EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 5 de octubre de 2013

EN LA DEDICACIÓN DE LA IGLESIA. SERMÓN TERCERO


Tenemos tres clases de armamento para defender la ciudad de Dios


1. Hermanos, esta casa es una fortaleza de Dios, sitiada por el enemigo. Todos los que hemos jurado su bandera y nos hemos alistado en su milicia, necesitamos tres cosas para defender esta plaza: trincheras, armas y víveres. ¿Cuáles son las trincheras? Escuchemos al Profeta: Sión es una ciudad fuerte; el Señor ha puesto para salvarla murallas y baluartes. La muralla es la continencia y el baluarte la paciencia. Magnífico muro la continencia. De tal modo la envuelve y acordona que la muerte no tiene ningún acceso posible: ni por las ventanas de los ojos ni por los otros sentidos. Baluarte sólido es la paciencia, que corta los primeros ataques del adversario, nos mantiene firmes ante las diversas intentonas y nos hace perseverar inalterables. 
 Cuando la continencia se resiente y a veces parece vacilar, el único remedio es poner en primera línea la paciencia y negar rotundamente el consentimiento a las llamas incendiarias del pecado. A base de paciencia os salvaréis. El mismo Salvador se ha convertido en muralla y baluarte de su ciudad. Dios Padre nos lo ha dado como justicia para nosotoros, y como paciencia para el Profeta, que dice: Dios mío, tú eres mi paciencia. Nos sirve de muralla con el ejemplo de su vida, y de baluarte cons sus sufrimientos. De este modo nos ayuda a prescindir de todos los placeres del mundo y de la carne, y soportar varonilmente todo lo adverso.
2. También debemos tener bien templadas las armas, las armas espirituales, empuñándolas con la fuerza de Dios; no sólo para resistir al enemigo, sino para atacarle y derrotarle con bravura. Pablo nos ordena ceñirnos las armas de Dios. ¿Os dais cuenta, hermanos, de qué se trata? Es violena la tentación del adversario, pero la oración le supera en vigor. Su astucia y su maldad nos agobia, pero nuestra sencillez y misericordia le desconciertan. No soporta nuestra humildad, le abraza nuesra caridad, le torturan nuestra mansedumbre y obediencia.
 Tampoco podemos ser asediados por el hambre y verfnos obligados a entregar la ciudad al enimigo. Gracias a Dios estamos libres de aquella terrible amenaza de hembre y sed, no de pan y agua, sino de la palabra de Dios, de que habla el Profeta o más bien Dios por medio del Profeta. Nosotros sabemos que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que procede de la boca de Dios. Tenemos suficientes víveres: oímos frecuentemente sermones y con mucha más frecuencia las santas lecturas; y alguna vez saboreamos gustosamente la devoción espiritual, como cachorros que comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. Me refiero a los invitados celestiales que se nutren de la enjundia de su casa. 
 También contamos con el pan de las lágrimas que, aunque no es muy sabroso, restaura por completo nuestras fuerzas. Tenemos el pan de la obediencia, del cual dice el Señor a los discípulos: mi alimento es cumplir la voluntad de mi padre. Y tenemos sobre todo el pan vivo del cielo, el cuerpo de nuestro Señor y Salvador, con cuya energía se desbaratan todos los baluartes del adversario. 
3. Tan guarnecida está la fortaleza de la ciudad del Señor, que no existe el más leve temor con tal de que actuemos fiel y valerosamente, es decir, que no seamos traidores, cobardes ni ociosos. Son traidores los que intentan introducir al enemigo en la plaza del Señor, por ejemplo, los difamadores, a quienes Dios aborrece; y los que siembran discordias y fomentan escándalos. Así como el Señor sólo mora donde reina la paz, la discordia es el lugar preferido del diablo. No os asuste, hermanos, si hablo con tanta dureza: la verdad no adula a nadie. Sepa que es un traidor quien pretende introducir un vicio cualquiera en esta casa de Dios, y convertir este templo en una cueva de bandidos. 
 Gracias a Dios, hay muy pocos de esta especie entre nosotros. Pero a veces no falta quien se pone al habla con el enemigo y hace un pacto con la muerte; es decir hace lo posible por atenuar la disciplina de la Orden, entibiar el fervor, alterar la paz o herir la caridad. Guardémonos de éstos cuanto podamos, imitanto a Jesús que no se fiaba de ellos. Os aseguro que aunque ahora se les tolere, si no se enmiendan sufrirán muy pronto un juicio tan riguroso como terrible es el mal que traman. 
 ¿Qué haces hermano? ¿Guardas fidelidad con tus obras a la vanidad, la tibieza y demás vicios y manifiestas con tu tonsura, que estás mintiendo a Dios? Arrebatas a Cristo un magnífico castillo si entregas Claraval a su enemigo. Él recibe de aquí, año tras año, unas rentas abundantes y de gran valor; el botín que arrebata a sus enemigos suele esconderlo en este alcázar, porque confía en su enorme fortaleza. Aquí están los que él rescató de la mano del enemigo, los que reunió de todos los países: norte, sur, levante y poniente. 
 ¿Qué tormentos recibirá el traidor de esta plaza cuando sea delatado y hecho prisionero, sin posibilidad alguna de ocultarse o huir? ¿A qué suplicios cree que se expone? No tendrá la muerte de los demás sino que será sometido a unos tormentos increíbles. Pero no quiero extenderme más en esto. Confío que en adelante nos guardemos mucho más de tan abominable traición; y en vez de fomentar los vicios de la carne o del mundo los atacaremos con todas nuestras fuerzas. Y así no incurriremos en el fallo ni en la pena de los traidores. 
4.Además de esto hemos de temer que alguno, vencido por la cobardía, huya de la trinchera. Ese tal teme donde no existe motivo para ello, y se lanza con loca temeridad al corazón mismo del peligro. Quien huye se expone a las armas y espaldas del enemigo. Parece ignorar que el adversario carece totalmente de misericordia, y que es cruel con los extraños y más aún con los suyos, porque es cruelísimo consigo mismo. 
5. Apunto unas breves palabras sobre el tercer peligo, porque ya pasa la hora. Empeñado, como es mi deber, en vuestra salud, busco diversos remedios a vuestras múltiples enfermedades. ¿Qué importa que no entregues la ciudad, ni intentes abandonarla, si vives en ella ocioso e indolente? Hermanos, con todo el espíritu y valor de que somos capaces, esforcémonos en defender el alcàzar de nuestro ´Rey y Señor, que se nos ha confiado. Vivamos alerta contra las astucias del enemigo, y preparados contra sus ardides. Resistid del diablo y huirá de vosotros. Y como sabemos muy bien quién nos dijo: si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas, humillémonos bajo la mano poderosa del Altísimo, confiando con todo fervor a su misericordia nuestras personas y esta casa. Que él nos poteja de todas las insidias de los enemigos, para gloria de su nombre, bendito por siempre. 
RESUMEN
La vida es una fortaleza defendida por la paciencia y la continencia. Además tenemos nuestras armas que son la humildad y la obediencia, capaces de agotar y rendir a nuestro adversario. Nos alimentamos del agua viva y el pan vivo que es la palabra de Dios. La fortaleza es inexpugnable, salvo que se corroa por la traición, la ignominia y la murmuración. A estos que nos debilitan están reservados los más atroces tormentos. 
Huir es el mayor de los riesgos, pues el enemigo suele ser muy cruel hasta con los suyos.
No vale permanecer en la ciudad si estamos ocioso en ella. Debemos vivir siempre preparados y confiando en Dios nuestro Señor.

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