El misterio de la encarnación nos ofrece tres consideraciones: un ejemplo de humildad, una prueba de amor y un sacramento de redención.
El ejemplo de humildad aparece en los sollozos del niño, en la cueva donde se cobija, en el pesebre donde reposa y en los pañales que lo envuelven.
La prueba de amor es su muerte santa, pues nadie tiene amor mayor que quien da la vida por sus amigos.
Y el sacramento de redención manifiesta el triple poder de Dios: hacer algo de la nada, renueva lo anticuado, y convierte lo temporal en eterno.
EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA
Recuperar los Sermones de San Bernardo de Claraval para facilitar su conocimiento y divulgación. Acompañar cada sermón con una fotografía, que lo amenice, y un resumen que haga más fácil la lectura. Intentar que, al final de esta aventura intelectual, tengamos un sermón para cada día del año. Un total de 365 sermones. Evidentemente, cualquier comentario será bienvenido y publicado, salvo que su contenido sea ofensivo o esté fuera del tema.
sábado, 9 de enero de 2021
viernes, 8 de enero de 2021
LA TRIPLE MUERTE DE LOS SANTOS
1. La muerte de los santos vale mucho a los ojos del Señor, unas veces por su vida, otras por el motivo de su muerte y otras por ambas cosas juntas. La vida de los confesores que mueren en el Señor, hace valiosa su muerte. Y en los mártires, que mueren por el Señor, unas veces sólo les da valor el motivo de su muerte, y otras la causa y la vida juntamente. Sin duda alguna, es maravillosa una muerte avalada por toda una vida; todavía más la provocada por una causa suprema; y por encima de todo, la muerte que corona la vida y la causa de su sacrificio.
2. Vale mucho a los ojos del Señor la muerte de sus santos. Tres cosas hacen santo a un hombre: la sobriedad de la vida, la rectitud de sus acciones y el fervor de espíritu. Una conducta sobria nos pide vivir en continencia, disponibles hacia los demás y obedientes; o en otras palabras, castos, caritativos y humildes. No olvidemos que la castidad es fruto de la continencia, la caridad de la disponibilidad, y la humildad de la obediencia. Y esa virtud hace que el alma se someta plenamente a Dios y viva segura a la sombra de sus alas.
Y el espíritu es ferviente si nuestra fe nos da la experiencia de un Dios infinitamente poderoso, sabio y bueno. Y creemos que su poder conforta nuestra debilidad, su sabiduría suple nuestra ignorancia, y su bondad disuelve nuestra maldad.
He aquí tres cosas que hacen admirable la muerte de los santos: su liberación de toda inquietud, el gozo de la nueva realidad y la certeza de la eternidad.
RESUMEN
Tres cosas hacen santo a un hombre:
1. La sobriedad de su vida. Exige ser castos, caritativos y humildes.
2. La rectitud de sus acciones: tanto por lo que hacemos en la vida como por el motivo de la muerte.
3. El fervor del espíritu: la experiencia de un Dios infinitamente poderoso, sabio y bueno que nos hace anhelar una nueva realidad y la certeza de la eternidad.
jueves, 7 de enero de 2021
LOS TRES BROTES
1. Tus brotes son un paraíso. Así habla la Jerusalén celestial congratulándose con la que peregrina en la tierra. Tenemos tres brotes distintos. El primero son los casados que hacen penitencia en el mundo; el segundo los que viven en el claustro con espíritu de conversión y de continencia; y el tercero los prelados, cuya misión es predicar y orar por el pueblo de Dios.
Del primer brote, la penitencia, dicen los ángeles -esos ángeles que sienten tanta alegría por un solo pecador que se convierte: ¿Quién es esa que sube por el desierto como columna de humo, como nube de incienso y de mirra y perfumes de mercaderes? Nos dicen que el alma penitente sube por el desierto, es decir, por una tierra intransitable y reseca, porque recuerda sus pecados. Y sube como columna de humo, confesando humildemente esos pecados. Esta confesión se compara con razón a la columna de humo, porque emana de las múltiples especies de pecados, como el humo sale del incensario por distintos orificios. También podemos subrayar que el humo nunca tiene fulgor, pero sí suele despedir olor. Y ese humo de la confesión despide cierto aroma de piedad: así lo insinúa el texto siguiente: Es una nube aromática de mirra e incienso y perfumes de mercaderes.
La confesión debe ir siempre acompañada de mirra e incienso, símbolos de la mortificación corporal y de la oración del corazón. La una sin la otra aprovechan muy poco o nada. Quien castiga la carne olvidando la oración es un orgulloso, y se le dice: ¿Como yo carne de toros o bebo sangre de cabritos? Y al contrario, el que ora y no se cuida de dominar su carne tendrá que oír: ¿Por qué me invocáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? O aquello otro: Si uno cierra los oídos a la ley, hasta su oración será aborrecible. Es, pues, evidente que ambas se complementan, ya que si van separadas se las rechaza.
2. El texto sigue así: Y todos los perfumes de los mercaderes. Al recuerdo y confesión de los pecados, y a la mortificación y oración debe añadirse el fruto de la limosna. Esta es con razón como el polvo, porque se realiza con los bienes terrenos; y es un polvo perfumado porque de ella emana un aroma muy delicado. He aquí por qué el ángel dice a Cornelio, que hacia muchas limosnas: Tus oraciones y tus limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes. Si las limosnas no exhalaran un aroma agradable no llegarían en modo alguno hasta Dios.
O tal vez se diga: todos los perfumes de los mercaderes, para indicar que no sólo los pecados más graves, sino también los leves deben ser triturados en la confesión y lavados con la compunción. Y baste esto sobre el primer brote.
3.El segundo es la vida de continencia, tal como se practica en el claustro o en la soledad. Aquí no se menciona el desierto, el humo o la penitencia, sino el resplandor de la luz y de la virtud. Las voces angélicas lo ensalzan así: ¿Quién es esa que se asoma como el alba, hermosa como la luna y límpida como el sol, terrible como escuadrón a banderas desplegadas? Estas palabras nos indican sus tres virtudes pecualiares: la humildad, la castidad y la caridad.
La aurora, en efecto, es el fin de la noche y el comienzo del día. La noche indica la vida del pecador, y la luz, la del justo. La aurora que disipa las tinieblas y anuncia el día significa muy bien la humildad, porque si aquella separa el día de la noche, ésta hace lo mismo entre el justo y el pecador. En realidad es a partir de aquí, de la humildad, de donde se comienza a ser justo y a progresar en la justicia. Por eso se le llama también "alaba que se levanta" porque todo el edificio de las virtudes arranca de la humildad, como de su verdadero cimiento. Y en consecuencia, al querer indicar su humildad se dice: como alba que se levanta.
La expresión siguiente: hermosa como la luna, pone de relieve la castidad. Se dice que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol, y que cuanto más enfrente está del sol, mayor es la superficie que se ilumina con su resplandor. Lo mismo sucede en las comunidades religiosas o en cualquier alma fiel: si se acerca por la contemplación a las miradas del Sol verdadero, pronto recibirá de esa visión el reflejo de su belleza y la gracia de su castidad. Con este resplandor crecerá y progresará hasta conseguir la perfección, y se podrá decir con toda la verdad lo que sigue:
4. Límpida como el sol. ¿Por qué como el sol? ¿Tal vez porque los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre? ¿Pero de dónde brillarán allí como el sol, sino del resplandor del vestido nupcial? Ese vestido debían recibir los que aún vivían en la tierra y se les dijo: Vosotros permaneced en la ciudad hasta que de lo alto os revistan de fuerza. Quien se cubra con este vestido nupcial -símbolo de la caridad-y lo tenga perfectamente organizado en su vida, será para sus enemigos tan terribles como un ejército en orden de batalla. A los demonios no les importa que tenga otras muchas virtudes, si carece de la caridad. Pero cuando observan su caridad y la ven dispuesta para el combate, se lanzan desesperados a la fuga.
También puede aplicarse la imagen límpida como el sol a la perseverancia, propia de los elegidos. Y la expresión siguiente: terrible como un ejército en orden de batalla, puede significar la discreción, madre de las virtudes, que aterra y pone en fuga a los demonios y alcanza y conserva las virtudes. Podemos imaginar y decir otras muchas cosas sobre este segundo brote. Baste esto poco que hemos dicho.
5. El tercer brote se aplica a los predicadores santos, cuya vida y doctrina suscitan ese grito de admiración: ¿quién es ese que sube del desierto, rebosante de delicias y apoyada en su amado? Del primer brote se decía: ¿Quién es esta que sube por el desierto?Y aquí se dice: que sube del desierto. Allí los penitentes sienten cómo se les clavan las espinas al caminar, y los doctores, en cambio, han pisoteado ya con su grandeza de espíritu lo que pudieron sacar del mundo. Por eso el texto dice: del desierto.
Pero debemos averiguar cuáles son esas delicias de que está rebosante, y quién es ese amado o por qué se dice que se apoya en él. No podemos menospreciar lo que los ciudadanos celestiales llaman delicias. Porque sin duda alguna son delicias para la mente y no para el vientre, para el alma y no para el cuerpo, para el espíritu y no para la carne, para la razón y no para la sensualidad, para el hombre interior y no para el exterior. En una palabra, son la efusión desbordante de la gracia espiritual.
Dichosa el alma a quien se infunde esa gracia y a quien le preparan con las bendiciones de la suprema dulzura, para ser templo de Dios y oráculo del Espíritu Santo A esa alma nunca le faltarán las riquezas de la salvación, que son la sabiduría y la ciencia, y lo qaue constituye el mejor tesoro de esa salvación, el temor del Señor. Cuando se vea llena y rebosante de esas delicias, aclame al Señor en la asamblea del pueblo y alábelo en el consejo de los ancianos. Lo que oyó al oído en la alcoba pregónelo desde las azoteas, y así rebosará de delicias. Rebosar quiere decir entregarse a la Palabra y a la enseñanza, iluminar con el ejemplo de la vida y ejercer con perseverancia el ministerio espiritual.
6. Pero es necesario que en todo esto no busque su propia gloria, sino la de su Creador. Porque él es su amado y de él dice la Escritura: Yo para mi amado y mi amado para mí. Y el Padre añade: Este es mi Hijo amado, oídle. En él hay que apoyarse, es decir, atribuir todas las obras al auxilio de su gracia, porque él es el origen, la causa eficaz y la meta de todo. Este mismo amado que instruye al hombre nos hará comprender por qué debemos apoyarnos en él. Recordad qué dijo a sus discípulos cuando los llenaba de sus dones: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; si un sarmiento no está unido a la vid, no puede dar fruto; así tampoco vosotros, si no estáis unidos a mi. Y aquello otro: Sin mi no podéis hacer nada. Es decir, "si queréis estar llenos de delicias, apoyaos en mi".
Pero veamos cómo se apoyan y rebosan estos hombres. Escojamos a uno de ellos, al predicador más famoso. Vamos, tú, Pablo, desborda tus delicias. Cuando predicabas el Evangelio desde Jerusalén y sus alredeadores hasta Iliria; cuando ofrecías gratuitamente la buena noticia; cuando distribuías, cual fiel administrador, los tesoros celestes y el misterio de la fe a griegos y extranjeros, a instruidos e ignorantes; cuando manifestabas abiertamente en tu cuerpo el suplicio de la cruz; entre los numerosos y admirables prodigios que realizaste y nos es imposible enumerar, te atreviste a decir con plena seguridad y sin arrogancia, apues te tenías por el más insignificante de los apóstoles: La gracia de Dios no ha sido estéril en mi, sino que he trabajado más que todos ellos.
Qué delicias tan magníficas, por no decir tan deliciosas. Pero no las pierdas, y para ello apóyate en tu amado y di: Pero no soy yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y ahora vuelve a desbordarte, porque realmente esas lelicias son exquisitas. Repitemos: Soy capaz de todo, y vuelve a apoyarte bien: Con aquel que me robustece. Y al final concluye: Quien presume, que presuma del Señor, es decir, el que desborda de delicias apóyese en su amado.
7. Con la ayuda del Señor he dicho esto sobre los tres brotes y su aplicación a las tres clases de hombres que viven ahora en la Iglesia, y que el profeta Ezequiel identifica con Noé, Daniel y Job. Lo que no obstga que las podamos encontrar en cada hombre que tiende a la perfección. En éstos el primer brote es la penitencia, el segundo la honestidad, y la enseñanza el tercero. Primeramente se convierten y hacen penitencia; después practican la justicia con su vida honesta; y en tercer lugar, y tras un largo progreso, comunican con su palabra la honestidad de la vida.
Pero el vicio acecha siempre a la virtud y está muy ceraca de ella para cazar en sus trampas a los qaue se desvían. Por eso conviene que la penitencia esté liberada de todo pudor, y no se ruborice confesar los pecados cometidos; la honestidad evite toda simulación, y la autoridad rechace el orgullo. Porque cuanto mayores son las gracias mayores son los riesgos.
2. El texto sigue así: Y todos los perfumes de los mercaderes. Al recuerdo y confesión de los pecados, y a la mortificación y oración debe añadirse el fruto de la limosna. Esta es con razón como el polvo, porque se realiza con los bienes terrenos; y es un polvo perfumado porque de ella emana un aroma muy delicado. He aquí por qué el ángel dice a Cornelio, que hacia muchas limosnas: Tus oraciones y tus limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes. Si las limosnas no exhalaran un aroma agradable no llegarían en modo alguno hasta Dios.
O tal vez se diga: todos los perfumes de los mercaderes, para indicar que no sólo los pecados más graves, sino también los leves deben ser triturados en la confesión y lavados con la compunción. Y baste esto sobre el primer brote.
3.El segundo es la vida de continencia, tal como se practica en el claustro o en la soledad. Aquí no se menciona el desierto, el humo o la penitencia, sino el resplandor de la luz y de la virtud. Las voces angélicas lo ensalzan así: ¿Quién es esa que se asoma como el alba, hermosa como la luna y límpida como el sol, terrible como escuadrón a banderas desplegadas? Estas palabras nos indican sus tres virtudes pecualiares: la humildad, la castidad y la caridad.
La aurora, en efecto, es el fin de la noche y el comienzo del día. La noche indica la vida del pecador, y la luz, la del justo. La aurora que disipa las tinieblas y anuncia el día significa muy bien la humildad, porque si aquella separa el día de la noche, ésta hace lo mismo entre el justo y el pecador. En realidad es a partir de aquí, de la humildad, de donde se comienza a ser justo y a progresar en la justicia. Por eso se le llama también "alaba que se levanta" porque todo el edificio de las virtudes arranca de la humildad, como de su verdadero cimiento. Y en consecuencia, al querer indicar su humildad se dice: como alba que se levanta.
La expresión siguiente: hermosa como la luna, pone de relieve la castidad. Se dice que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol, y que cuanto más enfrente está del sol, mayor es la superficie que se ilumina con su resplandor. Lo mismo sucede en las comunidades religiosas o en cualquier alma fiel: si se acerca por la contemplación a las miradas del Sol verdadero, pronto recibirá de esa visión el reflejo de su belleza y la gracia de su castidad. Con este resplandor crecerá y progresará hasta conseguir la perfección, y se podrá decir con toda la verdad lo que sigue:
4. Límpida como el sol. ¿Por qué como el sol? ¿Tal vez porque los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre? ¿Pero de dónde brillarán allí como el sol, sino del resplandor del vestido nupcial? Ese vestido debían recibir los que aún vivían en la tierra y se les dijo: Vosotros permaneced en la ciudad hasta que de lo alto os revistan de fuerza. Quien se cubra con este vestido nupcial -símbolo de la caridad-y lo tenga perfectamente organizado en su vida, será para sus enemigos tan terribles como un ejército en orden de batalla. A los demonios no les importa que tenga otras muchas virtudes, si carece de la caridad. Pero cuando observan su caridad y la ven dispuesta para el combate, se lanzan desesperados a la fuga.
También puede aplicarse la imagen límpida como el sol a la perseverancia, propia de los elegidos. Y la expresión siguiente: terrible como un ejército en orden de batalla, puede significar la discreción, madre de las virtudes, que aterra y pone en fuga a los demonios y alcanza y conserva las virtudes. Podemos imaginar y decir otras muchas cosas sobre este segundo brote. Baste esto poco que hemos dicho.
5. El tercer brote se aplica a los predicadores santos, cuya vida y doctrina suscitan ese grito de admiración: ¿quién es ese que sube del desierto, rebosante de delicias y apoyada en su amado? Del primer brote se decía: ¿Quién es esta que sube por el desierto?Y aquí se dice: que sube del desierto. Allí los penitentes sienten cómo se les clavan las espinas al caminar, y los doctores, en cambio, han pisoteado ya con su grandeza de espíritu lo que pudieron sacar del mundo. Por eso el texto dice: del desierto.
Pero debemos averiguar cuáles son esas delicias de que está rebosante, y quién es ese amado o por qué se dice que se apoya en él. No podemos menospreciar lo que los ciudadanos celestiales llaman delicias. Porque sin duda alguna son delicias para la mente y no para el vientre, para el alma y no para el cuerpo, para el espíritu y no para la carne, para la razón y no para la sensualidad, para el hombre interior y no para el exterior. En una palabra, son la efusión desbordante de la gracia espiritual.
Dichosa el alma a quien se infunde esa gracia y a quien le preparan con las bendiciones de la suprema dulzura, para ser templo de Dios y oráculo del Espíritu Santo A esa alma nunca le faltarán las riquezas de la salvación, que son la sabiduría y la ciencia, y lo qaue constituye el mejor tesoro de esa salvación, el temor del Señor. Cuando se vea llena y rebosante de esas delicias, aclame al Señor en la asamblea del pueblo y alábelo en el consejo de los ancianos. Lo que oyó al oído en la alcoba pregónelo desde las azoteas, y así rebosará de delicias. Rebosar quiere decir entregarse a la Palabra y a la enseñanza, iluminar con el ejemplo de la vida y ejercer con perseverancia el ministerio espiritual.
6. Pero es necesario que en todo esto no busque su propia gloria, sino la de su Creador. Porque él es su amado y de él dice la Escritura: Yo para mi amado y mi amado para mí. Y el Padre añade: Este es mi Hijo amado, oídle. En él hay que apoyarse, es decir, atribuir todas las obras al auxilio de su gracia, porque él es el origen, la causa eficaz y la meta de todo. Este mismo amado que instruye al hombre nos hará comprender por qué debemos apoyarnos en él. Recordad qué dijo a sus discípulos cuando los llenaba de sus dones: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; si un sarmiento no está unido a la vid, no puede dar fruto; así tampoco vosotros, si no estáis unidos a mi. Y aquello otro: Sin mi no podéis hacer nada. Es decir, "si queréis estar llenos de delicias, apoyaos en mi".
Pero veamos cómo se apoyan y rebosan estos hombres. Escojamos a uno de ellos, al predicador más famoso. Vamos, tú, Pablo, desborda tus delicias. Cuando predicabas el Evangelio desde Jerusalén y sus alredeadores hasta Iliria; cuando ofrecías gratuitamente la buena noticia; cuando distribuías, cual fiel administrador, los tesoros celestes y el misterio de la fe a griegos y extranjeros, a instruidos e ignorantes; cuando manifestabas abiertamente en tu cuerpo el suplicio de la cruz; entre los numerosos y admirables prodigios que realizaste y nos es imposible enumerar, te atreviste a decir con plena seguridad y sin arrogancia, apues te tenías por el más insignificante de los apóstoles: La gracia de Dios no ha sido estéril en mi, sino que he trabajado más que todos ellos.
Qué delicias tan magníficas, por no decir tan deliciosas. Pero no las pierdas, y para ello apóyate en tu amado y di: Pero no soy yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y ahora vuelve a desbordarte, porque realmente esas lelicias son exquisitas. Repitemos: Soy capaz de todo, y vuelve a apoyarte bien: Con aquel que me robustece. Y al final concluye: Quien presume, que presuma del Señor, es decir, el que desborda de delicias apóyese en su amado.
7. Con la ayuda del Señor he dicho esto sobre los tres brotes y su aplicación a las tres clases de hombres que viven ahora en la Iglesia, y que el profeta Ezequiel identifica con Noé, Daniel y Job. Lo que no obstga que las podamos encontrar en cada hombre que tiende a la perfección. En éstos el primer brote es la penitencia, el segundo la honestidad, y la enseñanza el tercero. Primeramente se convierten y hacen penitencia; después practican la justicia con su vida honesta; y en tercer lugar, y tras un largo progreso, comunican con su palabra la honestidad de la vida.
Pero el vicio acecha siempre a la virtud y está muy ceraca de ella para cazar en sus trampas a los qaue se desvían. Por eso conviene que la penitencia esté liberada de todo pudor, y no se ruborice confesar los pecados cometidos; la honestidad evite toda simulación, y la autoridad rechace el orgullo. Porque cuanto mayores son las gracias mayores son los riesgos.
RESUMEN
El profeta Ezequiel identifica tres tipos de hombres que viven en la Iglesia. Podemos denominarlos como tres brotes e identificarlos cada uno con un personaje bíblico.
-Primer Brote: lo identificamos con Noé. Los casados que hacen penitencia en el mundo.
El profeta Ezequiel identifica tres tipos de hombres que viven en la Iglesia. Podemos denominarlos como tres brotes e identificarlos cada uno con un personaje bíblico.
-Primer Brote: lo identificamos con Noé. Los casados que hacen penitencia en el mundo.
La penitencia es como humo que sale por múltiples orificios. Debe ir acompañada la oración del cambio de actitud y hechos palpables. Una sin otra carecen de sentido. Cambiar de actitud sin orar es pura soberbia. La oración sin hechos es un acto absurdo. Igualmente debe ir acompañada de la limosna.
-Segundo Brote: lo identificamos con el profeta Daniel. Se caracteriza por la luz y la virtud; es la vida de continencia basada en la humildad y la castidad. Podemos comparar a la humildad como la línea que separa la noche y el día. Sobre ella se sustentan las demás virtudes. La castidad es como la luz que producida por el sol, es reflejada por la luna. Está lleno de caridad, perseverancia y discreción.
-Tercer Brote: lo identificamos con Job. Son los predicadores que ya han atravesado las penalidades del desierto y nos transmiten su mensaje. Pero han de hacerlo olvidando toda vanagloria, sintiéndose unidos al Señor y que todo lo hacen por y par Él.
-Pero en realidad las tres fases pueden darse en cada uno de nosotros. La penitencia continua, liberada de todo pudor nos ayudará para no caer fácilmente en la prepotencia.
BIBLIOGRAFÍA
Obras Completas de San Bernardo. Tomo VI. Sermones varios. Madrid 1988. Editorial Católica. Biblioteca de Autores Cristianos.
-Segundo Brote: lo identificamos con el profeta Daniel. Se caracteriza por la luz y la virtud; es la vida de continencia basada en la humildad y la castidad. Podemos comparar a la humildad como la línea que separa la noche y el día. Sobre ella se sustentan las demás virtudes. La castidad es como la luz que producida por el sol, es reflejada por la luna. Está lleno de caridad, perseverancia y discreción.
-Tercer Brote: lo identificamos con Job. Son los predicadores que ya han atravesado las penalidades del desierto y nos transmiten su mensaje. Pero han de hacerlo olvidando toda vanagloria, sintiéndose unidos al Señor y que todo lo hacen por y par Él.
-Pero en realidad las tres fases pueden darse en cada uno de nosotros. La penitencia continua, liberada de todo pudor nos ayudará para no caer fácilmente en la prepotencia.
BIBLIOGRAFÍA
Obras Completas de San Bernardo. Tomo VI. Sermones varios. Madrid 1988. Editorial Católica. Biblioteca de Autores Cristianos.
miércoles, 6 de enero de 2021
TRES SECRETOS
Purifícame, Señor, de mis pecados secretos y perdona a tu siervo los ajenos. Estos pecados secretos son tres: el acto ilícito, la intención falsa y el afecto impuro. La obra mala mancha la memoria; la intención falsa, la razón o la mente; y el afecto impuro, la voluntad. La memoria se purifica con la confesión, la mente con la lectura, y el afecto o voluntad con la oración.
Estarás limpio de los ajenos si no insultas, si no te alejas, si no consientes y si no disimulas. La justicia exige no consentir y resistir con firmeza; la fortaleza, no abandonarte y tolerar con paciencia los defectos del prójimo; la templanza, no insultarle y compadecerse de él con mansedumbre; y la prudencia nos pide no disimular, sino procurar con todo empeño que desaparezca el mal.
RESUMEN
Acto ilícito............Mancha la memoria................Confesión
Intención falsa......Afecta a la razón.....................Lectura
Afecto impuro......Afecta a la voluntad................Oración
martes, 5 de enero de 2021
LAS TRES CLASES DE GLORIA
1. El que quiera gloriarse, que se gloríe en el Señor. El Apóstol estaba convencido que la gloria pertenece exclusivamente al Creador, no a la criatura, como lo repite la Escritura: Mi gloria no la daré a nadie. Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a nos hombres. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Pero considero que la criatura racional -hecha a imagen del Creador-ansía tanto la gloria, que es casi incapaz de reprimir ese deseo. Por eso, la sabiduría que había recibido de Dios le inspiro esta magnífica solución: Ya que es imposible convenceros de no ser orgullosos, estad orgullosos, pero en el Señor.
Fíjate cómo supera la filosofía de Pablo a la de los sabios de este mundo, que es necedad para Dios. Los más famosos de ellos vieron que muchos hombres buscaban el aplauso y honor de los otros, y tuvieron la sensatez de comprender que era pura vanagloria, y la despreciaron. Pero cuando quisieron reflexionar y concretar a qué gloria debe aspirar el sabio, su mente se obnubiló. Creyeron que a cada uno le bastaba su propia gloria, como si el alma, que no puede darse la existencia, pudiera darse la felicidad. Así pues, los hombres ansiosos de una gloria exterior se esforzaban al máximo para hacerse admirar y aplaudir por sus obras; y los sabios creían que solamente debe buscarse la gloria que aprueba el juez interior que es el espíritu.
2. Aquí tenemos la suprema filosofía de los sabios de este mundo. Bien poca cosa por cierto, aunque es la más próxima a la verdad. El Apóstol se remonta por encima de ambas glorias con la sublime contemplación de la verdad y dice: El que esté orgulloso, que esté orgulloso en el Señor, y no en sí mismo ni en ningún otro. Además juzga con mucha precisión y condena con sentencia inapelable esa otra gloria que parecía estar muy cerca de la auténtica. Escuchadle: No está aprobado el que se recomienda él solo, sino a quien el Señor recomienda.
¿Por qué, pues, ando pendiente del juicio ajeno o del mío propio, si no voy a ser condenado por sus críticas ni glorificado por sus lisonjas? Hermanos, si tuviera que comparecer ante vuestro tribunal, estaría justamente orgulloso de nuestros honores. Y si fuera yo mismo mi propio juez, estaría tranquilo de mi propio testimonio y satisfecho de mis propias alabanzas. Pero si no voy a presentarme ni a vuestro tribunal ni al mío, sino al de Dios, ¿no será una insensatez y locura fiarme de vuestro criterio o del mío propio? Tanto más cuanto que todo está desnudo y transparente a los ojos de Dios, y no necesita informes de nadie. tiene razón el Apóstol para despreciar esa gloria que es pura vanidad y mentira: A mi me importa muy poco que me exijáis cuentas vosotros o un tribunal humano; más aún, ni siquiera yo me las pido; pues aunque la conciencia no me remordiese, eso no significaría que estoy absuelto; quien me pide cuentas es el Señor.
Observemos con toda atención que al Apóstol no le afecta el parecer ajeno, pero tampoco sigue el suyo propio, al que le da algo más importancia. El único ser mortal que conoce las intenciones de una persona es el espíritu de ese hombre, porque está dentro de él. Es decir, en comparación con el testimonio de la propia conciencia, el que procede del exterior es prácticamente nulo. ¿De qué me sirven los aplausos de los que no me conocen? Si el espíritu que vive dentro de cada hombre pudiera conocerle perfectamente, bastaría su testimonio. Pero el corazón del hombre está tan pervertido y tan opaco a sí mismo, que ignora casi todo su presente y desconoce totalmente su futuro. Con eso poco que logramos conocer de nuestra vida presente dice San Juan que si la conciencia no nos condena tenemos confianza para dirigirnos a Dios, pero no podemos gloriarnos de ello. Solamente podremos gloriarnos con absoluta seguridad cuando nos llegue la sentencia favorable de la verdad por excelencia, que todo lo sabe.
3. Mientras tanto, añade el Apóstol, no juzguéis nada antes de tiempo; esperad a que llegue el Señor, que sacará a luz lo que esconden las tinieblas. La única alabanza perfecta y segura será la que cada uno reciba del Señor. Pero también ahora nos gloriamos un poco en el Señor, aunque sea parcialmente y con gran temor y precaución. Contamos, en efecto, con el testimonio del Espíritu Santo que asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y por tanto, podemos manifestar nuestro orgullo de tener un Padre tan extraordinario, y de que la majestad inefable se cuida de nosotros. Esto es lo que hace exclamar al Profeta: Señor, ¿qué es el hombre para que le engrandezcas? ¿Por qué le amas tanto?
Nadie busque, pues, la gloria en sus propios méritos. ¿Qué tiene que no lo haya recibido? Y si de hecho lo ha recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie se lo hubiera dado? En ese caso gloríese en aquel que se lo ha dado, y en vez de creerse algo grande proclame que Dios se ha volcado en él. En otras palabras, esté orgulloso de lo que ha recibido y precisamente porque lo ha recibido. Pues el Apóstol no dice: "¿por qué te glorias de haberlo recibido?" sino: ¿a que tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Lejos de prohibirlo, nos enseña cómo gloriarnos.
4. Pero, ¿qué significa eso otro que dice: Porque no está aprobado el que se recomienda él sino, sino el que el Señor recomienda? ¿A quién recomienda Dios en esta vida? ¿Cómo va a recomendar la Verdad al que necesita todavía reprensión? Escuchadle: A los que yo amo les reprendo y les corrijo. ¿A esto se reduce su recomendación? Yo creo que sí. ¿Podemos imaginar una recomendación mejor y más eficaz que sentirnos pletóricos del amor de Dios? Y no existe en esta vida otro argumento más auténtico y seguro de su amor que aquel del Profeta: El justo me corregirá e increpará con misericordia. Esta amonestación procede del Espíritu de verdad, el cual nos sugiere en secreto lo que nos hace falta y ahuyenta de nosotros la soberbia, la negligencia y la ingratitud.
Estos tres vicios arrastran a casi todos los hombres religiosos, porque su corazón no está atento a lo que le dice interiormente el Espíritu de verdad, que no adula a nadie. A algunos, si no me equivoco, les ocurre esto porque ansían tener gran reputación, y les destroza la angustia al no ver en sí mismos nada que merezca esa gloria. Nuestra satisfacción más auténtica y segura consiste en desconfiar de todas nuestras obras, como dice Job de sí mismo; o en frase del profeta Isaías, considerar nuestras buenas obras como un trapo sucio.
Pero tenemos grandes motivos para confiar y gloriarnos en el Señor, porque su misericordia es infinita para con nosotros. Nos preserva de los pecados graves que acarrean la muerte, nos hace ver con toda delicadeza nuestras imperfecciones y las impurezas de nuestra vida, y las perdona generosamente cuando las reconocemos. Firmemente arraigados así en la humildad, en la atención a nosotros mismos y en la gratitud, podemos gloriarnos, no en nosotros sino en el Señor.
¿Por qué, pues, ando pendiente del juicio ajeno o del mío propio, si no voy a ser condenado por sus críticas ni glorificado por sus lisonjas? Hermanos, si tuviera que comparecer ante vuestro tribunal, estaría justamente orgulloso de nuestros honores. Y si fuera yo mismo mi propio juez, estaría tranquilo de mi propio testimonio y satisfecho de mis propias alabanzas. Pero si no voy a presentarme ni a vuestro tribunal ni al mío, sino al de Dios, ¿no será una insensatez y locura fiarme de vuestro criterio o del mío propio? Tanto más cuanto que todo está desnudo y transparente a los ojos de Dios, y no necesita informes de nadie. tiene razón el Apóstol para despreciar esa gloria que es pura vanidad y mentira: A mi me importa muy poco que me exijáis cuentas vosotros o un tribunal humano; más aún, ni siquiera yo me las pido; pues aunque la conciencia no me remordiese, eso no significaría que estoy absuelto; quien me pide cuentas es el Señor.
Observemos con toda atención que al Apóstol no le afecta el parecer ajeno, pero tampoco sigue el suyo propio, al que le da algo más importancia. El único ser mortal que conoce las intenciones de una persona es el espíritu de ese hombre, porque está dentro de él. Es decir, en comparación con el testimonio de la propia conciencia, el que procede del exterior es prácticamente nulo. ¿De qué me sirven los aplausos de los que no me conocen? Si el espíritu que vive dentro de cada hombre pudiera conocerle perfectamente, bastaría su testimonio. Pero el corazón del hombre está tan pervertido y tan opaco a sí mismo, que ignora casi todo su presente y desconoce totalmente su futuro. Con eso poco que logramos conocer de nuestra vida presente dice San Juan que si la conciencia no nos condena tenemos confianza para dirigirnos a Dios, pero no podemos gloriarnos de ello. Solamente podremos gloriarnos con absoluta seguridad cuando nos llegue la sentencia favorable de la verdad por excelencia, que todo lo sabe.
3. Mientras tanto, añade el Apóstol, no juzguéis nada antes de tiempo; esperad a que llegue el Señor, que sacará a luz lo que esconden las tinieblas. La única alabanza perfecta y segura será la que cada uno reciba del Señor. Pero también ahora nos gloriamos un poco en el Señor, aunque sea parcialmente y con gran temor y precaución. Contamos, en efecto, con el testimonio del Espíritu Santo que asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y por tanto, podemos manifestar nuestro orgullo de tener un Padre tan extraordinario, y de que la majestad inefable se cuida de nosotros. Esto es lo que hace exclamar al Profeta: Señor, ¿qué es el hombre para que le engrandezcas? ¿Por qué le amas tanto?
Nadie busque, pues, la gloria en sus propios méritos. ¿Qué tiene que no lo haya recibido? Y si de hecho lo ha recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie se lo hubiera dado? En ese caso gloríese en aquel que se lo ha dado, y en vez de creerse algo grande proclame que Dios se ha volcado en él. En otras palabras, esté orgulloso de lo que ha recibido y precisamente porque lo ha recibido. Pues el Apóstol no dice: "¿por qué te glorias de haberlo recibido?" sino: ¿a que tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Lejos de prohibirlo, nos enseña cómo gloriarnos.
4. Pero, ¿qué significa eso otro que dice: Porque no está aprobado el que se recomienda él sino, sino el que el Señor recomienda? ¿A quién recomienda Dios en esta vida? ¿Cómo va a recomendar la Verdad al que necesita todavía reprensión? Escuchadle: A los que yo amo les reprendo y les corrijo. ¿A esto se reduce su recomendación? Yo creo que sí. ¿Podemos imaginar una recomendación mejor y más eficaz que sentirnos pletóricos del amor de Dios? Y no existe en esta vida otro argumento más auténtico y seguro de su amor que aquel del Profeta: El justo me corregirá e increpará con misericordia. Esta amonestación procede del Espíritu de verdad, el cual nos sugiere en secreto lo que nos hace falta y ahuyenta de nosotros la soberbia, la negligencia y la ingratitud.
Estos tres vicios arrastran a casi todos los hombres religiosos, porque su corazón no está atento a lo que le dice interiormente el Espíritu de verdad, que no adula a nadie. A algunos, si no me equivoco, les ocurre esto porque ansían tener gran reputación, y les destroza la angustia al no ver en sí mismos nada que merezca esa gloria. Nuestra satisfacción más auténtica y segura consiste en desconfiar de todas nuestras obras, como dice Job de sí mismo; o en frase del profeta Isaías, considerar nuestras buenas obras como un trapo sucio.
Pero tenemos grandes motivos para confiar y gloriarnos en el Señor, porque su misericordia es infinita para con nosotros. Nos preserva de los pecados graves que acarrean la muerte, nos hace ver con toda delicadeza nuestras imperfecciones y las impurezas de nuestra vida, y las perdona generosamente cuando las reconocemos. Firmemente arraigados así en la humildad, en la atención a nosotros mismos y en la gratitud, podemos gloriarnos, no en nosotros sino en el Señor.
RESUMEN
La verdadera gloria no es exterior, como un aplauso humano, sino recatada e interior, puramente espiritual. Por eso sólo su nombre da la gloria. Pero esa gloria interior es también subjetiva e incompleta. Sólo Dios da la gloria y el juicio justo que merecemos. De lo que recibimos no podemos gloriarnos, pues es algo que se nos da por la voluntad del Todopoderoso en un acto de generosidad. La soberbia, la negligencia y la ingratitud suelen arrastrar a las personas con vocación religiosa, pero la misericordia de Dios, y no ningún mérito nuestro, pueden hacernos ver nuestros errores y ayudar a corregirlos.
SENTIDO FIGURADO DE LOS DOS PIES DEL SEÑOR Y SIMBOLISMO DE LOS TRES PERFUMES
1.Dos son
los pies de Dios: la misericordia y el juicio. Con ellos se
acerca y visita continuamente a las almas espirituales, saltando como
un héroe en su carrera en busca de aquellos que merecen esta
promesa: Habitaré y caminaré con ellos. Estos son los pies
que unge en primer lugar el alma pecadora con el perfume de la
compunción. Esto hizo María, la pecadora: ungir los pies del Señor.
Y no creamos que es un perfume vulgar, pues dice la Escritura que la
casa se llenó de la fragancia del perfume. Más aún, su aroma lega
hasta el cielo, pues la Verdad en persona nos dice que hay una gran
alegría por un solo pecador que hace penitencia.
Sin
embargo, por muy valioso que parezca este perfume, resulta muy
ordinario y de poco precio comparado con aquel otro que se llama de
la devoción, y se elabora recordando los beneficios divinos. Con
éste se unge la cabeza del Señor cuando das gracias a Dios por sus
dones, porque la cabeza de Cristo es Dios. Siempre que recordamos con
alabanzas sus beneficios ungimos la divinidad en Cristo, y al
fijarnos en nuestros pecados, más bien que en sus dones, debemos
pensar en su humanidad y no en su divinidad.
2.De hecho,
al sumir nuestra carne sabemos que se apropió estos dos pies -la
misericordia y el juicio-para que el pecador que no tenía acceso a
la cabeza o divinidad, pudiera acercarse a sus pies o humanidad. Y
ese pie de la misericordia pertenece sin duda alguna al hombre
asumido por Cristo, pues de otro modo Pablo no hubiera dicho: Fue
probado en todo igual que nosotros, menos en el pecado: para ser
misericordioso. Y lo mismo
digamos del juicio: pertenece a su humanidad, como lo dice el
hombre-Dios hablando de sí mismo: Y le dio poder para
juzgar, porque es el Hijo del hombre.
El
pecador ya no vacila acercarse a estos dos pies del hombre de dolores
y acostumbrado a sufrimientos, y confiesa tranquilamente: ahora nos
acercamos confiados al tribunal de la gracia. Porque no
tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras
debilidades. La pecadora se
aproxima a ungir los pies, y el alma justa derrama su perfume sobre
la cabeza. Sin embargo, el perfume de la cabeza debemos considerarlo
mucho más inapreciable que el derramado en los pies, porque las
sustancias con que éste se confecciona son mucho más apreciadas que
las del otro. Unas las podemos encontrar con toda facilidad y sin
esfuerzo en nuestro país, ya que todos somos pecadores. Las otras,
en cambio, son muy difíciles de hallar y vienen importadas de muy
lejos, del paraíso de Dios. Los regalos excelentes y los
dones perfectos vienen de ambas, del Padre de los astros. ¿Y
puede concebirse algo mejor que este perfume, que al verlo como se
derramaba, hasta los mismos apóstoles murmuraron: A qué
viene este derroche?Podía haberse vendido y dado a los pobres.
3.También
ahora ocurre lo mismo: vemos que algunos se entregan exclusivamente a
Dios y viven con tal fervor y gratitud, que podemos afirmar que
derraman su perfume sobre la cabeza de Cristo; y perseveran fieles en
este santo reposo, en la acción de gracias y en el gozo de la
contemplación divina. Pero no faltan quienes interpretan esto como
un despilfarro, y se quejan -a su juicio con justa murmuración-de
que podrían ser útiles a otros muchos y viven tranquilamente sólo
para sí mismos. Y no es que envidien su santidad, sino que les
interesa más la caridad.
Muchas veces el mismo Dios-Amor sale en defensa de esta
alma que ve tan feliz en sus actividades espirituales; sobre todo si
observa que todavía es mujer por su apocamiento y fragilidad, y que
no ha llegado al estado de hombre adulto. Esto lo discierne mucho
mejor el que penetra los corazones, que los hombres, que sólo ven la
cara y juzgan por apariencias. Creen éstos que es tan fácil vivir
con Dios como realizar un servicio útil, obedecer humildemente como
presidir con provecho, dejarse gobernar sin quejas como regir de una
manera irreprochable, someterse con gusto como mandar con discreción,
convivir con los buenos como con los malos y, sobre todo, ser
pacífico entre los hijos de la paz como ser manso entre los que la
odian.
Jesús conoce muy bien quiénes son capaces y quiénes
no de entregarse a semejantes actividades, y comprende que esa alma
tan delicada y tierna no está preparada para tales menesteres. Y por
eso se enfrenta enérgicamente contra los que no piensan así y
califican de estéril su reposo, llevados de un celo bueno, pero mal
entendido ¿Por qué molestáis a esa mujer? Es cierto que lo
ideal es eso que vosotros esperáis de ella, pero también es muy
bueno lo que está haciendo conmigo. Mientras no sea capaz de algo
mejor, dejadla hacer lo que puede. Yo sé que es todavía una mujer.
Ya llegará el día en que la diestra del Altísimo la cambiará en
varón. A mi no se me ocultará esto cuando suceda, porque soy yo
quien la transformo con mi palabra y quien la mantengo así. Entonces
la maldad del varón será mejor que la actual bondad de la mjer.
También yo espero que es lo mejor, pero mientras tanto
no desprecio esto otro que también es bueno. Y no tengo por
despilfarro este perfume que derrama, porque es signo de la entrega
de esta mujer y auncio previo de mi sepultura. Más aún, su aroma se
esperce de tal manera por todas partes, que donde quiera se proclame
este Evangelio se dirá también en su honor lo que ella ha hecho.
4Pasemos
ya al tercer perfume. La comparación de los dos anteriores nos hace
ver claramente que el segundo es mejor y mucho más excelente que el
primero. Lo que nos parece muy extraño es que exista un tercero que
supere a estos dos; y sin embargo, la esposa dice con orgullo que sus
pechos exhalan el mejor de todos los perfumes. Y para ser el mejor
debe superar a otros muy buenos, como estos aventajan a los
simplemente buenos.
Recordemos que el segundo perfume, con el que se unge la
cabeza, es de tal calidad que no se le puede comparar ni anteponer
ninguna riqueza. A pesar de ello yo no tildo de mentirosa a la
esposa, pues tiene por esposo a la verdad en persona y es él quien
le inspira esto, el infinitamente infalible y veraz. Además, si
contradice a la verdad le sería inútil desear y suspirar por los
íntimos abrazos de la verdad. ¿Es posible la amistad entre la
verdad y la mentira? Todo lo contrario: la verdad aniquila a todos
los mentirosos.
5.Si
abrimos el Evanelio, tal vez encontremos una imagen de este perfume.
Hela aquí: María Magdalena, María la de Santiago y Salomé
compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. ¿No percibes ya a
simple vista el gran valor de este perfume material, cuyos aromas no
pueden adquirir una o dos mujeres?El primer perfume lo consiguió una
sola mujer, y lo mismo el segundo. En cambio, para este otro son tres
las que se unen para adquirirlo y prepararlo, y las tres juntas
compran lo que no puede cada una de por sí. Y de este modo van a
embalsamar a Jesús. No dice los pies o la cabeza, sino que van a
embalsamar a Jesús, es decir, a todo el cuerpo.
Advierte también que Cristo no quiere que se pierda un
perfume tan extraordinario; no encuentran el cuerpo y lo vuelven a
traer, con la misión de ofrecer al vivo eso que habían preparado
para el muerto. Y así lo hicieron, aumenando inmediatamente la
alegría de la resurrección y arrancando la tristeza del corazón de
los discípulos, que eran sin lugar a dudas los miembros vivos de
Cristo. Cristo amaba mucho más a estos miembros que aquel otro
cuerpo crucificado, y por eso lo entregó a la cruz.
Es
evidente, pues, que este último perfume supera a aquellos otros dos
tanto cuanto superó el amor de Cristo por este cuerpo suyo -la
Iglesia- al que se lo reserva, al amor que manifestó al otro cuerpo
que no quiso fuera ungido y lo entregó para rescatar al primero.
TRIPLE CAÍDA DEL HOMBRE Y SU TRIPLE RETORNO
1. Para volver a Dios existe un camino en sentido inverso a la caída del hombre. Cuando Adán vivía en el paraíso lo primero que perdió fue la presencia de Dios. Afirma San Agustín que el tentador nunca habría expulsado del paraíso al hombre, si antes no se hubiera introducido en su alma un movimiento de orgullo. La Escritura es categórica: Delante de la ruina va un corazón soberbio. En segundo lugar perdió la justicia, obedeciendo a la voz de su mujer antes que a Dios. Sabemos que la justicia es la virtud que da a cada uno lo suyo. En tercer lugar perdió la rectitud de juicio: reprendido de su pecado, atribuyó astutamente su culpa al Creador a través de su mujer y dijo: La mujer que tú me diste por compañera me ofreció el fruto del árbol y lo comí.
Para volver de su actual destierro, el hombre debe recorrer los mismos grados de virtud de que antes se privó y mereció ser expulsado del paraíso. En primer lugar debe practicar el juicio, después realizar la justicia, y finalmente intensificar la presencia. El juicio nos lo debemos a nosotros mismos, para purgarnos y acusarnos; la justicia se la debemos al prójimo, y a Dios la atención.
2. El profeta Miqueas nos muestra este camino de retorno con estas palabras: Hombre, te voy a decir lo que está bien y lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la misericordia, y que vivas solícito con tu Dios. El Apóstol afirma que Cristo enseñó este mismo sendero: La gracia de Dios nuestro Salvador se hizo visible a todos los hombres; nos enseñó a rechazar la vida impía y los deseos mundanos, y a vivir en este mundo son sobriedad, rectitud y piedad. Con sobriedad por lo que se refiere a nosotros, con rectitud para con el prójimo, y con piedad para con Dios. Sigue explicando con más claridad la atención a Dios: Aguardando la dicha que esperamos, la venida gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro.
Este mismo itinerario y plan de vida lo podemos encontrar en otros muchos textos de la Sagrada Escritura. Como por ejemplo: Dichoso el hombre que permanece en la Sabiduría y medita en la justicia; el que presta atención a la presencia de Dios. Permanece en la sabiduría y es sabio el que se juzga ahora sin cesar, para librarse del juicio eterno de Dios. Como dice el Apóstol: Si nos juzgáramos debidamente nosotros, no seríamos juzgados. Aunque si el Señor nos juzga es para corregirnos, para que no salgamos condenados con este mundo. Es un verdadero sabio, pero no con la sabiduría de este mundo, sino con aquella que procede de las realidades ocultas. La obra admirable de Dios hace que los elegidos sean ahora tallados a base de golpes y tribulaciones, para ser colocados después en el templo del verdadero Saloimón sin el más mínimo ruido de martillos.
RESUMEN Y COMENTARIO
Encontrar a Dios es realizar un camino de retorno, abandonando la soberbia. La historia bíblica de Adán y Eva refleja, perfectamente, este camino con sus dos sentidos. Aquellos primeros padres, y después todo el género humano, optaron por el camino de la autosuficiencia y el olvido de Dios. Debemos volver, entonces, a la naturaleza primigenia de nuestro Creador. Para ello viviremos con sobriedad en cuanto a nosotros mismos, rectitud en cuanto a nuestra relación con los demás y piedad cuando nos dirigimos a Dios. Ejercitar esos principios es la verdadera sabiduría. De alguna forma misteriosa, apartarnos de esos senderos nos somete a golpes y tribulaciones sin número. El cincel del escultor construye, así, poco a poco, casi sin ruido, el verdadero templo de Salomón.
Elementos del triple retorno:
-Juicio (hacia nosotros mismos). La respuesta es la sobriedad
-Justicia amorosa y compasiva hacia todo ser creado. Rectitud con ellos.
-Piedad. Vivir la presencia de Dios
Elementos del triple retorno:
-Juicio (hacia nosotros mismos). La respuesta es la sobriedad
-Justicia amorosa y compasiva hacia todo ser creado. Rectitud con ellos.
-Piedad. Vivir la presencia de Dios
LA TRIPLE GRACIA DE DIOS
Te adelantaste a bendecirlo con dulzura. Necesitamos tres clases de bendiciones: la que nos antecede, la que nos ayuda y la que nos da la perfección. La primera es la de la misericordia, la segunda la de la gracia, y la tercera la de la gloria. La misericordia antecede a la conversión, la gracia sostiene esta conversión y la gloria la lleva a su plenitud. Si Dios no nos concediera estas tres bendiciones, nuestra tierra no produciría el fruto de la salvación. Sí, nos es imposible comenzar el bien sin la iniciativa previa de la misericordia, o practicarlo si la gracia no nos ayuda, o llegar a su perfección mientras no estemos inmersos en su gloria.
De estas tres bendiciones, la más entrañable para nosotros es la que nos anticipa a nosotros, totalmente vacíos de méritos, e incluso a partir de grandes deméritos. Cuando aún somos hijos de ira y nos entregamos a las obras de la muerte, él concibe para nosotros designios de paz. Y a aquellos que en vez de suplicarle le rechazan, que en vez de invocarle le provocan, y en vez de rogarle le rehúsan, les concede el espíritu bueno, el espíritu de vida y el espíritu de adopción.
¿Qué puede saber dulce el alma que no saborea semejante misericordia? Con toda razón, pues, es llamada bendición de dulzura la que nos antecede; pues la que nos ayuda es bendición de fortaleza, y la que nos lleva a la perfección es bendición de plenitud.
RESUMEN
De cómo las tres gracias de Dios son la misericordia, la gracia propiamente dicha y en tercer lugar la gloria, pero todo empieza por la misericordia que a todo antecede y, espontáneamente, nos es otorgada.
UN TRIPLE CORAZÓN
Acérquese el hombre a un corazón elevado, y Dios será ensalzado. Existe el corazón elevado, el ínfimo y el intermedio. El Profeta dice: Rebeldes, volved a vuestro corazón. La primera aproximación es la del siervo rebelde a un corazón ínfimo, al cual se acerca por el juicio. La segunda es la del mercenario a un corazón intermedio, y se realiza por la llamada del consejo. La tercera es la del hijo a un corazón elevado, y es el deseo quien lo eleva.
Entonces es ensalzado Dios, esto es, se muestra muy por encima del corazón, porque la razón es incapaz de comprenderle y sólo es posible desearlo por los afectos y el amor.
Observa que estos acercamientos o ascensos se realizan en el corazón. Por eso dice el Profeta: Aunque vivía en este valle de lágrimas se ha decidido a elevarse en su corazón. Algunas veces, en cambio, el hombre interior supera la razón es el éxtasis del espíritu.
En consecuencia, podemos decir que esta subida tiene cuatro etapas: la primera es hacia el corazón, la segunda en el corazón, la tercera desde el corazón y la cuarta por encima del corazón. La primera consiste en temer a Dios, la segunda en escucharle como consejero. La tercera en desearle como a esposo y la cuarta en verle como a Dios.
RESUMEN Y COMENTARIO
Cuando hablamos del corazón estamos hablando de emociones. Nuestra vida espiritual está regida por ellas y superan al raciocinio, a la inteligencia humana capaz de comprender el Universo. El hombre que asciende emocionalmente, en su búsqueda de Dios, pasa por cuatro etapas:
1. La primera es hacia el corazón y consiste en temer a Dios.
2. La segunda es en el corazón y consiste en escucharle como consejero.
3. La tercera es desde el corazón y consiste en desearle como esposo.
4. La cuarta es por encima del corazón y consiste en verle como a Dios.
También podríamos hablar de un corazón ínfimo (basado en el juicio o raciocinio), un corazón intermedio (basado en el consejo) y un corazón elevado (basado en el deseo de Dios).
En cualquier caso somos emoción espiritual y debemos profundizar en ella como camino hacia nuestro Señor.
CUARESMA: DE LOS TRES MODOS DE ORACIÓN
DE LOS TRES MODOS DE ORACIÓN
1.La caridad con la que vivo solícito por vosotros, me obliga a hablaros y a instancias suyas os hablaría más veces si no me lo impidieran mis muchas ocupaciones. Ni es maravilla que viva solícito por vosotros, cuando en mi mismo hayo mucha materia y ocasión de cuidado. Todas las veces que pongo el pensamiento en mi propia miseria, y en los muchos peligros que me cercan, no es maravilla que se turbe en mi mismo mi alma. No es menor la solicitud que debo tener por cada uno de vosotros, si es que os amo como a mi mismo. Sabe aquel Señor que escudriña los corazones cuantas veces el cuidado por vosotros prepondera el cuidado por mi mismo en mi corazón. Ni es mucho que tenga una grande solicitud y me conturbe un grande temor sobre todos vosotros, pues os miro puestos en tanta miseria y peligros. Nosotros mismos (como es manifiesto) llevamos nuestro lazo, por todas partes llevamos con nosotros el propio enemigo, esta carne, digo, nacida de pecado, alimentada en el pecado, corrompida demasiadamente desde su origen, pero mucho más viciada con la mala costumbre. De aquí es que tan acremente combate contra el espíritu que continuamente murmura y no sufre la disciplina, que sugiere cosas ilícitas, que ni obedece a la razón ni se refrena por temor ninguno.
2.A ésta se llega, a ésta ayuda, de ésta se sirve la astutísima serpiente, para combatirnos; aquella serpiente que no tiene otra ansia, otro cuidado, otro negocio, que derramar la sangre de las almas. Esta es la que continuamente está maquinando el mal, que hostiga deseos de la carne, que sopla el fuego natural, de la concupiscencia con venenosas sugestiones, enciende movimientos ilícitos, prepara ocasiones de pecado, y con mil artes de dañar no cesa de tentar los corazones de los hombres. Esta es, la que ata nuestras manos con nuestra propia soga, y como suele decirse nos hiere con nuestro báculo, haciendo que la carne que nos fue dada para nuestra ayuda, sirva de lazo y ruina contra nosotros.
3.Pero qué aprovechará haber insinuado los peligros, si no se aplica algún consuelo y remedio alguno. Grande es sin duda el peligro y molesta es la lucha contra un enemigo doméstico, especialmente porque nosotros somos pasajeros, y el ciudadano, él habita en su región, y nosotros somos desterrados y peregrinos. Grande riesgo es también haber de sostener tan frecuentes y continuos combates contra las astucias, y ardides del diablo que nosotros no vemos, y que le ha hecho sobremanera sagaz así su sutil naturaleza, como el largo ejercicio de su malicia. Sin embargo de nosotros depende, si no queremos ser vencidos: y ninguno de nosotros es postrado en este combate contra su voluntad. Debajo de ti está tu apetito y tu tendrás tu dominio sobre él. Puede el enemigo citar el movimiento de la tentación pero en ti consiste querer dar o negar el consentimiento y cuantas veces resistas tantas serás coronado.
4.No podemos negar, hermanos míos, que estas cosas son molestas y peligrosas: pero también del mismo combate, si resistimos valerosamente, nace una piadosa tranquilidad, propia de la buena conciencia. También, si al punto que advertimos estos pensamientos, no permitimos que se detengan sino que con un espíritu pronto se excita el ánimo contra ellos, al momento se retirará confuso el enemigo y no volverá de buena gana tan presto. Pero ¿Quiénes somos nosotros o cual es nuestra fortaleza para poder resistir a tantas tentaciones? Esto era lo que Dios buscaba en nosotros. A este conocimiento nos quería traer, para que viendo nuestra flaqueza y que no tenemos otro amparo, corramos a su misericordia con toda humildad. Por eso os ruego Hermanos míos que tengáis siempre a mano el segurísimo refugio de la oración; de la cual me acuerdo haber hablado poco ha con el fin del anterior sermón.
5.Pero todas las veces que hablo de la oración, me parece, que estoy oyendo un discurso de la flaqueza humana, que frecuentemente he oído a otros, y alguna vez también le he experimentado en mi mismo. ¿De qué nos sirve la oración si aunque nunca cesemos de orar, apenas experimenta alguno de nosotros fruto alguno de su oración? Del modo mismo que llegamos a la oración así parece que salimos de ella, nadie nos responde una sola palabra, sino que antes parece que hemos trabajado en vano. Pero ¿Qué dice el Señor en el evangelio? No juzgueis según la apariencia sino según la justicia. ¿Cúal es el juicio de la justicia sino el juicio de la fe, puesto que de la fe vive el justo? Con que así sigue el juicio de la fe y no tu experiencia, pues la fe es siempre verdadera y la experiencia muchas veces engañosa. ¿Cúal es pues la verdad de la fe sino la que promete el Hijo de Dios? Cualquiera cosa que pidais con fe en la oración la conseguiréis; ninguno de vosotros, Hermanos míos, tenga en poco su oración, porque os digo la verdad que no la tiene en poco aquel Señor a quien se hace. Antes que salga de vuestra boca la manda escribir en su libro: y una de dos cosas debemos esperar sin ninguna duda: o que nos dará lo que pedimos o lo que nos es más provechoso. Nosotros no sabemos orar como conviene, pero el Señor tiene misericordia de nuestra ignorancia, y recibiendo benignamente la oración de ningún modo nos dará lo que para nosotros no sería útil, o lo que no hay necesidad de que se nos dé tan presto, pero nuestra oración no será infructuosa.
6.Así ciertamente si hiciéramos lo que en el salmo se nos amonesta por el santo profeta David. Regocijaos, dice, en el Señor y él os dará lo que vuestro corazón le pide. Más por qué profeta santo nos mandáis así que nos regocijemos en el Señor, como si ese gozo estuviera en nuestro poder y en nuestra mano? Nosotros sabemos bien que se haya placer en comer, en dormir, en descansar y en otras muchas cosas que hay en el mundo más ¿Cúal es este placer que hay en Dios para regocijarnos en él? Hermanos míos los hombres del mundo pueden hablar así, pero no vosotros ¿Porque quién de vosotros es el que no haya probado muchas veces el deleite y paz de una buena conciencia? ¿Quien es el que no haya gustado del placer que se haya en la humildad, en la caridad, en la castidad? Este placer no es el que se haya en comer o en beber o en cosas semejantes y con todo eso es placer y mucho más grande que el que se experimenta en otras muchas cosas, porque los otros son de la carne, éste de Dios. Y cuando nosotros tenemos nuestro gozo en él, seguramente nos regocijamos en el Señor.
7.Pero hay muchos que se quejan de que ellos prueban raras veces este afecto sensible, y este placer más dulce que la miel y el panal. Ellos no consideran de que Dios los ejercita, entretanto, en las tentaciones, y en los combates y que muestran mucha más firmeza y valentía cuando practican así las virtudes, no por el placer que en ello hayan sino por las virtudes mismas, con el solo deseo de agradar a Dios; ejercitándose en ellas con toda su aplicación aunque no con toda satisfacción. No hay duda que quien obra de este modo cumple perfectamente el consejo saludable del profeta, que dice Regocijaos en el Señor, porque él no habla tanto de que el gozo sensible nace del afecto, como de un gozo efectivo que produce la misma acción y ejercicio de la virtud puesto que aquel afecto sensible pertenece propiamente a la bienaventuranza, que esperamos en el cielo, y la acción pertenece a la virtud, que nosotros debemos practicar en esta vida. Regocijaos, dice, en el Señor, como si dijera procurad esto, haced diligencias para regocijaos en el Señor, y él os dará lo que vuestro corazón le pide. Pero advierte que llama el Profeta peticiones del corazón para que sepas que son aquellas que el juicio de la razón aprueba. Ni tienes con esto de qué quejarte sino más antes de dar a Dios con todo tu afecto muchas gracias; pues tan grande es el cuidado de tu Dios para contigo que todas las veces que ignorándolo le pides lo que para ti sería inútil, no te oye sobre ello pero lo trueca en otra dádiva más provechosa. Así el Padre al niño que le pide pan se lo da con gusto, pero si pide el cuchillo que él no juzga necesario no consiente en dárselo sino que más bien le parte el mismo pan que le había dado o le manda partir alguno de sus criados, para que el niño no tenga peligro ni trabajo.
8.En tres cosas juzgo que consisten las peticiones del corazón; ni veo que fuera de ella ninguno de los escogidos debiera pedir otra. Las dos primeras son de este tiempo. Es decir, son los bienes del cuerpo y del alma. La tercera es la bienaventuranza de la vida eterna. Ni te admires de que haya dicho que los bienes del cuerpo se han de pedir a Dios, porque de él son todos los bienes corporales igualmente que los espirituales. De él pues debemos esperar y también debemos pedirle lo que también nos sirve para mantenernos en su servicio. Sin embargo debemos orar con más frecuencia y con más fervor por las necesidades del alma, esto es, por obtener la gracia de Dios y las virtudes. Así también hemos de orar con toda la piedad y todo el deseo por la vida eterna, en la cual sin duda consiste la eterna y perfecta bienaventuranza del cuerpo y del alma.
9.En estas tres cosas, para que las peticiones sean del corazón, tres cosas podemos observar también. Porque en la primera suele entrarse algunas veces, secretamente, la superficialidad. En la segunda la impureza y en la tercera tal vez la soberbia. Algunas veces suelen buscarse las cosas temporales para deleite, las virtudes para ostentación y aún la vida eterna no la desean algunos no en humildad sino en la confianza de sus méritos. Ni digo esto porque la gracia recibida no dé confianza para pedir, sino porque no conviene que el hombre ponga en ella la esperanza de conseguir. Los dones de la gracia que hemos recibido solamente nos han de servir para esperar de aquella misericordia que los dió que nos dará también otros mayores. Sea pues ceñida la oración que es por cosas temporales, a las necesidades solas: sea la oración que se hace por las virtudes del alma, libre de toda impureza y dirigida a solo el beneplácito de Dios: sea la que se hace por la vida eterna, fundada en toda humildad, confiando (como es razón) de sola la misericordia divina.
RESUMEN
Solicitud de San Bernardo por sus Monjes. Nuestro cuerpo es nuestro lazo. El diablo es otro enemigo. Sin nuestro consentimiento nada nos daña la tentación. Nunca es infructuosa nuestra oración. Las virtudes por si mismas merecen amarse. Dios no oye algunas veces nuestras oraciones según nuestro deseo. Las peticiones del corazón consisten en tres cosas: los bienes del cuerpo, del alma y las bienaventuranzas de la vida eterna. Pueden dar lugar a la superficialidad, la impureza y la soberbia. Tres cosas hemos de observar en esto: La oración que es por cosas temporales, debe dedicarse a las necesidades solas; la oración que se hace por las virtudes del alma, debe estar libre de toda impureza y dirigida a solo el beneplácito de Dios; la que se hace por la vida eterna, debe estar fundada en la humildad, confiando en la misericordia divina.
TRES PANES
(Rogativas: son las oraciones públicas hechas a Dios para conseguir remedio en una grave necesidad. Generalmente consistían en procesiones que se hacían dentro o fuera del templo con carácter de penitencia y propiciación para la agricultura, acompañadas del rezo de letanías. Litúrgicamente fueron establecidas por la Iglesia para ser rezadas o cantadas en ciertas procesiones, probablemente en el siglo IV, aunque no se fijaron las fechas de su celebración hasta el pontificado de San Gregorio Magno en el año 590.
Tenían lugar dos veces en el año: en la festividad de San Marcos, las denominadas rogativas o letanías mayores, y, en los tres días anteriores a la Ascensión, las conocidas como rogativas o letanías menores. Además, con carácter extraordinario, el papa y los obispos podían prescribirlas en cualquier época del año en calamidades y necesidades públicas perentorias.)
Ese amigo nuestro que viene de viaje y se acerca a nosotros, es decir, a cualquiera que se convierte, necesita alimentarse con tres panes. El primer pan es la continencia, que domina el cuerpo y no le permite entregarse a los placeres que llevan a la muerte. El segundo es la humildad, que enseña al alma a no envanecerse por la continencia. Y el tercero es el fervor de la caridad: con su fuego conserva estables estas dos realidades, cuerpo y alma, en la castidad y en la humildad.
Estas tres virtudes -castidad, humildad y caridad-son otros tantos panes con que se alimenta y vigoriza el hombre de Dios, y como dice el Apóstol, hacen que su espíritu, alma y cuerpo se conserven sin tacha para la venida del Señor. El espíritu, para mí, es esa energía o gracia que, en frase del mismo Apóstol, viene en ayuda de nuestra debilidad para que no desfallezcamos, hasta que llegue el momento de cosechar el bien que sembramos.
El primer pan es carnal o corporal, el segundo racional y el tercero espiritual. Si nos faltan estos panes, pidámoslos a Dios. Y es muy razonable pedir los tres, porque tres son los comensales: el alma o varón, la carne o mujer, y el espíritu o servidor de ambos. Y observemos que no dice: "dame" sino: Préstame tres panes, y ya te los devolveré. Y es que cuando se convierte un pecador, el sacerdote debe obtener para él la gracia divina; pero el fruto de esa gracia no procede de él, sino de Dios.
RESUMEN
En nuestra conversión precisamos de tres panes: la castidad, la humildad y la caridad. La castidad nos da el dominio del cuerpo. La humildad es virtud más alta y nos da el conocimiento verdadero. La caridad es todavía superior y pertenece al espíritu. Pero debemos tener cuidado porque ninguno de estos panes son, verdaderamente, nuestros, sino prestados por "el que todo lo puede" y de donde "todos los dones proceden".
lunes, 4 de enero de 2021
LA TRIPLE VIGILANCIA: DE LAS MANOS, DE LA LENGUA Y DEL CORAZÓN
1. Todos nos quejamos de no sentir el apoyo de la gracia. Pero es ella quien tiene que lamentarse, con más razón, de su ineficacia en algunos de nosotros. Porque la gracia de la devoción que buscamos, depende del corazón; y quien no le ofrece una acogida ferviente se priva de ese don. Ahora bien, ¿es posible la guarda del corazón sin ser moderado en las palabras y solícito en la obras? No se extrañe pues, si no alcanza la meta quien no ha dado los primeros pasos, ni el que cree que ha comenzado, si no ha llegado a la mitad del camino,. El hombre que vive en el mundo hace mucho con tener las manos limpias. Para el monje, en cambio, eso es muy poco; y es indigno de él no evitar toda clase de contactos con el mal.
A nosotros se nos pide tener las manos más limpias de toda falta, y más colmada de justicia que ellos. A ellos se les dice: Huid la fornicación y el que robaba ya no robe. Y otras cosas semejantes. Porque quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios. ¿Debemos temer nosotros tal inmundicia en las obras y tan grave impureza en las manos? Cuanto más limpias están las manos tanto más resalta en ellas la menor mancha. Y el vestido lujoso desluce con la más pequeña mácula. Así ocurre con nosotros: una simple desobediencia es ya una mancha. Y la negligencia en nuestros actos o en los preceptos menos importantes, no es una pequeña imperfeccion, sino una falta muy grave.
Esta atención sobre nuestras acciones se practica en los comienzos de la conversión. Tenemos entonces un poco de luz, aunque no mucha, como tal vez algunos puedan pensar, pues la Verdad nos dice: Cuando hiciereis estas cosas que os están mandadas, decid: somos siervos inútiles; lo que teníamos que hacer lo hicimos. Me dirás que aquí se trata de un consejo de humildad. Es cierto: de humildad. ¿Pero va acaso contra la verdad? Porque si somos inteligentes en el ejercicio de nuestro deber, ninguna persona sensata llamará la atención al que se cuela un mosquito si ve que se trata un camello.
2.Una vez limpias las manos, no por ello se llega inmediatamente al corazón. Es preciso purificar los labios con una atención y solicitud particular. Y si dices: "Son muy pocos los que hablan como se debe" por eso mismo comprenderás cuán rara res la perfección cuando es tan difícil encontrar personas iniciadas en ella. ¿Quién es capaz de enumenar la cantidad de mezquindades que comete un miembro tan pequeño como la lengua? ¿Cuánta inmndicia no acumulan los labios impuros? ¿Cuánta maldad no profiere una boca indiscreta?
Hay lenguas disolutas, volcadas en conversaciones inútiles, lenguas deshonestas, y lenguas jactanciosas. Las primeras son esclavas del placer y las otras de la arrogancia. También existe la lengua engañosa y maldiciente: la primera se subdivide en mentirosa y aduladora, y la segunda lo mismo injuria a la cara como difama a la espalda. Si los hombres habrán de dar cuenta en el día del juicio de toda palabra ociosa que profieren, ¿cuánto más rigurosa será la sentencia de la palabra mentirosa, mordaz e injuriosa, de la arrogante y lasciva, de la que calumnia y difama?
3. ¡Que verdad encierra aquella sentencia, hermanos: En el mucho hablar no falta el pecado! Prescindo aquí de otras razones; si una palabra es inútil cuando no tiene causa justificante, ¿cómo justificaremos la que va contra toda justificación? Ninguno de vosotros, hermanos, tome a la ligera el tiempo empleado en conversaciones ociosas; estamos en el tiempo favorable y en el día de la salvación. Las palabras vuelan irremediablemente; el tiempo vuela y no vuelve. Y el insensato no se da cuenta de lo que pierde. "¡Que bien se pasa el tiempo charlando!" suele decirse. "¡Pasar las horas!". "¡Pasar el tiempo y las horas...!Tu misericordioso creador te lo concede para hacer penitencia, para alcanzar el perdón, para conseguir la gracia y merecer la gloria.
"¿Pasar el tiempo?" Debes recuperar con él la benevoencia divina, volar hacia la comunión de los ángeles, suspirar por la herencia perdida, ansiar la felicidad prometida, despertar la voluntad dormida y llorar la maldad cometida. ¿Es que hacen eso los agricultores cuando les llega el tiempo tan esperado de la sementera, o los viñadores en la campaña tan ansiada de la poda? ¿Es que prefieren entonces encontrar otras ocupaciones, para así, sin escrúpulo alguno, pasar alegremente los días sin trabajar? ¿Acaso cuando llegan las ferias, se retrasan los comerciantes y buscan pretextos para no hacer un buen negocio? ¿Qué hacen los pobres mendigos cuando, tras muchos ruegos, aparece el generoso limosnero? ¿Se distraen en otras cosas? ¿Ceden el puesto a otros compañeros o se retiran a os rincones vacíos y ocultos de las plazas?
4.El primer grado es obedecer con gusto. El hombre está pervertido desde su juventud, y todos siguen los caprichos de su perverso corazón. Desde su primera transgresión, el hombre siente un amor innato a su voluntad propia; está abandonando la voluntad del creador, se convirtió ella misma en esclava por intentar ser independiente. Esto quiere decir que es muy difícil dejar su voluntad, someterse a la de otro. Más, por muy penoso que sea, es imposible subir el primer grado de la obediencia sin hacer nuestra la voluntad del que manda.
El justo se gloría se alabar a Dios voluntariamente y dice: te ofrecereé un sacrificio voluntario. Sólo, pues, la voluntad embellece y da valor a las obras; y sin ella no se hace nada bueno, aunque lo parezca. Así pues, recíbanse con la voluntad los mandatos de los superiores y evítese que el corazón haga reflexiones personales; hasta llegar a sacrificar la voluntad propia y amar el precepto del superior. Obedecer con gusto es cumplir de manera voluntaria la voluntad de los superiores.
5. No temas afirmar que esta lengua es màs cruel que aquella lanza que atravesò el costado del Salvador. Porque esta desgarra el cuerpo de Cristo y sus miembros. Y no hiere un cuerpo exánime, sino que lo mata al clavarse en él. Es más cruel que las espinas clavadas por la saña de los soldados en aquella adorable cabeza. Y màs que aquellos clavos con que los judíos, en su refinada maldad, atravesaron aquellas manos y pies santísimos. Si él no hubiera preferido la vida de este cuerpo, que ahora es herido y desgarrado, a la del suyo propio, jamás lo hubiera entregado a la injuria de la muerte y a la ignominia de la cruz.
Y a pesar de ello seguimos diciendo: ¡Es tan ligera la palabra ! ¡La lengua no es màs que un pedazo de carne tierna y suave! ¿Qué persona sensata le da importancia? Sí. La palabra es bien poca cosa. Corre veloz; pero sus heridas son muy graves. Pasa con suavidad, pero abrasa sin compasión. Penetra fácilmente en el alma, pero sale con dificultad. Se pronuncia sin esfuerzo, pero es imposible volverla a recoger. Vuela ligera, pero por eso mismo viola rápidamente la caridad. Una mosca muerta no vale nada, pero estropea el ungüento del perfume. La lengua es un miembro frágil, pero apenas se la puede dominar. Materialmente dèbil y pequeña, pero de un poder y eficacia enorme. Es un órgano muy pequeño, pero si te descuidas es el peor de todos. Es fina y aplanada: y el medio por excelencia para vaciar el corazón, como me lo habéis confesado muchos de vosotros. Como no somos perfectos, después de una larga conversación sentimos nuestro espíritu vacío, la meditación menos devota, el afecto más árido y el holocausto de la oración menos fecundo. La causa de ello son las palabras que hemos dicho u oído. Al fin, palabras.
6. La lengua se desliza con facilidad, pero penetra insensiblemente en el corazón, Por eso hay tantos que aprovechan muy poco: refrenan la suya mas no se previenen de la ajena. Ese hermano que te habla es, sin duda, muy útil, prudente, observante y temeroso de Dios. Más aún: es un ángel, y un ángel de luz. A pesar de todo ten cuidado, no oigas lo que te pueda hacer daño, no quiero que sospeches de nadie, pero desconfía de la lengua, sobre todo cuando hay muchas personas juntas. La sencillez de la paloma nos encanta, pero no olvides la prudencia de la serpiente. María examinó las palabras del Ángel y discurría qué podría significar aquel saludo. Haz tu lo mismo, que sabes por tu continua experiencia cuánto dañan las palabras. No creas que te tienen por apocado si te muestras comedido en el hablar cuando debes participar en los diàlogos y en la escucha ni os extrañeis que nos detengamos tanto en este grado propio de los proficientes, porque son más numerosos que los perfectos.
7. Tal vez parezca que me excedo reprendiendo el uso de la palabra. Tened en cuenta que es la lengua la que habla contra los vicios de la lengua. Merece toda la disculpa: no se perdona a sí misma y amonesta a los oyentes de sus propios peligros. Las palabras son viento pero no siempre son un viento abrazador. Levántate, cierzo, ven, también tú, austro; oread mi jardín, que exhala sus aromas.
Grandes son, en efecto, las ventajas de la palabra; y muy abundantes y fecundos sus frutos. El justo vive de la fe y la fe proce de la escucha y ésta viene de la Palabra de Dios. ¿Puede vivir el que no cree? ¿Y puede creer sin oír? ¿Y puede oír si no se le predica? Debemos prestarle, pues, gran atención y vigilancia, porque según la Escritura la muerte y la vida están en el poder de la lengua. Si solamente nos diera vida, no tendríamos por qué reprimirla; si sólo muerte, deberíamos amputarla. Pongamos un guardia a nuestra boca y un centinela a la puerta de nuestros labios para que no estén herméticamente cerrados a lo que nos proporciona la vida, ni salga libremente de ellos el veneno mortal. Vigilemos, por tanto, hermanos, nuestras obras, pra no omitir lo que se nos manda, ni hacer lo que se nos prohibe.
El Profeta nos exhorta a esta doble vigilancia cuando dice: Apártate del mal y haz el bien. Y vigilemos nuestras palabras para no ofender con ellas a Dios ni dañar al prójimo. Dichoso quien, al hablar, teme siempre ambas cosas presta atención a ambos oyentes: a la majestad divina, porque es terrible caer en sus manos; y a la fragilidad fraterna que se puede escandalizar fácilmente.
8. Creo, sin embargo, que no es todavía perfecto quien evite los pecados de la lengua, a no ser que lo comparemos con el que solamente entiende a sus obras. La Verdad misma habla en el Evangelio de los siervos que velan esperando al Señor, y dice: Si llegas a la tercera vigilia, y los encuentras así, dichosos ellos. Observa que esto no se dice de la primera ni de la segunda vigilia. Es la vigilia del corazón, sobre la cual insiste de manera especial el Sabio, porque es el manantial de la vida. Y a mi parecer, lleva consigo dos cosas: que el espíritu guarde con mucha atención la grey de sus afectos y sus pensamientos con razón merece la máxima solicitud, ya que de él proceden las otras dos. Al menos que, líbrenos Dios, se realicen por puro fingimiento y sólo tengan las apariencias de piedad y no la virtud. Los manantiales de las fuentes deben llenarse ellos mismos, para poder elevarse, rebosar y llenar otros recipientes. Lo mismo sucede al hombre: mientras no consiga el perfecto dominio de las manos y de la lengua, no puede dedicarse a perfección ni saborear el sosiego gozoso de la devoción, ni remontarse a las alturas de la contemplación divina.
Ea, hermanos, si buscamos la gracia de la visita celeste, busquémosla así. Si deseamos recibir los consuelos espirituales, pidámoslos así. si ansiamos que se nos abra el cielo, llamos así. En una palabra: vigilemos de esta manera si queremos entrar en las bodas con el esposo Jesucristo nuestro señor, que es bendito por los siglos. Amén.
RESUMEN"¿Pasar el tiempo?" Debes recuperar con él la benevoencia divina, volar hacia la comunión de los ángeles, suspirar por la herencia perdida, ansiar la felicidad prometida, despertar la voluntad dormida y llorar la maldad cometida. ¿Es que hacen eso los agricultores cuando les llega el tiempo tan esperado de la sementera, o los viñadores en la campaña tan ansiada de la poda? ¿Es que prefieren entonces encontrar otras ocupaciones, para así, sin escrúpulo alguno, pasar alegremente los días sin trabajar? ¿Acaso cuando llegan las ferias, se retrasan los comerciantes y buscan pretextos para no hacer un buen negocio? ¿Qué hacen los pobres mendigos cuando, tras muchos ruegos, aparece el generoso limosnero? ¿Se distraen en otras cosas? ¿Ceden el puesto a otros compañeros o se retiran a os rincones vacíos y ocultos de las plazas?
4.El primer grado es obedecer con gusto. El hombre está pervertido desde su juventud, y todos siguen los caprichos de su perverso corazón. Desde su primera transgresión, el hombre siente un amor innato a su voluntad propia; está abandonando la voluntad del creador, se convirtió ella misma en esclava por intentar ser independiente. Esto quiere decir que es muy difícil dejar su voluntad, someterse a la de otro. Más, por muy penoso que sea, es imposible subir el primer grado de la obediencia sin hacer nuestra la voluntad del que manda.
El justo se gloría se alabar a Dios voluntariamente y dice: te ofrecereé un sacrificio voluntario. Sólo, pues, la voluntad embellece y da valor a las obras; y sin ella no se hace nada bueno, aunque lo parezca. Así pues, recíbanse con la voluntad los mandatos de los superiores y evítese que el corazón haga reflexiones personales; hasta llegar a sacrificar la voluntad propia y amar el precepto del superior. Obedecer con gusto es cumplir de manera voluntaria la voluntad de los superiores.
5. No temas afirmar que esta lengua es màs cruel que aquella lanza que atravesò el costado del Salvador. Porque esta desgarra el cuerpo de Cristo y sus miembros. Y no hiere un cuerpo exánime, sino que lo mata al clavarse en él. Es más cruel que las espinas clavadas por la saña de los soldados en aquella adorable cabeza. Y màs que aquellos clavos con que los judíos, en su refinada maldad, atravesaron aquellas manos y pies santísimos. Si él no hubiera preferido la vida de este cuerpo, que ahora es herido y desgarrado, a la del suyo propio, jamás lo hubiera entregado a la injuria de la muerte y a la ignominia de la cruz.
Y a pesar de ello seguimos diciendo: ¡Es tan ligera la palabra ! ¡La lengua no es màs que un pedazo de carne tierna y suave! ¿Qué persona sensata le da importancia? Sí. La palabra es bien poca cosa. Corre veloz; pero sus heridas son muy graves. Pasa con suavidad, pero abrasa sin compasión. Penetra fácilmente en el alma, pero sale con dificultad. Se pronuncia sin esfuerzo, pero es imposible volverla a recoger. Vuela ligera, pero por eso mismo viola rápidamente la caridad. Una mosca muerta no vale nada, pero estropea el ungüento del perfume. La lengua es un miembro frágil, pero apenas se la puede dominar. Materialmente dèbil y pequeña, pero de un poder y eficacia enorme. Es un órgano muy pequeño, pero si te descuidas es el peor de todos. Es fina y aplanada: y el medio por excelencia para vaciar el corazón, como me lo habéis confesado muchos de vosotros. Como no somos perfectos, después de una larga conversación sentimos nuestro espíritu vacío, la meditación menos devota, el afecto más árido y el holocausto de la oración menos fecundo. La causa de ello son las palabras que hemos dicho u oído. Al fin, palabras.
6. La lengua se desliza con facilidad, pero penetra insensiblemente en el corazón, Por eso hay tantos que aprovechan muy poco: refrenan la suya mas no se previenen de la ajena. Ese hermano que te habla es, sin duda, muy útil, prudente, observante y temeroso de Dios. Más aún: es un ángel, y un ángel de luz. A pesar de todo ten cuidado, no oigas lo que te pueda hacer daño, no quiero que sospeches de nadie, pero desconfía de la lengua, sobre todo cuando hay muchas personas juntas. La sencillez de la paloma nos encanta, pero no olvides la prudencia de la serpiente. María examinó las palabras del Ángel y discurría qué podría significar aquel saludo. Haz tu lo mismo, que sabes por tu continua experiencia cuánto dañan las palabras. No creas que te tienen por apocado si te muestras comedido en el hablar cuando debes participar en los diàlogos y en la escucha ni os extrañeis que nos detengamos tanto en este grado propio de los proficientes, porque son más numerosos que los perfectos.
7. Tal vez parezca que me excedo reprendiendo el uso de la palabra. Tened en cuenta que es la lengua la que habla contra los vicios de la lengua. Merece toda la disculpa: no se perdona a sí misma y amonesta a los oyentes de sus propios peligros. Las palabras son viento pero no siempre son un viento abrazador. Levántate, cierzo, ven, también tú, austro; oread mi jardín, que exhala sus aromas.
Grandes son, en efecto, las ventajas de la palabra; y muy abundantes y fecundos sus frutos. El justo vive de la fe y la fe proce de la escucha y ésta viene de la Palabra de Dios. ¿Puede vivir el que no cree? ¿Y puede creer sin oír? ¿Y puede oír si no se le predica? Debemos prestarle, pues, gran atención y vigilancia, porque según la Escritura la muerte y la vida están en el poder de la lengua. Si solamente nos diera vida, no tendríamos por qué reprimirla; si sólo muerte, deberíamos amputarla. Pongamos un guardia a nuestra boca y un centinela a la puerta de nuestros labios para que no estén herméticamente cerrados a lo que nos proporciona la vida, ni salga libremente de ellos el veneno mortal. Vigilemos, por tanto, hermanos, nuestras obras, pra no omitir lo que se nos manda, ni hacer lo que se nos prohibe.
El Profeta nos exhorta a esta doble vigilancia cuando dice: Apártate del mal y haz el bien. Y vigilemos nuestras palabras para no ofender con ellas a Dios ni dañar al prójimo. Dichoso quien, al hablar, teme siempre ambas cosas presta atención a ambos oyentes: a la majestad divina, porque es terrible caer en sus manos; y a la fragilidad fraterna que se puede escandalizar fácilmente.
8. Creo, sin embargo, que no es todavía perfecto quien evite los pecados de la lengua, a no ser que lo comparemos con el que solamente entiende a sus obras. La Verdad misma habla en el Evangelio de los siervos que velan esperando al Señor, y dice: Si llegas a la tercera vigilia, y los encuentras así, dichosos ellos. Observa que esto no se dice de la primera ni de la segunda vigilia. Es la vigilia del corazón, sobre la cual insiste de manera especial el Sabio, porque es el manantial de la vida. Y a mi parecer, lleva consigo dos cosas: que el espíritu guarde con mucha atención la grey de sus afectos y sus pensamientos con razón merece la máxima solicitud, ya que de él proceden las otras dos. Al menos que, líbrenos Dios, se realicen por puro fingimiento y sólo tengan las apariencias de piedad y no la virtud. Los manantiales de las fuentes deben llenarse ellos mismos, para poder elevarse, rebosar y llenar otros recipientes. Lo mismo sucede al hombre: mientras no consiga el perfecto dominio de las manos y de la lengua, no puede dedicarse a perfección ni saborear el sosiego gozoso de la devoción, ni remontarse a las alturas de la contemplación divina.
Ea, hermanos, si buscamos la gracia de la visita celeste, busquémosla así. Si deseamos recibir los consuelos espirituales, pidámoslos así. si ansiamos que se nos abra el cielo, llamos así. En una palabra: vigilemos de esta manera si queremos entrar en las bodas con el esposo Jesucristo nuestro señor, que es bendito por los siglos. Amén.
El monje no debe contentarse con evitar los grandes males, sino que debe evitar la menor mancha. Empezará por limpiar sus manos. Luego la lengua, los labios. Debemos utilizar el tiempo en beneficio de nuestra espiritualidad. Aprender a obedecer y renunciar a la propia voluntad. La lengua es muy peligrosa y volátil. Podemos compararla a la lanza que atravesó el costado de Cristo. Es un arma peligrosa por donde se expresa el corazón y a la que debemos poner centinelas. Sólo cuando dominamos las manos y la lengua, nos acercamos a la auténtica gracia de Cristo. Es la tercera vigilia. La vigilia del corazón.
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