EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 30 de noviembre de 2013

LOS PECES PUROS. EN EL NACIMIENTO DE SAN ANDRÉS



1. Estamos celebrando el triunfo glorioso de San Andrés, y al escuchar con palabras de gracia nos inunda el júbilo y la alegría. Es imposible entristecerse viéndole a él tan alegre. Ninguna de nosotros ha sentido lástima del que así sufría, ni se le ocurrió llorar al verle tan jubiloso. En es caso nos hubiera repetido lo mismo que dijo el Salvador, cargado con la cruz, a los que le seguían y lloraban: Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mi; orad por vosotras. Por otra parte, cuando llevaban al bienaventurado Andrés al pabíbulo, el pueblo quiso impedir que le ajusticiaran, porque les dolía ver condonado injuntamente a un hombre inocente y santo. Pero él les disuadió con todas sus fuerzas que no le privaran de la corona y del martirio.
 Su único objeto era morir y estar con Cristo, y que esto se realizara en la cruz, el sueño de su vida. Quería entrar en el reino, pero por el patíbulo. Oigamos sus intimidades con su amada: "Por ti me reciba el que por ti me redimió". Si le amamos, gocémonos con él, no sólo por haber recibido la corona, sino por haber sido crificicado; porque el Señor le ha concedido el deseo de su corazón y ha puesto en su cabeza una corona de oro fino. A la vez que nos alegramos con él porque ya goza del abrazo tan asiado de la cruz, no podemos menos de quedarnos asombrados ante esta alegría que compartimos.
2. Mientras nos deleitábamos esta noche en las vigilias cantando estos gritos de gozo, estoy cierto que más de uno se hacía estas reflexiones: "¿Qué sentido tiene esto? ¿Cuál es la raíz de semejante laegría? ¿Por qué valorar tanto la cruz, amarla de ese modo y regocijarse así con ella? Así es, hermanos. Para el hombre sabio el árbol de la cruz siempre engendra vida, produce tozo, destila óleo de alegría y transpira bálsamo de carismas espirituales. No es un árbol silvestre: es un árbol de vida para los que la toman. Un árbol muy fecundo; en caso contrario no estaría en el campo del Señor.
 Me refiero a esa tierra sagrada a la que está tan fuertemente amarrado con las raíces de los clavos. Si no fuera el árbol más hermoso y fecundo de todos, jamás se le hubiera plantado en aquel huerto, ni dentro de aquel viñedo. A mí no me extraña que la cruz produzca dulzura, pues eso mismo brotó también del fuego. Si la llama se dulcifica, es normal que la cruz sea sabrosa. ¿A qué le sabía a Lorenzo el fuego cuando se reía de los verdugos y se burlaba del juez?
 ¿Cuál es nuestra actitud? ¿Por qué no nos deleitamos en las tribulaciones padecidas por Cristo y nos saben a exquisito maná? El diablo quedaría entonces completamente derrotado y ya no podría reclamarnos nada. Bastaría esto para compensar la doble malicia del enemigo.
3. Porque ese malvado tiene sus redes y dardos. Es un astuto cazador de hombres, que está sediento de la sangre de las almas. A unos les echa con habilidad los dardos de cualquier sugerencia, y de ese modo hiere a los que tienen poca paciencia. A otros les echa la red del placer, y atrapa a toda esa gente que se arrastra por la tierra o revolotea a ras de ella.
 Pero si nos gozamos en la tribulación el enemigo se queda totalmente desarmado y desconcertado. Nos hemos liberado de la red del cazador y de la ponzoña de sus consejos. El enemigo será incapaz de vencerle, sugiriéndole placeres carnales, a quien se complace en la cruz de Cristo. Y el malvado no le hará daño alguno cuando intente inquietar su espíritu con sentimientos de amargura.
 El que sabe alimentarse con ayunos no sueña en banquetes, y menos aún murmurará de lo que es su mejor manjar. Se refugia en el Altísimo, y allí no llegan las redes ni los dardos del enemigo. Es un pez puro, con escamas y aletas. Y si es inútil tender una red a los animales alados, se pierde el tiempo arrojando saetas a las escamas de las corazas. La Ley establece que son peces puros los que se mueven con aletas y están cubiertos de escamas, sean de mar, de río o de estanque.
 Sí, este mar inmenso y dilatado tiene muchos peces puros, diagnos de la mesa del Señor. De los que viven inmersos en la vida y costumbres del mundo se ha reservado muchos millares. La red apostólica los coge en sus mallas y cuando vuelve al puerto los separa de los malos. Allí estará, sin duda alguna, este gran pescador de hombres que arrastra tras de sí a la Acaya entera.
 También el río cría peces puros: son los administradores honrados. El río simboliza a todo ese conjunto de predicadores que no permanecen fijos en un lugar, sino que se mueven en todas direcciones para regar todos los campos. Y existen también muchos peces puros en los estanques: los que sirven a Dios en el claustro, en espíritu y virtud. Está muy bien comparar los monasterios con los estanques, pues sus moradores son unos peces encarcelados que no pueden corretear libremente y están siempre disponibles para el banquete espiritual. Tienen esta obsesión: "¿Cuándo vendrán por mí? Cada día de mi servicio, espero que llegue mi traslado.
4. Según la Ley son puros todos los peces que tienen escamas y aletas, sean de mar, río o estanque. Aunque tienen muchas escamas, todas forman una sola coraza; es decir, la virtud de la paciencia es siempre la misma, aunque se manifieste de distinta manera en cada tribulación. Y si las escamas simbolizan la paciencia, creo que las aletas nos hacen pensar en la alegría del espíritu. Porque la alegría eleva y sostiene: el hombre alegre parece que está dando saltos. Ahora bien, si buscamos dos alas, necesitamos una doble alegría. Y en este sentido nos dice el Apóstol, cuyas alas eran capaces de cruzar el cielo y llegar hasta el paraíso, que estemos orgullosos con la esperanza de las tribulaciones.
 ¡Qué alto vuela quien se deleita en la esperanza de los bienes futuros y se recrea y gloria en la prueba de los males presentes! Esto es lo que encontramos, admiramos y pregonamos en este santo Apóstol.
5. Aquí podemos distinguir tres grados distintos: los que comienzan, los que adelantan  y los perfectos. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor; en medio está la esperanza; y la caridad es la cumbre. Lo dice el Apóstol: La plenitud de la Ley es el amor. El que comienza a caminar, apoyado en el temor, soporta con paciencia la cruz de Cristo. El que avanza, en alas de la esperanza, la lleva con gusto. Y el que vive del amor, abraza apasionado. Este es el único que puede decir: "Estoy enamorado de ti y ardo en deseos de abrazarte".
 ¡Qué inmensa distancia entre esta exclamación y la del que soporta la cruz pero prefiere no haber llegado a ese trance! Y si permitís mi atrevimiento, también está muy por encima de aquella otra súplica: ¡Padre, si es posible pase de mí este cáliz!  Pocos días antes paseó sentado sobre un asno para dar en rostro a sus enemigos. Y ahora percibo que el capitán de la guerra encarna en sí el temor de los cobardes; en el médico siento los gemidos del enfermo y veo que la gallina es tan frágil como los polluelos. Considero su amor, admiro su misericordia y me estremece su compasión. El Señor misericordioso no quiso asumir esa actitud de fortaleza de San Andrés, porque los sanos no necesitan médico sino los enfermos. Y si alguno se escandaliza ante semejante condescendencia, merece aquella otra respuesta ¿Ves tú con malos ojos que yo sea generoso? A éste el aroma de vida le causa la muerte. 
6. ¿Hubiera llamado la atención, Señor Jesús, si al acercarse tu hora te hubieras mostrado intrépido, dando libremente tu vida sin que nadie fuera capaz de quitártela? ¿No fue más glorioso, ya que todo lo hacías para nuestro bien, que soportaras por nosotros el tormento corporal y la agonía del corazón? De ese modo tu muerte sería nuestra vida, tu debilidad nuestra fortaleza, tu tristeza nuestro gozo, tu repugnancia nuestro entusiasmo, tu angustia nuestra paz y tu abandono nuestro consuelo.
 En el momento de resucitar a Lázaro se estremeció en su espíritu y se alteró. En ese momento se estremeció voluntariamente, no por coacción natural. Ahora, en cambio, oigo otra cosa muy distinta. Tanto le dominó el amor que es tan fuerte como la muerte, que tuvo que confortar a Cristo un ángel de Dios. ¿Quién a quién? A aquel que en su nacimiento se le abrió de par en par el seno cerrado de la Virgen; al que con un simple gesto convirtió el agua en vino; al que tocó la lepra y la disipó; al que el mar sostuvo sereno sobre sus aguas a cuya palabra resucitan los muertos. Para decirlo brevemente, al que sostiene el universo con la fuerza de su palabra, al qui hizo todo y por el cual todo subsiste, incluso los mismos ángeles. ¿Que más puedo decir de él? No me admiraría tanto si no fuera completamente inefable. Ni el mismo que le anima era capaz de comprender su majestad.
7. ¿A quién consolabas, ángel de Dios? ¿Ignorabas, acaso, quién era aquel a quien venías a consolar? Es el auténtico consolador, el verdadero abogado. Porque si él no fuera abogado no hubiera dicho que el Padre enviaría otro abogado. Yo estoy convencido que es el abogado supremo, porque está muy cerca de los atribulados. Ahora ya no desespero, Señor, aunque me parezca que sufro una pena terrible, aunque me vea tan débil y desee que pase de mí este cáliz. No desespero, no; añado lo mismo que él: No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. 
 Él me ha enseñado también a no buscar consuelos humanos y caducos, sino angélicos, espirituales y celestes. Prometo no volver a quejarme, porque eso me separaría de ti, si no me arrepiento al instante. Acepto la prueba, aunque sé que también necesito el consuelo. ¿Qué has podido desear? Si reconozco mi voz en la del Salvador, tengo asegurada mi salvación. A base de paciencia conseguiré la vida. 
8. Pero quiero progresar, si me es posible, y no contentarme con alcanzar la salvación. Afirma el Sabio que quien teme al Señor hará el bien. Esto no me basta, pues añade en otro lugar la Escritura: Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y corre tras ella. Es decir, no te contentes con la salvación; busca la paz y asegurarás mejor la salvación. Cuando nació el que es nuestra paz, el ángel cantaba jubiloso: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Una voluntad buena es una voluntad ordenada. Y esto consiste en actuar conforme a la razón. Ésta nos dice que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros. Si llegas a saborear esto, llevarás gustosamente la cruz de Cristo y dirás: Estoy dispuesto y decidido a cumplir tus mandatos.
9. Mas si quieres ser perfecto, te falta todavía una cosa, ¿Quieres saber cuál? El gozo que da el Espíritu Santo. Quien actúa movido por el temor es paciente; y a quien le alienta la esperanza quiere practicar el bien. Pero si no tiene un espíritu fervoroso puede desfallecer con facilidad. El amor que infunde el Espíritu Santo es paciente y afable y, sobre todo, no falla nunca. 
 Si observas atentamente el primer mandato dado a nuestros padres, verás que Eva fue paciente y Adán bondadoso. Si cayeron fue porque ninguno de los dos tenía una sólida estabilidad. Oigamos: La mujer cayó en la cuenta de que el árbol era una delicia de ver y tentaba el apetito. Ya casi no puede contener la mano. Le pregunta la serpiente y su respuesta manifiesta que ese mandato le resulta enojoso. "Podemos comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol de conocer el bien y el mal nos dijo que no comiéramos". No dice: "Esta es la voluntad del Creador; él sabe por qué. A nosotros nos basta obedecer, porque nuestra vida depende de su voluntad.
 ¡Qué fácilmente creyó la mujer en las promesas y aceptó sus falacias! El varón no fue seducido, pero le ofuscó el amor de la mujer. Hubiera observado con fidelidad ese mandato, cuya utilidad conocía, pero la mujer le persuadió a hacer lo contrario. Él no tenía dificultad en cumplir el precepto, pero a esa voluntad buena le faltaba la fortaleza porque carecía de fervor.
10. Tan fuerte como la muerte es el amor, no la paciencia ni la esperanza. No le igualan el temor ni la razón, sino el espíritu de fortaleza. La paciencia, estimulada por el amor, dice: "Conviene obrar así". La voluntad buena, atraída por la esperanza, añade: "Así conviene y así lo haré". Y la caridad, inflada por el espíritu, no se contenta con "así conviene" sino: "Lo quiero, lo anhelo y lo deseo ardientemente". Observad la altura, seguridad y suavidad del amor. ¡Dichosa el alma que ha llegado a este nivel del amor!
 No desesperemos nosotros, pues si celebramos la memoria del que lo consiguió, es para invocar su auxilio y estimularnos con su ejemplo. Me atrevo incluso a añadir que algunos de entre nosotros se halla en este estado. Por otra parte, a los que se reconocen tan débiles que no pueden seguir el ejemplo de un apóstol como San Andrés, yo les replico que al menos les sonroje no imitar a sus propios hermanos. Los héroes no se improvisan. Peldaño a peldaño se llega a la cumbre de una escalera. Subamos, pues, nosotros con los dos pies de la meditación y de la oración. La meditación nos dice qué nos hace falta y la oración nos lo alcanza. Aquélla nos muestra el camino, ésta nos guía de la mano. La meditación nos hace ver los peligros, y con la oración los superamos, por gracia de nuestro Señor Jesucristo. 
RESUMEN: la cruz como escudo y como árbol de la vida, en la que cualquier ofensa no es diferente a las que sufrió nuestro Salvador. Defendidos porque no se puede sufrir más ni se puede renunciar más a uno mismo. La cruz se convierte en nuestra más deseada defensa.
El que se refugia en la cruz es un pez puro, inmune a cualquier ataque. Unos están en el mar, entre el gentío, otros están en el río (simbolizando a los predicadores que van de un sitio a otro) y un tercer grupo son los que están en los estanques, sinónimo de monasterios.
 Las aletas simbolizan la paciencia. Las aletas la alegría del espíritu. Debemos recrearnos en la prueba y en los males presentes.
  Aquí podemos distinguir tres grados distintos: los que comienzan, los que adelantan  y los perfectos. El comienzo de la sabiruría es el temor del Señor; el que comienza a caminar, apoyado en el temor, soporta con paciencia la cruz de Cristo. El que avanza, en alas de la esperanza, la lleva con gusto. Estos últimos, sanos como están, no necesitan médico pues eso es para los enfermos.
Era necesario el sufrimiento de Cristo en la cruz para ejemplo y santificación de todos. 
 Cristo es el verdadero abogado porque está muy cerca de los atribulados.
 No basta con el temor a Dios sino que también tenemos que amar y practicar la paz. 
 También necesitamos la paciencia y fortaleza que nos otorga el Espíritu Santo. 
 Todavía por encima de todo lo anterior está la caridad y el amor. No se llega a ellas espontáneamente sino subiendo peldaño a peldaño. La meditación nos señala el objetivo. La oración es el camino que nos ayuda a recorrerlo.

sábado, 23 de noviembre de 2013

EN EL MARTIRIO DE SAN CLEMENTE

TRES AGUAS

1. ¡Cuánto agrada al Señor la muerte de sus santos! Que lo oiga el malvado y se irrite, rechine los dientes hasta consumirse. Cayó víctima de su astucia: cayó en su propia fosa y en la red:que escondió. La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, pero ved qué gloriosa es la muerte de los santos. 
 Escucha, enemigo de la vida, fíjate bien, autor de la muerte: ¿qué consigue ya tu engaño? ¿A quién perjudicas ya con tu sagacidad? Retuércete y mira cómo hasta esto coopera al bien de los santos. El santo mártir a quien hoy celebramos triunfó de ti soportando la muerte corporal que es obra tuya. Hizo de la necesidad virtud y convirtió la pena del pecado en mérito de gloria. Fue fiel en lo poco y mereció que se le confiaran grandes cosas. Poco o nada era lo que había recibido aquella alma santa comparado con la gloria que mereció con este martirio. Todos los placeres de este mundo, su gloria y cuanto pueda apetecerse es una pequeñez junto a aquella felicidad, gloria y beatitud. Más que poco, yo prefiero decir que es nada: una niebla que se desvanece.
 Clemente era de noble alcurnia, tenía grandes posesiones, pingües herencias y una ciencia tan vasta que era considerado como el mejor filósofo de su tiempo. Todo esto se lo debía al Señor, porque de él procede todo. Por eso le demostró una gran fidelidad cuando lo despreció todo por su amor, y lo consideró inútil y como estiércol comparado con Cristo.
2. Es posible que el enemigo murmure y diga: Uno da una piel por otra piel; por la vida todo lo que tiene. Mas yo le respondo: ¿crees que hizo mal uso de la vida corporal, que recibió de Dios, porque prefirió perderla por él? Haz lo que quieras con él: acométele por medio de tus satélites y ponle en el trance de renegar de Dios o de morir. Elige los tormentos más crueles y diversos. Pero ten en cuenta que con ello preparas una corona a nuestro mártir. Si despreció las galas y favores de esta vida, también la desprecia a ella misma. Te ofrece todo su cuerpo a la muerte y apuesto a que te maldecirá en tu cara, y blasfemará de tus ídolos con con su santa lengua. Ensalza con toda libertad al Señor su Dios en medio de los tormentos, y lo confesará intrépidamente. Será coronado porque luchó legítimamente, venció por la fidelidad, y ni los halagos de la vida ni el horror de la muerte le apartaron del amor de Cristo.
 Ala santa, respóndenos: cuando entregabas tu cuerpo a los tormentos, ¿lo amabas o no? "Claro que lo amaba"; nos contesta: "Nadie ha odiado nunca su propio cuerpo. Claro que lo amaba; pero lo amaba poco, como a una esclava. Amaba mucho más a Dios mi Señor. Y como obras son amores, me abracé gustoso a la muerte corporal para glorificarme a él". 
3. ¿Qué podemos decir a esto, hermanos? Felicitamos al mártir, pero su gloria nos confunde a nosotros. El bienaventurado Clemente era un hombre débil como nosotros, rodeado de flaqueza y compenetrado con su cuerpo por el afecto natural. Si él glorificó a Cristo con su cuerpo y tomó el cáliz de la salvación, ¿cómo pagaremos nosotros al Señor todo el bien que nos ha hecho? Nos honró con su misma imagen, nos redimió con su misma sangre y nos destinó a una herencia que no decae, ni se mancha, ni se marchita; es eterna y está reservada en el cielo.
 ¿No seremos capaces de beber el cáliz de Cristo como el bienaventurado Clemente? Tal vez algunos me respondan: "Claro que seríamos capaces si llegase la ocasión; pero ahora no hay persecuciones. Me cuesta mucho creer a éstos. Decidme: si no podéis soportar la punzada de una aguja, ¿os creéis capaces de resistir el golpe de la espada? Demostradme en las pequeñas dificultades qué valor tenéis para los grandes combates. Ahora no se os dice: "Ofreced sacrificios a los ídolos y viviréis; en caso contrario moriréis con terribles tormentos". El Señor conoce nuestra masa y no nos ofrece una pelea tan difícil. En cambio, a San Clemente le dio la victoria en la dura batalla, para que supiera que la sabiduría es más fuerte que nada. 
4. ¿Y cuál es vuestro combate, hermanos? Cada día escucháis en vuestro interior: "Quebranta las reglas de tu Orden, murmura, quéjate, rinde menos, finge que estás enfermo, contesta al que te habló ásperamente y satisface tus deseos". A ninguno se os dice: "si no haces esto, morirás". Más bien que resistas con tu espíritu, aunque te cueste y sea difícil. ¿Pero quién podrá soportar tanto? Esto es lo que solemos responder a las personas que nos animan externamente, o al Espíritu Santo que nos alienta internamente. Si vacilamos en estas pequeñas escaramuzas, si apenas resistimos y a veces nos rendimos, ¿qué haríamos en esas batallas tan terribles? Si nuestra flaqueza no resiste ante unos pobres juncos, ¿cómo va a aguantar los dardos?
 Convenceos de la nada que somos. Nos parecemos a las mujeres y niños: aplaudimos a los que luchan, pero somos incapaces de luchar. ¿Qué debemos hacer? Hemos sido invitados a la boda del Cordero, y no podemos presentarnos ante él con las manos vacías. Fijémonos, pues, con gran atención en lo que se nos pone y preparemos nosotros algo semejante. El bienaventurado Clemente vio que el Señor le había servido vino y él con sus riquezas llevó a la boda el vino de su propia sangre derramada.
 Pero nosotros, Señor, somos pobres y no tenemos vino. He aquí su respuesta: Llenad las tinajas de agua. ¿Es posible que perciba el agua si la llevamos? Sí, la recibirá. Porque como dice el Sabio, el que inspecciona todo lo que se presenta, es decir, el que vino no sólo con agua, sino con agua y sangre, verá que también a nosotros nos sirvió agua junto con el vino. Un testimonio presencial, dice, en efecto, que del costado abierto del Señor, dormido en la cruz, salió sangre y agua. 
5. Hermanos, si queremos ser fieles a nuestro Dios, ya que no tenemos ocasión de sufrir el martirio de la sangre-martirio es sinónimo de testimonio-busquemos el testimonio del agua, porque Dios no lo rechaza. Nos lo ha dicho él mismo: Los que dan testimonio son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. Dichosos los que tienen este triple testimonio, porque el cordel de tres cabos es muy difícil de romper. Si carecemos del testimonio de la sangre, tengamos el Espíritu y el agua, ya que, sin el Espíritu, la sangre y el agua carecen de valor.
 Más aún, basta el testimonio del Espíritu, aunque falten el del agua y el de la sangre, porque es el Espíritu de la verdad. el agua y la sangre no sirven de nada: el Espíritu testifica en ellos. Con todo eso, creo que el Espíritu nunca o casi nunca se halla sin el agua o la sangre. Por eso, hermanos, busquemos el agua los que carecemos de la sangre. Y como antes mencionamos las tinajas, intentemos comprender qué significan esos dos o tres cántaros que cada una contenía. Porque Cristo nos ofrece tres cantidades de agua, y nuestra perfección consiste en imitarle a él, es decir, en poseer lo mismo que él: poder tener tres cántaros. Pero observemos el detalle de: dos o tres cántaros. Dos son siempre necesarios, y el tercero es facultativo.
6. Recibe, pues, las tres partes de agua que te ofrece el Salvador. La primera es cuando llora por Lázaro y por Jerusalen. La segunda es el sudor que brota de sus ojos y de todo su cuerpo momentos antes de su pasión. Es un agua roja y sanguinolenta, como dice la Escritura: Le chorreaba hasta el suelo un sudor parecido a goterones de sangre. La tercera es la que brotó de su costado junto con la sangre.
 Tienes la primera si riegas con tus propias lágrimas el lecho de tu conciencia y limpias las manchas de tus pecados pasados con el dolor de la compunción. Posees la segunda si te ganas el pan con el sudor de tu rostro, castigas tu cuerpo con la penitencia y refrenas el fuego de la concupiscencia. Tiene un color sanguinolento, sea por el trabajo o porque extingue el fuego de la concupiscencia. 
 Si puedes avanzar aún más y llegar a la gracia de la devoción, beberás el agua de la sabiduría que salva, y el Espíritu de Cristo que es más dulce que la miel, se convertirá dentro de ti en un manantial inagotable de vida. Y ten en cuenta que esta agua brota del costado del que está dormido y fluye mansamente. Es decir, hay que estar ya muerto al mundo para saborear esta gracia. Resumiendo: la primera agua limpia todos los pecados del alma. La segunda sofoca la concupiscencia y evita nuevas caídas, y la tercera recrea el alma sedienta que merece recibirla.
RESUMEN Y COMENTARIO
Llegar al martirio, vertiendo la propia sangre, dolorosamente derramada, es labor difícil y heroica, reservada para santos como San Clemente. Hay tres elementos que dan testimonio de Cristo: el Espíritu, el agua y la sangre. El Espíritu es imprescindible y debe unirse siempre al agua o a la sangre. Siempre deben existir dos elementos.
A su vez hay tres tipos de agua, pues Cristo nos la ofrece de diferentes cualidades:
1. La primera es cuando llora por Lázaro y Jerusalén. La tenemos cuando regamos con lágrimas nuestra conciencia y sentimos compunción.
2. La segunda es el agua sanguinolenta vertida momentos antes de la pasión. Se obtiene con la penitencia y el control de la concupiscencia.
3. La tercera es la que brotó del costado junto con la sangre. Es el agua de la sabiduría y hay que estar ya muerto al mundo para saborear esta gracia. Es más dulce que la miel y se convierte en manantial inagotable de vida.BIBLIOGRAFÍA:




-Sermones de San Bernardo, Abad de Claraval, de todo el año, de tiempo y de Santos traducidos al castellano por un monge cistercience, el P. Fr. Adriano de Huerta, Hijo del Monasterio de Osera y Confesor de Santa María la Real de Vileña. Editado en Burgos. Año de 1792.
-Obras Completas de San Bernardo. Edición Bilingüe. Edición preparada por los monjes cisterciences de España. Mariano Ballano. Segunda edición. Octubre del 2006.




LA FESTIVIDAD DE SAN CLEMENTE ES EL 23 DE NOVIEMBRE

lunes, 11 de noviembre de 2013

EN LA FIESTA DEL OBISPO SAN MARTÍN


                                      
                                          SAN MARTÍN

Los ejemplos de obediencia

1. Creo que tanto la comunidad como estas ilustres personas que nos regocijan al venir de tan lejos, esperan de mí un sermón. Yo preferiría escucharles; pero si eligen y exigen que se les hable, en vez de escucharles debo obedecerles..El mejor sermón que nos ofrecen es su extraordinaria mansedumbre. Aunque son más santos por sus méritos, superiores en dignidad e inmensamente ricos en sabiduría, se dignan visitarnos y escucharnos. Esta sí que es una ciencia provechosa y una doctrina digna de plena confianza. Nos exhortan a imitarles a ellos, como ellos imitan a Cristo, y a que aprendamos como ellos a ser mansos y humildes de corazón. Pero no predican con la lengua y con palabras, sino con obras y de verdad. 
 Lo mismo hizo María al visitar a Isabel: la Virgen asistió a la casada, la señora a la esclava, la Madre del juez a la del Precursor, la Madre de Dios a la de un modesto criado. E idéntica fue la actitud de Jesús al acercarse a Juan para recibir el bautismo, porque debía cumplir el plan divino. También vosotros, reverendos Padres, habéis escogido lo mejor, y en vez de hablar preferís escuchar, incluso a los que necesitan vuestra doctrina. Por mi parte, aunque no cumpliré perfectamente mi misión, intentaré hacer lo que pueda, convencido de que los inferiores deben obedecer a los superiores.
2. ¿Y de qué vamos a tratar? Recordad aquella frase: El que es de la tierra hablará de la tierra. Hablemos, pues, de la tierra, porque de ella subsistimos y en ella vivimos. Oídme, hijos de la tierra y habitantes del orbe: os hablamos a vosotros y de vosotros. En la tierra nacemos, moramos y morimos, volviendo a la misma de la que fuimos plasmados. Aquí la entrada es estrecha, la estancia breve y la muerte infalible. Todo hijo de Adán debe asumir el juicio que mereció. Tanto se hinchó y propagó que invadió toda la tierra Quieran o no quieran y por más que se obstinen, sobre todos pesa la terrible condena: Eres polvo y al polvo volverás. La sentencia es terrible, pero está suavizada por una inmensa misericordia. Sumamente dura, pero si atiendes a lo que merecíamos todavía está llena de clemencia, porque se nos podía haber dicho al pecar: "eras tierra, y en adelante estarás debajo de la tierra". Incluso en este momento obraría con toda justicia el Señor justo y digno de toda alabanza.
 Él merecería toda alabanza, pero yo no sería capaz de alabarle. Si yo pudiera diría entonces: Señor, tú eres justo y tu juicio es rectísimo. Pero el abismo no te da gracias, ni la muerte te alaba. Somos nosotros los vivos quienes bendecimos al Señor. Apiadado de tu criatura y recordando tu gloria, no permitiste que cuando yo descendía de Jerusalén me bajara  hasta Jericó. Medio muerto, postrado en el camino, a duras penas puedo alabarte Si recobro toda la vida te alabaré con todo mi ser, y todos mis miembros proclamarán: Señor, ¿quién como tú? En el momento de la ira te acordaste de la compasión, y en lugar de condenar al hombre a la destrucción lo humillaste con la aflicción. ¿De qué te quejas, hombre? ¿Te parece demasiado dura la sentencia? Estás amasado de tierra y destinado a la tierra: ella misma es tu materia y tu patria.
3. Tal vez me digas que preferirías oír: "eres espíritu e irás al espíritu". Porque si me fijo en mi alma también soy espíritu, e indudablemente ésta es la parte más noble de mi ser. El Apóstol me dice que el Señor es Espíritu; y lo confirma también Jesús: Dios es espíritu. Y no sólo espíritu, sino Padre de los espíritus. ¿Me va a retener la madre de mi carne porque una parte mía es la carne, y no me va a recibir el Padre carne de los espíritus, si también participo del espíritu? Sí, es cierto. Pero aquí no influye la naturaleza, sino la culpa. Así como los espíritus rebeldes están detenidos en ese espacio aéreo que hay entre el cielo y la tierra, y por eso se les llama poderes aéreos, también nuestros pecados nos separan de Dios y son un muro de división entre el Creador y Padre de los espíritus y la criatura espiritual. 
 El cuerpo arrastró al alma a su región, y aquí domina y oprime a la que es peregrina. Tiene sobre sí una capa de plomo: la maldad que está sentada sobre ella. El cuerpo corruptible es lastre del alma. Es corruptible, y como dice el Apóstol, está muerto por el pecado. En cierto sentido el hombre es cielo, porque es semejante a los espíritus celestes en la sustancia y en la forma: su sustancia es espiritual y su forma es racional. Pero estas propiedades son incapaces de levantarle y que oiga: "Eres cielo e irás al cielo".
 Es inútil que se glorie de la libertad de arbitrio que posee su espíritu: es un cautivo de la ley del pecado que reside en su carne. Podíamos pensar que una cuerda de dos cabos puede ser más fuerte que otra de otros dos. Es decir: que si el hombre es reclamado por la tierra por el doble derecho de ser su patria y su materia, el cielo lo debería también recibir como celestial por su doble título de ser semejante a él en la sustancia y en la forma. Resulta, empero, que el cordel que tira hacia abajo tiene ahora tres cabos, porque se le ha unido el pecado; y es imposible romperlo, a no ser que al otro cordel se le una la gracia. 
 Con ella no tenemos la menor duda que se romperá fácilmente esa maroma de iniquidad que nos arrastra o que arrastramos nosotros. Porque se coloca entre Dios y nosotros, no para separarnos, sino para repararnos y unirnos a él.
4. Por eso corro al monte de la gracia y a las colinas de la misericordia, a Cristo que posee todos los tesoros. Iré al que está lleno de gracia y de verdad, para recibir algo de su plenitud, o más bien para ser admitido en esa plenitud y alcanzar con los demás miembros la edad adulta de Cristo. Porque el único que ha subido al cielo es el que había bajado antes del cielo. El es el mediador fiel y compasivo, que en lugar de separar unió los dos pueblos y derribó la barrera divisoria, perdonando todos nuestros delitos, cancelando el recibo que nos pasaban los preceptos de la ley. Éste nos era contrario, pero Dios lo quitó de en medio clavándolo en la cruz. Destituyó a las soberanías y autoridades y las ofreció en espectáculo público, después de triunfar de ellas y de reconciliar con su sangre lo terrestre y lo celeste.
 Y como había decidido realizar la salvación en medio de la tierra, por eso no puso inmediatamente al hombre debajo de la tierra, como merecía por su pecado, sino en la tierra. Esto nos confiere un rayo de aliento y esperanza: estamos todavía en la tierra y podemos mirar al cielo, y recibir regalos magníficos y dones incomparables del que es Padre de los astros, de los espíritus y de toda misericordia. Por eso hizo al hombre recto, incluso en su cuerpo, y le dio una boca sublime; los otros animales miran a la tierra, él, en cambio, levanta su semblante al firmamento y suspira por aquel lugar donde contempla la morada dichosa y eterna.
5. Si lo miramos con fe y devoción, ¿no estimula ardientemente nuestro amor? ¿No provoca en nosotros una hoguera de deseos la visión de esa región tan refulgente? Las estrellas del cielo no tienen comparación con los terrones de la tierra. Hay una distancia abismal del resplandor del sol a la opacidad del suelo. Es cierto que también aquí vemos algunas cosas relativamente hermosas, pero siempre están mezcladas con otras que carecen de belleza. Son un grano de oro entre el barro, unas perlas en el estiércol, un lirio entre espinas. 
 Más tú, patria mía, eres completamente hermosa y no tienes el mínimo defecto. Completamente hermosa, y prescindiendo de lo que se oculta en su interior. ¿Qué es eso? Los espíritus angélicos, radiantes de felicidad; y las almas de los santos, que ya han merecido entrar en el tabernáculo sagrado de la casa de Dios. Así como hay cuerpos celestes y terrestres, y la gloria de los unos es inmensamente superior a la de los otros, también los espíritus celestes son mucho más perfectos que los espíritus terrestres. Los llamamos: ángeles, arcángeles, virtudes, principados, potestades, dominaciones, tronos, querubines y serafines.
 Pero eso es todo loque sabemos de ellos. ¿Puede acaso una criatura amasada de tierra comprender algo más del mundo celeste, o el hombre carnal de lo espiritual y divino? Reconozco que ignoro lo que se oculta en todos estos nombres, pero estoy cierto de que tras estas palabras tan solemnes late y se insinúa algo muy grande y sublime. Por algo lo llamamos el cielo. Hay en él algo de insuperable. No lo vemos, pero la fe logra atisbarlo. Así como podemos contemplar desde la tierra la belleza del cielo, sin alcanzarla, también se nos permite barruntar su gloria íntima e inefable, aunque no la comprendamos. Vemos la patria y la saludamos de lejos; no saboreamos sus delicias, pero sentimos su fragancia.
6. Por eso el Hijo Unigénito, el que vive en el seno del Padre, mientras vivimos en esta región envuelta en sombras de muerte, nos hace conocer por la fe la gloria de los espíritus celestiales, y nos permite ver directamente los cuerpos. Así lo dice el texto sagrado: "Escucha, hija, mira. ¿Para qué? Presta oído, olvida tu pueblo y la casa paterna". Quiere que depongamos la contumacia, aprendamos la obediencia y nos abracemos a la disciplina. Intenta que olvidemos todo lo anterior, despreciemos lo que no vale nada, dejemos a un lado las costumbres y vicios terrenos, gustemos lo celestial, busquemos lo de arriba y anhelemos lo del más allá.
 Quiere que esta noble criatura ansíe la belleza infinita de su casa "y se vaya transformando en su imagen con resplandor creciente por influjo del Espíritu del Señor. Hasta que el rey se enamore de su belleza espiritual. Pero me preguntarás: ¿cómo sé yo que aquel mirar y oír significa que debo escuchar y obedecer? Admitamos al menos que aviva nuestro deseo.
7. Considera con qué fidelidad acata esta ingente multitud de seres celestes las leyes divinas, sin traspasar jamás en sus continuos movimientos los límites de tiempo o de lugar que tienen asignados. Recuerda que esos espíritus tan sublimes están todos en servicio constante, enviados a un ministerio humildísimo, por no decir indigno de ellos. Y creo que nunca leerás en la Escritura que alguno se atreviera a contradecir al que le enviaba, o se enojara lo más mínimo contra aquellos seres inferiores a quienes se les enviaba. Si lo examinas atentamente, son unos ejemplos de obediencia tanto más apreciables cuanto mayor es su dignidad.
 Mas ya estoy escuchando el murmullo del instinto humano y sus tendencias hacia el mal: "¿Porqué me propones como modelo la obediencia de los espíritus celestes? Carecen de sentido y su inteligencia no necesita deliberar. En vez de actuar se sientes movidos. No ensalces tanto la obediencia de los ángeles. Es cierto que son sensibles, pero sólo hacia las cosas deleitables, y obedecen al Creador con una voluntad sumamente alegre y espontánea. ¿Cómo no van a obedecer? "Ven continuamente al Padre", lo cual es la felicidad consumada, la gloria eterna y el placer incomparable".
8. Suscita, Señor, entre nosotros, patriarcas y profetas, hombres sumisos a tus preceptos, obedientes con toda su voluntad, e incluso en contra de su voluntad. Mirad, aquí los tenemos. Fijaos en Abrahan, por no citar a otros, por mandato del Señor sale de su casa, despide a la esclava y a su hijo, y está dispuesto a sacrificar a su querido hijo Isaac. ¿Cómo reacciona ante esto la astucia humana? Tal vez responda que Dios se le manifestó de otras muchas y muy diversas maneras: como huesped, como invitado a la mesa, charlando con él, aconsejándole, dándole hijos, concediéndole victorias y colmándole de riquezas.
 ¿Y qué me dices cuando se presenta Cristo hecho obediente al padre hasta la muerte y una muerte de cruz? Mucho -me respondes- bajo todos los aspectos. ¿Seré yo capaz de imitar AL HIJO ÚNICO DEL PADRE, a Cristo fuerza y sabiduría de Dios? Se ofreció porque quiso, sufrió cuando quiso y lo que quiso, como quien era verdadero hombre y verdadero Dios. No me alegues tampoco la obediencia de los apóstoles que, según la promesa del Profeta, vieron con sus propios ojos al Maestro y escucharon personalmente sus palabras. Lo confiesa expresamente uno de ellos: Oímos al Verbo de la vida, lo vieron nuestros ojos, lo contemplamos y palpamos con nuestras manos. ¿Cómo no iban a dejar todas sus cosas? ¿Cómo no iban a seguirle a ciegas ante experiencia tan sublime? También yo lo haría si hubiera tenido esa misma suerte. Pero esto no lo ha hecho con ningún otro pueblo, ni antes ni después. Muchos reyes quisieron verle y no lo vieron; y nosotros deseamos ver un solo día del Hijo del hombre y no lo alcanzamos.
9. Presentemos ahora publicamente a Martín, para que nos argulla de nuestro pecado. Es un hombre idéntico a nosotros, sensible y pasible como nosotros. No fue contemporáneo de las visiones de los patriarcas y profetas. Era simplemente un hombre, y no poseía la naturaleza divina. Pero creyó en aquel a quien no veía, y fue muy fecundo en frutos de obediencia y de todas las virtudes: dejó el suelo y subió al cielo; confió a la tierra lo que de ella había recibido y orientó su espíritu al Padre de los espíritus, al que sirvió fielmente como hijo adoptivo. No era un cuerpo celeste, ni un espíritu celeste;  era un animal racional y, además, mortal, hijo de la tierra y de otros hombres. En la tierra nació, en la tierra se educó, en la tierra actuó y se acrisoló, y en la tierra consumó su vida. Tampoco era patriarca ni profeta, de quienes dice el Evangelio que la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan. Y mucho menos aún era Cristo, aunque, indudablemente, Cristo estaba en él por la fe.
10. Así pues, también ahora el Verbo está a tu alcance, en tus labios y en tu corazón, ni lo buscas con sinceridad de corazón. Este Verbo,  según el Apóstol y Moisés, es el Verbo de la fe. Por eso dice en otro momento el Apóstol: Jesucristo es el mismo hoy que ayer y por la eternidad. Su ayer abarca desde el comienzo del mundo hasta su ascensión; su hoy va desde la ascención hasta el fin del mundo, y su eternidad se refiere a después de la resurrección universal. Cristo no está ausente de nadie, Jesús está presente en todo; su gracia y su salvación llega a todos. Se manifestó a los patriarcas y profetas en visiones, a los apóstoles por su humanidad, a Martín por la fe y a los ángeles cara a cara. También ha prometido que verán su rostro todos los escogidos, pero no ahora sino en la eternidad. Los apóstoles están convencidos de que ya ha pasado el ayer y ha llegado nuestro hoy; por eso exclaman: Antes valorábamos a Cristo por las apariencias, ahora ya no. Con todo, parece que también ahora han quedado restos de la carne del Cordero para esta mañana nuestra. Intentemos quemarla, es decir, aceptemos esa carne, no con criterios humanos, sino espirituales.
11. No nos quejemos tampoco de que no se hayan concedido a nuestra época aquellas apariciones hechas a los Padres de la antigua Alianza o la presencia humana de que gozaron los Apóstoles. Si prestamos atención vemos que no nos falta una ni otra. Porque también nosotros tenemos la verdadera sustancia de su carne, aunque sea en el sacramento. Y no nos faltan tampoco el espíritu y las fuerzas de las revelaciones. Nuestro tiempo es un tiempo de gracia, y no carecemos de ninguna gracia. En una palabra: Nadie jamás ha visto ni ha oído, ni ha imaginado lo que Dios tiene preparado para los que le aman, pero nos lo ha revelado a nosotros por medio de su Espíritu. Y no te extrañe que se apareciera corporalmente a quienes esperaban su venida temporal. Nosotros esperamos algo más excelente: por eso necesitamos una gracia más eficaz y una revelación más digna.  
12. Como dijimos hace un momento Martín no era Cristo, pero tuvo en sí a Cristo; no gozó como los ángeles de la primacía de su majestad, ni como los Apóstoles de la vista de su humanidad, ni como otros santos a quienes habló en visiones. Tuvo en sí a Cristo como hoy lo tiene la Iglesia: por la fe y los sacramentos. De Juan se dice que no era la luz, sino una lámpara encendida y resplandeciente. Pero no quiero presentároslo como modelo, para que no me digáis: "Es el hombre más extraordinario, es más que profeta, e incluso es un mensajero de Dios Padre, como él mismo lo testifica: "Mira, yo te envío mi mensajero".
 Pues también Martín fue una lámpara encendida y luminosa. Imitémosle en lo que tiene de imitable y no en lo que tiene de admirable. Estás sentado a la mesa de un rico: mira bien lo que te ponen. No confundas los manjares con los platos en que te lo sirven. Toma aquéllos y deja éstos. Martín es muy rico en méritos, en milagros, en virtudes y en prodigios. Repito: Fíjate bien en lo que te ponen. Unas cosas son para que las admires, otras para que las imites. Sigue leyendo el texto sagrado: Como debes estar preparado, presta atención a lo que te presentan y en qué te lo presentan. 
 Martín resucitó tres muertos, el mismo número que leemos del Salvador. Dio vista a los ciegos, oído a los sordos, habla a los mudos, a los cojos les otorga la facultad de andar y a otros enfermos les da la salud. Esquivó los peligros con la fuerza divina, aplacó las llamas con el escudo de su cuerpo, aplastó la inmensa mole de un artefacto sacrílego con una gran columna que descendió del cielo, besó a un leproso y lo sanó, curó con aceite a una paralítica, venció a los demonios, vio a los ángeles y previó sucesos futuros. 
13. Todas estas maravillas y otras semejantes son las suntuosas bandejas de este hombre rico, repujadas de oro, recamadas de pedrería y labradas con un material y gusto insuperables. No intentes comerlas, sino admirarlas. Que nuestra antorcha brille como la suya, para que su luz te lleve a esa otra luz que todavía no eres capaz de contemplar en toda su pureza. Este no es la luz, sino un testigo de la luz; Dios te manifiesta ahora su gloria en su Santo, porque no puedes admirar directamente su gloria. 
 Mas no pienses que las lámparas de Martín están muy decoradas pero vacías. No es una virgen fatua y tiene reservas de aceite. Tiene vino en las garrafas, y sus bandejas están repletas de manjares, de comidas espirituales. Allí los pobres no sólo admiran extasiados, sino que comen hasta saciarse, y alaban al Señor que vivifica su espíritu. Porque los muertos, Señor no pueden alabarte. 
 Más para que esta alabanza admirativa sea armoniosa y alegre, es preciso que le imiten en su vida, y la insaciable curiosidad de contemplarlas aumente el apetito de poseerlas. Debemos, pues, mezclar el ardor y el resplandor de esta antorcha, como dos afectos complementarios: el uno nos hará apreciar más el otro, y la fusión de ambos multiplicará su encanto. Martín fue humilde y pobre de espíritu, como lo demuestran hasta la evidencia los frutos de la gracia divina en él. Porque es indudable que sólo a los muy humildes se da con tal abundancia. 
14. Espigaré unas cuantas muestras de su virtud. San Hilario conoció muy bien su gran pobreza de espíritu, cuando intentó conferirle el diaconado y no consiguió que lo aceptara. Ante la insistencia de ser indigno de ese ministerio le obligó a ser exorcista. Esto hubiera sido una falta de respeto, pero estaba seguro que martín se quedaba muy contento con el orden sagrado más humilde. Era pobre, vestía como un mendigo, no cuidaba su cabello, y su aspecto era poco agradable. Algunas malas personas objetaron todo esto en contra de él al ser elegido para obispo; pero él, como cuenta su historia, nunca cambió de actitud. Para decirlo brevemente, Martín fue tan pobre de espíritu que todos lo llamaban pobre y menudo. 
 Escuchemos lo que dice Sulpicio de su mansedumbre: "Mostraba tanta paciencia ante las injurias que, siendo sumo sacerdote, nunca castigó las ofensas que recibía de algunos pobres clérigos. Jamás los cambió de lugar por este motivo, ni les negó su amor. Todos recordáis muy bien su conducta con un tal Bricio; lo eligió para sucederle, le advirtió cuánto iba a sufrir y lo consagró por su fidelidad y mansedumbre. Y todo esto a pesar de que había oído la respuesta que Briscio había dado a un hombre que preguntaba por el santo: ¿Buscas a ese soñador? Míralo allá lejos; es un delirante que siempre está mirando al cielo.
 Este hombre de Dios, como despreciaba la tierra, clavaba sin cesar sus ojos en el cielo Comprendía, como dije antes, que para eso tenía un cuerpo recto y vertical. Estaba convencido que allí estaba su tesoro, que allí estaba Cristo sentado a la derecha del Padre, y que solamente allí alcanzaría lo que deseaba. No le preocupaba que le tuvieran por loco: su vivir era ya celestial, y sus ojos estaban unidos a su Cabeza. ¡Cuántas veces fluían de ellos lágrimas abundantes sobre sus mejillas, nacidas de su ardiente deseo de llorar los pecados de quienes le calumniaban!
15. Su inmensa sed de justicia brilla en todos sus actos, sobre todo en su afán por combatir la idolatría, destruir los templos, derribar los ídolos y arrasar los bosques sagrados. En alguna ocasión llegó hasta arriesgar su propia vida para arrancar la raíz de tales delitos. De su misericordia con los pobres, el mismo Salvador se sentía orgulloso ante los ángeles, enseñando la media capa que él le había dado.
¡Ojalá se digne ser con nosotros, miserables, tan compasivo ante el juez supremo, con quien vive en su santo tabernáculo, como lo fue con aquellos condenados a muerte y sentenciados a diversos tormentos, para quienes consiguió la libertad postrándose durante media noche a las puertas del juez terreno!¿No va a escucharle ahora el que entonces hizo el prodigio de que fuera escuchado?
 Tenemos otra señal de su pureza de corazón en la valentía con que rechazó las asechanzas del enemigo: "infame, nada de lo mío te pertenece; es el seno de Abrahán quien me acoge". Tuvo la dicha de consumir sus últimas energías en una obra de pacificación. Consciente del fin de su vida, visitó a unos clérigos enemistados: hizo que recuperaran la paz.
16. Sería interminable enumerar las persecuciones que sufrió por la justicia. Un día se presenta intrépido ante Juliano Augusto, en la ciudad de Vormes, y es tan constante ante el tormento que le infieren que lo llevan a la cárcel para enfrentarlo al día siguiente, totalmente desarmado, contra los salvajes. Otro día, cerca de los Alpes, se mantuvo completamente tranquilo mientras un ladrón le amenazaba con un hacha. Una vez le persiguió atrozmente en Milán el arriano Auxencio y colmándole de injurias, lo expulsó de la ciudad. En cierta ocasión, al impugnar valientemente la perfidia de los sacerdotes, fue torturado, azotado en público y obligado a marcharse de allí. Recordemos asimismo que mientras destruía un templo de ídolos, un pagano le acometió con una espada, y él le presentó su desnuda cerviz, pero al levantar aquél su mano para asestar el golpe, cayó muerto hacia atrás. O aquel otro que intentó herirle con un cuchillo, y de repente se le cayó el hierro de sus manos y desapareció.
 He aquí otros tantos motivos por los que merece ser cononado el que no derramó nunca su sangre, pero fue mártir tantas veces por los sentimientos de su rendida voluntad. Amigos míos, comed; bebed y embriagaos, carísimos. Esto es vivir, y esta es la vida de vuestro espíritu. El Evangelio no proclama dichosos a los que resucitan muertos, dan vista a los ciegos, sanan enfermos, limpian leprosos, curan paralíticos, arrojan demonios, predicen el futuro o brillan por sus milagros. Todo lo contrario: se lo aplica a los pobres de espíritu, a los mansos, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los pacíficos y a los que son perseguidos por causa de la justicia.
17. Perdonadme, hermanos No he mencionado su ejemplo de obediencia, y era el único tema que habíamos convenido resaltar en Martín. Es verdad que me he alegrado ya bastante, pero creo que nos vendrá bien detenernos un momento, porque nos hemos demorado mucho sin hablar de Martín.
 He aquí sus palabras: "Señor, si todavía soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo: ¡hágase tu voluntad! ¡Qué alma tan santa! ¡Qué amor tan extraordinario! ¡Qué obediencia tan sin par! Has competido en noble lucha, has corrido hasta la meta, te has mantenido fiel. Sólo te falta recibir la merecida corona con la que te va a premiar hoy mismo el juez justo. Y, sin embargo, dices: "No rehuyo el trabajo. ¡Hágase tu voluntad!
 Ofreces a Isaac. En cuanto a ti depende degüellas a tu único hijo tan amado. Inmolas con toda devoción tu gozo incomparable, y estás dispuesto a arrostrar nuevos peligros, renovar combates, sufrir penalidades, aguantar desgracias, prolongar la prueba Y, sobre todo, aplazar esa felicidad infinita y la añorada compañía de los espíritus bienaventurados, volver de las mismas puertas del cielo a las calamidades de esta vida mortal y, lo que es totalmente inconcebible, seguir alejado de tu Cristo, si él así lo quiere.
 No hay duda que tiene mayor mérito el que está pronto a cualquier cosa antes de que se lo manden que quien intenta cumplir lo que le mandan. Vuestra obediencia, ángeles santos, es extraordinaria. Pero si me lo permitís, creo que ninguno de vosotros aceptaría una misión que le impidiera ver el rostro del Padre. También es imponderable, Pedro, tu gesto de dejarlo todo para seguir al Señor. Pero cuando le viste transfigurado en el monte, te oí decir: Señor, qué bien estamos aquí: hagamos tres tiendas. Es muy distinto de esto otro: "Si todavía soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo". Tu corazón, Martín, está plenamente dispuesto a prolongar esta vida mortal o a morir y estar con Cristo.
18. Nada hay más envidiable que una muerte apacible. Y desear ver a Cristo con un anhelo tan vivo y ardiente, es signo de una gran perfección. Pero su actitud es mucho más perfecta: no temes morir y te abrasa el anhelo de estar con Cristo y sin embargo, tampoco rehúsas seguir viviendo y soportar una espera llena de fatigas. ¿Sería incapaz de aceptar cualquier otro mandato quien en una circunstancia como ésta sólo supo responder: "Hágase tu voluntad"?
 Hermanos, sea ésta nuestra participación en el banquete de hoy. Consideremos con la máxima atención la obediencia que se nos presenta en la mesa de este pobre, por no decir de este rico. Y sepamos que eso mismo se nos exige a nosotros y eso debemos preparar. Hasta el punto de poder decir: Estoy dispuesto y no tengo miedo a cumplir lo que me pidas. Y no sólo una vez o parcialmente, sino: Mi corazón está a punto. Decidido a todo y sin poner límites a tu voluntad. Tal vez deseo esto, por encima de todo y con toda mi alma. Pero tampoco rehúyo lo otro: Hágase siempre la voluntad de Dios. Ansío el descanso, pero no rehúyo el trabajo: ¡Cúmplase tu voluntad!
  
RESUMEN Y COMENTARIO
El hombre es carne y espíritu. La carne está sujeta por dos cabos que son su patria y su materia. Está sujeta al espíritu por otros dos cabos que son la sustancia y la forma. Los dos cabos que sujetan la materia son, en principio, más fuertes porque se les añade el pecado Sin embargo, el espíritu es superior cuando se añade la gracia. Gracias a la Gracia, la iniquidad se convierte en reparación y unión entre Dios y nosotros. Cristo destituyó a las falsas autoridades y reconcilió lo terrestre y lo celeste. Nos dió una esperanza, colocándonos en la tierra y no debajo de la tierra. Podemos vislumbrar lo celeste y sabemos que es mucho más perfecto y maravilloso que lo que nos rodea cada día, que también está dotado de gran hermosura. Cristo quiere que lo busquemos, olvidando las cosas terrenas que no valen nada. Esa búsqueda ¿indica también obediencia? Todos los seres celestes lo obedecen, aunque eso no es un mérito tan extraordinario, pues "ven continuamente al Padre". Lo obedecieron Abraham, los Apóstoles y otros muchos. Otros quisieron verle pero no lo consiguieron aunque fueran reyes dotados de inmenso poder. El mismo Cristo obedeció a su padre hasta llegar a un sufrimiento máximo. Martín no tuvo ningún privilegio. No fue ni siquiera contemporáneo de Cristo ni tampoco un profeta o un patriarca, pero actuó guiado por la fe. Sin embargo existió y existirá siempre, aunque sea con leves diferencias en la evolución del género humano. No podemos, ni debemos quejarnos, de que no se aparezca entre nosotros. Está presente espiritualmente, lo esta en los sacramentos y esperamos algo más que su estancia temporal entre nosotros. Su venida definitiva. Existe un cierto paralelismo entre San Martín y San Juan Bautista. Ambos son como lámparas encendidas y luminosas. San Martín realizó prodigios. Sin embargo, debemos diferenciar en él lo que es admirable de lo que es imitable. Dicho de otra forma: los manjares que se presentan en la mesa del rico, con las más variadas formas, de lo que podemos usar como alimento. San Martín cuidaba poco, o nada, su aspecto físico. No se consideró digno de ser diácono, por lo que se le ofreció el puesto de exorcista, que era de menor entidad.Toleraba con mansedumbre, y sin represalia alguna, las murmuraciones que algunos hacían sobre su aspecto, considerando que vivía como un loco. Combatió la idolatría, fue misericordioso con los pobres, obtuvo indulgencia para los condenados por la justicia terrenal y murió luchando por una obra de pacificación, recuperando la paz entre unos clérigos enemistados. Volviendo al símil de la comida, el Evangelio no proclama dichosos a los que hacen grandes milagros, sino a los pobres de espíritu que buscan y sufren por su sed de justicia. No debemos olvidar que San Martín es un ejemplo de obediencia, dispuesto a prolongar su vida terrena si ello tiene alguna utilidad, pero deseoso de unirse a Cristo. Nada hay como poder morir apaciblemente y con tranquilidad de conciencia, pero aún eso debemos postergarlo si nuestros servicios son necesarios para el bien de la humanidad en Cristo y por su mismo mandato y naturaleza.


  BIBLIOGRAFÍA:
-Sermones de San Bernardo, Abad de Claraval, de todo el año, de tiempo y de Santos traducidos al castellano por un monge cistercience, el P. Fr. Adriano de Huerta, Hijo del Monasterio de Osera y Confesor de Santa María la Real de Vileña. Editado en Burgos. Año de 1792.
-Obras Completas de San Bernardo. Edición Bilingüe. Edición preparada por los monjes cisterciences de España. Mariano Ballano. Segunda edición. Octubre del 2006.
Nota primera: Según la leyenda, cuando San Martín contaba 21 años, en un día de invierno, las tropas romanas entraban en Amiéns, ciudad de Francia. Encontró a un mendigo tiritando de frío. Le entregó la mitad de su capa. En la noche siguiente, Cristo se le apareció vestido con la media capa para agradecerle la ayuda prestada.
Nota segunda: Este sermón se refiere a la festividad de San Martín de Tours que tiene lugar el día 11 de Noviembre.




lunes, 4 de noviembre de 2013

LA VISIÓN DE ISAÍAS: SERMÓN QUINTO, PRIMER DOMINGO DE NOVIEMBRE

 1. Las santas Escrituras nos dicen que Cristo procede del Padre, está en el Padre y con el Padre; que actúa por el Padre y para el Padre, y que también es inferior al Padre. Procede del Padre, por su inefable nacimiento; está en el Padre, por su unión consustancial, y con el Padre por su idéntica majestad. Todo esto es eterno. Ahora bien, si nace del Padre, ¿qué implica estar en el Padre o con el Padre? Podríamos decir que reposa en el Padre y se sienta con el Padre. Y voy a explicaros este reposar y compartir el trono. Estar sentado es sino de majestad; y compartir la sede indica poseer idéntica dignidad; particularmente cuando se dice que está sentado a la derecha del Padre, y no a sus pies ni detrás de él. 
 Por otra parte, si el que está sentado descansa, mucho más el que está recostado. ¿Y qué es más agradable y dulce al Hijo: estar con el Padre o gobernar con él todas las cosas? ¿A cuál de estas dos actividades se debe esa paz infinita de Dios, que supera todo razonar? ¿De cuál modo podemos afirmar con más propiedad que es la fuente incomparable de descanso para Dios? Las palabras se sienten impotentes de expresarlo, pero el corazón sí puede, intuirlo. Y dejando intacta la unidad indivisible de la esencia, podemos tal vez hacer alguna distinción entre la igualdad de su gloria y su unidad sustancial, la misma que puede existir entre reposar y sentarse junto al Padre.
2. La esposa no se contenta con verle sentado: quiere que repose junto a ella. Avísame, dice, amor de mi alma, dónde sesteas al mediodía. Y a cualquier alma, con auténtico paladar espiritual, le gusta mucho más esto que dice el Apóstol: El que se apega a Dios se hace un espíritu con él, que aquello otro que escucharon los apóstoles: Cuando el rey se siente en el trono de su gloria, también vosotros os sentaréis para juzgar. Sí, estar acostados es mucho más placentero que estar sentados. 
 El Hijo nos dice que Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Imposible expresar con más claridad su unidad sustancial. Si cada uno está en el otro, es imposible imaginar algo distinto fuera o dentro de ellos: tenemos que aceptar la más absoluta unidad sustancial entre ambos. Algo semejante nos quiere decir aquella otra frase: Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios con él. Aquí se trata más bien de una unión espiritual-lo mismo que en el texto antes citado: el que se apega a Dios se hace un espíritu con él-, y no de una misma cosa o una misma sustancia. Allí, en cambio, se expresa claramente la unidad natural y sustancial. Por eso leemos en el Evangelio: El Padre y yo somos uno.
 Siguiendo, pues, con la metáfora, aquello es algo así como la alcoba del Unigénito, el reposo más exquisito del Señor. Y si nosotros fomentamos la unión de voluntades y la adhesión del espíritu, fruto de la caridad, también compartirá con nosotros el Primogénito la intimidad de su alcoba y su descanso.
3. Cuando se dice que es enviado por el Padre, lo vemos como un peregrino, y pensamos en su adviento, que con su gracia lo celebraremos muy en breve. Él nos ha dicho: Viene de parte de Dios y estoy aquí. Apareció en el mundo y vivió entre los hombres; estuvo entre nosotros y no lo conocimos; fue el verdadero Emmanuel, o Dios con nosotros y uno de nosotros. Pero vivía para el Padre, cumpliendo su voluntad. Míralo colgado de la cruz, contempla a Cristo crucificado y qué sumisión tan profunda la suya hacia el Padre. Con esto manifestó de una manera evidente y clarísima la humildad de su naturaleza humana, como él mismo dijo: El Padre es mayor que yo.
 ¿Y nos atreveremos a afirmar que vivió un solo momento sin su Padre? Lejos de nosotros cosa semejante. Pero fue él mismo quien exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Allí todo hablaba de un abandono absoluto: la necesidad era extrema y no aparecían los signos de poder, ni las huellas de la majestad. 
4. Ahí tenemos a Jesucristo: nace del Padre, reposa en el Padre, está sentado junto al Padre, actúa por el Padre y vive para el Padre; está colgado por sumisión al Padre y, en cierto modo, muere abandonado de su Padre. ¿Cómo le vió Isaías cuando exclamó: Vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso? ¿Y cómo le contemplaba cuando sollozaba: Lo vimos totalmente desfigurado y abatido, y lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado? En ambos casos ve a la misma persona, pero no la ve del mismo modo; casi diríamos que ve a otra persona distinta. Allí lo contempla amoratado de heridas, saciado de oprobios, agotado por los tormentos y colmado de insultos. Lo ve despreciable, colgado de un madero, agonizando por nosotros y exclama: Fue triturado por nuestros crímenes, y sus cicatrices nos curaron. Allí está el despreciado y evitado de los hombres. Aquí, en cambio, llena el mundo entero con su gloria. Allí el hombre de dolores acostumbrado al sufrimiento, aquí el Señor en su trono.
 En aquello que vieron muchos se usa un verbo en plural; esto otro es totalmente exclusivo y sublime. Allí habla en nombre de la multitud y dice: Vimos. Aquí está totalmente aislado y solitario, y exclama transportado en éxtasis: Vi al Señor sentado, etc. Al que ve sentado le da, con toda justicia, el título de Señor. Estar sentado pertenece al que preside, al que domina y reina. Y estar sentado sobre un trono es la cumbre del señorío. Porque a veces decimos solamente sentarse, como sinónimo de humillación. En fin, el que disfruta en el seno del Padre, se siente como Señor con el Padre. Allí es el esposo amable, aquí el Señor admirable. Dios es glorioso en su santuario y resplandeciente por su majestad. 
5. Volvamos al Profeta: Vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso; la tierra estaba llena de su gloria, y lo que estaba debajo de él llenaba el templo. ¿Qué había debajo de él? ¿El trono? Aunque era alto y excelso, estaba debajo de él. Porque si él está sentado en un trono, éste está debajo de él. ¿Y es posible que ese trono llenara el templo? Si la tierra ya estaba llena de su gloria, ¿cómo llenaba el templo? Ten en cuenta que aquí no se refiere a un edificio material, sino a una criatura angélica. Si el alma del justo es sede de la sabiduría, ¿cuánto más los ángeles santos? Este es el trono de su gloria: sublime por su naturaleza, y mucho más encumbrado aún por la gracia. Su condición natural los hizo maravillosos, y los elevó aún más la gracia de la confirmación, de la cual se dice: Con la palabra del Señor se reafirman los cielos.
 Así, pues, estos ejércitos de ángeles, en los que Dios se sienta y que están debajo de él, llenan el templo; lo cual no impide que la tierra esté llena de su gloria. Su reino, su imperio y su gloria lo abarcan todo; pero no así su gracia. Su voluntad buena, agradable y perfecta no es tan aceptada por todos como su poder. Por eso decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Su voluntad se cumple sobre todas las cosas, y por todas; pero no en todas. Se cumple la voluntad de Dios en los espíritus bienaventurados, cuando su voluntad se identifica con la suya. Esta unión espiritual culmina en un solo espíritu; recordad un ejemplo: La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma.
 Todo cuanto estaba debajo de él llenaba el templo. Lo llenaba con toda clase de bendición espiritual y consuelos divino, con inmensa variedad de gracia y frutos de santidad, porque tu casa exige santidad. Lo llenaba con múltiples carismas; con el espíritu de sabiduría y entendimiento, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de piedad; y con el espíritu del temor del Señor.
6. Unos Serafines estaban encima de él. Así llamamos al orden más excelso, y perfecto de los ángeles, que están sobre todos los demás. Aunque superan a todos asisten al Señor soberano, y le ofrecen un fervoroso ministerio y la más generosa reverencia. El Señor, el ángel y el hombre tienen su propia actitud. A Cristo le devora el celo por su Padre; busca la gloria de su Padre; y como verdadero Unigénito y Primogénito del Padre, ayuda a los adoptivos por amor a su Padre. Esteban lo vio de pie y sintió su ayuda. El Profeta le rogaba que se levantara y viniera en su auxilio. ¡Levántate, Señor: ayúdanos! 
 La actitud de los ángeles es la de servir, como lo dice el Profeta: Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes. Y la de los hombres es perseverar, conservar la fuerza del espíritu y ser fiel a los propósitos. Moisés se puso ante el Señor cuando la sedición para apartar su cólera. Finés se levantó y lo aplacó.
 Unos Serafines estaban en pie sobre él. Por qué dice el profeta que vio dos Serafines, y no uno o muchos? Porque, con lo que añade, nos indica claramente que se le aparecieron dos: Uno tenía seis alas y el otro otras seis. Y con razón habla de dos, pues ¡Ay del sólo, porque si cae no tiene quien lo levante! ¡Ay de ti, espíritu soberbio, que siempre quieres ser el único y presumir de todo! Claudicaste de la verdad, y te han expulsado. Los pies del soberbio se desploman. Quisiste ser el único en poseer el trono y te precipitaste del cielo como un rayo, sin esperanzas de que nadie te levante.
7.Uno tenía seis alas y el otro otras seis. ¿Para qué tantas alas? Dice el profeta que con dos alas cubrían su rostro, con dos alas cubrían sus pies y con las otras dos se cernían. Nos hallamos ante un gran misterio y un profundo sacramento. Estas palabras exigen que escuchéis atentamente y que no me exprese con toda claridad y de una manera totalmente espiritual. Me lanzo a manifestaros mi pensamiento, sin atreverme a sostenerlo como verdadero, sino como mera opinión y conjetura. ¿No podemos imaginar que, al caer Lucifer, los Serafines montaron una continua vigilancia, lo mismo que cuando pecó el hombre, Dios colocó a los Querubines como custodios? Y me parece muy bien que los Querubines empuñaran una espada llameante; de este modo alejaban la mano del hombre del árbol de la vida, con los medios que a él más le aterran: el fuego y la incisión. Los Serafines, en cambio, con sus alas cubren y oscurecen el ojo espiritual. Además se nos dice que con dos alas cubrían su rostro y con otras dos sus pies, es decir, impedían que aquel malvado contemplara la grandeza de Dios o sus profundos misterios. Ya llegará el momento en que aparecerá la gloria del Señor, pero no sucederá hasta que se cumpla lo que está escrito: Desaparezca el malvado, y no vea la gloria de Dios. Mientras tanto se le cubren el rostro y los pies. A él se le puede ver la parte central, pero queda privado de toda visión. Y le cubren con alas para defenderle a él y reprimir o alejarse de ellos. 
8. Antes, sin embargo, debemos explicar cuáles son esas dos alas con que vuelan. Para mí son la naturaleza y la gracia; recordad que anteriormente las aplicamos al trono alto y excelso. La naturaleza les ha dotado de una inteligencia muy sutil, y la gracia de un afecto muy ardiente. Por ello se sienten impulsados y atraídos hacia aquel que está sobre ellos. Y como dijimos, permanecen estables por su ministerio, y el anhelo les hace volar. 
 Podemos también decir que cubren el rostro y los pies del Señor, mas no por eso dejan de verlos, porque no cesan de volar y revolotear en torno a él, sondeando las maravillas de su poder y las profundidades de su sabiduría. Y están muy lejos de ser escudriñadores de la majestad, oprimidos por el peso de su gloria. Su amor es tan grande como su conocimiento, porque los dirige,  actúa en ellos el Espíritu que sondea hasta las profundidades de Dios. Pero ese soberbio Lucifer escogió solamente brillar y no quiso arder; utilizó únicamente un ala, y en vez de volar se estrelló. Presumió de ser muy luminoso y no se preocupó de ser ferviente y ardiente como significa su nombre de Serafín. 
 No pudo mantenerse en pie porque despreció, y no pudo volar porque presumió. Su perspicacia natural lo elevó; mas fue para su propia perdición, porque le faltó la gracia y se hundió al instante. Lo mismo ocurrió a los que conocieron a Dios y no le glorificaron ni le dieron gracias: cayeron en una inadmisible mentalidad y se oscureció su corazón insensato. Lo mismo ocurre a su cabecilla: tiene un velo que anula su agudeza natural y no puede contemplar el rostro y los pies del que está sentado en el trono. Los Serafines que están de pie y muy atentos cubren con dos alas su rostro, y con otras dos sus pies. 
9. Pero la esencia divina no es una realidad corpórea, ni tiene miembros corporales como los hombres. Dios es espíritu, y todo cuanto afirmamos de él hay que tomarlo en sentido espiritual. ¿Quién nos revelará, pues, este rostro y estos pies, cubiertos por sendas alas de Serafines? El Espíritu, que conoce todo lo que hay en él y sondea hasta las realidades más sublimes de Dios. Yo creo que eso es lo que aquí se quiere indicar al mencionar el rostro. Y según esta interpretación, su rostro sería su majestad, su poder, su fortaleza eterna y su divinidad. El Profeta nos habla así de ese rostro: Tu justicia, como los montes de Dios. Y después añade: Tus juicios, como el hondo abismo. Nosotros nos atrevemos a aplicarlo a sus pies. Porque en sus pies podemos ver sus caminos inescrutables, sus designios insondables, el abismo de su sabiduría y sus decisiones tan irreprensibles como incomprensibles. 
 En estos pies veo yo incluido de manera especial el misterio de la encarnación del Señor, y la obra entera de nuestra salvación. ¡Qué justicia tan sublime aquella! El Profeta la compara a los montes de Dios. La nuestra, a su lado, si existe es una justicia muy pobre: auténtica, sin duda, pero llena de impurezas. A no ser que nos tengamos por mejores que nuestros padres, que decían con toda sinceridad y humildad: Nuestra justicia es correo un paño lleno de sangre. ¿Podemos hablar de una justicia total, donde todavía es posible recaer en la culpa? La justicia del hombre actual puede ser auténtica, si no consiente en el pecado ni le permite apoderarse de su persona. En cambio, la del primer hombre al principio fue auténtica y total, porque tenía el privilegio de no sentir siquiera el pecado. Pero como no estaba bien consolidada, perdió fácilmente su integridad y dejó de ser auténtica.
 La justicia, en cambio, de los ángeles es auténtica, pura e inconmovible; es algo extraordinario, aunque muy inferior a la de Dios. No es innata en ellos, sino recibida de Dios; de tal modo que por su propia naturaleza puede inclinarse a la justicia o a la injusticia. Esta es la maldad que la justicia divina encontró en los ángeles. Ningún viviente es justo ante ti, dice uno que conocía muy bien la justicia divina. 
 Y fijémonos que no dice: ningún hombre, sino ningún viviente. Con lo cual no quedan exceptuados ni los mismos espíritus angélicos. También ellos viven, y tanto más cuanto más cerca están del que es la fuente de la vida. Y también son justos, pero por él y no por estar ante él; por un don gratuito de él, no por compararse con él. Él es su propia justicia, porque su voluntad no es solamente recta, sino la rectitud, y ambas coinciden con su esencia. En una palabra, esta justicia es como una montaña; es recta, pura e inmutable; es su misma sustancia. ¡Qué cumbres más sublimes hay en esa cabeza! ¡Cuánta gloria y majestad inunda ese monte umbrío y frondoso. 
10. ¿Y con qué alas cubren los Serafines ese rostro para que el ojo perverso no pueda percibir el resplandor de la luz verdadera, ni aunque se valga de su extraordinaria naturaleza o de su sutilísima inteligencia? Esas alas son, a mi aparecer, su propia gloria y su felicidad. Gozan de manera inefable al contemplarle extasiados, y su mayor orgullo es rendirle veneración. El malvado sintió admiración, pero no tuvo veneración; y al no venerarle en adoración, no pudo permanecer en el éxtasis de la admiración. Acabó trocando la admiración en emulación, y en vez de adorarle intentó igualarse a él. ¿Cuánto más dichosos son los Serafines, que siguen admirando, y su misma veneración los hace también venerables!Toda su gloria les viene de aquel que convierte a sus siervos en reyes, y ensalza a los que se humillan ante él.
 Escucha, asimismo, cómo cubren los Serafines la cabeza del Señor con estas dos alas, para impedir que la vea el maligno. Si mira hacia arriba le confunde inmediatamente la felicidad y gloria de los ángeles; sus ojos se llenan de un flujo fatal, y de una lividez tan espantosa que le es imposible distinguir nada. Ante estos dos velos que le impiden contemplar las grandezas divinas se siente rabiosamente encadenado; y se consume al sentirse acosado por el vigor de la felicidad o de la gloria de aquellos que siente, con dolor, que son superiores a él. ¿Existe un flujo más pernicioso a los ojos que la envidia? El mayor tormento de un corazón envidioso es la gloria y felicidad ajena. La miseria, en cambio, como suele decirse, nunca es envidiosa. 
11. Los Serafines cubren también con dos alas los pies del Señor. En ellos están simbolizados el abismo impenetrable de sus juicios y los caminos insondables de sus designios. Por mi parte, afirmo que los cubren con la prudencia y la fidelidad. Como ministros fieles y prudentes disponen tan perfectamente los asuntos de Dios y buscan con tanto interés el bien de los elegidos, que el maligno se ve totalmente amordazado. Por haber estado cubiertos los pies no conoció al Señor de la gloria y lo hizo crucificar. Por este mismo motivo sucede que coopera, sin saberlo y muy a pesar suyo, a nuestra salvación; y después se lamenta de que quiso pejudicar y en realidad coopera a nuestro bien. Así anulan su astucia estos espíritus tan serviciales: su fidelidad y su prudencia no les permite descubrir jamás los designios de la providencia divina para con nosotros. 
12. El maligno, por sus dos alas superiores, gozó del don de la admiración, pero no supo manifestarla en la adoración. Con las alas del centro la naturaleza le concedió la inteligencia espiritual, pero la gracia no le otorgó el afecto. Y en las inferiores podemos advertir que le faltó la fidelidad, aunque manifestó algo de prudencia. No creo que tú estés pensando en Otro distinto del que ha sido identificado con la serpiente, el más astuto de todos los animales. Por otra parte, su desastre fue irrevocable e irreparable porque en el lado derecho no tenía ningún ala, y en el izquierdo no le faltaba ninguna. 
 ¡Qué distintos aquellos otros dos, que nos describe la visión profética en pie y asistiendo al Señor de la majestad! Con dos alas, volvemos a repetirlo, le cubren el rostro; una es la admiración que les llena de gozo, y la otra es la adoración, que es su mayor orgullo. Con otras dos alas, la fidelidad y la prudencia, le cubren los pies, y con las otras dos vuelan, es decir, con la vivacidad de su naturaleza y la destreza de la gracia. Dejan lo que podíamos llamar la parte central, libre y visible; y yo veo en ella la generosidad y benevolencia divina que ofrece a los hombres la conversión. Todos pueden ver, en efecto, cómo hace salir el sol sobre malos y buenos manda la lluvia sobre justos e injustos. Con esta caridad cubrió el verdadero Salomón la parte central de su cuerpo, en atención a las hijas de Jerusalén. Ya que no pueden contemplar las realidades sublimes ni comprender los misterios, ejercítanse al menos en las más sencillas, y de ese modo merecerán alcanzar la contemplación de las realidades más sublimes y espirituales. Al maligno, en cambio, esta visión le atormenta terriblemente ahora, y le torturará más aún en el futuro. En primer lugar, porque le da envidia la infinita benevolencia de que gozamos nosotros, y además porque ve que no puede aprovechar esa gracia y conseguir el perdón. 

RESUMEN Y COMENTARIO
Cristo procede del Padre y es inferior al Padre, pero comparte el mismo trono. Mientras uno permanece sentado el otro está recostado. También comparten el mismo templo. Es una tranquilidad infinita que supera nuestra capacidad de razonamiento. 
 Es más cómodo permanecer recostado y cobijado que estar sentado. Por otra parte, el que está sentado tendrá, algún día, y según nos dicen las Escrituras, el deber de juzgar.  Pero Padre e Hijo son un mismo ser. Debemos unirnos a ellos de tal forma que también formemos parte de esa comunidad espiritual. Por eso la Iglesia quiere unirse a esa relación tan íntima. 
 Cristo siempre permaneció unido a su Padre, mirando hacia él, pero sufrió el abandono del mismo, llegó a preguntarle que por qué lo había abandonado. Así era de profunda su naturaleza humana.
 Nuevamente podemos verlo lleno de gloria o de sufrimientos, más divino o más humano, pero siempre al lado del Padre.
 Su gloria lo cubre todo, lleno de ángeles y de bienaventurados, pero su gracia no ocupa todo lo que hay bajo su trono porque hay seres que rechazan su gracia. 
 El Hijo, los serafines y los hombres cumplen misiones distintas. El primero busca la ayuda de su Padre y ayuda a los espíritus adoptivos. Los Serafines obedecen las órdenes y las personas perseveran en la virtud. Es importante que sean dos ángeles, al menos, para que ninguno de ellos se crea único e intente alcanzar, par sí, el trono de Dios. 
 Los Serafines cubren los pies y el rostro de Dios para que los malvados no puedan verlo. Esa puede ser la explicación de los dos pares de alas empleadas en estos menesteres mientras otros ángeles alejan, con espadas de fuego, a los espíritus maléficos. Al malvado no le está permitido ni el acercamiento y la visión de la gracia. 
 Las dos alas significan la naturaleza y la gracia. Ambas son necesarias para volar. Lucifer sólo utilizó el conocimiento, la naturaleza y no pudo volar o su vuelo fue muy corto. Los que conocen a Dios pero no le glorifican es como si intentaran volar con una sola ala y ésto es imposible.
 Sólo el Espíritu nos permitirá acercarnos al rostro y a los pies de Dios. Allí se encuentran sus designios y la auténtica justicia. Todo ser viviente puede actuar justa e injustamente excepto Dios. 
 Estas alas que cubren el rostro de Dios están hechas de gloria y de felicidad. La ausencia de veneración, o adoración, impiden contemplar su gloria. Al mismo tiempo, la falta de felicidad produce una profunda envida que enturbia la propia vista. 
 Las alas que cubren los pies significan la prudencia y la fidelidad. El maligno no puede conocer la voluntad ni los designios de Dios. Debido a ello se opone a sus designios, puesto que desconoce el resultado final de sus inútiles esfuerzos, colaborando con nuestra labor de purificación y salvación, sin ni siquiera saberlo. 
 En definitiva, las alas superiores permiten admiración, pero no veneración. Las alas inferiores están faltas de fidelidad y las centrales permiten una inteligencia sin afecto. En realidad todavía falta más, puesto que los pares de alas están incompletas. A todas ellas les falta la verdadera adoración si ánimo de emular la gloria. A su vez, el comprende todas estas incapacidades y mutilaciones alegóricas es causa de un intenso y profundo sufrimiento.

LA VISIÓN DE ISAÍAS. SERMÓN CUARTO, PRIMER DOMINGO DE NOVIEMBRE

 Dice el Profeta que los Serafines estaban de pie, y añade: Cada uno tenía seis alas. ¿Qué simbolizan estas alas, hermanos? ¿Acaso, pasado ya el invierno y cuando el Rey imperaba desde su trono, los Serafines tenían que volar para atender a las múltiples necesidades de los suyos, librarles de los peligros inminentes, animar a los fatigados y consolar a los afligidos? No, en el reino de la felicidad eterna se desconoce la necesidad, el peligro, el cansancio o la angustia. Allí huelga toda preocupación por tales cosas. Entonces ¿para qué son las alas? Esa postura me agrada. Yo también quiero estar siempre en esa actitud, y no admito nada que ponga en peligro la estabilidad. 
 Pero también sé, Isaías, que tú eres profeta y tienes el espíritu del que, en su inmensa misericordia, desborda los méritos y deseos de los hombres. Que nadie toque mi entrañable estabilidad: pero si estas alas pueden acrecentar mi felicidad, ¡enhorabuena! Y en ese sentido creo que en el estar de pie se promete la perseverancia, y en el gesto de volar el entusiasmo; con eso se salva toda especie de estabilidad insensible y marmórea. 
 Posiblemente se te ocurrirá pensar por qué tantas alas, o cuál es su misión. Sigue escuchando: Con dos alas se cubrían el rostro, con otras dos el cuerpo, y con las otras dos volaban. En estas palabras yo veo explicado de una manera más explícita lo que antes ha dicho sobre su actitud de estar firmes y dispuestos a volar. ¿A dónde van a volar los Serafines, sino hacia aquel cuyo amor les inflama? Fíjate en la llama: parece que vuela y no cambia de sitio. Así son los Serafines: están quietos y vuelan; no paran de volar y no se mueven.
2. Y como hemos dicho a dónde dirigen su vuelo, vuestra piadosa curiosidad parece reclamar cuáles son las dos alas con que vuelan. El más indicado y fiel para hablar de esto es el que ha tenido la suerte de verlo. Yo creo que en estas alas podemos ver el conocimiento y la devoción, con las cuales los Serafines se lanzan hacia aquel que está sobre ellos. El ala del conocimiento los eleva, sí, pero ella sola no basta. Caen muy pronto, y al intentar volar solamente con un ala, cuanto más se elevan más fatal es la caída. Ahí tenemos a los filósofos paganos que llegaron a conocer a Dios, y en vez de glorificarle como se merecía, su razonar se dedicó a vaciedades y su mente insensata se obnubiló. Al fin cayeron en una mentalidad horrorosa y se anegaron en las más increíbles pasiones. Se donfirma una vez más aquella sentencia: El que conoce el bien y no lo hace, está en pecado.
 Lo mismo ocurre con la devoción desprovista de sabiduría: cuanto más impetuosa es, más peligro hay de que se estrelle si se desvía y choca. En cambio, cuando el amor acompaña al conocimiento y la ciencia tiene por compañera a la devoción, vuele sin miedo y no cese de volar, porque vuela a la eternidad.
3. En cuanto al hecho de cubrir la cabeza y los pies, nos dicen los Santos Padres que los Serafines ocultan la cabeza y los pies de Dios, porque se desconoce lo que fue antes del mundo y lo que sucederá al final del mismo. Esto si seguimos la lectura de los códices latinos que dicen: la cabeza y los pies de él. Nuestro exégeta afirma que la palabra hebrea tiene varios sentidos: puede traducirse "de él" o "suya". Y según eso, los Serafines, por la ambigüedad del hebreo, pueden cubrir el rostro o los pies de Dios, o su propio rostro y pies. Y es curioso advertir que de esas dos interpretaciones eligió la que menos se adapta al conjunto de la visión. Aquí acepta el comentario se adapta al conjunto de la visión. Aquí acepta el comentario de Orígenes, según el cual los Serafines, a la vez que vuelan, cubren la cabeza y los pies del que está sentado en el trono.
4. Si intentáramos pintar a estos Serafines, con la cabeza y los pies cubiertos, sólo aparecería el tronco del cuerpo, y éste incluso parcialmente, porque habría que ponerles las otras alas con que vuelan. Yo veo esa especie de cabeza, tronco y pies en estas palabras del Apóstol: "A los que eligió, Dios los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo; y a los que predestinó, los llámo; y a los que llamó, los rehabilitó; y a los que rehabilitó, les comunicó su gloria. La primera iniciativa es pura gracia, y yo no he hecho nada para ser predestinado ni llamado. En cambio, no ocurre lo mismo en la rehabilitación, que es obra de la gracia y mía. A los Serafines podríamos ponerlos en un plano intermedio. La glorificación también es fruto exclusivo de la gracia, y yo no puedo gloriarme en absoluto de haberla secundado o haber cooperado con ella.
 Así, pues, los Serafines cubren su cabeza con dos alas cuando reconocen y confiesan humildemente que la misericordia actuó previamente en ellos. Cubren también con dos alas sus pies, si proclaman y agradecen esa misericordia que recibirán más adelante. Pero tampoco deben ahora olvidar cubrirse la cabeza y los pies, aunque lo deben hacer de una manera especial cuando el Juez se siente en el trono. Porque en ese momento les comunicará un conocimiento inefable de la verdad, y los inflamará con las llamas impetuosas de la caridad.
 Que esa misericordia de que hemos hablado se digne unirnos a ellos y a nosotros, indignos siervos suyos. Es una misericordia eterna para todos los elegidos. Hay un momento central en que aparece el libre albedrío con la gracia de merecer, pero al principio y al fin dependen por completo del que es nuestra Alfa y Omega. Dios nuestro Señor. Por eso decimos con todo derecho: No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Amén.
RESUMEN Y COMENTARIO
El hecho de tener seis alas causa perplejidad. Puede significar entusiasmo y constancia. No necesitan tantas alas, pues ya están donde quieren (en la presencia de Dios). También se nos dice que dos alas cubren la cara y otras dos el cuerpo. Igualmente, que no paran de volar y están en el mismo sitio.
 Esas dos alas que utilizan para volar, una representa la sabiduría y la otra la devoción. El conocimiento permite elevarnos pero sólo de una forma muy transitoria. La devoción a secas tampoco sería suficiente para un vuelo auténtico y duradero. Es la combinación de las dos alas la que nos permite alcanzar las alturas.
 Con las cuatro alas restantes caben dos interpretaciones: que cubran la cabeza y los pies de Dios o las de los propios ángeles. Pensamos que se refieren a los de Dios, pues es imposible para la mente humana conocer su origen y su evolución. No podemos ni siquiera imaginar cúal es el origen de Dios ni cual será su destino. Al menos de momento, esos grandes secretos lo seguirán siendo.
 La otra interpretación es que las alas recogidas es una forma de reconocer que, en un principio, la misericordia actuó en nosotros, como una dádiva especial y singular del altísimo, comenzando así nuestra vida espiritual. A partir de ese momento actuó nuestro libre albedrío pero hubiera sido imposible sin esa intervención inicial. Por eso podemos decir con toda claridad: Non Nobis Domine, Non Nobis, Sed Nomine Tua Da Gloriam. No por nosotros Señor, no por nosotros, todo por ti y por tu gloria. Por esa gloria que tan gratuitamente nos ofreciste.

LA VISIÓN DE ISAÍAS. SERMÓN TERCERO, PRIMER DOMINGO DE NOVIEMBRE

 Espero que no hayáis olvidado que nuestro sermón de hoy versaría sobre los dos Serafines de que nos habla Isaías. Después de decir que vió al Señor sentado en un trono, añade que unos Serafines se mantenían de pie por encima de él. Como habéis oído muchas veces, queridos hermanos, llamamos serafines a esos espíritus supremos, que son los más excelsos y perfectos de los nueve coros celestiales. Pero este texto creo que no intenta salzar su dignidad: porque son una multitud incontable y aquí sólo habla de dos Serafines. Yo, usando la libertad de interpretación que todos tenemos, veo en estos dos Serafines las dos criaturas racionales: el ángel y el hombre. Y no extrañe que haga del hombre un Serafín: recuerda que el Creador y Señor de los Serafines se hizo hombre.
 ¡Qué afrenta tan enorme la tuya! Por tu soberbia no mereciste vivir entre tus compañeros los ángeles; y he aquí que nuestro Rey viene a la tierra a crear otros nuevos ángeles. Y para que te atormentes y te consumas de envidia, no creará unos ángeles cualesquiera o del orden más ínfimo, sino Serafines. Escucha lo que acaba de decir: He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Sí, quiere hacer Serafines, y que estén allí mismo donde tú estabas y te perdiste.
 Dice la Escritura que unos Serafines estaban de pie encima de él. Más tú, Lucero matutino, no fuiste capaz de mantenerte en la verdad, porque no eras un auténtico Serafín. Porque Serafín significa el que arde, el que se abrasa. Y tú, miserable, tenías luz, pero carecías de ardor. Te hubiera sido más provechoso arder que brillar. Y si estabas tan frío, ¿por qué no elegiste la región más glacial, en vez de obsecarte por tu ansia apasionada de brillar? Recuerda lo que dijiste: Escalaré la cima de las nubes, y me sentaré en el vértice del cielo. Lucero, ¿por qué quieres amanecer tan pronto? ¿Te crees superior a los demás astros porque te parece que brillas algo más que ellos? ¡Qué fugaz va a ser tu presención! Ahí tienes ya al sol de justicia -eso que tu creías aparecer-y ante su fuego y su resplandor vas a desaparecer por completo. No trames tampoco una venganza cuando venga el Señor al fin del mundo como sol verdadero. No intentes adelantarte ni ponerte por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto para engañar al hombre caído, porque el fulgor de su presencia te aniquilará.
2. ¡Cuánta más sensatez y sabiduría demostró ese otro lucero, Juan Bautista! Fue el precursor del Señor, pero no por propia presunción, ni como un ladrón o bandido, sino por autorización de Dios Padre. Así está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti. Y en un salmo leemos también: Preparé una lámpara para mi Ungido. Era una antorcha que ardía e iluminaba, y los judíos quisieron disfrutar una hora de su luz. Pero él se negó. ¿Por qué motivo? Pregúntaselo a él y que se aclare. El amigo del esposo, responde él, está siempre con él y se alegra mucho de oír su voz. Juan persevera: no una caña sacudida por el viento. Persevera porque es su amigo, y porque es un fuego que arde. Y por eso los Serafines están en pie. Sí, es un auténtico amigo del esposo, porque no siente celos de la gloria del que procede del trono; le prepara el camino, predica su amor gratuito, y sólo aspira a participar también él de su plenitud.
 Juan alumbra, y alumbra con tanta mayor claridad cuanto más arde. Y cuanto menos desea brillar tanto más verdadera es su luz. Es un auténtico lucero que no viene a suplantar al Sol de justicia, sino a proclamar su resplandor. Escuchémosle: Yo no soy el Mesías. Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle la correa de las sandalias. Yo os bautizo con agua, y él os va a bautizar con Espíritu Santo y fuego. Este lucero quiere decirnos sin rodeos: ¿por qué os detenéis a contemplar mi resplandor? Yo no soy el sol. Vais a ver a otro que es incomparablemente mayor. Junto a él yo no soy luz, sino tinieblas. Yo, como lucero de la mañana, os regalo el rocío matinal. El os inundará con sus rayos de fuego, derretirá los hielos, secará los pantanos, calentará a los que están yertos, y será el vestido de los pobres. Las palabras del Precursor concuerdan con las del juez: el fuego que promete Juan, Cristo lo derrama: He venido a encender fuego en la tierra.
3. Puedes replicarme que tan esencial le es al fuego despedir llamas como resplandores. No te lo niego, aunque las llamas creo que le son mucho más esenciales. Escuchemos nuevamente del Señor cuál es la propiedad por excelencia del fuego: He venido a encender fuego en la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo. Ahí tienes su deseo. Tampoco ignoras que vivir es cumplir su voluntad, y que el empleado que conoce el deseo de su señor y no lo cumple recibirá muchos palos. ¿Por qué quieres brillar tan pronto? Todavía no ha llegado el momento en que los justos brillarán como el sol en el Reino del Padre. Actualmente es muy peligrosa esa ansia de brillar. Es muchísimo más interesante arder. 
 Mas si te consume el deseo de iluminar y ser visto, preocúpate ante todo de arder, y ten por cierto que vivirás envuelto en la luz. En caso contrario pierdes el tiempo, pues brillar sin arder es pura ilusión. La luz que no nace del fuego es falsa y artificial. Y lo que no es tuyo propio no puedes retenerlo mucho tiempo. Además del bochorno que supone presumir de lo que no es tuyo. Dicen que la luna tiene luz sin tener fuego, y que la recibe prestada del sol. Por eso está siempre cambiando y muda continuamente de cara. Lo mismo ocurre entre los hombres: el necio cambia como la luna y el sabio se mantiene firme como el sol. El necio por excelencia fue aquel a quien por su esplendor perdió la sabiduría, es decir, se ofuscó con tanta luz. 
4. Cayó, pues, Lucifer como un rayo del cielo. En cambio, unos Serafines estaban de pie por encima de él. Sí, se mantenían en pie porque el amor no pasa nunca. Están atónitos y extáticos, contemplando al que está sentado en el trono; viven en una eterna inmutabilidad y en una inmutable eternidad. Tú, oh malvado, quisiste sentarte allí, y por eso diste un mal paso y resbalaron tus pisadas. El único digno de ocupar el trono es el Hijo, el Señor del universo, que todo lo juzga con inmensa moderación. Solamente la Trinidad puede sentarse, la única que posee la inmortalidad, y no tiene fases ni períodos de sombra. 
 También los Serafines perseveran inmutables, pero a otro nivel muy distinto del Señor. Están abiertos y absortos en aquel que no se cansan de contemplar. El que intentó sentarse quiso vivir satisfecho de sí mismo. Ahora sólo busca la maldad, y es lo único que tiene de su propia cosecha. Cuando dice la mentira le sale de dentro, porque es falso y padre de la mentira. Ten en cuenta que la mentira incluye también la maldad. Pero aunque se complace perversamente en el mal, jamás vivirá plenamente satisfecho. La única que está sentada es la inefable Trinidad, porque existe en sí misma y tiene la plenitud del ser. Su gozo es ella misma; no necesita de nadie y ella es su propia plenitud.
RESUMEN Y COMENTARIO
Serafín significa el que arde. Tenemos que elegir entre arder o lucir. No intentemos lucir sino quemarnos en el amor a Dios. No intentemos escalar al trono de Dios y suplantarle sino quemarnos en nuestras emociones.
 Juan el Bautista es un gran ejemplo del que se quema y, sin quererlo, luce con un extraordinario brillo. No quería suplantar a Cristo, sino preparar su llegada que es el auténtico fuego.
 No debemos intentar lucir y tampoco intentar quemarnos para lucir. El lucimiento debe ser una consecuencia natural no buscada. Forma parte de la falsa sabiduría. El fuego es real y fijo, el lucimiento buscado cambia, falsamente, de un momento a otro. Es sólo un lavado de cara, un aspecto reluciente para mostrar a los otros.
 Los Serafines contemplan a Dios absortos y en éxtasis. Están de pie y no pretenden ocupar su trono. Otros, en cambio, quisieran desplazarlo y sentarse donde solamente la Trinidad puede hacerlo. Estos viven en la maldad, que camina junto a la mentira. Vivir así, con esas ansias, nunca nos dejará satisfechos.