido espiritual de las bodegas. En el contexto se mencionan el huerto y la alcoba y los trato ahora entremezclados con las bodegas, asociándolos en este comentario: si se exponen juntos se esclarecen mejor entre sí. Si os parece bien, nos informaremos en las santas Escrituras sobre estas tres realidades: el huerto, la bodega y la alcoba. Porque el alma que tiene sed de Dios, vive y se asienta con gusto en ellas, sabiendo que ahí encontrará sin duda a aquel por quien suspira. De esta manera el huerto será la pura y simple historia, la bodega el sentido moral y la alcoba será el misterio de la contemplación espiritual.
 No sin razón he pensado que el huerto puede ser interpretado en sentido histórico. Aquí se encuentran los hombres virtuosos, como árboles fértiles en el huerto del esposo y en el paraíso de Dios, de cuyas obras rectas y honestas puedes tomar otros tantos ejemplos como frutos. ¿Dudará alguien que el hombre recto es como una plantación de Dios? Escucha lo que canta David a propósito del hombre justo: Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Escucha a Jeremías ensalzándolo casi con las mismas palabras: Será un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas. Escucha a Jeremías ensalzándolo casi con las mismas palabras: Será un árbol plantado junto al agua, arraigado junto a la corriente, cuando llegue el bochorno no se secará. Y también el Profeta: El justo crecerá como palmeras, se alzará como cedro del Líbano. Y de sí mismo: Yo, como verde olivo en la casa de Dios.
 El huerto es, pues, la historia, en tres partes. Abarca la creación del cielo y de la tierra, la reconciliación y la reparación. La creación es como la siembra y la plantación del huerto; la reconciliación, como el germinar de las semillas y de los árboles. En el momento oportuno, cuando destilaron los cielos el rocío y derramaron las nubes al Salvador, se abrió la tierra y brotó la salvación, por la que se reconciliaron el cielo y la tierra. Porque él es nuestra paz, que de  dos pueblos hizo uno, para reconciliar con su sangre lo terrestre  lo celeste. Por su parte, la reparación tendrá lugar al fin de los siglos: entonces veremos un cielo nuevo y una tierra nueva, y se cosecharán los buenos de entre los malos, como fruto de un huerto, para conservarlos en la despensa de Dios. Aquel día, así está escrito, el vástago del Señor será joya y gloria, fruto exquisito de la tierra. Tienes así las tres etapas, según el sentido histórico del huerto. 
III. SOBRE LAS TRES ETAPAS DE LA DOCTRINA MORAL, QUE SON LA DISCIPLINA, LA NATURALEZA Y LA GRACIA.- Igualmente, en el sentido moral hay que distinguir tres aspectos: como si fueran tres bodegas en una sola. Quizá por eso se mencionan las bodegas en plural, y no "la bodega", pensando en el número de bodegas. Pero dirá la esposa que fue llevada a la bodega del vino. Y ya que leemos: Instruye al docto y será más docto, podemos servirnos de la palabra con que el Espíritu Santo quiso llamar a esta bodega, para llamar a las otras dos: bodega de los aromas y bodegas del perfume. Después veremos la razón de estos nombres. De momento, no olvides que en el esposo encontrarás toda la salvación, todo lo más agradable; el vino, los perfumes  y el aroma. Según la Escritura el vino alegra el corazón del hombre. Pero también puedes leer que el aceite da brillo a su rostro y con él se combinan especias colorantes para darle el perfume. Los aromas no sólo son agradables por su exquisito olor; también son útiles por su fuerza curativa. Con razón se alegra la esposa porque le lleva a un lugar donde desborda la abundancia de la gracia. 
  Mas conozco otros nombres que a mi juicio cuadran mejor con las bodegas. Los enumero por su orden correspondiente: al primero lo llamaría Disciplina, al segundo Naturaleza, al tercero Gracia. Con el primero aprendes a ser el más ínfimo, conforme a los principios de la ética; con el segundo a ser igual a los demás; con el tercero, a ser superior a los otros. Es decir: a estar bajo otro, con otros y sobre otros. Esto es: a someterte, a convivir y a presidir. Con el primero aprendes a ser discípulo; con el segundo, compañero; con el tercero, maestro. Por lo demás, todos los hombres son iguales considerando su naturaleza. Pero la bondad de la naturaleza se degeneró en sus comportamientos, debido a la soberbia. Por eso los hombres se han hecho insensibles a su igualdad, han luchado por ser más unos que otros, y cada cual suspira por sobresalir. Ambicionando la gloria, se envidian entre sí y son rivales mutuamente. 
 Por esta causa, en la primera bodega debe someterse al desenfreno de la conducta con el yugo de la disciplina, hasta que la voluntad rebelde, triturada en el largo y duro magisterio de los mayores, se humille y recupere la salud. Así recordará, mediante la obediencia, aquella bondad natural que perdió por su engreimiento. Y guiado únicamente por su afecto natural y no por el miedo a la disciplina, aprenderá a vivir en paz en cuanto de él depende, unido socialmente con todos los que son iguales a su naturaleza, esto es, con todos los hombres. Y podrá pasar ya a la bodega de la naturaleza, experimentando lo que está escrito: ¡Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos! Es ungüento precioso en la cabeza. A estos hábitos totalmente renovados, como especias bien molidas, se mezcla el aceite de júbilo, que es la bondad natural; así nace un perfume de calidad y muy agradable. Ungido con él, el hombre se torna dulce y pacífico; un hombre leal, que a nadie engaña, a nadie molesta, a nadie hiere; no se engríe sobre los demás ni tiene favoritismos; se relaciona gustosamente con todos, dando y recibiendo.
 Creo que si has comprendido bien las propiedades de las dos bodegas, aceptarás que haya llamado con razón a una la de los perfumes y a otra la de los aromas. En la primera, del mismo modo que la violencia del almirez extrae el vigor y la fragancia de los ingredientes a fuerza de golpes, así también el rigor del magisterio y la severidad de la disciplina sacan y exprimen la bondad natural de los hábitos honestos. En la segunda fluye con espontaneidad servicial la agradable mansedumbre del afecto voluntario y como connatural, como el ungüento de la cabeza desciende al suave contacto del calor y perfuma el cuerpo entero. Así pues, en la bodega de la disciplina se guardan las especies aromáticas, pero secas y sin mezclas; por eso la he llamado aromática. pero a la otra la he designado como naturaleza, porque en ella se depositan y se guardan los ungüentos ya elaborados; por eso recibe el nombre de bodega de los perfumes.
 Pasando a la del vino, creo que el único motivo para llamarse así es porque en ella reposa el vino del celo que se consume de amor. Y no debe en modo alguno presidir a otros el que no haya merecido aún ser introducida en ella. Es menester que esté poseído por ese vino quien tenga que dirigir a los demás. Así ardía el Doctor de las gentes, cuando decía: ¿Quién enferma sin que yo no enferme? ¿Quién cae sin que a mi me dé fiebre? Pero usarás perversamente la autoridad sobre los demás, si en vez de consumirte por los que presides y vivir por el celo de su salvación, exiges lleno de ambición que estén sometidos a ti. También la llamé bodega de la gracia; no porque se pueda entrar sin la gracia en las otras dos, sino porque en ella se percibe su plenitud de modo único. Al fin, la plenitud de la ley es el amor; el que ama al hermano ya cumplió la ley.
 Has visto por qué se llaman así las bodegas. Mira ahora qué diferencia hay entre ellas.
 Es difícil refrenar la sensibilidad insolente e inestable y la concupiscencia intemperante de la carne, por temor al maestro o por la represión de una rígida disciplina.
 Es difícil llevarse bien con los hermanos por un afecto espontáneo. Las dos opciones son complicadas: la vigilancia bajo el mando de otro y enderezar la propia conducta, para ser agradable a los semejantes, únicamente bajo el control de la voluntad.
 Nadie puede afirmar que resulta igualmente meritorio o virtuoso convivir en paz con los demás que guiarlos con acierto. ¡Cuántos son los que viven en paz bajo un preceptor! Pero si los libras del yugo verás que no pueden guardar la paz, ni mantenerse ilesos en sus relaciones. Encontrarás también a muchos que conviven con los los hermanos sencillamente y sin discusiones; pero si los pones sobre los demás no sólo son inútiles sino indiscretos y perversos. Los que así se comportan viven contentos en una agradable mediocridad, según el nivel de gracia recibida de Dios; no necesitan maestros, pero son ineptos para enseñar. Anteceden con su conducta a los anteriores; pero superan a los dos los que saben ser superiores.
 Finalmente, el Señor promete a los que presiden rectamente la administración de todos sus bienes. Pero son pocos los que saben presidir bien, y muy pocos los que gobiernan con humildad. Cumplirá fácilmente ambas cosas el que haya alcanzado la discreción, madre de todas las virtudes, porque se embriagará con el vino del amor hasta despreciar su propia gloria, olvidarse de sí mismo y no buscar sus intereses; todo lo cual se consigue dentro de la bodega del vino, bajo el magisterio exclusivo y maravilloso del Espíritu Santo. Pues la virtud de la discreción, sin el fervor de la caridad, es totalmente inútil y el fervor exagerado lo derrumba todo si no lo modera la discreción. Es encomiable el que posee ambas virtudes, porque el fervor estimula a la discreción y ésta al fervor.
 Por tanto, el que gobierna bien debe poseer esta doble condición. Yo diría que es un dechado en su conducta y que ha asimilado perfectamente estas normal, el que ha recibido el don de recorrer sin tropiezo estas bodegas. Esto es, que nunca se ha enfrentado con sus superiores ni ha envidiado a sus semejantes, ni se ha despreocupado de sus súbditos ni los ha dominado con soberbia; obedece a los prelados, armoniza con sus iguales, condesciende para bien de sus súbditos. Y estoy convencido que la esposa ha llegado a esta cumbre de la perfección. Así lo indica con estas palabras: El Rey me llevó a sus bodegas. Porque no dice que le llevó a una de las bodegas, sino a las bodegas en plural.
IV. SOBRE LA DIVERSIDAD DE ALCOBAS, Y PRIMERO SOBRE LA ALCOBA DEL CONOCIMIENTO.- Entremos ya en la alcoba. ¿Cuál es? ¿Puedo presumir de que lo sé? No me atribuyo una experiencia tan sublime, ni me afano de esa prerrogativa que se reserva sólo para la esposa feliz. Reconozco honestamente con los Griegos que sólo me conozco a mi mismo, y quiero, como el Profeta, conocer lo que me falta. Pero si no supiera absolutamente nada, nada podría deciros. De lo que sé no quiero privaros a vosotros, ni reservármelo; y lo que no sé, que os lo enseñe el que muestra al hombre la ciencia.
 He dicho, y lo recordáis, que la alcoba del Rey debe buscarse en el misterio de la contemplación divina. Pero también recuerdo que hablando de los ungüentos, os dije que el esposo tiene muchos y muy diversos. Que no se dan todos a todos, sino que cada uno participa según la diversidad de sus méritos. De la misma manera, opino que la cámara del Rey no es una sola, sino muchas. Tampoco la reina es una sola: son muchas. Como son muchas las concubinas e innumerables doncellas. Pero cada una encuentra su alcobacon es esposo, pudiendo decir: Mi seceto es para mí, para mí es mi secreto. No a todas se les concede gozar en el mismo lugar de la dulce e íntima presencia del esposo, sino tal como su padre lo ha dispuesto para cada una. No lo elegimos nosotros a él, fue él quien nos eligió a nosotros y nos destinó. Cada uno está allí donde le fue asignado. Una mujer compungida encontró su lugar a los pies del Señor Jesús; otra, si es que fue distinta, encontró el fruto de su devoción junto a su cabeza. Tomás alcanzó la gracia de su intimidad en su costado; Juan, en su pecho; Pedro, en el seno del Padre, y Pablo, en el tercer cielo.
 ¿Quién de nosotros será capaz de distinguir debidamente esta diversidad de méritos, o mejor, de premios? Mas para que no creáis que paso por alto lo que yo puedo saber, la primera mujer se tendió en el seno de la humildad; la segunda en el trono de la esperanza, Tomás en la columna de la fe, Juan en la anchura del amor, Pablo en la intimidad de la sabiduría, Pedro en la luz de la verdad. Así pues, el esposo tiene muchas moradas; tanto la reina como la concubina, como la que pertenece al número de las doncellas, recibe su lugar y su limitación conforme a sus propios méritos, hasta que se le permita pasar a la contemplación, entrar en el gozo de su Señor y sondear el inefable secreto del esposo.
 Intentaré mostraros esto en su lugar con mayor claridad, si él se digna dármelo a conocer. Aquí nos basta saber que ninguna doncella, concubina o reina tiene abierto el paso a su alcoba más íntima. Esta queda reservada por el esposo en exclusiva para su paloma, su beldad, su perfecta. No tengo, pues, razón para indignarme si no me admite allí, sobre todo sabiendo que ni siquiera la esposa accede en esta vida a la intimidad total que para sí quisiera. Por eso insiste en que le avise dónde pastorea y dónde sestea.
 Escuchadme hasta dónde he llegado o creo haber llegado. No me toméis por jactancioso, si os lo confieso para vuestro mayor provecho. Hay un lugar en casa del esposo desde el cual promulga sus decretos y dispone sus determinaciones como moderador del universo, instituyendo las leyes para toda criatura con peso, número y medida. Se trata de un lugar profundo y secreto, pero no tranquilo. Pues aunque él mismo en lo posible, gobierna el universo con suavidad, en definitiva lo gobierna. Al contemplativo que llegue a este lugar no le deja descansar. De un modo maravilloso y placentero lo inquieta y excita a escudriñar y admirarlo todo. La esposa expresa admirablemente ambas cosas, el deleite de esta contemplación y su inquietud, cuando confiesa que duerme pero mantiene su corazón en vela. Porque viene a decir que mientras duerme siente el sosiego de un estupor suavísimo y de una plácida admiración, pero no obstante cuando está despierta siente el cansancio de una inquieta curiosidad y de un trabajoso ejercicio.
 También lo confiesa Job: Al acostarme pienso ¿cuándo me levantaré? Y luego deseo que llegue la tarde. ¿No adviertes en estas palabras que el alma santa desea a veces declinar en cierto modo ese encanto molesto, y a la vez amar esa deliciosa molestia? No habría dicho: Cuándo me levantaré, si ese descanso de la contemplación le agradase totalmente. Y si le hubiera disgustado por completo no esperaría de nuevo la hora del descanso, es decir, la tarde. Por tanto, ésta no es la alcoba del esposo, pues no descansa perfectamente.
V. SOBRE LA ALCOBA DEL TEMOR, DONDE SE TRATA DE LOS CLÉRIGOS.- Existe otro lugar en el que la severísima y profunda mirada inmutable del justo juicio de Dios, cuyos designios son terribles sobre los hijos de los hombres, vigila a la criatura racional, digna de reprobación. En este lugar el alma contemplativa mira temblorosa a Dios, que con su juicio misterioso pero justo rehúsa borrar el mal de los réprobos, y no acepta el bien y hasta endurece los corazones, para que no se arrepientan ni se corrijan, y convirtiéndose tenga que salvarlos. Todo esto proviene de un decreto justo y eterno, tanto más espantoso cuanto que permanece fijo e inmutable en la eternidad. Es para temblar lo que a este propósito escribe el Profeta, sobre el diálogo de Dios con sus ángeles: Dejemos en paz al impío. A lo cual respondes espantados preguntándose: ¿No vas a exigirle que practique la justicia? No, les dice, y señala el motivo: En la tierra de los santos ha cometido la maldad, y no verá la gloria del Señor.
 Teman los clérigos, teman los ministros de la Iglesia, porque en la tierra de los santos que ellos poseen, cometen grandes iniquidades: no se contentan con los impuestos, suficientes para sus necesidades; atesoran para sí impía y sacrílegamente lo superfluo, cuando con ello deberían alimentarse los necesitados; no sienten rubor alguno en devorar para su ostentación y lujuria el sustento de los pobres. Pecan, por tanto, con doble iniquidad: dilapidan lo ajeno y se aprovechan de lo sagrado para sus torpezas y vanidades.
 Si a estos pecadores los perdona e indulta en esta vida, para no compadecerse de ellos en la eternidad, aquel cuyas sentencias son como el océano inmenso, ¿quién encontrará la paz en esta bodega? Esta contemplación conduce al temor del juicio, no a la seguridad de la alcoba. Qué temible es este lugar, privado de todo reposo. Me aterro totalmente cuando alguna vez me arrebato hasta allí, al reflexionar dentro de mi con temor en aquellas palabras: ¿Quién sabe si uno es digno de amor o de odio? No es extraño que me estremezca yo allí, pues soy una hoja que arrebata el viento como paja seca. Incluso un gran contemplativo confiesa que casi vacilaron sus pies y estuvo a punto de caer. 
 Escuchadle: Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. ¿Por qué? No pasan, dice, las fatigas humanas, ni sufren como los demás. Por eso su collar es el orgullo, para no humillarse con la penitencia. Pero serán condenados por su soberbia con el diablo engreído y sus ángeles. Los que no pasan las fatigas humanas soportarán las del demonio, como dice el Juez: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Pero este lugar que es también de Dios, no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo. Se dice que en él se teme a Dios. Allí su nombre es sagrado y terrible; es como la entrada en la gloria, porque la primicia de la sabiduría es el temor del Señor. 
 No te extrañes de que haya situado la primicia de la sabiduría en esta alcoba, y no en la primera. Porque en ésta hemos escuchado a la Sabiduría, que como un maestro en su auditorio enseña todas las cosas; y nosotros la hemos acogido en la segunda. Allí nos instruye, aquí nos afecta. La instrucción crea doctos; la afección, sabios. El sol no calienta a todos los que ilumina. Así sucede con la Sabiduría: enseña a muchos lo que se debe hacer. pero no da inmediatamente la fogosidad suficiente para cumplirlo. Una cosa es conocer muchas riquezas y otra poseerlas; no es rico el que las conoce, sino el que las posee. De la misma manera, una cosa es conocer a Dios y otra temerle; el conocimiento no nos hace sabios, sino el temor, porque nos afecta. ¿Acaso llamarás sabio a quien le infla su saber? ¿Quién los tendrá por sabios sino el más ignorante, porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron ni le dieron gracias como a Dios? Yo opino más bien como el Apóstol, quien claramente afirma que su mente es insensata. 
 Ciertamente, la primicia de la sabiduría es el temor del Señor, porque el alma saborea a Dios en cuanto le mueve el temor, no cuando aumenta su saber. ¿Temes la santidad de Dios, temes su poder? Ya saboreas a Dios santo y poderoso, porque el temor es sabor. Y es el sabor el que hace sabios; como el conocimiento ilustrados; y la riqueza, ricos. ¿Qué es entonces lo primero? La disposición para saborear. Allí te preparan, para iniciarte a ti. Preparación es el conocimiento de las realidades. Pero esto degenera fácilmente en el tumor de la hinchazón si no la reprime el temor. Por eso se le llama primacía de la sabiduría, porque es la primera resistencia contra la peste de la insipiencia. Allí encontramos el acceso a la sabiduría, aquí la entrada. Con todo, ni aquí ni allí se le da al contemplativo la paz perfecta, porque allí Dios aparece como solícito, aquí como turbado. No busques, pues, la alcoba del esposo en estos lugares: porque el primero es el auditorio del Maestro, y el segundo parece más bien el tribunal del Juez. 
VI. SOBRE LA ALCOBA DEL TEMOR O PREDESTINACIÓN.- Pero hay un lugar donde se encuentra Dios tranquilo y en paz; no es una morada de un juez o un maestro, sino la de un esposo. Desde mi experiencia -porque desconozco la de otros-, es la alcoba en la que alguna vez me han introducido. Pero, ¡ay dolor! raras veces y por poco tiempo. Allí se reconoce claramente que la misericordia del Señor dura siempre, y por siempre para los que le temen. Feliz el que pueda exclamar: me junto con tus fieles que guardan tus decretos. El decreto de Dios es inmutable, su juicio de paz es inamovible para los que le temen, encubriendo el mal y premiando el bien. Así, de un modo admirable, no sólo el bien sino también el mal cooperan en todo para su bien. Verdaderamente es dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Porque ninguno está libre de pecado. Pues todos han pecado y necesitan la gracia de Dios. Sin embargo ¿quién puede acusar a los escogidos de Dios? Para ser plenamente justo me basta tener propicio solamente al que ofendí.
 Todo lo que él mismo ha decidido no imputarme es como si no existiese. No pecar es propio de la santidad de Dios; la santitad del hombre es la indulgencia de Dios. Yo he contemplado todo esto y comprendí la verdad de estas palabras. Todo el que ha nacido de Dios no peca, porque le guarda la generación celestial. Esta generación es la predestinación eterna, por la cual Dios ha amado a los suyos y los agració en su amado Hijo, antes de la creación del mundo, para ser santos en su presencia, a fin de que contemplaran su gloria y su poder, y fuesen dignos de participar de la herencia de aquel cuya imagen reproducen. A éstos los vi como si nunca hubiesen pecado; porque si en algo pecaron durante esta vida no aparece en la eternidad, ya que el amor de su Padre sepulta un sinfín de pecados. He llamado felices a quienes les han absuelto de sus iniquidades y a quienes les han sepultado su pecado. Entonces sentí de repente que nacía en mi una gran confianza y una alegría como infundida. Aquí no había precedido el temor de aquel horrible lugar de la segunda visión. Por eso me creí tan feliz como uno de aquellos hombres dichosos. ¡Oh, si se prolongase esta experiencia! Visítame, Señor, una y otra vez, por medio de tu Salvador, para que vea los bienes de tus elegidos y me alegre con la alegría de tu pueblo. 
 ¡Qué lugar tan sereno! No sin razón pienso que se debe llamar la alcoba. Porque en ella no se siente a Dios como turbado por su cólera, ni se le ve como dominado por la preocupación. Se saborea en él una voluntad de bien, benévola y perfecta. Esta visión no espanta, apacigua; no provoca una curiosidad inquieta, sosiega; no fatiga el espíritu, tranquiliza. Aquí se descansa realmente. Dios en su serenidad lo serena todo; mirar su paz es pacificarse, es contemplar al Rey que tras sus diurnos oficios forenses, alejado del gentío y apartado de toda preocupación molesta, se encamina de noche al albergue, entrando en la alcoba con unos pocos a quienes distingue con esta íntima familiaridad, para descansar allí con tanta más seguridad cuanto más retirado, con tanto más sosiego cuanto más plácidamente contempla sólo a los que ama.
 Si alguno de vosotros fue arrebatado a este misterio y a este santuario de Dios, hasta el punto de no sentir ya la llamada o la perturbación de los sentidos indigentes, de los afanes punzantes y de las culpas mordientes, e incluso de todo lo que nos desprendemos con mayor dificultad, como son los fantasmas de las opresoras imágenes corporales, ése, cuando vuelva hasta nosotros podrá gloriarse en verdad y decir: El Rey me ha llevado a su alcoba. Con todo, yo no me atrevería a asegurar que sea esto exactamente lo que constituya el regocijo de la esposa. Es ciertamente una alcoba y una alcoba del Rey, porque de las tres que hemos asignado a la triple contemplación, ese lugar es el único donde reina la paz. Pues como lo hemos visto claramente en la primera hay una paz exigua, y en segundo ninguna. Ya que en aquélla aparece admirable y suscita una gran curiosidad para investigarla, y en ésta convulsiona violentamente nuestra flaqueza al mostrarse terrible. Por el contrario, en esta tercera alcoba no no se manifiesta tan temible ni se digna aparecer tan admirable, sino más amable, sereno y plácido, suave y manso, rico en misericordia con todos los que lo contemplan. 
 Para que se os grabe en la memoria un resumen de lo tratado ampliamente en este sermón sobre la bodega, el huerto y la alcoba, recordad sus tres etapas, sus tres méritos y sus tres premios: en el huerto recordad las tres fases, los méritos en la bodega y los premios en aquella triple contemplación del que busca la alcoba. Sobre la bodega queda dicho lo suficiente. Pero si algo hay que añadir sobre el huerto y la alcoba, o si surgiera alguna otra explicación lo tendremos presente en su lugar. De lo contrario, baste con lo expuesto y no lo repetiremos para que no llegue a cansarnos -líbrenos el Señor-, lo que predicamos para alabanza y gloria del Esposo de la Iglesia, nuestro Señor Jesucristo, el Dios soberano, bendito por siempre. Amén.


RESUMEN: la esposa llega antes a las bodegas del esposo. Llega antes que las doncellas, pero las espera como el esposo la espera a ella misma. Las doncellas saben que gozarán de los mismos dones. Los prelados deben fomentar la esperanza y no el temor. El huerto será la pura y simple historia, la bodega el sentido moral y la alcoba será el misterio de la contemplación espiritual. En el huerto crecen los hombres virtuosos. El huerto es, pues, la historia, en tres partes. Abarca la creación del cielo y de la tierra, la reconciliación y la reparación. La creación es como la siembra y la plantación del huerto; la reconciliación, como el germinar de las semillas y de los árboles. En el momento oportuno, cuando destilaron los cielos el rocío y derramaron las nubes al Salvador, se abrió la tierra y brotó la salvación, por la que se reconciliaron el cielo y la tierra. En cuanto a las bodegas, habla de ellas en plural. Habría tres bodegas: la bodega del vino, la bodega de los aromas y la bodega de los perfumes. El vino alegra el corazón del hombre. 
 Los nombres de disciplina, naturaleza y gracia cuadran muy bien con las bodegasCon el primero aprendes a ser el más ínfimo, conforme a los principios de la ética; con el segundo a ser igual a los demás; con el tercero, a ser superior a los otros. La disciplina nos enseña a ser iguales a los demás y si existe un grado superior, consiste en una especie de unción que nos hace ser dulces y pacíficos. 
 La bodega de los perfumes exige actuar sobre las plantas y sustancias, para así extraerlos. Esos golpes son la severidad del magisterio y la severidad de la disciplina. La bodega de los aromas es como una unción que fluye de forma natural por todo el cuerpo. La bodega del vino, o de la gracia, es la bodega del amor que es la situación espiritual plena. 
 En un grado  inferior actuamos bajo el rigor de la disciplina y el mandato. En otro  superior lo hacemos de forma espontánea, sintiéndonos iguales a los demás. En el grado más alto, cuando acumulamos poder actuamos con una mezcla de fervor y prudencia, condiciones ambas que sólo se dan cuando sentimos caridad hacia los demás. Es éste el estado más alto, y espiritual,  de la convivencia.
 Cada uno encuentra la contemplación divina de una manera peculiar y diferente. Unos por la prudencia, otros por el amor, la sabiduría pero nadie, en esta vida, llega a la morada última de Dios, por lo que siempre seguimos buscándole.
 Hay un lugar desde donde Dios dirige el Universo. Allí se siente, al mismo tiempo contemplación y curiosidad por lo que el descanso no es completo. 
 Existe una morada, especialmente cruel, para los clérigos que dilapidan los bienes del pobre y se aprovechan de lo sagrado. La verdadera sabiduría debe basarse en el temor de Dios. Jamás debemos envidiar a los malvados que, aparentemente, progresan en esta tierra. Los que no soportan las fatigas humanas soportarán las del demonio. 
 Una cosa es el conocimiento y otra la sabiduría. De la misma forma es la diferencia entre poder saborear y saborear. La verdadera sabiduría es el temor de Dios. En el auditorio del Maestro Dios aparece como solícito. En una segunda estancia aparece como turbado y lleno de poder. En ninguno de estos lugares encontraremos la paz de su verdadera alcoba. 
 La santidad del hombre es la indulgencia de Dios. Es esa una alcoba muy protegida donde nos sentimos como predestinados y que Dios no anota nuestras faltas, sino que actúa con benevolencia. En esta tercera alcoba no se muestra tan temible y admirable, sino benevolente y plácido. 
 Recordemos las tres etapas del huerto, la bodega y la alcoba. Al huerto le corresponden fases, a la bodega méritos  y a la alcoba premios. 


SERMÓN XXII SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES


I. COMO EL ESPOSO POSEE VARIOS PERFUMES Y PERMITE ENTREGARSE A OTROS MÁS SUBLIMES.- Si los perfumes de la esposa son tan exquisitos y excelentes, como lo escuchasteis cuando tratamos de ellos, ¿cómo serán los del Esposo? Yo no puedo explicároslo dignamente; pero no cabe duda que sus cualidades son superiores y su gracia más eficaz; solamente su aroma excita a correr tras ellos, no ya a las doncellas, sino a su misma esposa. Si os percatáis bien, ella no se atreve a prometer nada parecido con  relación a sus propios perfumes. Es cierto que se siente orgullosa, porque son óptimos; pero no llega a decir que haya corrido o que corra detrás de ellos, como promete que lo hará en pos de los aromas del Esposo. ¿Qué sucedería si se sintiese llena de la unción misma, cuando salta de gozo por correr simplemente tras su fragancia? Lo extraño es que no llegase a volar. 
 Pero dirá alguno: "Termina ya tus elogios; bastará que comiences a explicarlos y se verán cómo son". No, yo no puedo prometeros eso. Es más, ni siquiera acierto a distinguir qué debo deciros entre todo lo que se me ocurre. Porque pienso que el esposo lleva bastantes clases de perfumes y no pocos aromas. Unos son para deleite exclusivo de la esposa, porque es su más íntima y familiar. Otros los perciben las doncellas; y otros llegan a los más lejanos y menos familiares, para que nadie se libre de su calor. El Señor es bueno con todos, pero más con sus íntimos. Cuanto más familiarmente se le acerca alguien por su méritos y por su pureza de corazón, creo que siente tanto más la fragancia de sus nuevos perfumes y de su finísima unción. 
 No olvidemos que aquí la inteligencia no capta sino aquello que percibe la experiencia. Por mi parte, de ninguna manera me arrogaría temerariamente los privilegios de la esposa. El esposo conoce con qué delicias regala el Espíritu a la esposa, con qué inefables inspiraciones recrea sus sentidos y con qué perfumes los cautiva. Es para él como un manantial propio, del que ningún extraño participa; ningún indigno puede beber en él; es jardín cerrado, fuente sellada. Sin embargo, sus aguas corren hasta las plazas. Proclamo que están a mi total disposición; que nadie me censure ni moleste si saco de ellas agua, o si se la doy a otro.
 En alabanza de mi ministerio, debo reconocer que es cansado y laborioso tener que salir todos los días para  sacar agua, aunque sea de los riachuelos más accesibles de las Escrituras, y proporcionarla a las necesidades de cada uno, para que sin esfuerzo suyo, cada uno tenga el agua espiritual para todos sus quehaceres, por ejemplo para lavar, para beber y para hacer la comida. Sin duda, la palabra divina es un agua de sabiduría que salva, apaga la sed, y además lava, como dice el Señor: Vosotros estáis ya limpios por el mensaje que os he comunicado. La palabra divina cuece también los pensamientos más crudos de la carne, cuando se ponen al fuego del Espíritu Santo. Los convierte en sentimientos espirituales y en manjar del corazón, y puedes decir: El corazón me ardía por dentro; pensándolo me requemaba. 
 Los verdaderamente limpios de corazón pueden, por si mismos, comprender realidades más sublimes que las predicadas por mi. No sólo no se lo prohíbo: hasta me congratulo con ellos. Y les pido que soporten mi servicio más simple para los más sencillos. ¿Qué más quisiera yo sino que todos profeticen? ¡Ojalá no tuviese que ocuparme de esas explicaciones! ¡Ojalá fuese otro el que cumpliese ese ministerio! O mejor, y eso sería preferible, que ninguno de vosotros lo necesitase. Si todos fuesen discípulos de Dios, yo podría dedicarme a contemplar las maravillas de Dios, pero en realidad aquí es imposible, no digo contemplar, sino tratar siquiera de descubrir, y no lo digo sin lágrimas, al Rey de la gloria sentado sobre Querubines. 
 Sentado también sobre su sede elevada y excelsa, en esa forma por la que es igual al Padre, engendrado antes de la aurora entre esplendores sagrados; en esa forma que siempre desean contemplar los ángeles, como Dios de Dios. Como hombre que habla a seres humanos, me refiero a esa forma en que se hizo patente por un exceso de su bondad y de su amor, cuando se hizo inferior a los ángeles y puso su tienda al sol, como esposo que sale de su alcoba. Os presentó más bien su bondad que su gloria; más su unción que su grandeza. Tal como lo ungió el Espíritu del Señor, y lo ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, a los prisioneros la libertad, para pregonar el año de gracia del Señor.
II. LOS CUATRO PERFUMES DEL ESPOSO.- Yo pongo en común lo que he recibido del común sentir, exceptuando siempre lo más sublime y sutil que a cada uno se le haya concedido percibir y experimentar, por pura gracia, acerca de los perfumes del Esposo. Porque él es la fuente viva, el manantial sellado que brota dentro del jardín cerrado, por ese canal suyo que es la boca de Pablo. Es también esa sabiduría que, como dice el santo Job, saca lo oculto a la luz; se ha dividido en cuatro arroyos y se desborda por las plazas. Nos lo dice cuando indica que Dios le hizo sabiduría, justicia, santificación y liberación. Nada nos impide considerar estos cuatro arroyos como otros tantos perfumes valiosísimos. Los dos primeros son el agua y el perfume: el agua porque purifica, el perfume porque exhala sus aromas. 
 La Iglesia se vio embriagada por los bálsamos exquisitos de estos cuatro arroyos, compuestos como perfumes valiosísimos de los montes ricos en aromas de especies celestiales. Así esta deliciosa fragancia incita a las cuatro partes del mundo para que salgan al encuentro del celestial esposo, como aquella famosa reina de Saba, que llega presurosa desde los confines del mundo para escuchar la sabiduría de Salomón, provocada por el aroma de su fama.
 La Iglesia no pudo correr tras el aroma de su Salomón, hasta que aquel que era la Sabiduría engendrada por el Padre desde la eternidad, no se encarnó en el tiempo como Sabiduría. También se constituyó en justicia, santidad y liberación; así correría al olor de estos aromas, pues todo esto era en sí mismo desde el principio, antes que existieran otros seres. Al principio ya existía el Verbo; pero los pastores no fueron corriendo para contemplarlo hasta que recibieron la noticia. Entonces se dijeron unos a otros: Vamos derechos a Belén a ver eso que ha pasado y que nos ha anunciado el ángel. Y añade a continuación: Fueron corriendo.
 No se movieron cuando el Verbo estaba junto a Dios. Pero cuando se manifestó en la carne, cuando el Señor hizo esa maravilla y la reveló, se fueron derechos y echaron a correr. Así como el Verbo existía desde el principio, pero estaba en Dios, al hacerse carne comenzó a estar con los hombres. De la misma forma en el principio era sabiduría, justicia, santidad y liberación para los ángeles. Para que fuese eso mismo también para los hombres, el Padre le hizo todo eso y lo hizo por ser el Padre. El nos ha sido hecho por Dios sabiduría. No dice simplemente: "ha sido hecho sabiduría", sino: nos ha sido hecho sabiduría, pues lo que era para los ángeles se ha hecho también para nosotros.
 Dirás quizá: "No veo de qué manera pudo ser redención para los ángeles. Porque la autoridad de las Escrituras nunca puede afirmar que alguna vez fuesen hechos cautivos por el pecado o sometidos a la muerte; en este caso no necesitarían ser liberados, a no ser los que cayeron en el vértigo irremediable de la soberbia, y ya no merecen ser redimidos. ¿Con qué derecho dices tú que Cristo el Señor fue liberación para ellos, si los ángeles nunca fueron redimidos? Unos porque no lo necesitaron, otros porque no lo merecen; los primeros porque nunca cayeron, los segundos porque su decisión fue irreversible".
 En pocas palabras: el que levantó al hombre caído, le concedió al ángel la gracia de no caer, sacándole a uno de la cautividad y defendiendo de ella al otro. Así que fueron redimidos ambos igualmente: liberó al hombre y preservó al ángel. Es evidente, pues, que Cristo el Señor fue para los ángeles redención, e igualmente justicia, sabiduría y santificación. Sin embargo, hizo estas cuatro cosas en favor de los hombres, incapaces de contemplar lo invisible de Dios sino por medio de las cosas visibles. Por tanto, se hizo para nosotros todo lo que era par los ángeles. ¿Qué? Sabiduría, justicia, santificación y liberación: sabiduría para su predicación, justicia para la absolución de los pecados, santificación viviendo con los pecadores, liberación por los sufrimientos que soportó en favor de los pecadores. cuando Dios consumó en él todo esto, entonces percibió la Iglesia el olor de su fragancia, entonces corrió tras su perfume. 
III. CÓMO NOS MUESTRA CRISTO ESTOS CUATRO PERFUMES.- Ahí tienes los cuatro perfumes, ahí tienes la fragancia tan penetrante e inestimable, con la que lo ungió el Padre con aceite de júbilo entre todos sus compañeros. Tú, hombre, vivías en tinieblas y en sombra de muerte porque ignorabas la verdad, y yacías aherrojado por las cadenas de los pecados. Bajó hacia ti hasta la cárcel, no para atormentarte, sino para liberarte del poder de las tinieblas. Primeramente, como maestro de la verdad, ha disipado las sombras de tu ignorancia con la luz de su sabiduría. Después desató los lazos del pecado, mediante la justicia que procede de la fe, haciendo justo gratuitamente al pecador. Con este doble beneficio se cumplió aquello del santo David: El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego.
 Además vivió santamente entre los pecadores, y así entregó una forma de vida, como un camino para que regreses a la patria. Finalmente, para colmo de su benignidad, entregó su vida a la muerte, y de su propio costado sacó el precio satisfactorio, para que aplacases tú al Padre. Así se apropió a la letra este salmo: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa. Tan copiosa que no derramó sólo una gota, sino un río caudaloso de sangre que brotó de las cinco llagas de su cuerpo. 
 ¿Qué más debía haber hecho contigo que no lo hiciera? Iluminó al ciego, soltó al preso, atrajo al equivocado, reconcilió al reo. ¿Quién no correrá sin repugnancia tras aquel que libera del error, encubre el engaño, entrega los méritos de vida y adquiere el premio con su muerte? ¿Cómo podrá excusarse el que no corra al olor de sus aromas, a no ser que no perciba en absoluto su aroma? Pero el bálsamo de su vida alcanza toda la tierra, la llena de su misericordia y es cariñoso con todas sus criaturas. Por tanto, el que no perciba esta fragancia vital que se extiende por doquiera, y por ello no corre, o está muerto o putrefacto. La fragancia equivale a su fama. Se anticipa el aroma de la reputación, excita a correr tras ella, lleva consigo a la experiencia de la unción, al premio de la visión.
 Todos los que la alcanzan cantan a una voz: Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor de los Ejércitos. Todos hemos corrido detrás de ti, Señor Jesús, por la mansedumbre que descuella en ti, al oír que no desprecias al pobre ni te horroriza el pecador. No te horrorizó el ladrón cuando te reconocía, ni la pecadora cuando lloraba, ni la cananea cuando te suplicaba, ni la mujer sorprendida en adulterio, ni el que se sentaba en el mostrador de los impuestos, ni el publicano cuando oraba, ni el discípulo cuando te negaba, ni el perseguidor de tus discípulos, ni los mismos que te crucificaban. Corremos al olor de todos estos perfumes. Es más, hemos percibido la fragancia de tu sabiduría, por lo que hemos oído: si alguien se ve falto de sabiduría, que te la pida y se la darás. Porque dicen que se la comunicas a todos en abundancia y no lo echas en cara.
 Pero el perfume de tu justicia se difunde por todas partes con tales aromas; no sólo eres justo, sino la justicia misma: la justicia que hace justos. Y eres tan poderoso para justificar como rico para perdonar. Por esta razón, todo el que, compungido por sus pecados, sienta hambre y sed de justificación, haga un acto de fe en ti, que justificas al impío, y justificado por esa fe estará en paz con Dios. No sólo tu vida, sino tu misma concepción exhala también santidad suavísima y sin límites. Pues no cometiste pecado ni lo contrajiste. Por tanto, los que han sido previamente justificados de sus pecados y añoran correr tras esa santidad, sin la que nadie verá a Dios, deben escuchar tu voz: Sed santos, porque yo soy santo. Que consideren tus caminos y aprenderán cómo eres justo en todos tus caminos y bondadoso en todas tus acciones. ¡A cuántos impulsa a correr la fragancia de la pasión! Cuando te levantan de la tierra tiras de todos hacia ti. Tu pasión es el último refugio, el único remedio. Viene a socorrernos cuando carecemos de la sabiduría, o la justicia no es suficiente, o se diluyen los méritos de la santidad. 
 ¿Qué hombre es capaz de afirmar que su sabiduría, su justicia o su santidad serán suficientes para salvarse? De por sí, nadie tiene aptitudes para poder apuntarse algo como propio. La aptitud nos viene de Dios. Por eso cuando me falten las fuerzas, no me espanto ni desconfío. Sé lo que he de hacer: Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. Da luz a mis ojos, Señor, para que vea lo que a ti te agrada en cada momento, y seré un hombre sabio. No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud, y seré justo. Guíame por tu camino y seré santo. Pero si no se interpone tu sangre en mi favor, no me salvaré. Por todo esto corremos en pos de ti: perdónanos, porque clamamos detrás de ti. 
IV. DIVERSAS MANERAS DE CORRER TRAS ESTOS PERFUMES.- Pero no todos corremos igualmente al olor de todos los aromas. Unos arden en deseos de sabiduría. Otros se animan más a la penitencia con la esperanza del perdón. Otros se sienten más bien invitados al ejercicio de las virtudes, por el ejemplo de su forma de vida. Otros se abrasan en la piedad por el recuerdo de la pasión. ¿Podríamos hallar ejemplos de cada una de estas posibilidades?
 Corrían al olor de la sabiduría los enviados por los fariseos, cuando decían al regresar: Nadie ha hablado nunca como este hombre, admirados de su doctrino y confesando su sabiduría. Corría tras el mismo aroma Nicodemos que, acercándose a Jesús de noche, volvió envuelto por el resplandor de su sabiduría, plenamente adoctrinado. Corrió al aroma de la justicia María Magdalena, aquien mucho se le perdonó porque mucho había amado. Era justa sin duda y santa, y no pecadora, como la consideraba el fariseo ignorando que la justicia o santidad es un don de Dios, no obra del hombre. Desconocía que no sólo es justo sino santo, el que está absuelto de su pecado. ¿Había olvidado acaso que tocando simplemente su lepra o la de otros, Jesús la había curado sin contraerla? Asimismo, tocado por la pecadora él que era justo, no perdió su justicia sino que la comunicó; no se manchó con la suciedad de su pecado, sino que la purificó.
 Corrió también el publicano, cuando imploraba humildemente el perdón de sus pecados, y bajó justificado como lo testificaba la misma Justicia. Corrió Pedro llorando amargamente tras su caída, para borrar su culpa y recuperar la justicia. Corrió David, reconociendo y confesando su culpa, hasta merecer escuchar: El Señor ha perdonado ya tu pecado. El mismo Pablo confiesa que corrió al aroma de la santificación, cuando se ufana de ser imitador de Cristo, diciendo a sus discípulos: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. Corrían también aquellos que decían: Mira cómo lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Efectivamente, todo lo habían abandonado por el deseo de seguir a Jesús. En general, todos son invitados a seguir tras este aroma, con aquellas palabras: Quien habla de estar con Dios, tiene que proceder como procedió Jesús. Por fin, si quieres escuchar quiénes corrieron al olor de su pasión, fijándose en todos los mártires. Ya tenéis enumerados las cuatro clases de perfumes del esposo: el primero la sabiduría; el segundo la justicia; el tercero, la santificación; y el cuarto, la redención.
V. NO DEBEMOS PREGUNTARNOS POR LA COMPOSICIÓN DE ESTOS PERFUMES; LOS INFIELES NO POSEEN NINGUNA DE ESTAS VIRTUDES.- Recordad estos nombres, percibid sus frutos: pero no examinéis cómo están compuestos y con qué ingredientes. Tratándose de los perfumes del esposo, no podemos conocerlos con aquella facilidad con la que averiguamos los de la esposa. Cristo posee toda la plenitud sin número ni medida. Su sabiduría no tiene medida, su justicia llega hasta las cumbres de Dios, hasta las altas cordilleras, su santidad es única y su redención es inexplicable.
 Digamos también que en vano disertaron tanto sobre estas cuatro virtudes los sabios de este mundo. Fueron totalmente impotentes para comprenderlas, porque desconocieron al que fue constituido por Dios como sabiduría para enseñar la prudencia, como justicia para el perdón de los pecados, como santidad para ser modelo de templanza, viviendo en continencia; y como redención para ser ejemplo de paciencia muriendo valientemente.
 Quizá diga alguien: "Todo le corresponde pefectamente; pero diríamos que es menos propio atribuirle su santificación en cuanto templanza". A esta dificultad respondo, en primer lugar, que la continencia equivale a la templanza. Además la Escritura suele hablar de santidad como sinónimo de continencia o pureza. ¿Qué eran aquellas santificaciones tan repetidas por Moisés, sino ciertas purificaciones del hombre que se abstenía de la comida, la bebida y el concúbito o cosas semejantes? Pero escucha especialmente al Apostol, con qué familiaridad usaba esta palabra "santificación" en este sentido: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación, que sepa cada uno de vosotros poseer su propio cuerpo en santificación, no con pasión de concupiscencia. Y después: Que no nos llamó Dios para la impureza, sino para vivir en santidad. Es evidente que habla de la santidad en cuanto templanza.
 Aclarado ya lo que parecía oscuro, vuelvo al lugar en que comencé la disgresión. ¿A qué os metéis a hablar de las virtudes, los que ignoráis a Cristo, que es la virtud de Dios? Decidme: ¿dónde radica la prudencia sino en la doctrina de Cristo? ¿Dónde la verdadera justicia sino en la misericordia de Cristo? ¿Dónde la auténtica templanza sino en la vida de Cristo? ¿Dónde la verdadera fortaleza sino en la pasión de Cristo?
 Por tanto, solamente quienes están poseídos por su doctrina pueden llamarse prudentes. Justos, sólo quienes han recibido de su misericordia el perdón de sus pecados. Continentes, sólo los que intentan imitar su vida. Fuertes, sólo los que siguen valíentemente en la adversidad los ejemplos de su paciencia. Inutilmente trabaja por adquirir las virtudes quien espera conseguirlas de otro que no sea el Señor de las virtudes. Su doctrina es un semillero de prudencia; su misericordia es fruto de su justicia; su vida es un espejo de templanza; su muerte es un ejemplar de fortaleza. A él honor y gloria por siempre eternamente. Amén.
RESUMEN: los perfumes y aromas del esposo superan en mucho a los de la esposa. No existe un único perfume, sino una variedad de perfumes y aromas, propicios para cada persona según su naturaleza y el grado de intimidad con el esposo. El agua purifica. El perfume exhala sus aromas. Sus perfumes son como un manantial de agua vivificante con capacidad para curar nuestros espíritus. Es un manantial que discurre por un jardín cerrado y que se divide en cuatro arroyos: sabiduría, justicia, santificación y liberación.  Es sabiduría para su predicación, justicia para la absolución de los pecados, santificación viviendo con los pecadores, liberación por los sufrimientos que soportó en favor de los pecadores. La abundancia de sus perfumes es tan grande que  el que no perciba esta fragancia vital que se extiende por todos los lugares, y por esta falta de percepción no corre detrás de ella, o está muerto o putrefacto. Hay cuatro clases de perfumes del esposo: la sabiduría, la justicia, la santificación y la redención. Nicodemo es un ejemplo del que sigue su sabiruría. María Magdalena corría tras el aroma de la justicia. Pablo corría tras el aroma de la santificación. Tras el aroma de la redención corrían todos los mártires. Los aromas del esposo no pueden ser examinados para encontrar su composición. Lo único que debemos hacer es dejarnos llevar por ellos imitando el ejemplo del Señor Jesús. Solamente quienes están poseídos por su doctrina pueden llamarse prudentes. Justos, sólo quienes han recibido de su misericordia el perdón de sus pecados. Continentes, sólo los que intentan imitar su vida. Fuertes, sólo los que siguen valíentemente en la adversidad los ejemplos de su paciencia.

SERMÓN XXI SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES


I. POR QUÉ RAZÓN DICE LA ESPOSA: ATRÁEME EN POS DE TI.- Atráeme en pos de ti y correremos al olor de tus aromas. ¿Es que la esposa ha de ser arrastrada en pos del esposo, como si lo siguiera contra su voluntad? No todo el que es atraído es arrastrado a la fuerza. Tampoco el enfermo o debilitado o el incapaz de valerse por sí mismo vacila en que le lleven al baño o a la mesa; es el reo quien se opone a que le conduzcan al juicio o al potro. Si ella lo pide expresamente, es porque desea ser atraída; aunque no lo pediría si fuese capaz de seguir por sí misma al esposo, como lo desea. ¿Y por qué no puede? ¿Tendremos que decir que también la esposa está enferma? No sería de extrañar que cualquiera de las doncellas confesara que está enferma y pidiese que la lleve. Pero ¿a quién no le sorprenderá que la esposa, capaz de llevar consigo a otras, por ser perfecta y fuerte, necesite también ser arrastrada como si estuviese enferma o débil? ¿De quién podríamos confiar que esté sana y fuerte, si damos en conceder que está enferma la que por su singular perfección y extraordinario poder es considerada como la esposa del Señor?
 ¿Acaso no pediría esto la Iglesia cuando contemplaba a su amado subiendo al cielo, ansiando subir y entrar con él en la gloria? Puede ser muy perfecta un alma que gime en este cuerpo mortal al verse retenida en la cárcel de este mundo, encadenada por mil necesidades, atormentada por sus pecados. Pero deberá resignarse a subir lenta y penosamente, para contemplar las realidades más espirituales; y no será capaz de seguir al esposo a donde quiera que vaya. Por eso escuchamos una voz que gime llorando: ¡Desgraciado de mi!, ¿¿Quién me librará de este ser mío, instrumento de muerte? Por eso pide: Saca de la prisión a mi alma. Repita, por tanto, repita también con lágrimas la esposa: Llévame en pos de ti, porque el cuerpo mortal es lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente pensativa. ¿No lo dirá porque desea morirse y estar con Cristo? Especialmente si ve que quienes parecían necesitarle en esta vida, van ya muy adelantadas en el amor al esposo y parecen unvulnerables en ese amor. Anteriormente habían dicho: Por eso las doncellas te quieren tanto. Ahora es como si dijera: "Mira cómo te aman las doncellas y se adhieren a ti con un amor fuerte. Ya no me necesitan para nada. Así que no hay ninguna razón para que yo siga en esta vida". Por esta razón dice: Atráeme en pos de ti.
 Yo lo interpretaría así, si hubiera dicho: "Llévame a ti".
II. EN QUÉ CONSISTE SER ATRAIDO EN POS DE CRISTO Y QUIENES PIDEN O NO PIDEN ESTO.- Pero como dice en pos de ti, creo que más bien pide que le permita seguir tras las huellas de su vida, para emular sus virtudes, guardar las normas de su conducta y abrazar la perfección de su forma de vida. En todo esto necesita sobremanera una fuerza que le permita renunciar a sí misma, tomar su cruz y seguir a Cristo. Por eso precisa la esposa ser atraída, y ser atraída precisamente por aquel que dijo: Sin mi nada podéis hacer. "Sé muy bien", dice, "que no puedo llegar hasta ti en manera alguna, a no ser caminando detrás de ti: y ni siquiera esto, si tú no me ayudas. Te pido, pues, que me atraigas en pos de ti, porque: ¡Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación!, ya que llegarán a poseerte en el monte de la felicidad. 
 "Qué pocos, Señor, quieren ir en pos de ti, aunque todos desean llegar hasta ti, porque están convencidos de que a tu derecha está la alegría perpetua. Todos quieren gozar de ti, mas no todos imitarte: quieren reinar contigo, sin sufrir contigo. Tal era aquel que decía: Que mi suerte sea la de los justos, que fin sea como el suyo. Deseaba el fin de los justos, mas no sus comienzos. También los carnales añoran para sí morir como los espirituales, aunque rechacen su forma de vida: saben que la muerte de los santos es preciosa. Porque cuando se duermen sus amados, encontrarán la herencia del Señor, y dichosos los muertos que mueren en el Señor. Por el contrario, al decir del profeta, la muerte de los malvados es pésima. No se esfuerzan por buscar al que desean encontrar; desean conseguirlo, no seguirlo. 
 "No les sucede eso a quellos a los que decía: Vosotros os habéis mantenido a mi lado en las pruebas. ¡Dichosos, buen Jesús, los que han obtenido este testimonio tuyo! Ellos caminaban realmente en pos de ti con sus pasos y su corazón. Les enseñaste el sendero de la vida, porque eres camino y vida, y les dijiste: Venid en pos de mi y os haré pescadores de hombres. El que quiera servirme que me siga: y allí donde esté yo, estará también mi servidor. Por eso lo tenían a mucha honra: Mira que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. 
"Así también tu amada, dejándolo todo por ti, ansía ir siempre en pos de ti, adherirse siempre a tus huellas, seguirte a donde quiera que vayas, consciente de que tus caminos son de salvación y todos tus senderos llevan a la paz, y que quien te sigue no camina entre tinieblas. Pero te pide que la atraigas, porque tu justicia es como el monte de Dios, y no puede subir hasta allí con sus fuerzas. Te ruega que la atraigas, como acostumbras, porque nadie llega hasta ti si no le atrae tu Padre. Y a quienes atrae el Padre les atraes tú también. Lo que hace el Padre eso hace también el Hijo. Pero pide con más confianza que le atraiga el Hijo, porque es su propio esposo, al que envió el Padre por delante en calidad de guía y preceptor, para que la precediera por el camino recto y la enderezase por la senda de las virtudes, la instruyera como a sí mismo, le mostrase la calzada de la prudencia, le entregase la ley de la vida y de la bondad, y así él mismo desearía con razón su hermosura. 
 "Atráeme en pos de ti y correremos al olor de tus aromas. La razón por la que necesito que me atraigas, es que se entibió un poco en nosotros el ardor de nuestro amor, y así no podemos correr ahora con un frío que congela las aguas, como lo hacíamos ayer y en días pasados. Pero será después, cuando nos devuelvas la alegría de tu salvación, cuando vuelva el clima templado de la gracia, cuando brille de nuevo el sol de la justicia y pasen las nuebes de la prueba que ahora lo ocultan, cuando comience a esparcirse el perfume al suave soplo de la brisa dulce como antes, y se derramen los perfumes con su fragancia. Entonces correremos, correremos aspirando su aroma, porque desaparecerá la pesadez que ahora nos abruma y volverá la devoción. Ya no necesitaremos ser atraídas, pues acuciadas por su bálsamo correremos libremente. Pero ahora, entre tanto, atráeme en pos de ti.".
III. TAMBIÉN EL ESTADO ESPIRITUAL SUFRE UNA CONSTANTE MUTACIÓN, Y CÓMO IMITAMOS LA ETERNIDAD.- ¿No ves cómo el que procede guiado por el Espíritu nunca permanece en el mismo estado, ni avanza siempre con la misma facilidad, y que el caminar del hombre no depende de su poder? Se lo concede a su arbitrio la voluntad del Espíritu: unas veces más lentamente y otras veces más aprisa, le hace olvidar lo que queda atrás y lanzarse a lo que está delante. Si os fijáis bien, parece que lo que yo os digo desde fuera coincide con lo que experimentáis en vuestro interior.
 Por lo mismo, cuando te sientas afectado por la indolencia, la acedia o el tedio, no pierdas por eso la esperanza, ni desistas de tu tesón espiritual. Pide la mano del que te ayuda, instándole a que te atraiga, como hace la esposa, hasta que con el estímulo de la gracia puedas correr de nuevo más aprisa y alegre, diciendo: Corrí por el camino de tus leyes, cuando me ensaschaste el corazón. Por eso, mientras actúe la gracia, alégrate; pero no pienses que posees el don de Dios por un derecho hereditario, como si por esa seguridad llegaras a creer que no puedes perderlo jamás. No sea que de repente te suelte su mano y te prive de su don, y caiga tu ánimo abatido, excesivamente desconsolado. Y nunca exclames en plena euforia: No vacilaré jamás, para no verte obligado a decir con pena: Escondiste tu rostro y quedé desconcertado. Si eres cuerdo, tratarás más bien, como aconseja el sabio, no olvidarte de los días malos en los buenos y en el día malo te acordarás del día bueno.
 Por tanto, no te creas seguro en tus momentos de valentía: clama al Señor con el Profeta y dí: No me abandones cuando me falten las fuerzas. Consuélate en el día de la prueba y di con la esposa: Atráeme en pos de ti y correremos al olor de tus aromas. Así no te abandonará la esperanza en la adversidad, ni te fallará la providencia en la prosperidad. Tanto la prosperidad como la adversidad, mudables a cada paso, te servirán para formarte cierta imagen de la eternidad, esa inviolable e inconlusa igualdad uniforme de espíritu, bendiciendo al Señor en todo tiempo. Por ello, incluso en los acontecimientos angustiosos y en los desfallecimientos inevitables de este mundo vacilante, reivindicarás para ti un estado perenne de cierta inconmutabilidad, cuando comiences a renovar y reformar tu antigua y sublime semejanza del Dios eterno, para quien no existen fases ni periodos de sombra.
 Pues así como él es en sí mismo, lo serás tú en este mundo: no temerás la adversidad, ni te relajarás en la prosperidad. Esto es, repito, lo que esa noble criatura, hecha a imagen y semejanza del que la creó, indica que está próxima a recuperar: la dignidad de su antigua gloria. Está convencido de que para ella es indigno amoldarse a este mundo caduco. Y siguiendo el pensamiento de San Pablo, se esfuerza por ir transformándose en la nueva mentalidad, dentro del estado en que fue creada al principio. Así, como es justo, obliga a este mundo -creado para ella- a que cambie de dirección y a que de un modo maravilloso se adapte a ella, y todos los seres empiecen a cooperar para su bien. Así recuperan en algún sentido su forma propia y natural, abandonan sus actitudes degeneradas y reconocen a su Señor, a cuyo servicio fueron creadas.
IV. COMO LOS IMITADORES DE CRISTO LO ATRAEN TODO HACIA SI.- Según esto, pienso que aquellas palabras pronunciadas por el Unigénito acerca de sí mismo -cuando le levanten de la tierra tirará de todos hacia él-, pueden apropiárselas todos sus hermanos: los que eligió destinándolos a que reprodugeran los rastos de su Hijo, para que éste fuera el mayor de una multitud de hermanos. Así que yo puedo tener la osadía de decir que cuando sea levantado de la tierra atraeré todos los seres hacia mí. Porque no me apropio temerariamente las palabras de mi hermano, de cuya semejanza me ha revestido.
 Si es así, no piensen los ricos de este mundo que los hermanos de Cristo poseen solamente el cielo, porque escucharon estas palabras: Dichosos los que eligen ser pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Repito que no pueden pensar que sólo gozan de las realidades celestiales, porque esto es lo único que se les promete. Poseerán también las terrenas, sin tener nada; lo poseen todo y no mendigan como pordioseros, porque son dueños como señores y ciertamente más señores cuanto menos ambiciosos. El mundo entero con sus riquezas pertenece al hombre de fe. Todo absolutamente, porque tanto lo próspero como lo adverso, le sirve igualmente y coopera en todo para su bien.
 Por eso el avaro hambrea lo terreno como un mendigo; pero el creyente lo desprecia como señor. Uno mendiga lo que posee; el otro atesora lo que desprecia. Pregunta a cualquiera de esos que codician con un corazón insaciable el lucro material, qué sienten respecto a los que venden lo suyo para entregarlo a los pobres y compran así el reino de los cielos con un precio perecedero. Pregúntales a ver cómo obran y te contestarán sin duda: "cuerdamente". Pregúntales también por qué no hacen eso que aprueban. "No puedo", responderán. ¿Por qué? Sin duda porque no se lo permite la avaricia que los domina; porque no son libres; porque no son suyas las cosas que creen poseer; porque no se pertenecen ni a sí mismos.
 "Si realmente fuesen tuyas, inviértelas en el gran negocio de cambiar lo terreno por lo celestial. Si no eres capaz, reconoce que no eres dueño de tus riquezas, sino esclavo; su depositario, no el amo. En una palabra, vives al dictado de tu capital, como el criado ante su señora; él se ve obligado a alegrarse en su prosperidad y a condolerse con sus infortunios; y tú, cuando aumentan sus riquezas, aumenta tu satisfacción, y cuando disminuyen quedas abatido. Te hundes en la tristeza cuando se agotan, y cuando suben tus habers te inflas de soberbia". Esto es lo que dice.
V. POR QUÉ DICE ATRÁEME EN SINGULAR Y CORREREMOS, EN PLURAL.- Nosotros, empero, tratemos de emular la libertad y la estabilidad de la esposa que, bien enterada de todo y con su corazón iniciado en la sabiduría, sabe vivir con estrechez y sabe nadar en la abundancia. Cuando pide que le atraiga el esposo, descubre su necesidad, no de riquezas, sino de virtudes. Y cuando se consuela con la esperanza de que volverá la gracia, da muestras de su indigencia, pero no de su desconfianza.
 Por eso dice: Atráeme en pos de ti y correremos al olor de los aromas. ¿Cómo nos extraña que sienta necesidad de que le atraigan, si corre tras un gigante, si intenta abrazar al que salta sobre los montes, brincando por los collados? Su palabra corre veloz. Y ella no puede seguirle ni competir con su agilidad, porque sale como un héroe a recorrer su camino: no puede valerse de sus fuerzas, y por eso pide que le atraiga diciendo: "Estoy cansada, me he agotado; no me abandones, atráeme en pos de ti, no sea que intente andar errante tras otros amantes, no sea que corra sin rumbo fijo. Atráeme en pos de ti, pues más me vale que me atraigas y me provoques como sea, aterrándome con tus amenazas o probándome con castigos; pero no me dejes en mi frialdad, no me abandones en mi falsa seguridad. Atráeme aun a pesar mío y después te seguiré voluntariamente; atráeme incluso paralizada y me devolverás la agilidad.
 Algún día no necesitaré que me atraigas, porque correremos amorosamente con toda presteza. No correré yo sola, aunque haya pedido que me atraigas a mi sola: también correrán conmigo las doncellas. Correremos juntas, correremos a la par; yo por el aroma de tus perfumes y ellas movidas por mi ejemplo y mis insistencias. Sí, correremos todas al olor de tus aromas". La esposa cuenta con estas imitadoras suyas, como ella imita a Cristo. Por eso no dice en singular: "Correré", sino Correremos.
 Pero surge una cuestión: ¿por qué cuando pide que le atraiga, por la misma razón no incluyó a las doncellas, diciéndo: "Atráenos", en vez de Atráeme? ¿Es que la esposa necesita que le atraiga, y las doncellas no? "Tú que eres tan bella, tan dichosa y tan afortunada, muéstranos la razón de esta diferencia". -Atráeme, dice-. "¿Por qué a mí y no a nosotras?" ¿Es que sientes envidia de que nosotras participemos también de esta dicha? De ningún modo, porque no habrías añadido inmediatamente que las doncellas correrán contigo, si hubieses pretendido ir tú sola en pos del esposo. ¿Por qué entonces añades en plural correremos y pides en singular atráeme? "La Caridad", contesta,  "así lo pedía".
VI. DEL DOBLE AUXILIO DE LA CORRECCIÓN Y DEL CONSUELO.- "Aprende por esto que acabo de decirte que en la vida espiritual debemos esperar una doble ayuda: la correccion y el consuelo. La primera actúa desde fuera; éste nos visita interiormente. Aquella reprime la insolencia; éste provoca la confianza. La primera engendra humildad; el segundo consuela cuando desfallece el ánimo. Una hace cautos; el otro devotos. Instruye aquélla con el temor de Dios; y éste suaviza el temor mismo, infundiendo el gozo espiritual, según está dicho: Alegra mi corazón entero en el temor de tu nombre; servid al Señor con temor; rendidle homenaje temblando.
 "Somos atraídos cuando nos prueban las tentaciones y tribulaciones; corremos cuando, al visitarnos las consolaciones interiores y las inspiraciones, aspiramos la fragancia del perfume. Por es, lo que parece áspero y duro me lo reservo para mí, como si fuera perfecta, sana y fuerte, diciendo en singular: atráeme. Lo que es suave y dulce, te lo entrego a ti como si fuese débil, y digo: Correremos. Sé muy bien que las doncellas son tiernas y delicadas, menos hechas a sufrir la tentación. Quiero que vayan conmigo, pero no que sean atraídas conmigo, porque quiero que sean mis compañeraqs en el consuelo, no el el sufrimiento. ¿Por qué? Porque son débiles y me temo que desfallezcan, que sucumban. Corrígeme a mí, esposo mío, fatígame, pruébame, atráeme en pos de ti, porque yo estoy dispuesta a cualquier sufrimiento y me siento con fuerzas para soportarlo.
"Por lo demás, corramos juntas; aunque sea atraída yo sola, corramos juntas. Corramos, corramos, pero al olor de tus aromas, no fiándonos de nuestros méritos. Tampoco confiamos correr por nuestra extraordinaria fuerza, sino por la bondad de tu gracia. Si alguna vez corrimos voluntariamente, no fue porque así lo quisimos y nos afanamos, sino por Dios, que tuvo misericordia. Vuelva esa misericordia y correremos.Tú corres por tu fuerza, como gigante irresistible; nosotras no correremos, si tus areomas no se esparcen. Tú, a quien el Padre ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros, corres por esa misma unción; nosotras correremos al olor de tus aromas. Tú en plenitud, nosotras tras el aroma de su perfume".
 Ha llegado el momento de cumplir lo que os prometí: exponeros ampliamente el tema de los aromas del esposo. Pero lo impide la extensión de este sermón; por tanto, lo dejo de momento, porque una materia tan densa no puede resumirse en pocas palabras. Rogad al Señor de la unción que se digne recibir con agrado la alabanza espontánea de mis labios, para dar a conocer a vuestros corazones la memoria de su inmensa bondad, que permanece en el Esposo de la Iglesia, Jesús, Cristo nuestro Señor.

RESUMEN Y COMENTARIO
La esposa (la Iglesia) sigue a Cristo, pero le pide que le ayude con sus aromas, pues es duro sobreponerse a las tentaciones e incertidumbres de todo cuerpo mortal. La Iglesia debe seguir a Cristo renunciando a sí misma. Las personas carnales ansían llegar a la muerte como llegar los espirituales, pero no aceptan las privaciones y la lucha espiritual durante su vida terrena. Pide con más confianza que le atraiga el Hijo, porque es el que envió el Padre en calidad de guía y preceptor. Trata de dejarte llevar por los aromas del Altísimo y así superarás los avatares de la prosperidad y la adversidad, esperando la estabilidad en Cristo que es propia de la eternidad de los justos. No creamos que a los que renuncian a la riqueza se les dará consuelo más allá de la muerte. Recibirán la verdadera riqueza ya durante esta vida mortal, pues no dependerán del capricho de la fortuna y las variaciones de los negocios. En otras palabras, disfrutarán plenamente de los bienes que Dios deja al alcance del ser humano. El salmo dice "atráeme" (singular) y correremos refiriéndose al conjunto de los creyentes (la Iglesia) y en cambio "correremos detrás de tu perfume", utilizando el plural. De alguna forma, por caridad, deja lo más difícil par la santa Iglesia que a todos une y lo más fácil para todos los seres que correremos unidos. En la vida podemos esperar corrección (basado en el temor de Dios) y consuelo (basado en su misericordia). Para la Iglesia dejamos la corrección. Para las doncellas el consuelo. Si podemos correr tras los perfumes es sólo por la gracia de Cristo.

SERMÓN XX SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES


SERMÓN XX. SERMONES SOBRE EL CANTAR DE LOS CANTARES
I. COMO SE ENCIENDE AL MÁXIMO EL AMOR AL SEÑOR JESÚS.
Comenzará este sermón con aquellas palabras del Maestro: "El que no ame al Señor Jesús, sea un separado". Debo amarle con todo mi ser: gracias a él existo, vivo y saboreo las cosas. Mi ingratitud sería algo indigno. Es reo de muerte, Señor Jesús, el que se niegue a vivir para ti: de hecha ya ha muerto. Quien no te aprecie, ha perdido el juicio; el que se empeña en no existir para ti, se derrite en la nada, es pura nada. Pues, ¿qué es el nombre sino lo que tú le concediste? Tú, Dios, lo hiciste todo para ti y el que pretenda ser para él mismo y no para ti, se inicia ya aquí en la nada. "Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre". Luego si eso es ser hombre, sin eso el hombre se reduce a la nada. Doblega anti ti, Señor, este insignificante ser que te has dignado concederme. Te pido que acojas la ofrenda del resto de mis años, que me quedan en esta vida llena de miserias. No desprecies, Dios mío, este corazón contrito y humillado, por todos los años que perdí viviéndolos perdidamente.
 Mis días son como una sombra que se alarga; transcurrieron en la esterilidad. Ya no puedo recuperarlos; permíteme rumiarlos ante ti con amargura de mi alma. Todas mis ansias están en tu presencia, no se te ocultan mis gemidos. Tú sabes que por escasa que fuese mi insensatez, la reservaría para ti. Pero tú, Dios,  conoces mi insensatez, a  no ser que quizá el mero hecho de reconocerla, aunque sea un don tuyo, sea ya un atisbo de sabiduría. Auméntala tú; mucho te lo agradeceré por insignificante que sea, y me esforzaré por adquirir lo que me falta. Por todo esto que me has concedido, yo te amo cuanto puedo.
 Pero hay algo que me conmueve más, me apremia más y que inflama todavía más: es, buen Jesús, el cáliz que bebiste; la obra de nuestra redención. Ella reclama sin duda, espontáneamente, todo nuestro amor. Cautiva toda la dulzura de nuestro corazón, le exige con la justicia más estricta, le compromete con mayor rigor y le afecta con mayor vehemencia. Porque le exigió muchos sufrimientos al Salvador. No le costó tanto la creación del universo entero: él lo dijo, y existió; él lo mandó y surgió. Pero ahora tendrá que soportar a cuantos se oponen a su doctrina, a los que espían sus obras, a los que le insultan entre tormentos y lo vituperan por su muerte. Mira cómo amó. No olvides que su amor no fue mera devolución, sino una entrega total.
¿Quién le ha prestado para que le devuelva? Como dice el Evangelista Juan, no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque él nos amó primero. Amó a quienes aún no existían, y amó incluso a los que rechazaban su amor. Así lo afirma la autoridad de Pablo: Cuando éramos enemigos de Dios, nos reconcilió con él por la muerte de su Hijo. Si no hubiese amado a sus enemigos no los tendría por amigos; como tampoco existirían aquellos a quienes amó de esta manera, si no los hubiese amado antes. 
II. SOBRE LOS TRES MODOS CON QUE EL SEÑOR JESÚS NOS DEMOSTRÓ SU AMOR.
 Amó, pues, tiernamente, sutilmente, valientemente. Digo que su amor fue tierno, porque se vistió con nuestro cuerpo; sutil, porque canceló la culpa; valiente, porque arrostró la muerte. Pero a quienes visitó en la carne, nunca los amó carnalmente, sino en la prudencia del espíritu. Pues el aliento del ungido del Señor es el aliento de nuestra boca. Tuvo celos de nosotros, pero celos de Dios, no humanos; un amor más puro que el del primer Adán a Eva su mujer. Nos buscó en la carne, nos amó en el espíritu, nos rescató valerosamente. Contemplar al Creador del hombre haciéndose hombre, nos embarga con un inmenso consuelo de máxima ternura. Pero cuando cautamente alejó de la culpa a su naturaleza, arrojó vigorosamente de esa naturaleza a la muerte. Cuando asume la carne, se rebaja a su nivel; evitando toda culpa, defendió su dignidad; aceptando la muerte, satisfizo al Padre. Y fue amigo entrañable, consejero prudente, defensor poderoso.
 Me fío totalmente de quien quiso, supo y pudo salvarme. Al que buscó, también lo llamó con su gracia; ¿y echará fuera a aquien vaya hacia él? No me atemorizo ante violencia o fraude alguno que pretendan arrancarme de sus brazos. Porque él pudo derrotar a la muerte, la invasora universal. Y más inteligente y poderoso, venció con una sagacidad más justa a la serpiente, seductora del mundo. Asumió realmente la carne y la apariencia del pecado; así mostraba por una parte la dulzura de su consuelo al débil, y por otra ocultaba sutilmente al diablo la trampa de su engaño. Para reconciliarnos con el Padre, se entregó y dominó valerosamente a la muerte, derramando su sangre como precio de nuestro rescate. Si no me hubiese amado con tal ternura, no me habría buscado su majestad en mi cárcel; pero unió el amor con la sabiduría para engañar al tirano; lo unió a la paciencia para aplicar la ofensa a Dios Padre.
III. SOBRE LAS TRES MANERAS COMO DEBEMOS ASCENDER AL AMOR DEL SEÑOR JESÚS.-
Tal como os prometí, os he mostrado cómo debe ser el amor; mas primero os lo he descrito en Cristo, para que lo valoréis más.
 Aprende de Cristo, cristiano, cómo debes amar a Cristo. Aprende a amar entrañablemente, amar cautamente, amar valerosamente: entrañablemente, para que, seducidos no nos arranquen del amor de Dios; cautamente, para que decepcionados no nos alejemos de él; valerosamente, para que, violentados, no nos aparten de su amor. Sea la sabiduría de Cristo tu mayor dulzura, para que no te arrastre ni la gloria del mundo ni los placeres carnales.
 Sea la luz de Cristo tu verdad, para que no te engañe el espíritu de la mentira o del error. Sea tu fuerza el poder de Cristo, para que no te canses en tus tribulaciones. Que el amor inflame tu celo, lo informe la ciencia y lo confirme la constancia. Sea tu amor ferviente, recatado, invulnerable. No conozca la apatía, ni carezca de discreción, ni sea tímido. Considera que la ley te exige estas tres cosas, cuando duce: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas sus fuerzas". Si no surge otra interpretación más acertada de esta triple distinción, yo creo que el amor del corazón se refiere al celo del afecto, el amor del alma a la sutileza o juicio de la constancia y su entereza.
 Ámale, pues, al Señor, con todo el afecto de tu corazón entero; ámale con toda la atención de tu mente circunspecta; y ámale con todas sus fuerzas, sin que te atemorice morir por su amor, como se nos dice en estas palabras: "Es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo". Sea el Señor Jesús tierno y dulce para tu afecto. Así neutralizará la seducción halagadora y torpe de la vida, y una dulzura sobrepasará a la otra, como un clavo extrae otro clavo. Sea también Jesús luz previa de su entendimiento y guía de su razón: para precaverte contra los lazos de la engañosa herejía, manteniendo la fe limpia de su malicia, y para evitar cautamente la excesiva e indiscreta vehemencia de tu vida.
 Sea tu amor fuerte y constante, para que no huya ante tus temores, ni se desmorone por los sufrimientos. Amemos, por tanto, afectuosamente, recatadamente, valerosamente. Seamos conscientes de que el amor del corazón, llamado afectivo, sin el amor que asignamos al alma, es sí, muy dulce, pero puede ser engañado; a su vez, el amor del alma sin un amor fuerte será racional, pero frágil.
IV. EL EJEMPLO DE LOS APÓSTOLES PARA DEMOSTRAR ESTE AMOR
Considera ahora los ejemplos que confirman con toda evidencia lo que hemos afirmado. Los discípulos acogieron muy mal las palabras de Jesús, cuando les anunció su ascensión y les dijo: Si me amarais, os alegraríais de que me vaya con el Padre. Por tanto, ¿debemos concluir que no le amaban a él si les apenaba tanto su ausencia? En cierto sentido le amaban y no le amaban. Le amaban afectivamente, pero sin cautelas; le amaban carnalmente, pero sin discernimiento; le amaban con todo el corazón, pero no con toda el alma. Su amor era un obstáculo para su propia salvación. Por eso les decía: Os conviene que yo me vaya, reprochándoles su falta de juicio, no su afecto. Asimismo, cuando les hablaba de su muerte, Pedro se obstinaba en oponerse a ello y, como sabéis, le respondió increpando a quien le amaba tiernamente. ¿Por qué le reprendió sino por su imprudencia? Cuando le decía: Tu idea no es la de Dios, ¿acaso no venía a decirle: no amas juiciosamente, porque te dejas llevar de un afecto humano y te opones al plan de Dios? Y lo llamó Satanás, pues el que se opone a que muera el Salvador rechaza, aun sin saberlo, la salvación.
 Por eso, después de ser amonestado, no se opuso a su muerte cuando volvió a mencionarla; incluso le prometió que moriría con él. Pero no lo hizo, porque aún no había llegado a ese tercer grado de amor por el que se ama con todas las fuerzas. Sabía ya que se debe amar con toda el alma, pero aún era débil; no le faltaba conocimiento, pero careció de ánimo; no se le ocultó el misterio, pero temía el martirio. No fue su amor fuerte como la muerte, pues sucumbió ante la muerte. pero si poco después, una vez ceñido del poder de lo alto, prometido por Jesucristo. Entonces comenzó a amar con tal valor, que cuando el Consejo le prohibió predicar el santo nombre, respondió obstinadamente: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Amó con todas sus fuerzas y expuso su vida por el amor. Porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, y aunque entonces no la dio, al menos la expuso. 
V. DEL AMOR DEL CORAZÓN, QUE EN CIERTO MODO ES CARNAL, Y CUAL ES SU MEDIDA
 Por tanto, el amor consiste en amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, sin dejarse arrastrar por la adulación, ni seducir por el engaño, ni abatir por las injurias.
 Observa, sin embargo, que el amor del corazón es en cierto sentido carnal, porque se siente afectado más por la carne de Cristo y por lo que Cristo hizo o mandó a través de su carne. Poseído por este amor, el corazón se conmueve enseguida por todo lo que se refiere al Cristo carnal. Nada escucha más a gusto, nada lee con mayor afán, nada recuerda con tanta frecuencia, nada medita más dulcemente. Por eso la oblación de su plegaria se asemeja a las víctimas hermosas y cebadas. Siempre que ora tiene ante sí la imagen del Hombre Dios que nace y crece, predica y muere, resucita y asciende; todo cuanto le ocurre impulsa necesariamente su espíritu al amor de las virtudes, o arranca los vicios sensuales, ahuyenta sus hechizos y serena los deseos.
 Yo creo que esta fue la causa principal por la que el Dios invisible se manifestó en la carne y convivió como hombre entre los hombres: ir llevando gradualmente hacia el amor espiritual a los hombres que, por ser carnales, sólo podían amar carnalmente, y guiar así sus afectos naturales al amor que salva. ¿Acaso no se encontraban en ese nivel aquellos que le decían: Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido? Efectivamente, todo habían dejado por el amor de su presencia corporal. Hasta el punto que no fueron capaces de escucharle siquiera, cuando les predijo que los salvaría con su pasión y muerte. Más tarde, tampoco pudieron contemplar la gloria de su ascensión sino con profunda tristeza. Así se lo decía: La tristeza os abruma porque os he dicho todo esto. Como vemos, sólo la gracia de su presencia corporal les arrancó de todo otro amor carnal. 
 También les indicaba un nivel más elevado del amor, cuando les dijo: Sólo el espíritu da vida; la carne no sirve para nada. A ese nivel pienso que llegó aquel que decía: Aunque antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no. Posiblemente esta misma era la posición del Profeta: El Cristo del Señor nos ilumina con su Espíritu. Me parece además que la frase siguiente: A su sombra viviremos entre los pueblos, la añadió para aplicarla a los incipientes, para que al menos descansen a su sombra los que se sienten menos capaces de soportar el calor del sol; para que se nutran de la dulzura carnal, mientras no pueden percibir las realidades del Espíritu de Dios. En mi opinión, la sombra de Cristo es su propia carne, con la que cubrió también a María; como un velo que la resguardaba del calor y del resplandor del Espíritu. El que no posee aún el Espíritu que da vida, se consuela provisionalmente con la devoción a su carne humana, al menos en el grado que lo poseen aquellos que dicen: El Cristo del Señor nos ilumina con su Espíritu; y aquellos que exclaman: Aunque antes conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no. Mas por otra parte, tampoco se puede amar a Cristo según la carne sin el Espíritu Santo; con todo, ese amor no llega a la plenitud.
 La medida de ese amor consiste en que llena todo el corazón con su dulce suavidad hasta poseerlo plenamente, desechando de él todo otro amor o seducción carnal. Esto equivale a amar con todo el corazón. De lo contrario, podría preferir a la carne de mi Señor cualquier otro parentesco o complacencia, que me impedirían cumplir todo lo que él enseñó de palabra o de obra, mientras vivía en la carne mortal. ¿Y no sería esto una evidencia de que no amo con todo el corazón? ¿No tendría partido el corazón, dándole una parte para él, mientras con la otra me vuelvo hacia mí mismo? Por eso dice: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Por tanto, y en pocas palabras: amar con todo el corazón consiste en preferir el amor de su sacrosanta carne a cualquier otra cosa que halague a la propia carne o a la de otro. Me refiero también a la gloria del mundo, porque la gloria del mundo es gloria de la carne y aquellos que se complacen en ella son sin duda carnales.
VI. Y aunque esta devoción a la carne de Cristo es un don y un don grande del Espíritu Santo, a este amor yo le llamaría carnal con relación a aquel amor por el que se saborea, no ya al Verbo hecho carne, sino al Verbo sabiduría, al Verbo justicia, al Verbo verdad, al Verbo santidad, piedad, poder o cualquier otra realidad que a él se puede atribuir. Porque todo esto es Cristo, que se hizo para nosotros saber que viene de Dios, justicia, santidad y liberación. ¿O crees que todos actúan impulsados por un mismo afecto? Sucede, por ejemplo, que uno siente compunción y compasión por la pasión de Cristo, se conmueve ante el recuerdo de todo cuanto padeció, se embriaga con la dulzura de esta devoción y saca fuerzas para toda obra salvífica, honesta y piadosa. 
 Otro, en cambio, arde siempre por el celo de la justicia, emula en toda ocasión lo verdadero, siente ansias por alcanzar la sabiduría, ama la santidad de vida y la moral de sus costumbres, se avergüenza de toda jactancia, aborrece la detracción, desconoce la envidia, detesta la soberbia, no sólo huye de toda gloria humana, sino que le fastidia y la desprecia, abomina extremosamente y persigue en sí mismo toda impureza de la carne y del corazón, desecha con toda naturalidad todo mal y se adhiere a todo lo que es bueno. Si cotejas entre sí estos dos modos de amar, ¿no descubres claramente que aquel primero comparado con este otro ama como carnalmente?
 Pero es bueno este amor carnal mediante el cual se excluye la vida carnal, se desprecia y se vence al mundo. Si es racional, es provechoso; se perfecciona cuando se vuelve espiritual. Y será racional, si en todo lo que debemos sentir de Cristo, se mantienen con tal firmeza las bases de la fe, que ninguna apariencia de verdad, ninguna desviación herética o diabólica serán capaces de apartarnos jamás de sentir limpiamente con la Iglesia. Esa misma cautela debemos observar en la propia conducta, de modo que nunca se sobrepase el límite de la discreción con ninguna clase de superstición, ligereza o vehemencia del fervor, bajo pretexto de una mayor devoción. 
 Ya hemos dicho más arriba que esto implica amar a Dios con toda el alma. Amaremos con todas las fuerzas y el amor será espiritual, ci con la ayuda del Espíritu llega a tal vigor que no se abandona la justicia, ni por la coacción de los sufrimientos o tormentos, ni siquiera por miedo a la muerte. Creo que merece ser llamado especialmente así, porque goza de esa prerrogativa que es su característica: la plenitud del espíritu. Demos ya por expuesto suficientemente lo que dice la esposa: Por eso las doncellas te quieren tanto. Con respecto a lo que nos resta, dígnese abrirnos los tesoros de su misericordia aquel a quien están confiados, nuestro Señor Jesús, Cristo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por siempre eternamente. Amén. 


RESUMEN Y COMENTARIO
Debemos amar al Señor con todo nuestro ser y con total entrega. Nos demostró su amor de tres formas distintas:
-Tiernamente, vistiéndose de nuestro cuerpo.
-Sutilmente, porque canceló la culpa.
-Valientemente porque se enfrentó a la muerte.
Entrañablemente, para que, seducidos no nos arranquen del amor de Dios.
Cautamente, para que decepcionados no nos alejemos de él.
Valerosamente, para que, violentados, no nos aparten de su amor.
Resultaba difícil, para Pedro,  aceptar la desaparición de Cristo en su forma carnal. El verdadero amor va acompañado de renuncia a toda apariencia y se basa en el  acercamiento al espíritu de Dios. Pero ese Cristo carnal es de una gran utilidad en las fases iniciales porque nos aleja del materialismo de la carne y nos acerca a una carne "espiritualizada". 
 En el nivel más básico se siente a Cristo como compasión y piedad por sus padecimientos. En el grado más avanzado se le siente como justicia, santidad y liberación. Es el Verbo encarnado.