EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

sábado, 12 de julio de 2014

CONTRA EL PÉSIMO VICIO DE LA INGRATITUD


¡Qué grande es, amadísimos, qué inmensa la misericordia de Dios para con nosotros! Con la fuerza inefable de su Espíritu y el don incomparable de su gracia nos arrancó de nuestra vida superficial y mundana; vivíamos totalmente ajenos a Dios, o incluso -y es lo más terrible- como enemigos de Dios. No lo desconocíamos, lo despreciábamos. ¡Ojalá tengamos siempre ante los ojos de nuestro corazón la imagen de esta vida -o de esta muerte, pues el alma que peca está muerta- y contemplemos nuestra ceguera y perversidad! Al meditar abiertamente en el peso de nuestra miseria, comprendemos de algún modo qué grande es la misericordia que nos da la libertad. Pero quien considera diligentemente de dónde le han sacado y dónde le han puesto, qué evitó y qué recibe, de dónde le han llamado y adónde le convocan, se convencerá de que el cúmulo de esta misericordia supera infinitamente las dimensiones de la anterior. 
 Lo que hizo con nosotros no lo hizo con ningún otro pueblo: darnos a conocer sus mandatos y sus consejos. Y además de eso, ha sido tan grande con nosotros que no contento con recibirnos como siervos nos ha hecho amigos suyos. No le elegimos nosotros a él; es él quien nos ha elegido y quiere que actuemos y demos fruto. No un fruto mortal destinado al juicio y que también deben evitar los siervos, sino aquel otro inmortal que lo engendra el consejo y lo conocen únicamente los amigos.
 Para eso estamos aquí, para no ser esclavos del pecado -fruto destinado a la muerte-ni del mundo. No seamos como esos que vemos absortos en los negocios terrenos, aunque estén libres de pecado; o implicados en las necesidades corporales, aunque no caigan en los vicios; trabajan en el fugaz escenadio de este mundo para subvenir a su vida presente y la de los suyos. Es cierto que ese trabajo no merece la condenación, pero tampoco vale para la salvación. Por eso, aunque conserven el cimiento, perderán todo lo que construyeron sobre él; se salvarán, pero como quien escapa de un incendio.
 ¿Y qué se nos dice de nosotros? ¿Qué consejo se da a los amigos? No trabajéis por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando una vida sin término. Aunque nos entregamos a los trabajos materiales, en espíritu de obediencia o caridad fraterna, no dejemos de trabajar por este alimento, porque nuestra intención es distinta de aquellos que se afanan en trabajos perecederos. El trabajo es idéntico, pero se alimenta de otra raíz; y no está llamado a perecer porque está enrizado en la eternidad, que es inmortal.
 Tal vez nuestra vida está limpia de pecados y vacía de méritos; o hemos abandonado la fornicación y nos hemos mantenido fielmente en la castidad conyugal sin aceptar el consejo que se nos ha dado de llevar una vida célibe; o evitamos el robo y el engaño, pero usamos libremente de los bienes propios, sin aspirar a la perfección evangélica de que habla la Escritura: Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes, etcétera.
 ¿No sería un gesto sublime de misericordia, si a cambio de tantas faltas que nos oprimen a algunos de nosotros, y por las cuales sólo merecíamos la muerte y un juicio implacable de condenación, se nos concediera vivir en uno de los últimos lugares? El hijo pródigo no osaba aspirar al rango de los hijos, y se consideraba muy feliz si se le recibía entre los obreros. Pero el amor del padre no quedó satisfecho: le mostró una misericordia tan inmensa que suscitó la envidia del hermano mayor, que nunca se había alejado del padre.
 Lo mismo podemos decir nosotros: la misericordia de nuestro Dios se ha volcado a raudales sobre nosotros, y aunque éramos rebeldes e incrédulos, nos recibió entre sus elegidos y nos llamó a la asamblea de los perfectos. Si algunos, por negligencia, no llegan a la perfección, ellos verán qué van a responder. Porque todos nosotros hemos hecho profesión de vida apostólica y nos comprometimos personalmente a la perfección de los apóstoles. No me refiereo a esa gloria de santidad que merecieron recibir para ellos y para todo el mundo, según aquel texto sagrado: Montañas, recibid la paz para el pueblo; y vosotras, colinas, la justicia. Me refiero a aquel compromiso que hizo Pedro en nombre de todos: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
 Lo que me inquieta, hermanos, es que la misericordia divina parece ser ahora menos generosa con nosotros. Cuando no se lo pedíamos ni lo deseábamos, o incluso lo rechazábamos, se volcó sobre nosotros; y ahora oramos, ragamos y suplicamos muchas veces o sin cesar, y parece que nos niega cosas mucho menores. ¿Cómo se explica esto, queridos hermanos? ¿Tan corta es la mano del Señor o están tan exhaustos los restos de su gracia? ¿A qué se debe? ¿Ha cambiado su voluntad o se han agotado sus riquezas? En Dios esto es impensable; imposible creer tal cosa d quien es la majestad omnipotente e inmutable.
 Entonces, ¿por qué a pesar de orar, pedir e insistirle tanto, Dios no nos escucha, si antes fue tan misericordioso y liberal con nosotros? Y si alguno me responde que nos basta la gracia de Dios, como le dijo al apóstol Pablo, se engaña por completo. Nuestras oraciones, súplicas y peticiones se dirigen principalmente a eso; no aspiramos a cosas grandes o sublimes: suplicamos la humildad propia de unos monjes pecadores, y no la de los santos. Tampoco pedimos la paciencia heroica de los mártires, sino la que necesitamos para nuestra profesión; ni imploramos la caridad de los ángeles, sino la que recibieron nuestros padres; fueron tan débiles como nosotros, e incluso pecadores, pero la Escritura nos dice que el Señor les concedió ese don. 
 ¡Ay de esta generación tan miserable y mediocre, que se contenta con semejante penuria y miseria! ¿Quién aspira hoy a esa perfección que propone la Escritura? Así se explica que a pesar de abrazar la misma conversión que nuestros padres, adelantemos tan poco en ese estado de vida. De ellos se nos dice que progresaban de día en día y alcanzaron la meta; y a nosotros nos parece extraordinario el que permanece fiel a los rudimentos de la conversión, es decir, el que a la mitad de la vida se mantiene tan humilde y temeroso de Dios, tan fervoroso, paciente y manso como en sus primeros años. ¿No vemos a muchos olvidados de sí mismos y de sus pecados, y despreocupados de Dios y de sus beneficios? En vez de recuperar el tiempo lo pierden, y apenas se fijan en sus costumbres y afectos.
 ¿No hacen eso los que no reparan en las chanzas, calumnias, vanidad e impaciencia, contristan fácilmente al prójimo e incluso al Espíritu de Dios que vive en ellos? No les importa escandalizar a los pequeños y cuando se corrige a los demás les invade el sopor de la negligencia o se inflaman en cólera. A pesar de ello, como un pueblo que practicara la justicia, van tranquilamente a la iglesia y salmodian con ellos, aunque sin espíritu ni inteligencia; pasan el tiempo de la oración pensando en bagatelas y no temen participar en el sacramento del Cuerpo del Señor, que hace temblar a los mismos ángeles.
 ¿Cómo puedo definir esta actitud? A mi juicio están tan seguros de la gracia de su Señor, que abusan de la confianza que creen haber comprado con largos años de servicio. Hay un refrán que lo dice perfectamente: A patrono condescendiente, obrero impertinente. ¿Dónde queda, carísimos, aquello que cantáis tantas veces: Yo soy huesped tuyo, forastero como todos mis padres? Por desgracia, el único que vuelve para agradecérselo a Dios es un extranjero. ¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? Conocéis, así lo creo, estas palabras del Salvador quejándose de la ingratitud de aquellos nueve. Por el texto vemos que habían orado, pedido y suplicado muy bien, pues dijeron a gritos: Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros. Pero les faltó la cuarta forma de plagaria que enumera el Apóstol, la acción de gracias: se olvidaron de dar gracias a Dios. 
 También hoy vemos cuántos piden con insistencia lo que necesitan y qué pocos agradecen las gracias recibidas. No tiene nada de reprensible pedir de manera insistente; pero con la ingratitud hacemos estériles nuestras peticiones y tal vez sea una señal de misericordia no acceder a las súplicas de los ingratos, para no ser juzgados con más rigor por nuestra ingratitud si resulta evidente que somos ingratos a tal cúmulo de beneficios. Si, en este caso concreto negar la misericordia es la mayor misericordia; y al contrario, conceder misericordia puede ser un gesto de cólera e indignación. Así lo dice el mismo Padre de la misericordia por boca del Profeta: Si trato con misericordia al malvado no aprende la justicia.
 ¡Qué triste es, hermanos, ver a tantos que se conforman con llevar el hábito y la tonsura, y creen que eso basta. Son tan miserables que no comprenden que el gusano de la ingratitud les roe su interior. Este es tan sagaz que procura dejar intacta la corteza, y así ellos no lo sienten ni se sonrojan. ni les espolea el pundonor. Mas cuando ya ha corrodído completamente el interior de algunos, no teme asomar su cabeza venenosa al exterior. No pensemos que quienes reniegan públicamente de Dios han caído de repente en el mal; han ido decayendo poco a poco: los extranjeros le han comido sus fuerzas, y él sin enterarse.
 Está, pues, claro que no todos sacan provecho de haber sido purificados de esa lepra de la vida del mundo, es decir, de los pecados públicos. A muchos les ataca internamente la úlcera de la ingratitud, la cual es tanto más peligrosa cuanto más oculta. Por eso pregunta el Señor en el Evangelio dónde están aquellos nueve, pues la salvación está lejos de los malvados. Cuando pecó el primer hombre tambiénle preguntó dónde estaba, y el juicio dirá que no conoce a los que practican la injusticia. Escuchemos al salmisma: El Señor cuida del camino de los justos, pero el camino de los malvados acaba mal. 
 El detalle de ser nueve los que no vuelven a dar gracias al Salvador es también interesante: es un número compuesto de cuatro más cinco, y nunca han hecho una buena mezcla los sentidos corporales con la transmisión del Evangelio. Es muy difícil obedecer a los cuatro Evangelios y regalar al mismo tiempo los cinco sentidos corporales. 
 Dichosos, en cambio, aquel samaritano que reconoció haber tecibido todo cuanto tenía, y por eso conservó lo que se le había confiado y se lo devolvió al Señor con acción de gracias. Dichoso el que por cada don que recibe se dirige al que es la plenitud de todas las gracias. Al no ser ingratos por lo que recibimos, nos hacemos más capaces de la gracia y dignos de mayores dones. Lo único que nos impide progresar en la perfección es la ingratitud: el donante tiene por perdido lo que recibe el ingrato, y en lo sucesivo se cuida de no dar más para no perderlo. 
 Dichoso, en consecuencia, el que se cree extranjero y se vuelca en gratitud por el más pequeño beneficio, sin dudar ni ocultar que es puro don lo que se da al extraño y desconocido. Nosotros, pobres miserables, al principio nos consideramos extranjeros y nos solemos guiar por el temor, el fervor y la humildad; pero olvidamos fácilmente el carácter gratuito de Dios, sin darnos cuenta de que merecemos se nos diga que los enemigos del Señor son los de su propia casa. Sí, nuestra ofensa es mayor porque sabemos que nuestra manera de actuar será juzgada con más severidad, como leemos en el salmo: Si mi enemigo me injuriase lo aguantaría.
 Os ruego, por tanto, hermanos míos, que nos humillemos más y más bajo la mano poderosa del Dios altísimo, y procuremos estar lo más lejos posible de este vicio tan horrible de la ingratitud. Entreguémonos con todo fervor a la acción de gracias para atraernos la gracia de nuestro Dios, que es la única capaz de salvarnos. Y no seamos únicamente agradecidos de palabra y con la lengua, sino con las obras y en verdad. Porque el Señor nuestro Dios no nos pide palabras, sino obras. El es bendito por siempre. Amén.
RESUMEN
La misericordia de Dios es inmensa y nos permite retomar el camino correcto como amigos y no como siervos. No basta con no pecar sino que es necesario trabajar para lo que no es perecedero, en lugar de hacerlo por las necesidades diarias de cada uno y sus familiares. Ante la misericordia de Dios derramada a raudales, debemos responder con la búsqueda de la perfección. La misericordia divina parece ser ahora menos generosa con nosotros y es difícil entenderlo. Muchos no se entregan de verdad y se duermen en la rutina, confiando en los muchos años de servicio. La misericordia se niega a los desagradecidos porque, quizás, sea esa la única forma en que comprendan su infinita grandeza. El camino de los malvados acaba mal. Hay nueve desagradecidos. Nunca hicieron buena mezcla los sentidos corporales con los cuatro evangelios. Debemos alejarnos de la ingratitud y demostrar nuestra gratitud con palabra y con obras. Para alejarnos de la ingratitud, la humildad es el instrumento adecuado.

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