EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

lunes, 12 de mayo de 2014

SERMO SEXTUS De intellectu et affectu(2)

                                De intellectu et affectu(2)


Capítulo 1 


       Hoy se presenta el Hijo del hombre ante el Anciano que está sentado en el trono, para sentarse junto a él, y ser no solamente vástago del Señor por su honor y su gloria, sino además fruto maravilloso de la tierra. ¡Qué unión más dichosa, y qué misterio tan rebosante de gozos inefables! El mismo es a la vez vástago del Señor y fruto de la tierra. Hijo de Dios y fruto del vientre de María. Hijo de David y Señor suyo, que hoy le colma de alegría y por eso le cantó hace ya muchos siglos: Oráculo del Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha. El vástago del Señor es Señor; sin duda alguna. Y también hijo de David, porque es fruto incomparable de la tierra, brote del tocón de Jesé.
      Hoy el Padre glorifica a este Hijo suyo e hijo de los hombres, dándole la gloria que tenía junto a él antes que existiera el mundo. Hoy festeja el cielo el retorno de la Verdad, nacida de la tierra. Hoy les quitan el novio a los amigos y llorarán, como él mismo se lo predijo. Los amigos del novio no podían llorar mientras estaba con ellos. Hoy se lo llevan y les toca llorar y ayunar. Pedro ¿recuerdas aquello que dijiste: Señor, qué bien estamos aquí; si quieres, hago aquí tres tiendas? Ahora ha entrado en otra tienda mayor y más perfecta, no hecha por hombres, es decir, no de este mundo creado.

Capítulo 2 


       ¿Y podemos estar bien aquí? Todo lo contrario: esto nos resulta pesado, insoportable y peligroso. Abunda la maldad, y apenas hay una pizca de sabiduría. Todo es pegajoso resbaladizo; lleno de tinieblas y asechanzas de pecado; las al mas se extravían y el espíritu no soporta el ardor del sol; todo es vanidad y aflicción de espíritu.
      Hermanos, levantemos al cielo el corazón con las manos, y caminando con fe y devoción acompañemos al Señor en su ascensión. Muy pronto y sin obstáculos seremos arrebatados en las nubes para estar con él. Esto no puede alcanzarlo ahora el espíritu animal, pero lo alcanzará el cuerpo espiritualizado. No nos cansemos, pues, de levantar el corazón, porque como nos dice la propia experiencia, el cuerpo mortal es lastre del alma y la tienda terrestre nos deprime.                                          

Capítulo 3 


      Tal vez necesitemos explicar en qué consiste levantar el corazón, o cómo conviene levantarlo. Damos la palabra al Apóstol: si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estad centrados arriba, no en la tierra. Es decir: si habéis resucitado con él, subid con el; si vivís unidos a él, reinad con él.
      Hermanos, acompañemos siempre al Cordero: cuando sufre, cuando resucita y más aún cuando asciende. Que nuestro hombre viejo esté crucificado con él, para que se destruya el individuo pecador y ya no seamos esclavos  el pecado. Extirpemos cuanto de terreno hay en nosotros. Y así como él fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, emprendamos también nosotros una vida nueva. Si murió y resucitó fue para que abandonemos el pecado y nos entreguemos a la Justicia.

Capítulo 4 


       Y como una vida nueva exige un lugar más seguro, y la resurrección pide un estado superior, acompañemos al que sube: busquemos lo de arriba, no lo de la tierra. ¿Quiéres conocer ese  lugar? Escucha al Apóstol: la jerusalén de arriba es libre y ésa es nuestra madre. ¿Deseas saber qué hay allí? Allí reina la paz: glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios Sión: ha puesto paz en tus fronteras.
      ¡Oh paz que superas todo razonar! ¡Paz sobre toda paz! ¡Medida sin medida, colmada, remecida, rebosante! Alma cristiana: sufre con Cristo, resucita y asciende con él. Es decir: apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre tras ella. En el libro de los Hechos, Pablo recuerda a sus discípulos la continencia, la justicia y la esperanza de la vida eterna. Y la Verdad por excelencia manda en el Evangelio tener siempre el delantal puesto y encendidos los candiles, y parecernos a los que aguardan la vuelta de su amo.

Capítulo 5 


       Si prestáis atención, el Apóstol nos recomienda una doble ascensión : buscar y estar centrados arriba, no en la tierra. Y el Profeta parece insinuar esta misma distinción al decir: busca la paz y corre tras ella. Buscar la paz y correr tras ella equivale a buscar y centrarse en lo de arriba,  no en lo de la tierra. Mientras tengamos los corazones divididos tendremos muchos rincones y nos faltará la unidad. Debemos levantarlo cada uno de nosotros, como miembros de un cuerpo, para que se unan en la Jerusalén celeste, la ciudad bien trazada. Así cada uno en particular y todos los hermanos vivirán unidos sin estar divididos consigo mismos ni con los demás.
       Los miembros principales de nuestro corazón son el entendimiento y el afecto. Sus objetivos suelen ser opuestos: uno tiende a lo alto y al otro le atrae lo más bajo. De aquí el gran dolor y tormento del alma, Que se siente disgregada, mutilada y despedazada. Si no lo percibimos por nuestra lamentable insensibilidad espiritual, podemos adivinarlo por el dolor que nos produce una herida en el cuerpo. Supongamos que estiran violentamente las piernas de un hombre y le separan mucho los pies con un largo madero. La piel está intacta, pero ¡qué tormento tan horrible!

Capítulo 6 


       Así, así vemos con pena que sufren esos pobres que  viven corporalmente con nosotros: tienen la misma luz que nosotros, pero su afecto es muy distinto. Conocen el bien a realizar, mas no les atrae eso que conocen. En nosotros, hermanos, no hay excusa posible de ignorancia: abundamos en la doctrina celeste, en la lectio divina y en la instrucción espiritual. Todo lo que es verdadero, respetable, justo, limpio, estimable; todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que existe, lo aprendéis y recibís, lo oís y os veis, en los ejemplos y palabras de los hermanos más adelantados. Sus consejos y su vida instruyen maravillosamente a todos. Ojalá todo esto que enriquece el entendimiento llegara a conmover el afecto, y se acabara esa dolorosa contradicción e insoportable división de sentirnos atraídos hacia arriba y arrastrarnos por el suelo.

Capítulo 7 


       En casi todas las comunidades religiosas encontrarnos hombres llenos de entusiasmo, rebosantes de gozo, siempre alegres y contentos; fervientes de espíritu, volcados día y noche sobre la ley del Señor, su mirada fija en el cielo y sus manos siempre levantadas en oración. Examinan atentamente su conciencia y se entregan a las buenas obras. La disciplina les resulta amable, el ayuno ligero, las vigilias breves, el trabajo manual agradable, y toda la austeridad de nuestra vida les parece un descanso.
       Más también se hallan hombres  cobardes y apocados, abrumados por el peso; necesitan la vara y la espuela. Su escasa alegría es una tristeza encubierta. Su compunción es fugaz y esporádica. Su manera de pensar puramente animal. Viven con tibieza, obedecen de mala gana, hablan a la ligera, rezan sin interés y leen sin aprovecharse. No les conmueve el temor del infierno, ni el pudor les reprime, ni la razón les frena, ni la disciplina es capaz de dominarlos. Su vida es prácticamente un infierno, porque su entendimiento y afecto están en lucha perenne. Necesitan desplegar toda su fuerza y se alimentan pobremente. Soportan los trabajos y no saborean las alegrías.
      Por favor, despertemos los que así vivimos, renovemos nuestras almas y recuperemos nuestro espíritu. Abandonemos esa maldita tibieza, si no porque es peligrosa y suele provocar a Dios como solemos decir, al menos porque es insoportable, ruin y lamentable. Podemos llamarla antesala del infierno y fantasma de la muerte.

Capítulo 8 


       Si deseamos las cosas de arriba, intentemos ahora ya degustarlas y saborearlas. Cuando se nos recomienda buscar y paladear lo de arriba, podemos aplicarlo al entendimiento y al afecto. Levantemos  nuestro corazón  a Dios con nuestros miembros más nobles, con esa especie de manos que son los humildes esfuerzos y las prácticas espirituales. Yo creo que todos buscamos las cosas de arriba con la inteligencia de la fe y el juicio de la razón. Pero no todos saboreamos esas realidades en el mismo grado, por estar saturados de las realidades terrenas, arrastrados irresistiblemente por el afecto.
      ¿A qué se debe esta variedad de espíritus, esa desigualdad de deseos y esa oposición de conductas, a que antes nos referíamos? ¿De dónde procede tanta miseria espiritual de unos la extraordinaria abundancia de otros? El dispensador de gracia no es avaro ni mezquino. Lo que ocurre es que si no  hay vasijas, el aceite deja de correr. El amor del mundo se filtra por doquier, con sus consuelos o desconsuelos; atisba las entradas, se cuela por las ventanas e invade el espíritu. A no ser que diga resueltamente: Mi alma rehúsa el consuelo. Acudo a Dios y me recreo. El regalo santo no simpatiza con el alma ofuscada por deseos mundanos. Lo auténtico no congenia con la vanidad, ni lo eterno con lo caduco, ni lo espiritual con lo carnal, ni la altura con el abismo. Es imposible disfrutar al mismo tiempo de lo de arriba y de lo terreno.

Capítulo 9 


      Dichosos aquellos hombres que nos anunciaron previamente la ascensión del Señor: me refiero a Elías que fue arrebatado, y a Enoc transportado. Dichosos una y mil  veces, pues ya sólo viven para Dios, y en él descansan comprendiendo, amando y gozando. Su cuerpo mortal no es lastre del alma, ni su tienda terrestre abruma la mente pensativa. Están con Dios. Han desaparecido todos los obstáculos, se han disipado las ocasiones, y ya no queda nada que oprima el afecto ni abrume el entendimiento. Del primero dice la misma Escritura que fue arrebatado para que la malicia no pervirtiera su conciencia, y la perfidia no sedujera su alma ni su entendimiento.

Capítulo 10 


       ¿Cómo seremos capaces nosotros de poseer la verdad en medio de tanta tiniebla, o disfrutar de la caridad en este mundo perverso y que está en poder del malo? ¿Será posible iluminar nuestro entendimiento e inflamar nuestra voluntad? Sí, es posible, si acudimos a Cristo para que levante el velo de nuestros corazones. De él se ha dicho: A los que habitaban en tierra de sombras les brilló una luz.
      Pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios manda a todos los hombres que se conviertan, como dijo Pablo a los atenienses. Recordad cuál fue la tarea del Verbo de Dios y de la Sabiduría encarnada desde que apareció en el mundo y vivió entre los hombres: con su admirable poder, su gloria y su majestad se consagró a iluminar los corazones y aumentar la fe de los hombres, por medio de la palabra  milagros. Lo dice abiertamente: El Espíritu del Señor está sobre mí me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres. Y a los Apóstoles les dice: todavía os quedan unos momentos de luz caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. Pero no sólo habla así antes de su muerte. Después de resucitar se deja ver de ellos en numerosas ocasiones durante cuarenta días y les habla del reino de Dios, o les abre los sentidos para que comprendan las Escrituras. En todos estos momentos pretendía enriquecer su entendimiento, más bien que purificar su afecto.

Capítulo 11 


       ¿Cómo iban a familiarizarse con lo espiritual si eran animales? Eran incapaces de soportar el resplandor de la luz. Por eso tuvo que presentarse el Verbo en la carne, el sol en la nube, la luz en el barro, la miel en la cera, el cirio en el candelero: el Espíritu se hace presente a ellos en Cristo el Señor. Nunca les alta la sombra, bajo la cual viven entre los pueblos. A la Virgen se le dice que la cubrirá con su sombra, para que no la deslumbre un resplandor tan inmenso ni su mirada de águila se ciegue con esa luz brillantísima y el rayo purísimo de la divinidad.
       Mas esa nube no fue inoportuna, sino muy provechosa. Los discípulos no podían progresar en la fe sin transformar sus afectos, ni elevarse a las realidades espirituales. Pero excitó en ellos el amor a su persona humana, y se adhirieron con un amor puramente humano a ese hombre que hacía y decía maravillas. Era, sin duda, un amor totalmente humano, pero tan eficaz que prevaleció sobre todos los demás. Hasta llegar a decir: mira, nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
      Dichosos aquellos ojos que veían al Señor de la majestad presente en la carne, al creador del mundo convivir con los hombres, irradiar poder, curar enfermos, pasear por el mar, resucitar muertos, someter demonios, y comunicar ese mismo poder a tos hombres. Lo vieron manso y humilde de corazón, compasivo, cariñoso y con inmensas entrañas de misericordia: el Cordero de Dios que jamás cometió pecado y cargó con el pecado de todos. Dichosos los oídos que merecieron escuchar las palabras de la vida de la misma boca del Verbo encarnado. Les hablaba el unigénito, el que está en el seno del Padre, y les comunicaba todo lo que había oído a su Padre. Bebían los raudales de la doctrina celestial en el manantial cristalino de la Verdad, y así podían esparcirla, por no decir eructarla, a todos los hombres.

Capítulo 12 

      Nada tiene de extraño, hermanos, que les abrumara la tristeza, cuando les dijo que se marchaba y añadió: A donde yo voy vosotros no podéis venir ahora. ¿No se estremecerían sus entrañas, se perturbaría su afecto y vacilaría su mente? ¿No se abatiría su rostro y se horrorizaría su oído? ¿Serían capaces de admitir que les iba a dejar aquel por el cual ellos habían abandonado todo? Si arrebató todo el amor de los discípulos hacia su humanidad, no fue para que continuara siendo carnal, sino para transformarlo en espiritual y llegaran a decir: Antes conociamos a Cristo como hombre, ahora ya no.
      Este mismo Maestro, lleno de bondad; les anima con estas suaves promesas: Yo mismo pediré al Padre que os dé otro abogado que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la Verdad. Y en otro momento añade: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado. Esto es un misterio asombroso, hermanos. ¿Por qué dice si no me voy, no vendrá vuestro abogado? ¿Tan odiosa es al Abogado la presencia de Cristo? ¿Horrorizaba al Espíritu Santo convivir con esa carne del Señor, que como anuncio el ángel fue concebida por pura iniciativa suya? Entonces ¿qué significa la frase: si no me voy, no vendrá vuestro Abogado? Quiere decir esto: si la presencia de mi humanidad no desaparece de vuestras miradas, vuestra mente estará ocupada y no recibirá la plenitud de la gracia espiritual. El espíritu no la comprende, y el afecto es incapaz de poseerla.

Capítulo 13 


      ¿Qué os parece, hermanos? Si esto es cierto, como lo es, ¿quién tendrá la osadía de esperar al Paráclito y vivir enfrascado en el placer, o esclavo de los halagos de la carne pecadora engendrada en el pecado, habituada al pecado y privada del bien? ¿Es posible vivir en el estiércol, regalar el cuerpo sembrar en la carne y gozar de todo lo carnal, y querer recibir el don de la visita celestial, la plenitud del gozo y el ímpetu del Espíritu? 
      La Verdad en persona nos dice que los Apóstoles no pudieron recibirlo mientras estuvo presente la humanidad del Verbo. Se equivoca quien aspira a mezclar la dulzura celestial con esta ceniza, el bálsamo divino con este veneno, los carismas del espíritu con estos placeres. Te engañas, Tomás, te engañas si pretendes ver al Señor alejándote del Colegio apostólico. A la Verdad no le gustan los rincones ni los escondrijos. Está en el medio, esto es en la observancia, en la vida común y en la voluntad de la mayoría. ¿Hasta cuándo, miserable, irás haciendo rodeos, y buscarás con tanto afán e ignominia satisfacer tu propia voluntad? ¿Y qué quieres que haga?, me dices. Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no compartirá la herencia con el hijo de la libre. Lo repetimos una vez más: es imposible armonizar la verdad y la vanidad, la luz y las tinieblas, el espíritu y la carne, el fuego y el frío.

Capítulo 14  


       Tal vez me objetes: pero mientras él vuelve, yo no puedo vivir sin algún apoyo. Desde luego. Si tarda espérale, que ha de llegar sin retraso. Los Apóstoles permanecieron diez días en esta espera: se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la Madre de Jesús. Aprende tú también a orar, a buscar, a pedir y a llamar, y hallarás, recibirás y te abrirán. El Señor conoce tu barro: es fiel y no permitirá que la prueba supere tus fuerzas. Esto seguro de que si eres constante no tardará ni diez días. Y colmará de gracias inefables al alma que vive en soledad y oración. Y tras haber renunciado a los falsos placeres disfrutarás de su recuerdo, te nutrirás de la enjundia de su casa y beberás del torrente de sus delicias.
      Eso cuentan que hizo Eliseo, cuando lloraba al verse privado de la tierna presencia de Elías. Considera atentamente qué pidió y qué se le respondió: Déjame en herencia el doble de tu espíritu. Quería poseer un espíritu dos veces mayor, para suplir la ausencia del maestro con una gracia dos veces mayor. Por eso le responde Elías: si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás. Y como le vio marchar, su espíritu se hizo el doble mayor: el que era arrebatado al cielo le quitó todos sus deseos propios, y desde entonces sólo aspiraba a lo de arriba, no a lo de la tierra. Se duplicó su espíritu al verle marchar: al entendimiento espiritual se unió el afecto espiritual, siendo arrebatado al cielo con ese hombre a quien tanto amaba.

Capítulo 15 


       Esto mismo se realizó mucho mejor aún en los Apóstoles. Cuando vieron subir a aquel Jesús tan amado, y elevarse tan  gloriosamente  al  cielo,  ninguno  necesitó preguntarle: ¿dónde vas. No: la fe, convertida ya en pura visión por así decirlo, les había enseñado a levantar humildemente los ojos al cielo, extender sus manos limpias y pedir los dones prometidos. Y de repente se oyó un ruido del cielo, como de viento recio, un viento de fuego que Jesús arrojaba a la tierra con ansias de que prendiera. Ya sabemos que habían recibido el Espíritu cuando sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Pero era el espíritu de fe y de inteligencia, no el de fervor. Les iluminó la razón, no les inflamó el afecto. Para esto era necesario recibir un doble espíritu.
       Así, pues, a los que el Verbo del Padre había enseñado Primeramente la disciplina y la sabiduría, y les había llenado de inteligencia, el fuego divino descendió después sobre ellos. Los encontró completamente purificados, derramó en abundancia los dones de las gracias, y los abrasó en un amor totalmente espiritual. El amor que ardía en ellos era tan fuerte como la muerte, y no les permitía cerrar las puertas ni las bocas por miedo a los judíos.
          Para prepararnos a recibir esta gracia en la medida de nuestra pequeñez, procuremos, hermanos, humillarnos en todo y vaciar nuestro corazón de los míseros y caducos consuelos. Y ante la proximidad de este día tan solemne, perseveremos unidos en la oración; con todo fervor y confianza, para que el Espíritu se digne visitarnos, consolarnos y confirmarnos. Que ese Espíritu suave, dulce y fuerte fortalezca nuestra debilidad, suavice nuestras asperezas y  unifique los corazones. Es una misma cosa con el Padre y el Hijo, pero es distinto de ellos: los tres son una realidad y esa única realidad son tres. Así lo confiesa fielmente la Iglesia católica, adoptada por el Padre, desposada por el Hijo y confirmada por el Espíritu Santo. En ellos hay una misma substancia y una misma gloria por los siglos de los siglos. Amén.
RESUMEN
La ascensión de Cristo y su doble naturaleza divina y humana. Dificultades de la vida terrena. Si hemos resucitado en Cristo sigamos sus pasos. También nosotros debemos ascender. Sufrimiento que causa la oposición entre entendimiento y afecto. No podemos alegar desconocimiento. Las diferentes formas de vivir en las comunidades religiosas. Es necesario ascender de verdad y olvidar lo terreno. Elías y Enoc fueron precursores de la ascensión del Señor. La ayuda de Cristo nos lleva hacia la luz. Relación de los discípulos con Cristo. Necesidad de su ida para que llegue el Espíritu Santo. Imposibilidad de armonizar la luz con las tinieblas. Pensar en el más allá nos hace olvidar la tibieza de la vida temporal. Cristo nos dotó de entendimiento. El Espíritu Santo nos dota del verdadero afecto.


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