EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Nuestro objetivo es recoger la mayor parte de los sermones de San Bernardo de Claraval. Al mismo tiempo, añadir iconos y resúmenes que faciliten la lectura. Progresivamente LAS ENTRADAS SE IRÁN ADAPTANDO A LOS TIEMPOS LITÚRGICOS DE CADA AÑO Y PERFECCIONANDOSE EN CUANTO A SU ORTOGRAFÍA Y A SUS RESÚMENES, de tal manera que su ubicación sea significativa.



Nota(1): Desde Noviembre del 2012 (inclusive) los sermones se van colocando para el día en que fueron redactados. En ese mes llamará la atención que hay dos dedicados a San Malaquías que coinciden con el día de los fieles difuntos. La festividad de Cristo Rey no existía en aquellos tiempos. Fue instaurada en 1925.



Nota(2): Los Sermones sobre el Cantar de los Cantares se agrupan, progresivamente, en el día 1 de Septiembre del 2012

domingo, 27 de abril de 2014

IN OCTAVA PASCHAE: SERMÓN PRIMERO. SOBRE LA LECTURA DE LA CARTA DE SAN JUAN

IN OCTAVA PASCHAE
(Con el Domingo de Resurrección comienzan los cincuenta días del tiempo pascual que concluye en Pentecostés. La Octava de Pascua es la primera semana de la cincuentena: se considera como si fuera un solo día; el júbilo del Domingo de Pascua se prolonga durante ocho días seguidos)


 
SERMÓN PRIMERO


Sobre la lectura de la carta de San Juan

Capítulo 1


   Todo el que nace de Dios vence al mundo. Después que el Unigénito de Dios, lejos de aferrarse a su categoría divina, se dignó hacerse hombre y presentarse como simple hombre, la pequeñez humana se siente orgullosa de su nacimiento celeste. No desdice tampoco de Dios hacerse padre de los que Cristo ha hecho hermanos suyos. El evangelista Juan, que nos recuerda con mucha frecuencia y gran empeño esta adopción divina, dice en el pórtico mismo de su evangelio: a los que le recibieron, les hizo capaces de ser hijos de Dios.
   Lo mismo nos ha repetido hoy: todo el que nace de Dios vence al mundo. A los auténticos cristianos el mundo los odia como a Cristo, pero ellos lo vencen unidos a Cristo. Recordad: no os extrañéis si el mundo os odia; tened presente que primero me  ha odiado a mí. Ánimo, que yo  he vencido al mundo. Así comprendemos lo que dice el Apóstol: a quienes eligió -el Padre, sin duda alguna- los destinó a que reprodujeran los rasgos de su Hijo. Fijaos en el paralelismo: por él son hijos adoptivos para que él sea el  hermano mayor; por él los odia el mundo y por él vencen ellos al mundo.

Capítulo 2

    Sí, es verdad: todo el que nace de Dios vence al mundo; la prueba más clara de este nacimiento celeste es superar la tentación. Lo mismo que el Hijo de Dios por naturaleza triunfó del mundo y de su jefe, los hijos adoptivos también lo hemos vencido. Lo hemos vencido, pero unidos a él que nos hace fuertes, y con el que todo lo podemos. Porque la victoria que vence al mundo es nuestra fe. Por la fe somos hijos adoptivos de Dios; la fe es lo que odia y persigue en nosotros este mundo perverso; y la fe consigue la victoria, como dice la Escritura: ellos con su fe subyugaron reinos. Si la vida procede de la fe, también el triunfo: el justo vive de la fe.
   Por lo tanto, siempre que resistes a la tentación y vences el mal, no te lo atribuyas a ti mismo, ni te gloríes de ti mismo, sino del Señor. Ese enemigo tan fuerte no se rendiría jamás ante tu flaqueza. Escucha las palabras del que ha sido nombrado por el Señor pastor del rebaño: vuestro adversario el diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quien devorar. Hacedle frente firmes en la fe. Los testigos de la verdad coinciden plenamente: Pablo dice que los santos han vencido por la fe; Pedro exhorta a resistir al Jefe de este mundo con la fortaleza de la fe; y Juan proclama: la victoria que vence al mundo es nuestra fe.

Capítulo 3

    Continúa diciendo: ¿Quién puede vencer al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Nada más cierto que esto, hermanos: el que no cree en el Hijo de Dios no sólo está derrotado sino condenado. Porque sin fe es imposible agradar a Dios. Alguno puede replicar que actualmente muchos que admiten a Jesús como Hijo de Dios, se dejan dominar por los deseos del mundo. ¿Cómo decimos que únicamente vence al mundo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, si el mundo acepta esta verdad? ¿No lo creen también los demonios y les hace temblar? ¿Crees tú que ve en Jesús al Hijo de Dios el hombre que no teme sus amenazas ni le mueven sus promesas, ni cumple sus preceptos, ni le importan sus consejos? Ese tal, aunque diga que cree en Dios, lo niega con sus obras. Porque la fe sin obras es como un cadáver. Y el que no vive, difícilmente puede vencer.

Capítulo 4

     ¿Quieres saber cuál es la fe que da vida y consigue la victoria? Aquella por la cual Cristo habita en lo íntimo de nuestro ser. El es nuestra virtud y nuestra vida. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, dice el Apóstol, os manifestaréis también vosotros gloriosos con él. Esa gloria será vuestra victoria. Y nos manifestaremos con él porque vencemos por él. Solamente llegan a ser hijos de Dios los que reciben a Cristo, y únicamente en ellos se cumple lo que dice la Escritura: todo el que nace de Dios, vence al mundo.
  Por eso, el mismo que había dicho: ¿quién puede vencer al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de   Dios?, quiere ensalzar sin reservas la fe, por la cual Cristo habita en nuestros corazones. Refiriéndose a su venida añade: el que vino con agua y sangre fue él, Jesucristo. Muestra además otro camino más perfecto: el Espíritu atestigua que Jesús es Hijo de Dios. Lo que dice antes de esto: no vino sólo en el agua, sino en el agua y la sangre, creo que hace referencia a Moisés, que vino en el agua, y por eso se llama así.

Capítulo 5

     Recordemos el episodio del Antiguo Testamento : mataban a todos los niños israelitas que nacían en Egipto, excepto a Moisés que lo pusieron en el agua y lo recogió la hija del Faraón. Moisés es una clara figura de Cristo. Herodes se inquietó y sospechó como el Faraón, acudió a idénticos medios de crueldad, y quedó tan burlado como aquél. En ambos casos mueren degollados muchos niños por una sola persona que suscita esos echos; y en ambos casos se libra el que buscaban. A Moisés lo salvó la hija del Faraón, y a Cristo Egipto, cuyo sentido es hija del Faraón. Pero es evidente que éste es muy superior a Moisés, porque no sólo vino en el agua, sino en el agua y la sangre. Muchas aguas equivalen a muchos pueblos.
  El que vino sólo en el agua formó un pueblo, pero no lo redimió. La liberación de la esclavitud de Egipto no se hizo con la sangre de Moisés, sino del Cordero. Y es símbolo de la liberación del modo de vivir idolátrico que nosotros hemos conseguido por la sangre del Cordero inmaculado, Cristo Jesús. El es nuestro verdadero Legislador, y de él nos viene una redención copiosa. No sólo murió por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Juan fue testigo presencial, y da testimonio: y nos consta que su testimonio es verdadero. Del costado de Cristo muerto en la cruz salió sangre y agua, es decir, del costado del nuevo Adán dormido nació y fue redimida la Iglesia.

Capítulo 6

    Hoy viene también a nosotros por el agua y la sangre: y dan testimonio de su venida y de nuestra fe victoriosa. Además tenemos otro testimonio mucho mayor: el del espíritu de la verdad. Lo que estos tres afirman es cierto y verídico. Dichosa el alma que merece escuchar: los que dan testimonio en la tierra son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. El agua simboliza el bautismo, la sangre el martirio, y el Espíritu el amor. El Espíritu da vida, y la vida de la fe es el amor. La relación que existe entre el Espíritu y el amor la pregona Pablo: el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado. Por eso debemos unir siempre el Espíritu al agua y a la sangre, ya que, como dice el Apóstol, sin el amor nada tiene valor alguno.

Capítulo 7

    Si el agua es símbolo del bautismo y la sangre lo es del martirio, eso quiere decir que tanto el uno como el otro son una realidad única y de cada día. Las continuas molestias corporales son una especie de martirio y un continuo derramar la sangre. La compunción del corazón y las lágrimas también son un  martirio. De este modo los cobardes y apocados, incapaces de dar de una vez su vida por Cristo, pueden derramar su sangre en un martirio más lento y llevadero. Y como el bautismo no se puede repetir, de este modo pueden purificarse continuamente los que pecan sin cesar. Lo dice el Profeta: de noche lloro sobre el lecho; riego mi cama con lágrimas. Ahí tienes al que vence al mundo. Intenta comprender lo que desea superar. Lo dice el mismo Juan: No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Porque todo lo que hay en el mundo es: bajos instintos, ojos insaciables y arrogancia del dinero.
  Estas son las tres bandas que hicieron los caldeos. Recuerda, asimismo, que Jacob formó tres grupos por temor a Esaú, cuando regresó de Mesopotamia. También vosotros necesitáis una triple defensa contra estas tres tentaciones: contra los bajos instintos la mortificación corporal, indicada en el testimonio de la sangre. Los ojos insaciables se dominan con el espíritu de compunción y la frecuencia de las lágrimas. Y la ambición del dinero se excluye por el amor, único capaz de limpiar el alma y purificar la intención.
   La sena más patente de haber vencido al mundo es dominar el cuerpo y obligarle a que nos sirva, y de este modo evitar que vaya tras el desenfreno del placer; entregarse al llanto, más bien que a la altivez o curiosidad; y en vez de llenar el corazón de vanidad abrasarse en amor espiritual.

Capítulo 8

     El Espíritu es el único testimonio del cielo y de la tierra, porque las fatigas corporales cesarán y las lágrimas se agotarán. Pero el amor no  cesa nunca. Ahora lo gustamos por anticipado: la plenitud y a saciedad serán más tarde. El Espíritu perdura mucho más que el agua y la sangre -la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios-; pero actualmente es imposible encontrar el Espíritu sin ellos, porque los tres son una misma realidad, y si falta uno los otros tampoco están. Por el contrario, cuando se encuentran los tres juntos son dignos de todo crédito, y quien los posea en esta vida no se verá privado de ellos en la otra.
   Ahora se pronuncia por el Hijo de Dios ante los hombres, no con palabras y de boca, sino con obras y de verdad; y el Hijo se pronunciará en su favor ante los ángeles de Dios. El Padre no rechaza un testimonio refrendado por el Hijo. Y el Espíritu tampoco discrepa del Padre y del Hijo, porque es el Espíritu de ambos. Además no puede verse privado en el cielo de su testimonio el que ya gozó de él en la tierra. Así, pues, tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No temas que falte la armonía entre ellos: los tres son uno, El mejor testimonio imaginable es que el Padre nos reciba en el cielo como hijos y herederos, el Hijo nos admita como hermanos y coherederos, y el Espíritu Santo haga un mismo espíritu con él a quienes se unen a Dios. El Espíritu es el vínculo indisoluble de la Trinidad, por el cual el Padre y el Hijo son uno. Ojalá nosotros seamos también uno en ellos, por la  gracia del que pidió esto mismo para sus discípulos, Jesucristo nuestro Señor.
RESUMEN:
Al ser Cristo hijo de Dios hecho hombre, todos los hombres son hijos adoptivos de Dios. Los verdaderos cristianos son odiados por el mundo. Gracias a la fe, el cristiano es capaz de subyugar reinos. Nuestra fe viene de la ayuda de Dios sin la que seríamos incapaces de vencer al mal. Esa fe se muestra por los hechos, por nuestra forma de vivir. Jesucristo vino con agua (en referencia a Moisés)y sangre. Por el agua  nació un nuevo pueblo. Por la sangre del cordero fue redimido. Por eso del costado de Cristo en la cruz salió agua y sangre. Los que dan testimonio en la tierra son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. El agua simboliza el bautismo, la sangre el martirio, y el Espíritu el amor. Sin el amor nada es posible.  El martirio es necesario y los incapaces de dar su vida por Cristo pueden sufrir el martirio de las contrariedades de cada día. Necesitamos una triple defensa. Contra los bajos instintos la mortificación corporal representada por la sangre. La altivez se domina con la compunción de las lágrimas (el agua) y al ansia de dinero con el amor. El Espíritu perdura mucho más que el agua y la sangre, pero es imposible encontrarlo sin tan preciados elementos. Esperemos que el Padre nos reciba como hijos, el Hijo como hermanos y el Espíritu Santo nos permita formar parte de un mismo espíritu.

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