EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

domingo, 2 de noviembre de 2014

EN LA MUERTE DE SAN MALAQUÍAS. SERMÓN SEGUNDO DEL DÍA DE LOS DIFUNTOS

1. Es indudable, queridos hermanos, que mientras vivamos en este cuerpo estamos desterrados del Señor, y por ello este amargo destierro y la conciencia de los pecados nos incita más al llanto que al gozo. Mas el Apóstol nos anima a alegrarnos con los que están alegres, y la circunstancia y el momento presente nos impulsan a entregarnos a un profundo regocijo. Porque si los justos gozan en la presencia de Dios, como lo afirma el Profeta, no hay duda que también Malaquías se regocija, porque en su vida agradó a Dios y se mostró íntegro. Le sirvió con santidad y rectitud. Agradó a Dios el ministerio y el ministro. ¿Cómo no? Ofreció gratuitamente el Evangelio, y lo sembró en toda su patria. Dominó la indómita barbarie de los irlandeses; sometió al yugo suave de Cristo las naciones extranjeras con la espada del espíritu y le reconquistó su herencia hasta el confín de la tierra.
 ¡Qué ministerio tan fecundo! ¡Qué ministro tan fiel! ¿No fue el instrumento de que se sirvió el Padre para cumplir la promesa hecha a su Hijo? En éste pensaba cuando dijo a su Hijo: Te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra. ¡Con qué gusto recibía el Señor lo que había comprado, y nada menos que al precio de su sangre, la ignominia de la cruz y los horrores de la pasión! ¡Con qué agrado lo recibía de manos de Malaquías, que se lo presentaba graciosamente! El ministro le ofrendaba una entrega gratuita y un ministerio radiante por la conversión de los pecadores. Grata y agradable, repito, la pureza de intención del ministro y la salud del pueblo como fruto de su ministerio.
2. Aunque su ministerio hubiera sido menos fecundo, el Señor hubiera aceptado con idéntico agrado a Malaquías y sus obras. Porque él ama la pureza y le gusta la sencillez, y con su justicia valora las obras por su intención y conoce en el ojo la salud de todo el cuerpo. ¡Y qué grandes son aquí las obras del Señor! ¡Cómo se refleja en todos los proyectos y actividades de Malaquías! Son grandes e incontables, muy buenas y óptimas por la fuente incomparable de su pura intención. ¿Qué obra de misericordia olvidó Malaquías? Pobre para él, era muy rico para los pobres. Fue padre de huérfanos, esposo de las viudas y protector de los oprimidos. Daba con alegría, pedía pocas veces y recibía lleno de pudor. Su gran preocupación fue restablecer la paz entre los enemigos, y siempre lo consiguió.
 ¿Hubo alguien más blando en compadecerse, más rápido en ayudar y más libre para corregir? Tenía un celo inmenso y la capacidad de moderar ese celo. Sabía hacerse débil con los débiles y fuerte con los poderosos; sabía enfrentarse a los orgullosos, fustigar a los tiranos y ser maestro de reyes y príncipes. Con la oración quitó la vista a un rey que obraba mal y se la devolvió cuando se humilló. Frustró los planes de unos que habían roto un pacto de paz y los dejó caer en el error; y cuando se vieron confundidos y avergonzados les obligó nuevamente a la paz. También hizo correr oportunamente un gran río contra los violadores de un contrato, y desbarató sin más los proyectos inicuos de los malvados. No llovía, ni había torrenteras, ni nubes, ni deshielo de nieves y de repente un pequeño riachuelo se convirtió en un río enorme. El río corría ancho e impetoso, impidiendo el paso a los que tramaban el mal.
3.¡Cuántas cosas hemos llegado a oír y conocer de este hombre y de los castigos de sus enemigos, a pesar de que era manso, afable e inmensamente compasivo con los necesitados! Como si fuera padre de todos, vivía para todos. Como la gallina a sus polluelos, así el cuidaba y protegía a todos al amparo de sus alas. No le importaba el sexo ni la edad; ni miraba el rango o distinción de las personas. No se negaba a nadie. A todos abría de par en par el regazo de su amor. cualquier desgracia que le confiaban la hacía propia. 
 Pero el que en las suyas era paciente, en las ajenas era complaciente e incluso impaciente. Tan intenso era a veces su celo, que se enojaba con unos por el bien de otros. Liberaba a los oprimidos y reprimía a los poderosos, para el bien de todos. Se irritaba pero no para no pecar por falta de ira, como dice el salmo: Airaos y no consistáis en el pecado. La ira no le dominaba; y siempre controlaba sus impulsos. Era dueño de sí mismo, y como vencedor de sí, no podía sucumbir ante la ira. Tenía la ira a su disposición. Si la llamaba venía, sosegada, sin violencia; calculada, sin arrebatos. La usaba, pero no se abrasaba.
 Era inmensa su mesura y circunspección en moderar o reprimir este y todos los impulsos de su vida interior y exterior. Aunque se preocupaba de todos, no se olvidaba de sí mismo ni se exponía al peligro. También cuidaba y atendía a su propia persona. De tal modo vivía para sí y para los demás, que ni la caridad le impedía velar sobre sí mismo, ni su bien particular frenaba el el provecho de los otros. Cuando le veías rodeado de multitudes y envuelto en mil asuntos, dirías que era un político sin vida privada. Y cuando le veías en su soledad y en su vida personal, creerías que vivía exclusivamente para Dios y para sí mismo. 
4. Su entrega a las multitudes no le dispersaba, y aprovechaba muy bien los momentos de ocio. Meditar la ley del Señor no es perder el tiempo. Los momentos que le dejaban libre las necesidades del pueblo los consagraba a santas meditaciones, a la oración frecuente y al ocio de la contemplación. En esos momentos hablaba muy poco o nada. Su mirada la tenía atenta a lo que hacía, o modesta y replegada en sí mismo. Como se suele decir de los sabios, tenía los ojos en la cabeza y sólo los movía cuando la virtud así se lo indicaba.
 Su risa, que era rara, o respiraba caridad o la fomentaba. Y cuando brillaba en su rostro, nunca era estrepitosa. Traslucía la alegría de su corazón, y en vez de restar gracia a su rostro, la acrecentaba. Era tan ecuánime que jamás delataba la más íntima ligereza. Tan discreto que ofrecía siempre un semblante sonriente y libre de toda especie de tristeza. ¡Qué don tan perfecto! ¡Ningún obsequio más grato que el de ese espíritu y esas manos! ¡Qué aroma eleva a Dios la oración de este ocioso! ¡Cómo complacen a los hombres los sudores de sus trabajos¡
5. Todo esto le granjeó a Malaquías el amor de Dios y los hombres, y ha merecido compartir desde hoy la compañía de los ángeles y dar pleno sentido a su nombre. Antes ya era un ángel por su pureza y por su nombre; ahora éste alcanza su plenitud, pues goza de la misma gloria y felicidad que los ángeles. Alegrémonos, queridos hermanos, porque nuestro ángel se ha unido a sus conciudadanos, para hacer de embajador en favor de los cautivos, conseguirnos la benevolencia de los bienaventurados y hacerles saber las ansias de los miserables. Alegrémonos, repito, y regocijémonos porque en esta curia celestial hay alguien que se interesa por nosotros, y protege con sus méritos a los que edificó con su ejemplo confirmó con sus milagros. 
6. Este Pontífice santo, que tantas veces había presentado al cielo víctima pacífica con espíritu de humilad, hoy se acerca él mismo al altar de Dios como hostia y sacerdote. El sacerdote cambia la patria y por el rito del sacrificio es mucho más excelente. Se ha secado la fuente de las lágrimas y el holocausto se ofrece entre cantos de júbilo y alegría. Bendito el Señor Dios de Malaquías, que ha visitado a su pueblo con el ministerio de un Pontífice tan grande; y ahora, llevado a la ciudad santa, no cesa de consolarnos en el destierro con el recuerdo de tanta suavidad. Gócece en el Señor el espíritu de Malaquías, libre ya del peso corpóreo y ajeno a toda especie de materia impura o terrena. Con el ímpetu de toda su vitalidad se ha despegado de las criaturas corpóreas e incorpóreas, y se ha lanzado hacia Dios. Unido a él, es un solo espíritu con él para siempre. 
7. ¡Qué digna de veneración debe ser esta casa, que celebra tanta santidad! ¡Malaquías santo: consérvala en santidad y justicia y apiádate de nosotros, que saboreamos el recuerdo de tanta dulzura, envueltos en tantas y tan grandes miserias! Dios te ha concedido gracias inefables; ser muy pequeño ante tus ojos y muy grande a los suyos. Realizó por tu medio la proeza de salvar a tu patria, y a ti te ha concedido el favor de llevarte a la suya. Que esta fiesta tuya, consagrada a ensalzar tus virtudes, sea fecunda para nosotros por tus méritos y tu intercesión. Nosotros celebramos la gloria de tu santidad, y los ángeles también se unen a ella. ¡Ojalá sea plenamente gozosa por su fecundidad! Al marcharse permítenos conservar algunas reliquias de esos frutos tan abundantes de tu espíritu, a quienes estamos hoy reunidos en tu magnífico banquete. 
8. Sé para nosotros, por favor, otro Moisés u otro Elías, y danos tu mismo espíritu, pues viniste con su espíritu y su poder. Tu vida, Malaquías, es norma de vida y de conducta. Tu muerte, puerto de la muerte y puerta de la vida. Tu memoria, encanto de suavidad y de gracia. Tu presencia, corona de gloria en manos del Señor tu Dios. ¡Olivo fecundo en la casa de Dios! ¡Óleo radiante que unges y ardes, te consumes en favores y deslumbras con prodigios! ¡Haznos partícipes de esa luz y dulzura que disfrutas! ¡Azucena perfumada, esbelta y florida ya siempre ante el Señor! Tú empapas el mundo con tu aroma delicado y penetrante. Tu recuerdo es un canto gozoso para nosotros, y tu presencia es el orgullo de los seres celestes. Haz que quienes te ensalzamos participemos también en tu plenitud.
¡Astro inmenso y foco que disipas las tinieblas! Tú iluminas la cárcel con el resplandor de tus signos y tus méritos, y llenas de alegría la ciudad. Disipa de nuestros corazones, con el fulgor de las virtudes, la oscuridad de nuestros vicios. ¡Estrella matinal! Tú brillas más que ninguna, porque empalmas con el día y eres la más semejante al Sol. Dígnate ir delante de nosotros, para que vivamos a plena luz, como hijos que somos de la luz y no de las tinieblas. ¡Aurora que regalas el día a la tierra, y luz del mediodía que bañas las playas infinitas del cosmos! Acógenos en esa luz que te ilumina y te hace brillar en todas dimensiones, y con la que ardes dulcemente en tu interior. Que nos lo conceda nuestro Señor Jesucristo, que reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos. Amén.
RESUMEN Y COMENTARIO
 Hace San Bernardo una breve semblanza de San Malaquías. Desde su condición de mortal, que compartimos, y a todos produce lástima, empañada de dolor, hasta su obra inmensa en una tierra que consideraba indómita. Donde debían ocurrir violentas luchas de poder que él conseguía dominar, incluso recurriendo a milagros que a todos hacían reaccionar.
 También se refiere a esa caridad que lo es también hacia uno mismo y no nos debe permitir arriesgarnos en luchas estériles y extremadamente peligrosas.
 Igualmente era un santo contemplativo que sabía usar su ocio, y su tranquilidad,  de manera que también fueran pan  del espíritu.
 Superado el juicio que podemos formarnos de su santa persona, sólo nos queda regocijarnos en su ejemplo y hacerlo embajador de nuestras esperanzas.
 Debemos alegrarnos con él, porque ya se encuentra junto al mismo Altar de Dios.
San Malaquías consiguió ser muy pequeño ante sus propios ojos (por su humildad) y muy grande ante los de Dios (por su grandeza y singularidad). San Malaquías salvó, de la barbarie, a su patria irlandesa.
Compara a San Malaquías con Elías, con Moisés y con la luz del Sol que dirige nuestros pasos, con las estrellas que iluminan y anuncian la mañana. 

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