EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

domingo, 5 de octubre de 2014

EN LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA


SERMÓN PRIMERO

Los cinco misterios de la Dedicación


1. Esta fiesta, hermanos, debe ser algo muy entrañable para nosotros, porque somos los únicos en celebrarla. En las demás festividades de los Santos nos unimos a todas las iglesas; ésta, en cambio, nos es tan propia que la celebramos nosotros o nadie la celebra. Es nuestra, porque concierne a nuestra iglesia, y, aún más, porque se refiere a nosotros mismos. 
 No os admire ni sonroje celebraros a vosotros mismos. Ni seáis irracionales, como el caballo o el mulo. ¿Qué santidad pueden tener estas piedras para rendirles homenaje? Si son santas lo son por vuestros cuerpos. Y no hay duda que vuestros cuerpos están santificados, porque sois templos del Espíritu Santo, y cada uno sabe controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente. Podemos, pues, decir que el Espíritu de Dios que vive, en nosotros santifica las almas, éstas comunican su santidad a los cuerpos y éstos a la casa. Un alma que moraba todavía en su cuerpo mortal y pecador, y que había cometido un grave adulterio, se atrevía a decir: Guarda mi alma, que soy un santo. Realmente, Dos es admirable en sus santos, tanto en los del cielo como en los de la tierra. Los tiene allí y aquí, y en todos realiza maravillass: a aquellos les comunica su felicidad, y a éstos su santidad. 
2.¿Buscáis alguna prueba de esta santidad de que os hablo, y deseáis ver algún milagro de estos santos? Muchos de vosotros se han levantado varonilmente de los pecados y vicios en los que antes se revolcaban como los animales en sus excrementos, y resisten día tras día animosamente sus ataques. Exactamente lo que dijo el Apóstol. Se repusieron de su enfermedad y fueron valientes en la guerra. ¿Hay algo más admirable que un hombre logre dominar durante años, incluso durante toda su vida, los vicios que antes le esclavizaban día tras día, como por ejemplo la lujuria, las comilonas, borracheras, orgías, desenfrenos y otros semejantes? ¿Qué mayor milagro que estos jóvenes, adolescentes, nobles y todos los demás que viven libremente en una especie de cárcel abierta, con la única cadena del temor de Dios? ¿Cómo pueden perseverar en una vida tan austera, que supera las fuerzas humanas, es antinatural y rompe todos los moldes?
 Vosotros mismos podeéis ser testigos de muchísimos milagros si examináis vuestro éxodo personal de Egipto, vuestro caminar por el desierto o renuncia del mundo, la entrada en el monasterio  y la vida que aquí lleváis. Son pruebas evidentes de que el Espíritu Santo vive en vosotros. Si los movimientos espirituales demuestran la existencia del alma en el cuerpo, la vida espiritual patentiza la presencia del Espíritu en el alma. Aquello nos lo dicen la vista y el oído, y esto otro la caridad, humildad y demás virtudes.
3. Así, pues, queridos hermanos, esta fiesta es vuestra y muy vuestra. Estáis consagrados a Dios, que os eligió y os ha tomado en propiedad. Así lo siente el Profeta: A ti se encomienda el pobre, tú eres el socorro del huérfano. ¡Qué magnífico ha sido vuestro negocio, hermanos! Habéis invertido todas vuestras riquezas del mudo, abandonándolas, para pasar al dominio del Creador, y llegar incluso a poseer al que es el patrimonio y la riqueza de los suyos. Unos hijos degenerados cantaban orgullosos: Dichoso el pueblo que tiene todo esto. Es decir: silos repletos y rebaños a millares. No es dichoso el pueblo que tiene eso, sino ¡dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!
 Razón tenemos, pues, para estar de fiesta en este día que nos tomó como suyos propios se ha valido de sus ministros vicarios para realizar lo que había prometido: estaré personalmente con ellos y seré su Dios, y nosotros seremos su pueblo, el rebaño de su aprisco. Cuando el Pontífice consagró esta casa al Señor, lo hizo para nosotros: los que estábamos presentes y los que servían aquí al Señor en el curso de los siglos. 
4. Lo que se realizó visiblemente en las paredes debe cumplirse espiritualmente en nosotros. Recordad los ritos: aspersión, inscripción, unción, iluminación y bendición. Esto hicieron los pontífices en este templo visible. Y esto mismo realiza diaria e invisiblemente en nosotros. Cristo, el sumo sacerdote de los bienes futuros. En primer lugar nos rocía con el hisopo para purificarnos, lavarnos y blanquearnos; y así se pueda decir de nosotros: ¿Quién es esa que sube tan lustrosa? 
 Nos lava con la confesión, con la llovizna de las lágrimas y el sudor de la penitencia. Y sobre todo con esa agua inestimable que manó de la fuente del amor, es decir, de su costado. Nos rocía con el hiposo, una hierba muy humilde y que sirve de medicina para el pecho. Es el agua de la sabiduría, el respeto del Señor, la primicia de la sabiduría y la fuente de la vida; es el grano de sal que enriquece el temor con el sabor de la esperanza y del amor. Después de esto viene la inscripción con el dedo de Dios, el que expulsaba los demonios con la fuerza del Espíritu Santo. No graba su ley en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en el corazón. Así hizo realidad aquella promesa del profeta de arrancarnos el corazón de piedra y darnos un corazón de carne; es decir, cambiar el corazón obstinado y judaico por otro más compasivo, humilde, sencillo y religioso. Dichoso el hombre al que tu educas Señor; al que enseñas tu ley. Dichosos, repito, los que conocen y recitan y cumplen sus mandatos. Porque quien conoce el bien y no lo practica está en pecado. Y el empleado que conoce el deseo de su señor y no lo cumple, recibirá muchos palos. 
5. Por eso es necesario que la unción espiritual de la gracia sostenga nuestra debilidad, suavizando con la eficacia de la devoción el rigor de las observancias y de la vida penitente. Seguir a Cristo supone abrazarse a la cruz, y si falta la unción se hace insoportable la cruz: muchos se horrorizan y rehuyen la penitencia, porque ven la cruz y no la unción. Vosotros en cambio, tenéis experiencia y sabéis muy bien que vuestra cruz está ungida y que con la ayuda del Espíritu Santo nuestra penitencia es suave y gozosa; casi me atrevo a decir que nuestra amargura es dulcísima.
 Después de habernos ungido con su gracia, Cristo no pone su antorcha bajo el celemín, sino sobre el candelero. Ha llegado el momento de que nuestra luz alumbre a los hombres, vean el bien que hacemos y glorifiquen a nuestro Padre del cielo. 
6.Como remate esperamos la bendición: cuando abra su mano y llene de favores a todos los vivientes. Los cuatro ritos primeros simbolizan los méritos; la bendición el premio. La bendición es la plenitud de la santificación, entrar en un albergue eterno en el cielo, no construido por hombres. La casa edificada con piedras vivas, es decir, con ángeles y hombres. La construcción y la consagración se hacen a un mismo tiempo. Las vigas y piedras sueltas no forman una casa, ni hay quien viva en ellas. Solamene uniéndolas se hace la casa. La unión perfectísima de los espíritus celestiales, íntimamente compenetrados, ofrece a Dios una morada íntegra y digna, y él la inunda con el gozo y gloria inefable de su majestad. 
 ¿Quién conocería mejor los secretos de los reyes, sus decisiones y sus gestas, que las columnas y vigas de sus palacios si estuvieran dotadas de inteligencia? Estas piedras vivas y racionales de la curia celeste asisten a los consejos divinos, conocen los secretos de la Trinidad y oyen palabras inefables que el hombre es capaz de balbudir. Dichosos, Señor, los que viven en tu casa alabándote siempre. Cuanto más ven, entienden y conocen, tanto más aman, alaban y admiran.
7. Hace un momento decíamos que esta casa está maravillosamente construida y ajustada. Expliquemos brevemente en qué consiste esta unión y equilibrio. En Isaías leemos: ¡Qué buena soldadura! Estas piedras tienen la buena soldadura del pleno conocimiento y de un amor perfecto. Cuanto más cerca están de Dios, que es amor, mayor es el amor que les une entre sí. Ninguna sospecha puede separarlos, porque el rayo de la verdad que todo lo penetra, no les permite tener nada oscuro entre ellos. Si el que se une a Dios se hace un espíritu con él, es indudable que los espíritus bienaventurados están solamente unidos a él. Y en él y con él lo comprenden todo. Si deseas llegar a esta casa, haz que tu alma se consuma anhelando los atrios del Señor, y suplica con el Profeta: una cosa pido al Señor y es lo que busco: habitar en la casa del Señor toda mi vida. Pero no olvides lo que hizo: Cómo juró al Señor e hizo voto al Dios de Jacob: no entraré bajo el techo de mi casa, etc. Pero esto, con la gracia del Señor, lo expondremos en otro sermón. 
RESUMEN
La santidad de las iglesias no proviene de sus piedras, sino de los que los habitan que, por muy imperfectos que sean, son templos del Espíritu Santo.
 El mayor milagro es el de intentar llevar una vida santa y el de la conversión.
 La verdadera dicha no son las posesiones materiales sino el contacto íntimo con el Señor.
 Lo que se hizo en las paredes de las iglesias debe hacerse en nosotros y recibir los ritos de la aspersión, inscripción, unción, iluminación y bendición.
Para soportar la penitencia y las amarguras necesitamos la unción de la gracia. Nuestra luz debe alumbrar a los hombres. 
La bendición es como una gran casa construida por los ángeles y los hombres, de tal forma que se construyen y se consagran al mismo tiempo. 
Deberíamos vivir toda nuestra vida en la Casa del Señor, donde las piedras se unen por la sabiduría y de donde no deseamos salir. 



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