1.Hermanos, estáis en el camino que conduce a la vida; en el camino
directo y despejado que lleva a la ciudad santa de Jerusalén, la
libre, la de arriba, nuestra madre. Sí, el ascenso es arduo pues es
un camino de alta montaña, pero es el más corto y ello templa y
ahorra mucho esfuerzo. Vosotros camináis y corréis por ese camino
con admirable facilidad y radiante felicidad; vais libres, ágiles y
sin macutos a la espalda. Pero no todos vais así; algunos arrastran
su equipaje en carros tirados por cuatro caballos, e intentan escalar
girando en torno a la montaña; y casi siempre caen al precipicio o
no llegan a la cumbre.
Dichosos vosotros que habéis abandonado vuestras personas y
posesiones, sin quedaros con nada; camináis por la cresta misma de
la sierra hacia aquel que avanza por el occidente y su nombre es el
Señor. Pero aquellos que salieron de Egipto y suspiran apasionados
por las pequeñeces de Egipto, no encuentran el camino de la ciudad
habitada. Agobiados del terrible fardo de sus propias voluntades,
caen oprimidos por el peso o junto a él, y casi nunca llegan al
destino de su carrera.
2.Hay algo en vuestras vidas -y lo digo alabando al que nos concede
gratuitamente todo esto- que no sea una imagen de la vida
apostólica?Ellos lo dejaron todo y, reunidos en la escuela del
Salvador y bajo su presencia, sacaron agua con gozo de la fuente del
Salvador y bebieron el agua fresca de la vida en su misma fuente.
Dichosos los ojos que lo vieron. ¿Pero no habéis hecho vosotros
algo semejante?Y esto a pesar de no sentirle presente, sino ausente,
ni movidos por sus propias palabras, sino por las de sus mensajeros.
Sed celosos de este privilegio: ellos creyeron porque le vieron y
escucharon sus palabras; vosotros, en cambio, por lo que oís a
través de sus mensajeros. Manteneos así, carísimos, fieles al
Señor; ellos perseveraron en el camino real a pesar del hambre y la
sed, el frío y la desnudez, las fatigas, ayunos, vigilias y demás
exigencias de la justicia; lo mismo vosotros: aunque no tengáis sus
méritos, creed que sois semejantes en cierto modo a ellos por
ciertas observancias. Y un día podréis decir al Señor vuestro Dios
cuando lleguéis ante su trono: Estamos gozosos por los días en
que nos afligiste, por los años
en que sufrimos desdichas.
Os aseguro que estáis en la verdad, en el camino verdadero y santo
que conduce al Santo de los santos. Mentiría -y lo digo para
satisfacción vuestra- si negara que de mis manos pecadoras han
volado a los gozos celestiales almas de monjes, novicios y conversos,
libres y liberados de la cárcel mortal. Si queréis pruebas, sabed
que yo he comprobado signos evidentes.
3.No tengo, pues, temor alguno de vosotros ni sobre vosotros, por los
ataques de Satanás y sus ministros: estoy convencido de que su
poderío ha quedado destrozado y aniquilado por las llagas del
Redentor. Con su espíritu de fortaleza el más fuerte derrotó al
fuerte, y destrozó las puertas de bronce y los cerrojos de hierro.
Pero sí que temo las trampas y astucias que urde contra vosotros.
Por su capacidad natural y la experiencia de tantos milenios conoce
perfectamente la fragilidad natural del hombre.
Por eso ese homicida insaciable no
envió a nuestros primeros padres osos, leones u otra especie de
animales salvajes, sino a la huidiza y astuta serpiente: con la
flexibilidad de su cuerpo lo mismo se cubre la cabeza con la cola,
que ésta con aquella. Dice la Escritura que la serpiente era el más
astuto -no el más fuerte-de todos los animales de la tierra. Y por
eso lanzó una pregunta para sondear la mente de la mujer; sabía muy
bien que no debía utilizar la fuerza, sino la astucia. Escuchadle:
¿con que Dios os ha dicho que no comáis del árbol de la ciencia
del bien y del mal?Y le respondió ella: porque tal vez moriremos. El
Señor había sido más categórico: El día que comáis de él
moriréis; pero ella lo da como posible: tal vez muramos
si comemos de él. Y fíjate en
la sagacidad y malicia de la serpiente: ¡Nada de morir!Dios lo
afirma, la mujer lo pone en duda, y Satán lo niega. De ahí viene mi
temor: si la serpiente sedujo a Eva por la astucia,también vuestros
sentidos pueden perder la castidad que tenéis en Cristo Jesús.
4.Imaginad que a alguno de vosotros le sugiere ese pensamiento:
“¿conqué os mandó Dios cumplir estas reglas?”Y adaptándose a
la vitalidad espiritual de cada uno, al tibio le inspira flojedad y
al fervoroso una vida más exigente. Pero siempre con el único deseo
y finalidad de apartarlos de la compañía de los justos y de la
comunidad. El espíritu que así te aconseja es el espíritu de la
de mentira, un espíritu muy fuerte y celoso de la dignidad que
posees. El sabio conoce todo esto y afirma: Si el espíritu que
tiene el poder se levanta contra ti, tú no dejes tu puesto.
Es imposible que el espíritu de la verdad, que te ha traído aquí,
te quiera hacer marchar. En su boca no existe el sí y el no; sino
unicamente el sí. Lo atestigua la autoridad indiscutible del
Apóstol: Nadie puede decir “anatema Jesús” impulsado por el
Espíritu de Dios. Jesús significa Salvador o salvación, y
anatema, separación. Por lo mismo quien te sugiere alejarte de la
salvación no es el Espíritu de Dios, ni viene de Dios; el Espíritu
Santo sólo sabe reunir y no separar: él reúne sin cesar en su
tierra a los dispersos de Israel.
5.¿Entonces qué? ¿Busca alguien otra vida más austera? Os aseguro
que ésta es la más rigurosa, y si eres sincero verás que
corresponde plenamente y en la medida de lo posible a aquella
primitiva escuela del Salvador. ¿O es que planeas descender a una
vida más confortable?¡Si comprendieras cuántas deudas y acreedores
tienes!Verás que lo que haces no es nada, y que es ridículo
compararlo con tus deudas.
¿Quieres saber cuánto debes y a quienes?En primer lugar a Cristo
Jesús le debes toda tu vida, porque él entregó su vida por la tuya
y soportó atroces dolores para librarte de los eternos. ¿Se te hará
a ti algo dudo y cruel si recuerdas que él era de condición divina,
que vive eternamente, que fue engendrado entre esplendores sagrados
antes que el lucero matinal y que es el reflejo y la impronta de
Dios? Y vino a tu cárcel, a tu barrio y se hundió hasta el cuello
-como suele decirse-en el cieno profundo.
Todo te parecerá suave si reúnes las amarguras de tu Señor y
recuerdas, en primer lugar, sus necesidades de la infancia; después,
sus esfuerzos en la predicación, sus cansancios en las caminatas,
sus tentaciones en los ayunos, sus vigilias en oración, sus lágrimas
de conmiseración y las asechanzas cuando hablaba; y finalmente, los
peligros por los falsos hermanos, las afrentas, salivazos, bofetadas,
azotes, burlas, desprecios, insultos, clavos y otras cosas
semejantes. Todo lo que hizo y sufrió en este mundo durante treinta
y tres años para nuestra salvación.
¡Qué misericordia tan inmerecida!¡Qué amor tan gratuito y
fiel!¡Qué compasión tan increíble!¡Qué dulzura tan
admirable!¡Qué mansedumbre tan invicta!¡El Rey de la gloria muere
en cruz por el siervo más despreciable, por un simple gusano!¿Quién
ha oído tal cosa o quién ha visto algo semejante? Con dificultad se
deja uno matar por un justo. Y él murió por los enemigos y los
injustos; se desterró del cielo para llevarnos a nosotros allí; es
el amigo tierno, el consejero prudente, el apoyo seguro.
6.¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?Aunque
disfrutara de la vida de todos los hombres, y viviera todos los
siglos de la historia, y realizara todas las actividades de los
hombres de ayer, de hoy y del futuro, todo eso no tiene comparación
con ese cuerpo. Atrae las miradas y suscita la admiración de las
criaturas más excelsas por su concepción del Espíritu, por su
nacimiento de una Virgen, por la pureza perfecta de su vida, la
riqueza de su doctrina, el asombro de sus milagros y los misterios
que ha revelado.
Ahí lo tienes: como el cielo está muy por encima de la tierra, así
su vida supera a la nuestra; y la entregó, a pesar de ello, en favor
de nosotros. La nada no puede compararse con lo que es: tampoco
nuestra vida tiene proporción alguna con la suya, ya que la suya es
la más sublime y la nuestra pura miseria. Y no creas que me entrego
a exageraciones oratorias: aquí la lengua humana enmudece y el
espíritu es incapaz de intuir el secreto de una gracia como ésta.
Así pues, aunque le entregue cuanto soy y puedo, todo eso sólo
sería como una estrella ante el sol, como una gota en el río, una
piedra junto al alcázar, o un grano de polvo ante una montaña. Sólo
poseo dos cosas muy pequeñas e insignificantes: el cuerpo y el alma;
o más bien lo único de que dispongo es la voluntad. ¿Y me negaré
a entregarla a cambio de la suya que, siendo tan grande, previno con
tal cúmulo de favores a un ser tan insignificante, y para
recuperarme íntegramente se entregó sin reserva alguna?Si me lo
reservo, ¿con qué semblante, con qué ojos, espíritu y conciencia
acudiré a la misericordia entrañable de nuestro Dios? ¿Osaré
perforar ese muro inexpugnable que protege a Israel, o apropiarme
como rescate las gotas y los ríos de sangre que brotan de las cinco
partes de su cuerpo? ¡Generación perversa e hijos degenerados!¿Qué
haréis en el día de la ruina que se avecina? ¿A quién acudiréis
en busca de auxilio?
7.¿Pero soy únicamente deudor de ése a quien sólo puedo dar tan
poca cosa?Mis pecados pasados reclaman que consagre toda mi vida a
hacer frutos dignos de penitencia, y repase todos mis años en la
amargura de mi alma. ¿Quién es capaz de hacerlo?Mis pecados superan
las arenas del mar; son incontables y no merezco mirar al cielo por
el cúmulo de mi maldad; provoqué tu ira haciendo el mal entre tus
ojos. El mal me envolvió por todas partes, mis culpas me abruman y
no veo nada.
¿Cómo voy a enumerar lo que no tiene medida?¿Y qué satisfacción
daré cuando se me exija devolver hasta el último céntimo?¿Quién
conoce sus pecados?Escuchad a esa flauta celeste que es Ambrosio:
“Abundan más las personas que conservan intacta su inocencia, que
las que hacen la debida penitencia”. A pesar de ello, por mucho que
se arrepienta, se aflija y mortifique es por tu nombre, Señor, y no
por los méritos de la penitencia por lo que perdonas mi pecado; pues
como dice un justo, es muy grave. Aunque dediques exclusivamente a
esto tu vida entera, tu saber, lo que tienes y puedes, ¿crees que te
valdría de algo? Acabas de dar tu vida a Cristo a cambio de la suya,
y ahora el recuerdo de tus pecados pasados te la vuelve a reclamar.
¿Acaso quieres conseguir dos yernos de una hija, como dice el
proverbio?
8.Pero voy a presentarte otro tercer acreedor, que te exige toda tu
vida con pleno derecho y rigor. Supongo que deseas pertenecer a
aquella ciudad de la que se dice: ¡Qué maravillas cuentan de ti,
ciudad de Dios! En ti reside esa gloria que ni ojo vio ni oído oyó,
ni hombre alguno ha imaginado: el reino perpetuo, vivir siempre en
una infinita eternidad. Supongo que deseas unirte a los ángeles de
Dios en el cielo, ser heredero de Dios y coheredero con Cristo,
cantar eternamente el aleluya en las plazas de la Sión celestial, y
contemplar cómo entrega Cristo el reino al Padre y a Dios, que es
todo para todos; y finalmente, ser semejante a Dios y verle tal cual
es.
Creo asimismo que te abrase el deseo de ver cómo caen las sombras y
despunta la aurora ante el resplandor de aquel día grandioso, que
disipa la niebla del mundo. Un derroche de calor y de luz; el sol
quedará inmóvil, las tinieblas disipadas, las marismas saneadas y
eliminados todos sus miasmas. ¿No vale la pena adquirir todo esto
entregándote tú mismo sin reservas y todo lo que puedas reunir?Mas
una vez que lo realices, no pienses que los sufrimientos de este
mundo y de tu cuerpo merecen la gloria que se nos manifestará. No
seas tan necio y temerario que intentes ofrecer a cuenta de ello lo
poco que tienes: ya se lo han disputado la vida de Cristo y la
penitencia de tu pecado.
9.¿Y que me dirás si te presento un cuarto acreedor que reivindica
su derecho de primacía sobre los tres anteriores?Aquí mismo tienes
al que hizo el cielo y la tierra: él es tu Creador, tú su criatura;
tú el siervo, él el Señor; él el alfarero, tú la arcilla. Cuanto
eres se lo debes a él, que te lo ha dado. A ese Señor que te creó
y te colmó de beneficios, te regala la maravilla de los astros, el
aire fresco, la madre tierra y los frutos en sazón. Debes servirle
con todo el corazón y todas las fuerzas, para evitar que te mire
indignado, te desprecie y te aniquile para siempre y por los siglos
de los siglos. No te creo tan insensato que te atrevas a mencionar ni
a contar tus propias monedas.
Dime, pues, a quién de los cuatro piensas devolver lo que debes:
con todos tienes una deuda tan inmensa que cualquiera de ellos podría
estrangularte. ¡Señor, me oprimen: sal fiador por mi!A ti te
confío lo poco que tengo: págales tu a todos y líbrame de todas
las deudas, pues eres Dios y yo hombre, y puedes hacer lo que nos
resulta imposible a los humanos. Yo hice lo que pude: Señor,
dispénsame, por favor; tus propios ojos han visto qué imperfecto
soy.
¿Será posible que alguien siga murmurando y diga: Trabajamos y
ayunamos demasiado, o nuestras vigilias son demasiado largas, al ver
que no puede pagar ni la milésima parte de sus deudas? Aquí tenéis,
hermanos, vuestra auténtica cuaresma: no la exterior, sino la
interior; no la corteza, sino la sustancia del sacramento. De hecho,
si a cada uno de estos cuatro acreedores le debéis con toda justicia
la perfección total del decálogo, es evidente que multiplicando
cuatro por diez nos resulta la cuaresma, o sea la observancia que
debemos prolongar toda la vida. El que os ha reunido en este santo
lugar, conserve vuestra vida en la obra santa; y así, cuando se
manifieste el que es vuestra vida, también vosotros os manifestéis
gloriosos con él. Amén.
RESUMEN
El camino correcto es dificultoso, en principio, pero lleno de recompensas. Debemos desprendernos, para caminar con prontitud, de cargas materiales y espirituales. De cualquier forma es el único sendero y nuestra respuesta a las cuatro grandes deudas de nuestra existencia. La primera deuda es regalarnos nuestra vida espiritual, siguiendo el
sacrificio y ejemplo de Cristo. La segunda el perdón de nuestros
pecados. La tercera la observación futura de las maravillas de Dios.
La cuarta es tu propia existencia y la de las cosas que percibes a tu
alrededor. Esas cuatro deudas nos animan a seguir el camino marcado
por las enseñanzas y los apóstoles. Estamos seguros de que este es
el único camino para nuestra evolución espiritual.
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