EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Recuperar los Sermones de San Bernardo de Claraval para facilitar su conocimiento y divulgación. Acompañar cada sermón con una fotografía, que lo amenice, y un resumen que haga más fácil la lectura. Intentar que, al final de esta aventura intelectual, tengamos un sermón para cada día del año. Un total de 365 sermones. Evidentemente, cualquier comentario será bienvenido y publicado, salvo que su contenido sea ofensivo o esté fuera del tema.

lunes, 16 de junio de 2014

DOMINGO IV DE PENTECOSTÉS: David, Goliat y los cinco guijarros:


DOMINGO IV DE PENTECOSTÉS

David, Goliat y los cinco guijarros

1. Hemos oído en el libro de los Reyes cómo presumía el gigante Goliat de su fuerza y de su gran estatura, y cómo desafiaba al ejército de Israel incitándole a luchar mano a mano contra él. También hemos escuchado cómo suscitó Dios el espiritu de un joven, que se sintió profundamente herido al ver que un hombre bastardo e incircunciso injuriaba al ejército de Israel y al Dios Altísimo. Vimos salir al joven con la honda y unos guijarros del arroyo y avanzar hacia ese monstruo humano que se le acercaba con casco, cota de malla, escudo y toda clase de armas de guerra.
Nuestras entrañas se conmovieron de temor ante ese joven que así se lanzaba al combate, y estallaron de júbilo con su victoria. Elogiamos la grandeza del alma de ese joven, devorado por el celo de la casa de Dios. No fue insensible a los insultos dirigidos contra Dios, sino que salió en su defensa como si fuera algo suyo, y le dolía el desastre de José. Nos asombra ver en un adolescente mucha más audacia que en todo Israel. Hemos visto en la victoria un prodigio del cielo y un prodigio inconfundible del poder divino. Y ahora lo celebramos delirantes de gozo, porque hace unos momentos estábamos pendientes del duelo mortal de un joven, armado con la fe y un gigante orgulloso de sus fuerzas.
2. Mas el Apóstol nos enseña que la ley es espiritual y que no se ha escrito solamente para deleitarnos con descripciones y sucesos externos, sino también para saciar el apetito de nuestros sentidos interiores con la médula del trigo. Veamos, pues, quién es ese Goliat altivo y orgulloso, que se atreve a injuriar al pueblo de Dios que ha entrado en la tierra prometida y ha triunfado de tantos enemigos. Yo creo que aquí se insinúa muy claramente la soberbia del hombre orgulloso. Es el mayor pecado que existe, el que más ofende al pueblo de Dios, y que ataca sobre todo a los que parece han vencido los demás pecados. Por eso le incita a luchar mano a mano, cual si diera por derrotados a los demás.
Los fiilisteos temían entrar en guerra contra Israel, y toda su confianza la habían puesto en aquel gigante Goliat. ¿Por qué le tienta a este hombre la soberbia, si ya le tienen encadenado la envidia y la tibieza que provoca vómito a Dios, y la pereza que, como el estiércol de los bueyes, lo ha hecho más duro que una piedra? ¿Que le queda por hacer a la soberbia y a la arrogancia, si tiene tanto vicios que se siente ya derrotado por todos?¿Quién os hará combatir contra el pésimo vicio de la soberbia sino la mano fuerte que ha sometido los otros vicios? Salga, pues, David con el vigor de sus manos, pues sólo será posible vencer a este enemigo con el vigor de un brazo robusto. Empuñe las armas contra Goliat que ya ha matado a osos y leones.
3. Mire a ver si le valen las armas de Sául, la sabiduría del mundo, las doctrinas filosóficas o el sentido material de las escrituras, que para el Apóstol es letra que mata. Vea si con estas armas puede aniquilar la soberbia y alcanzar la humildad. O tal vez no se siente protegido, sino aprimido con ellas. Se desprende de todos estos arreos, y pone toda su confianza en el Señor. No se apoya para nada en sí mismo: su única arma es la fe. No se intimida ante la corpulencia de Goliat, ni teme verse aplastado por su peso. El Espíritu le impulsa a cantar con el espíritu y la mente: El Señor es la defensa de mi vida, etc. 
Pedro no pensó en la fuerza del viento, ni en la profundidad del mar, ni en el peso de su cuerpo: se lanzó al agua fiado en la palabra del Señor y no se hundió ni tuvo miedo. Pero cuando sintió la fuerza del viento le entró miedo y comenzó a hundirse. También Saúl intenta persuadir a nuestro héroe. No podrás acercarte a ese filisteo para luchar contra él, porque eres un muchacho, y él es un guerrero desde su juventud. Pero David no entiende esas teorías, y confiado en la fuerza de aquel con la que tantos triunfos había conseguido, se acerca animoso. Se quita las armas de Saúl y coge cinco cantos del arroyo que el agua en su corriente pudo alisar pero no arrastrar. El torrente que debemos vadear es la vida actual, pues como dice la Escritura, se va una generación y viene otra, cual olas encrespadas que se empujan unas a otras. Y como toda carne es hierba y su belleza como flor campestre, la corriente del arrastra consigo todo lo baladí. Pero la palabra del Señor, impávida ante las olas, permanece por siempre.
4. Yo creo que podemos entender estas cinco piedras como cinco aspectos distintos de la Palabra divina: amenaza, promesa, amor, imitación y oración. De todo esto encontramos una gran abundancia en la Escritura. Y es posible que Pablo se refiera también a esas cinco palabras cuando prefiere pronunciar cinco palabras inteligibles a diez mil en una lengua extraña. Porque el papel de este mundo está para terminar. O como leemos en otro lugar: El mundo pasa y su concupiscencia también. En cambio, estas palabras, frente al vértigo del mundo, permanecen inmutables y se pulen sin cesar, pues el correr de los años acrecienta su sabiduría. 
El guerrero David coge estas piedras para luchar contra el espíritu de soberbia y las guarda en el zurrón de la memoria. Fíjate cómo nos amonesta Dios, cuándo nos compromete, qué amor nos tiene, qué ejemplos de santidad nos ha dado, y cómo nos recomienda entregarnos a la oración. Tome, pues, estas piedras el que desea derribar el orgullo, y cada vez que levante su cabeza venenosa, láncele la primera piedra que se le ocurra el pensamiento. Y Goliat, herido en la frente, caerá desplomado y confundido. En esta pelea también es necesaria la honda, es decir, la longanimidad, que no puede faltar de ninguna manera. 
5. Siempre, pues, que un pensamiento de soberbia, tiente tu espíritu, estremécete desde lo más profundo de tu ser ante las amenazas de Dios, o aviva el deseo de sus promesas: Goliat no resiste el golpe de esas piedras que aniquilan su altivez. Y si recuerdas el amor inefable que te ha demostrado el Dios de la majestad, ¿no se inflamará tu caridad, te despreciarás a ti mismo, y desecharás la vanidad?
Lo mismo podemos decir si meditas atentamente los ejemplos de los santos: es un pensamiento muy útil para vencer la soberbia. Pero si te acomete de improviso la vanidad, y no puedes echar manos de esos remedios, refugiate con todo fervor en la oración. Y ese maldito que parecía más alto e indomable que los cedros del Líbano, desaparecerá inmediatamente. 
6. Quizás me preguntes cómo puedes cortar la cabeza a Goliat con su propia espada. Es la hazaña más gloriosa para ti, y la que más humilla al enemigo. Lo diré en dos palabras, pues estoy hablando con gente experta que comprende fácilmente y advierte al instante lo que experimenta sin cesar. Cuando te provoque la vanidad, y con el recuerdo de las amenazas de Dios, sus promesas y todo lo que hemos dicho, comiences a avergonzarte y humillarte, entonces derribas a Goliat.
Pero es posible que todavía esté vivo. Acércate a él antes que se levante y, de pie sobre su cuerpo, córtale la cabeza con su propia espada. Así utilizarás la vanidad que te incitó, para eliminar esa misma vanidad. Si te tienta un pensamiento altivo, toma pie y ocasión de eso mismo para humillarte, hasta que sientas de ti más humilde y bajamente, y te pongas por un soberbio. Así es como rematas a Goliat con su misma espada.
RESUMEN
Goliat es el prototipo de la soberbia. David logra vencerlo con cinco guijarros que simbolizan: amenaza, promesa, amor, imitación y oración. Vence a Goliat entregado a la fuerza del espíritu. Hace frente a su amenaza, y lo amenaza con su fe en Dios, se deja llevar por la promesa de una transcendencia por encima del paso fugaz de las generaciones, lucha con amor hacia la justicia, imita el sacrificio de otros y encuentra refugio en la oración. Aniquilando la vanidad, propia y extraña, acabamos por decapitar a la soberbia. También debemos aniquilarla en nosotros mismos, que no queremos ser soberbios y, sobre todo, guardar en el zurrón de nuestra memoria lo que significan esos cinco guijarros.

miércoles, 11 de junio de 2014

EN EL NACIMIENTO DE SAN BENITO


Siempre que os reunís para escuchar el mensaje de salvación, me invade, hermanos míos, el profundo temor de que alguno lo reciba con poco dignidad y no como se merece la Palabra de Dios. Es que la tierra que se embebe de las lluvias frecuentes y no da fruto es tierra de desecho, a un paso de la maldición. Por mi parte yo quiero ser fuente de bendiciones y no de maldiciones. Más aún deseo que la bendición de nuestro Padre Celestial -pues no es mía aunque la recibís de mis labios por disposición suya- actúe siempre en vosotros como bendición y jamás se trueque en maldición.
 Hoy celebramos el nacimiento de nuestro glorioso maestro Benito. Vosotros esperáis el acostumbrado sermón, y él merece que sea solemne. Debéis apreciar y honrar este nombre tan entrañable, rebosantes de alegría, porque él es vuestro caudillo, vuestro maestro y vuestro legislador. También yo me deleito al recordarlo, aunque, cuando oigo el nombre de padre, me sonrojo. Vosotros y yo le imitamos en la renuncia del mundo y en la profesión de la disciplina monástica. Pero, además de eso, soy el único que comparto con él el nombre de abad.
 Sí, él fue abad, y yo también. Pero ¡qué abad y qué abad! El título es idéntico, pero en uno se reduce a una pobre sombra de una gran realidad. El ministerio es el mismo, pero ¡ay de mí! ¡Qué distintos son los ministros y que abismo en su manera de actuar! Pobre de mí, bienaventurado Benito, si estoy tan alejado de ti en la otra vida como ahora me veo tan distante de las huellas de tu santidad! No tengo por qué alargarme más en esto. Estoy hablando a quienes me conocen muy bien. Sólo os pido que aliviéis con vuestra compasión de hermanos esta vergüenza y temor que siento.
 Ya que se me ha confiado este ministerio y no tengo nada que ofreceros, voy a pedir al mismo San Benito tres panes para que los comáis. Sí, alimentaos con su santidad, su justicia y su piedad. Recordad, hermanos, que no todos los que asistieron a la procesión del Señor tendieron sus vestidos por el suelo. Si Dios quiere celebraremos muy pronto aquella entrada del Señor antes de su pasión. El iba montado en un asno y le acompañaba un gran gentío. Algunos extendían sus mantos por el camino y otros cortaban ramas de árboles. En realidad eran unos detalles insignificantes porque los habían recibido gratis y los daban de balde. Pero al menos hicieron algo y no se dice que se les expulsara de la procesión. 
 Vosotros, hermanos míos, sois el humilde jumento de Cristo y podéis aplicaros aquello del Profeta: Soy como un jumento ante ti y estaré siempre contigo. En vosotros se sienta Cristo porque el alma del justo es trono de la Sabiduría; y el Apóstol afirma que Cristo es trono de la virtud y sabiduría de Dios. Ya que no tengo unos mantos para poner a vuestros pies, intentaré cortar, al menos, unas ramas para cooperar de algún modo con mi ministerio a esta grandiosa procesión.
 San Benito fue un árbol frondoso y fecundo: un árbol plantado junto a un río caudaloso. ¿Por dónde fluía este río? Por los valles, porque los ríos fluyen entre los montes. ¿No veis cómo serpentean los torrentes por los flancos de las montañas y caminan presurosos por los humildes valles? Lo mismo ocurre aquí: Dios se enfrenta con los arrogantes, pero concede gracia a los humildes. Pisa tú tranquilamente aquí, si te crees jumento de Cristo; apóyate en esta rama y camina por el sendero del valle. 
 La vieja serpiente se encaramó al monte, mordió al caballo en la pezuña, y el jinete cayó despedido hacia atrás. Tú elige los valles para caminar y para plantar. En los montes no solemos plantar árboles, porque casi todos son áridos y rocosos. En los valles, en cambio, hay mucho mantillo: medran las plantas, hay buenas espigas y se cosecha el ciento por uno. Lo dice la Escritura: los valles se cargan de mieses. Ya ves: al valle se le encomia siempre y a la humildad siempre se la ensalza. Planta, pues, tú también junto a la corriente de aguas, porque allí abundan los dones del Espíritu y las aguas que cuelgan en el cielo alaban el nombre del Señor. Es decir, las bendiciones celestiales impulsan a alabarlo.
Carísimos, perseveremos aquí y estemos bien plantados para no secarnos. No seamos veletas, como dice la Escritura: si el que manda se enfurece contra ti, tu no dejes tu puesto. Ninguna tentación os abatirá si no aspiráis a grandezas que superan vuestra capacidad y estáis arraigados y cimentados en las gruesas raíces de la humildad. Este santo confesor del Señor estaba plantado junto a la corriente de las aguas, y por eso dió fruto en su sazón.
 Algunos no dan fruto. Otros lo dan, pero no es el suyo propio. Y otros dan su fruto pero no a su tiempo. Hay plantas estériles como el roble, el olmo o los árboles silvestres. Nadie las cultiva en su huerta, porque no dan fruto, y lo poco que dan no lo comen las personas sino los cerdos. Así son los hijos de este mundo entregados a comilonas y borracheras, orgías y desenfrenos, sensualidad y torpeza. Esta comida de puercos la tiene prohibida el auténtico judío y el cristiano no debe ni olerla. Si comemos carne de cerdo, se mezcla con la nuestra y se identifica con nosotros. Lo mismo ocurre con quien infringe los preceptos del Señor: se asocia a los espíritus inmundos e identificado con ellos, se convierte en un verdadero demonio.
 Por eso estaba prohibido ofrecer aquel animal como holocausto, porque simboliza a los espíritus sucios e inmundos, que rechazan la limpieza y se revuelcan en sus propios excrementos, envueltos en el cieno de sus crímenes y vicios. El evangelio nos dice también que aquella maldita legión, al ser expulsada de un hombre, pidió meterse en el animal más parecido a ella, el cerdo. Y se le concedió. Para esos dan fruto los árboles estériles, a cuya raíz hay un hacha preparada.
 Los árboles que dan fruto, pero no el suyo propio, son los hipócritas. Lo mismo que Simón Cireneo, llevan una cruz que no es la suya. Y lo hacen a la fuerza, porque carecen de espíritu religioso. Por el deseo de la gloria se ven obligados a hacer lo que les repugna. La expresión a su tiempo va contra los que pretenden dar fruto antes de tiempo. ¿No tememos nosotros que se pierdan las flores de los árboles cuando brotan prematuramente? Lo mismo con ciertas personas: dan frutos prematuros, pero insípidos. Al día siguiente de su conversión quieren comunicar ya su fruto a los demás. Se saltan las normas y trabajan con el primogénito de las vacas o esquilan las primicias de las ovejas. 
¿Queréis saber con qué cuidado evitó esto nuestro santo Maestro? Aquí tenéis un ramo de muestra: vivió tres años a solas con Dios y totalmente desconocido de los hombres. Dio mucho fruto, bien lo sabéis, pero a su tiempo. Cuando le atormentaba la pasión carnal y estaba casi al borde de ceder y dejar la soledad, ni se le ocurrió dar su fruto a los demás. Yo no me olvidaré jamás de este ramo. Es verdad que molesta por sus agudas espinas, pero en ellas se arrojó este bendito del Señor, y no deja de ser muy provechoso. Sí, es muy útil para que el jumento del Señor evite las trampas de las tentaciones; y en vez de consentir en ellas, resista denodadamente y confíe en el Señor sin perder la esperanza. Pon tu aquí tus pies, jumento de Cristo, y, por muy importante que sea la tentación, no cedas, ni pienses jamás que estás desamparado del Señor. Recuerda lo que dice la Escritura: Invócame el el día del peligro.  Yo te libraré y tú me darás gloria.
 Como os venía diciendo, San Benito no pensó que le había llegado el tiempo de la cosecha cuando sufría tan grandes tentaciones. Pero llegó el momento y dio fruto a su tiempo. Entre sus frutos encontramos aquellos tres que indiqué anteriormente: su santidad, su justicia y su piedad. Los milagros confirman su santidad, la doctrina es signo de la piedad y su vida patentiza su justicia. Ahí tienes, jumento de Cristo, unos ramos de hojas verdes cuajados de flores y cargados de frutos. Apóyate en ellos y avanzarás con toda seguridad.
  Pero a qué fin te propongo sus milagros? ¿Para que también tu quieras realizarlos? En absoluto. Unicamente, para que te apoyes en ellos, es decir, para que confíes y te alegres de tener un pastor tan magnífico y un patrono tan extraordinario. Si fue tan poderoso en la tierra, mucho más lo es en el cielo. A tanta plenitud de gracia corresponde una gloria sublime. De la vitalidad de las raíces depende la frondosidad de las ramas. Suele también decirse: "Si quieres saber cuántas raíces tiene un árbol, cuenta sus ramas". Por eso, aunque nosotros no hacemos milagros, nos gozamos muchísimo con los de nuestro patrono.
  Su doctrina, en cambio, nos instruye y guía nuestros pasos por el camino de la paz. Y su integridad de vida nos infunde aliento y vigor, porque estamos seguros de que sus enseñanzas son el reflejo de su vida, y eso nos impulsa a practicar generosamente lo que nos pide. El sermón más elocuente y eficaz es el propio ejemplo, pues el que practica lo que enseña convence de que es posible aquello que aconseja.
 Así  es cómo la santidad alienta, la piedad instruye y la justicia confirma. ¡Qué amor tan grande supone haber sido útil a sus coetáneos y preocuparse de sus sucesores! Este árbol no sólo dio fruto a los de su tiempo, sino que continúa creciendo y dando fruto. Ha sido muy amado de Dios y de los hombres. Porque cuando vivía estuvo colmado de bendiciones, como tantos otros que sólo fueron amados y conocidos de Dios. Y su recuerdo es para nosotros una fuente de gracias. Hoy mismo proclama de tres maneras su amor al Señor y alimenta su rebaño con estos tres frutos: su vida, su doctrina y su intercesión.
 Carísimos míos, acudid sin cesar a ellos y frustificad también vosotros. Vuestro único destino es caminar y dar fruto. ¿De dónde tenéis que partir? De vosotros mismos. Lo dice la Escritura: Deja tu propia voluntad. También el Señor salió a sembrar su semilla. Fijaos: ahora habla de su semilla y antes habló de su fruto. Imitémosle, hermanos. Ha venido únicamente para ser nuestro modelo y enseñarnos el camino. 
 Pero tal vez podíamos añadir que el Señor es un árbol, y debemos tomar de él las ramas que ponemos a vuestros pies. No hay duda que es un auténtico árbol, una planta celestial trasplantada en la tierra, como dice la Escritura: La verdad brotó de la tierra. Aquí tenéis una de sus ramas: se anonadó. Haced vosotros lo mismo, como os lo repite conmigo el Apóstol: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. El, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se anonadó y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. 
 Queridos hermanos, anonadaos también vosotros, humillaos, enterraos y despreciaos. Sembrad un cuerpo animal, y resucitará un cuerpo espiritual. Despreciad vuestras propias vidas, y las conservaréis para una vida sin término. ¿Queréis saber cómo practicó el Apóstol esto que nos enseña? Escuchadle: Si perdemos el juicio, es por Dios, y si somos cabales, es por vosotros. ¿Qué ha hecho por ti? Aquí lo tienes: yo soy como un objeto perdido. La mejor manera de perderse es no hacer nada para sí mismo, sino dirigir plenamente la intención y el deseo a complacer a Dios y al bien de los hermanos. Desgraciado, en cambio, quien siembra en la carne, porque cosechará corrupción.
 En otro lugar está escrito: Dichosos los que siembran en todas las aguas. ¿Es posible sembrar en todas las aguas? Tal vez se refiera a aquellas aguas de la Escritura: Las aguas que están en el cielo alaben el nombre del Señor, es decir, las virtudes angélicas y pueblos celestes. Sí, a eso se refiere, porque somos el espectáculo del mundo, de los ángeles y los hombres. 
 Sembremos, pues, en los hombres el ejemplo de obras sinceramente buenas. Sembremos en los ángeles el gozo profundo de nuestras aspiraciones más íntimas y de todo aquello que sólo ellos conocen. Los ángeles de Dios sienten una inmensa alegría por un solo pecador que se enmienda. Por eso dice el Apóstol: Obrad lo bueno no sólo ante Dios, sino también ante los hombres. Ante Dios quiere decir ante aquellos que están en su presencia. Les complace mucho ver orar en silencio, meditar algún salmo o hacer algo semejante. Esa es, hermanos, vuestra sementera y vuestra cosecha. Sembrad, que eso mismo han hecho otros muchos antes que vosotros. Dad fruto, porque ellos sembraron para vosotros.
 ¡Linaje de Adán! ¡Cuántos han sembrado en ti, y qué simiente tan estupenda! ¡Qué muerte tan atroz y tan merecida será la tuya si se malogra en ti tanta simiente y tanto sudor de los sembradores! ¿A qué tormento te condenará el labrador si echas a perder todo esto? Sembró en nuestra tierra la misma Trinidad, sembraron los ángeles y apóstoles, los mártires, los confesores y las vírgenes.
 La simiente de Dios Padre fue aquella Palabra inefable  que brotó de su corazón. El Señor derramó su bondad, y nuestra tierra dió su fruto. También sembró el Hijo, pues él fue precisamente quien salió a sembrar su simiente. No fue el Padre quien salió, sino el Hijo, que procede del Padre y vino al mundo. Era un designio de paz en el corazón del Padre, y quiso ser nuestra paz en el seno de su Madre. El Espíritu Santo sembró cuando vino, y aparecieron unas lenguas como de fuego sobre los discípulos. Sembró, pues, toda la Trinidad: el Padre, el pan del cielo; el Hijo la verdad; y el Espíritu Santo, la caridad. 

 La sementera de los ángeles consistió en permanecer fieles al ver caer a tantos otros. Escuchad el grito de aquel Lucifer, que ya no es lucero, sino pura tiniebla y oscuridad: Me sentaré en el monte de la asamblea y me igualaré al Altísimo. ¡Qué necio y qué imprudente! Le sirven miles y miles, son millones los que están a sus órdenes, ¿y qué piensas tú? El profeta dice que los querubines están en pie y no sentados. ¿Qué has hecho tú para sentarte? Todos aquellos son espíritus en servicio activo, para ayudar a los que han de heredar la salvación, ¿y tú sueñas en sentarte? ¿Qué has sembrado para ir ya a cosechar? Esto no es tuyo ni te pertenece; será para los designados por el Padre. ¿Les tienes envidia? Esos sí que se sentarán. Esos gusanos de la tierra se sentarán para juzgar. Tú, en cambio, en vez de eso, estarás en pie para ser juzgado. ¿No sabéis, dice el Apóstol, que juzgaremos a los ángeles? Al ir iban llorando llevando las semillas, pero al volver vuelven cantando trayendo sus gavillas. 
 Las gavillas que buscas son el honor y el descanso. Anhelas el trono y la grandeza, pero no lo conseguirás. Si no sembraste, tampoco cosecharás. Los que siembran trabajo y humildad recogen honor y descanso. A cambio de su vergüenza y sonrojo poseerán el doble en su país. Esto mismo suplicaba aquel otro: Mira mis trabajos y desprecios. Hoy mismo habéis oído al Señor en el evangelio que promete y dice a sus discípulos: Os senteréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Aquí tenéis el asiento para descansar y el honor de juzgar. El mismo Señor quiso llegar a esto por la humillación y el trabajo. Quiso ser condenado a una muerte ignominiosa, sometido a tormentos y saturado de afrentas, para que el enemigo quede avergonzado, y junto a él, todos sus secuaces que se extravían del camino.
  Ese es, ¡oh malvado!, ése es el que se sentará en el trono de la majestad, por ser semejante al Altísimo y Altísimo como élo. Así lo comprendieron los ángeles santos, y por eso, al precipitarse el Malo, ellos no lo siguieron en su apostasía. Nos dieron el ejemplo de estar entregados al servicio para que nosotros hagamos lo mismo. En cambio, los que rehúyen el trabajo y arrebatan honores estén ciertos que imitan al que buscó el trono y la altura. Si no les asusta su culpa, también, al menos ante el castigo. Todo le salió al revés: se convirtió en objeto de burla y se le preparó un fuego eterno. Para evitar esto, los ángeles santos nos sembraron la prudencia, pues cuando otros se hundieron, ellos supieron ser fieles.
 También los apóstoles nos sembraron esta misma simiente cuando se unieron al Señor. En cambio, los que seguían la sabiduría de este mundo -pura necedad ante Dios- y la astucia de la carne -que produce la muerte y es enemiga de Dios- se retiraron de él. Se escandalizaron al oírle hablar del sacramenteo de su carne y de su de su sangre y lo abandonaron para siempre. Los discípulos, empero, a la pregunta de si también ellos se marchaban, respondieron: ¿A quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna. 
Hermanos, imitemos esta prudencia, porque aún hoy son muchos los que siguen a Jesús. Pero, cuando llega el momento de comer su carne y beber su sangre, es decir, participar en su pasión -esto significan esas palabras y el mismo sacramento-, entonces se escandalizan y retiran, diciendo: ¡Qué palabras más intolerables! Nosotros tengamos la sensatez de los apóstoles y digamos: Señor, a quién vamos a ir. En tus palabras hay vida eterna. No nos alejaremos de ti y tu nos darás vida. No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
 No sólo el mundo tiene sus placeres, también los hay, y mucho mayores, en tus palabras. Lo dice el Profeta: ¡Qué dulce al paladar son tus palabras! Más que la miel en mi boca. ¿A quién otro vamos a ir? Señor, tus palabras son vida eterna y valen mucho más que cuanto el mundo puede ofrecer. No sólo esa vida es alegría, sino también la promesa de la vida eterna y la esperanza de los justos. Y una alegría tan profunda que supera todo deseo. Esta es la prudencia que nos sembraron los santos apóstoles. 
  Es evidente que los mártires nos sembraron la fortaleza. Los confesores, la justicia, a la que siempre estuvieron abrazados. Existe entre los mártires y confesores la misma diferencia que entre Pedro, al dejar todas sus cosas, y Abrahán, que hizo buen uso de todas sus cosas, y Abrahán, que hizo buen uso de toda su hacienda. Aquéllos en poco tiempo llenaron muchos años y éstos soportaron muchas penas y penosos martirios. No hay duda que las vírgenes santas sembraron la templanza pisoteando la sensualidad.  

 
RESUMEN
La palabra sagrada, cuando cae sobre un campo baldío es como una maldición. En este caso tanto San Bernardo como San Benito compartieron la condición de abad. Es como participar en una gran procesión presidida por Cristo. San Benito vivió en la humildad y eso es una gruesa raíz que equivale a caminar por senderos rodeados de ríos y valles. No debemos mezclarnos con plantas estériles de las que se alimentan los cerdos y nacen las vilezas. Si comemos carne putrefacta se unirá a la nuestra y la corromperá.  También debemos esperar la verdadera madurez, saber esperar antes que predicar nuestros conocimientos y creencias. Tampoco ceder ante la impaciencia y sentirse desamparado, pues siempre recibiremos auxilio ante nuestra invocación. De San Benito debemos aprender, especialmente, su santidad, justicia y piedad que son ejemplo para todos, más allá de las palabras. San Benito nos enseña a abandonar nuestra propia voluntad y sembrar así semillas que darán mucho fruto. El mundo espiritual es como un árbol plantado en la tierra desde donde nace el espíritu cuando renunciamos a nuestra propia voluntad. La vida espiritual es como una siembra en la que se esmeraron muchos. La Trinidad sembró el pan del cielo, la verdad y la caridad. También participaron los ángeles y toda obra buena. Los soberbios que quieren igualarse a Dios merecerán la condenación. La verdadera cosecha es de los prudentes y hasta los ángeles serán juzgados. Los mártires lograron mucho en poco tiempo. Los confesores necesitaron largos años de trabajos y las vírgenes pisotearon la sensualidad. Los resultados de todo esto son la fortaleza, la justicia y la esperanza.

 

lunes, 9 de junio de 2014

SERMÓN TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS. Grandeza y miseria del corazón

SERMÓN TERCERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Grandeza y miseria del corazón
1.     Quisiera deciros una palabra sobre aquello de que os hablé hace unos días; algunos miran hacia arriba y otros hacia abajo. Si recordáis las dos ideas que expuse, una era más perfecta que la otra, pero ambas son muy provechosas. Algunos tienen el corazón hacia arriba, como corresponde al hombre que Dios creó recto. Pueden responder con toda verdad a la exhortación del sacerdote: Lo tenemos levantado hacia el Señor. Otros, por el contrario, están inclinados hacia el suelo como los animales, y son la mofa de los espíritus inmundos que les insultan diciendo: Dóblate, vamos a saltar por encima de ti.
Sabéis muy bien que en una comunidad numerosa, es imposible que todos tengan la misma fortaleza física o moral. Nuestra Regla nos aconseja aconseja soportar pacientemente estas debilidades, y la caridad nos pide ser comprensivos con ellas. Ve esto mismo otro y puede dejarse llevar de  la envidia, en vez de compadecerse. Ocurre con frecuencia que apreciamos a una persona por algo, y ella se cree miserable y no se soporta pacientemente a sí misma. Con ello demuestra que está encorvado y que con su envilecido corazón sólo aprecia las cosas terrenas. Además de miserable es envidioso. Se fija en las dispensas que el superior concede por caridad a quienes las necesitan, busca otras semejantes y murmura del que se lo niega por pedirlas sin motivo. De aquí brotan desconfianzas, calumnias y escándalos.
2.     No digo esto, hermanos, como si tuviera motivo de quejarme de vosotros en esta materia. Pero creo conveniente aconsejaros y preveniros porque entre vosotros hay muchos tiernos y delicados, que por su edad o debilidad necesitan se les suavice en algo el rigor de la observancia regular. Demos gracias al dador de todo bien, porque aquí hay muchos que se apoyan firmes en Dios, y están tan ajenos a esos pobres pensamientos que no se dan cuenta de los otros más débiles que están junto a ellos, y se quejan de hacer menos que nadie. Están siempre atentos a los superiores; se olvidan, como el Apóstol, de lo que queda atrás y se lanzan a lo que está por delante.
¡Cuánto admiro, cuánto venero desde lo más profundo de mi corazón, y con que amor abrazo a los que prescinden de los que les rodean, y se fijan en uno, dos o más de los que ven más fervorosos! Tal vez ellos son más perfectos, pero se fijan continuamente en los otros y desean imitar sus ansias de Dios y sus ejercicios corporales y espirituales.
3.     Lo he contado alguna otra vez, pero me complace repetirlo. Un hermano converso pasó todo el tiempo de las vigilias en una admirable meditación. Al despuntar el día me llamó al locutorio y puesto de rodillas me dijo: “¡Ay de mí! Durante las vigilias me he fijado en un monje, y he encontrado en él treinta virtudes, de las cuales yo no tengo ninguna”. Es posible que aquel otro no tuviera ninguna tan grande como la humildad de esta santa emulación. El fruto de este sermón podría ser fijarnos siempre en lo más perfecto, ya que en eso consiste la auténtica humildad. Tal vez en alguna cosa tu has recibido dones mejores que otro hermano; sin embargo, si eres un auténtico imitador, encontrarás otros muchos aspectos en que eres menos perfecto. ¿De qué te sirve trabajar o ayunar más que él, si él te supera en paciencia, te aventaja en humildad y te gana en caridad? ¿Por qué estás pensando sin cesar y tontamente en tus virtudes? Preocúpate más bien de conocer lo que te falta. Es mucho mejor.
Hermanos, ojalá fuéramos igualmente ávidos de la gracia espiritual, como los del mundo que corren tras el dinero. Deberíamos superar infinitamente el mal a fuerza de bien, y desearlo con el ardor que se merece la maravilla a que aspiramos. Al menos seamos como ellos. Nos confunde profundamente que ellos deseen con más pasión las realidades nocivas que nosotros las provechosas. Ellos corren más rápidos a la muerte que nosotros a la vida. ¿Es posible explicar el ansia de dinero que abrasa al avaro, el hambre de gloria que quema al ambicioso, y con qué violencia arrastran a cada uno sus apetitos? Si te fijas, no aprecian lo que tienen, ni consideran el esfuerzo e inquietud que les costó conseguirlo. Si ven que otro posee cualquier tontería, la envidian y desprecian lo suyo por el deseo de lo otro.
4.     Por tanto, no pienses demasiado en tus cualidades. Hazlo alguna vez para dar gracias y reconocerte deudor del que las concedió, o para consolarte cuando te invada la tristeza por otros motivos. Fíjate en las virtudes que tienen los demás y que tú no tienes. Esta consideración te mantendrá en la humildad, te alejará del precipicio de la tibieza y estimulará tu deseo de progresar. Y al contrario, mira, cuántos males engendra la obsesión de pensar siempre en tus cualidades y en los defectos ajenos. Al anteponerse a otro te haces soberbio. Al creerte mejor que los demás, descuidas tu progreso. Y al ver que has hecho mucho más que los otros, comienzas a decaer y a instalarte en una vida tibia e indolente.
Recordemos que Dios se enfrenta con los arrogantes, pero concede gracia a los humildes, y maldito quien ejecute con negligencia la obra del Señor. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque si con el espíritu damos muerte a las bajas acciones, viviremos; mas si nos dejamos llevar de los bajos instintos, vamos a la muerte.
RESUMEN
Debemos vivir mirando hacia arriba (a las cosas espirituales) y fijarnos más bien en todo lo bueno que hay en los demás, antes que recrearnos en las virtudes de las que nos creemos poseedores. En ciertos momentos de tristeza puede ser saludable considerar lo bueno que el Creador puso en cada uno de nosotros.

martes, 27 de mayo de 2014

LOS QUE PECAN CONFIANDO CONFESARSE EN EL ÚLTIMO MOMENTO


 Se multiplicaron sus enfermedades y se apresuraron. ¿Por qué evitan los hombres convertirse durante la  vida y se fían de la última confesión? ¿Cómo creen que en una sola hora podrán reunir todas las facultades de su alma, dispersas y desparramadas por todo el mundo y por la concupiscencia y malos deseos, hundidas en el fango y pegadas a él con el engrudo del placer?
 "No niego", dice el Señor, "que pueda salvar a algunos de estos, pues puedo presentarles toda su vida en un abrir y cerrar de ojos, y moverles a la penitencia y compunción del corazón por medio del Espíritu Santo, que sopla donde quiere y cuando quiere, y de ese modo puedan alcanzar como el ladrón lo que otros apenas son capaces de conseguir con un largo y continuo ejercicio. Pero también os digo esto: No aceptaré sus asambleas de sangre. Es decir, a los que viven en la sangre no los aceptaré en grandes multitudes, ni acogeré a muchos de ellos en mi seno.
 En todas las Escrituras solamente encontrarás a uno que se salvó en el último momento, y eso ocurrió durante la pasión del Señor, y porque allí hubo una fe mucho mayor que en todo Israel.

RESUMEN
Sobre la dificultad de conseguir la salvación en una última confesión, antes de la muerte.

lunes, 19 de mayo de 2014

TERCER SERMÓN DE PENTECOSTÉS: NUEVAMENTE EN LA MISMA SOLEMNIDAD

Nuevamente en la misma solemnidad
1.El Espíritu Santo sabe muy bien con qué gusto os comunico todo lo que él se digne inspirarme. Hoy celebramos su fiesta: su fiesta principal: ¡ojalá lo hagamos con la misma devoción! Él os ha reunido en una misma ciudad y en una misma casa, para posarse sobre los reposados y poner sus ojos en los humildes y en los que se estremecen ante sus palabras. Él cubrió con su sombra a la Virgen, confortó a los apóstoles; preparó un acceso a la divinidad en un cuerpo virginal, y revistió a los apóstoles con una fuerza venida de lo alto, es decir, con su inflamada caridad.
El coro de los apóstoles se vistió esa coraza como un gigante para tomar venganza de los pueblos y aplicar el castigo a los paganos, sujetando a los reyes con argollas y a los nobles con esposas de hierro. Como se trataba de meterse en casa de un hombre fuerte y deshacer todo su ajuar, era necesario ser más fuerte que él. Triunfar de la muerte y no sucumbir ante el poder del infierno les era totalmente imposible: únicamente vencerían llenos de un amor fuerte como la muerte y de una pasión tan cruel como el abismo. Este es el celo que los devoraba cuando la gente los creía borrachos.
Es cierto que estaban bebidos, pero no de un vino ordinario. Estaban ebrios, repito, pero del vino nuevo que los odres viejos no merecen ni pueden contener. Este vino es fruto de la vid celestial, un vino que alegra el corazón y no trastorna la mente; un vino que desarrolla a los jóvenes y no extravía a los hombres inteligentes. Un vino desconocido para los habitantes de la tierra. En el cielo siempre había sido abundante: no lo tenían en odres ni en vasijas de barro, sino en bodegas y despensas espirituales. Por todas las calles y plazas de la ciudad corría ese vino que llena de alegría el corazón y no excita la lujuria de la carne. Pero los nacidos en la tierra y los humanos lo desconocían por completo.
2.Así, pues, el cielo saborea un vino especial que la tierra todavía no ha probado. Y era tal su ignorancia que tampoco se deleitaba en la humanidad de Cristo, cuya presencia ansiaba el cielo. ¿Cómo no iban a hacer, pues, el cielo y la tierra, los ángeles y apóstoles un negocio tan honesto como provechoso para ellos? Aquellos piden la humanidad de Cristo, éstos el vino del cielo; que el Espíritu venga a la tierra y la carne suba al cielo, y en adelante todo sea común para todos. Jesús había dicho: si no me voy, no vendrá vuestro Abogado. Que quiere decir: Si no dais eso que tanto amáis, no tendréis lo que deseáis. Os conviene que yo me vaya, para trasladaros a vosotros de la tierra al cielo y de la carne al espíritu.
El Hijo es espíritu, el Padre es espíritu, y el Espíritu Santo es espíritu. Recordemos la Escritura: Cristo, el Señor, es un espíritu que está siempre con nosotros. Y el Padre, por ser espíritu, quiere que se le adore en espíritu y de verdad. Pero se llama espíritu de manera especial Espíritu Santo, porque procede de ambos y es el lazo fuerte e indisoluble de la Trinidad. Y también se le llama santo por excelencia, porque es el don del Padre y del Hijo que santifica toda criatura. Sin que por eso se niegue que el Padre sea espíritu y santo, lo mismo que el Hijo, de quien afirma el Apóstol: Él es el origen, camino y meta del universo.
3.Debemos considerar tres puntos en la obra grandiosa del universo: qué es, cómo ha sido hecho y para qué. La existencia del mundo manifiesta un poder incalculable, capaz de crear tantos seres y tan maravillosos, con tanta variedad y esplendidez. El modo de realizar la creación demuestra una sabiduría infinita, para colocar unos seres arriba, otros abajo y otros en el medio, y todo con un orden extraordinario. Y si piensas para qué ha sido hecho, encontrarás una bondad muy fecunda y una fecundidad muy bondadosa: tanta multitud y grandeza de beneficios confunde a los más ingratos. Todas las criaturas han sido creadas de la nada por un poder infinito, la sabiduría las dejó prendidas de su belleza, y la providencia las hizo muy provechosas.
 Por desgracia siempre ha habido y sigue habiendo hombres que, atraídos sensualmente por los bienes más ordinarios del mundo material, se entregan por completo a las realidades creadas sin pensar jamás, cómo han sido creadas, ni con qué finalidad. Con razón los llamamos carnales. Otros, en cambio, muy pocos, han puesto todo su empeño y afán en investigar el orden de las criaturas, y no se han fijado en su utilidad, o las han despreciado soberbiamente, comiendo poco y mal. Suelen llamarse filósofos; para nosotros son unos hombres raros y llenos de vanidad.
4.A estas dos especies siguieron otros hombres mucho más sensatos: prescindieron del hecho y modo de la creación, y pusieron toda su atención en la finalidad de las criaturas. Pronto comprendieron que Dios lo hizo todo por sí mismo y para los suyos. En un aspecto lo hizo por sí mismo, y bajo otro aspecto, todo para los suyos. Cuando decimos: todo por sí mismo, declaramos que él es el origen de todas las cosas; y al afirmar: todo por los suyos, expresamos la utilidad de las mismas.
 Todo lo hizo por sí mismo, es decir, por un amor totalmente gratuito; y todo lo hizo por sus elegidos; para su provecho. Lo primero es la causa eficiente y lo segundo la final. Estos hombres son los espirituales: sacan partido de este mundo como si no disfrutaran. Buscan a Dios con un corazón entero y no les preocupa cómo funciona la máquina del mundo. A los primeros los arrastra el placer, a los segundos la vanidad y a estos últimos la verdad.
5.¡Qué gozo siento al comprobar que vosotros asistía a esta escuela, la escuela del Espíritu! En ella aprendéis la bondad, la disciplina y la sabiduría, y podéis afirmar con el santo profeta: Soy más docto que todos mis maestros. ¿Por qué? ¿Acaso por vestirme de púrpura y lino y banquetear espléndidamente? ¿Por sobresalir y descollar en las sutilezas de Platón y sofismas de Aristóteles? En absoluto, sino porque observo tus preceptos.
Dichoso el que goza de la intimidad del Espíritu Santo y puede comprender aquel triple espíritu que ensalzaba el siervo de Dios, joven de años pero más sabio que los ancianos: no me arrojes lejos de tu rostro ni me quites tu santo espíritu. Oh Dios crea en mi un corazón puro, y renuévame por dentro con espíritu firme. Devuélveme la alegría de tu salvación, y afiánzame con tu espíritu fundamental.
Aquí tienes al Espíritu Santo llamado por su propio nombre. Pide que no le arroje lejos de su rostro, como una cosa impura, porque a este Espíritu le repugna la inmundicia y no habita en un cuerpo esclavo del pecado. Si su misión es aniquilar el pecado, forzosamente debe aborrecerlo. Es imposible que convivan en una misma casa tanta pureza y tanta inmundicia. Quien recibe el Espíritu Santo y vive consagrado a él, sin lo cual nadie verá al Señor, ¿puede ya presentarse ante él limpio y purificado, porque se abstiene de todo mal y domina sus actos, aunque todavía no los pensamientos?
6.Los pensamientos retorcidos alejan de Dios: por eso debemos pedir un corazón puro; y esto se realizará si nos renovamos interiormente con espíritu firme. Este espíritu recto lo podemos referir al Hijo, que nos despoja del hombre viejo y nos reviste del nuevo. Renueva las entrañas de nuestra mentalidad para que pensemos rectamente y nos rijamos por un espíritu nuevo, no por un código anticuado.
 Él trajo del cielo la imagen de la autenticidad, y la dejó en la tierra, inyectando y empapando todas sus obras de integridad y ternura. Él mismo lo había predicho de sí: El Señor es bueno y recto y enseña el camino a los pecadores. Cuando se domina el cuerpo por medio de buenas obras, y se purifica o renueva la mente con pensamientos razonables, se recupera la alegría de la salvación: caminas a la luz del rostro de Dios, y su nombre es tu gozo cada día.
7.Sólo te falta afianzarte con espíritu fundamental. Este espíritu es el Padre: no porque sea mayor que los otros, sino por ser el único que no procede de ningún otro. El Hijo procede de él, y el Espíritu Santo de entrambos. Esta firmeza es la caridad. Es el don por excelencia del Padre. No hay otro más paternal. ¿Quién podrá privarnos del amor de Cristo?, grita el Apóstol. ¿Dificultades, angustias, hambre, desnudez, peligros, espada? Estad ciertos que ni muerte ni vida, ni todo lo que el Apóstol enumera con tanto detalle y valentía, podrá privarnos del amor de Dios, presente en Cristo Jesús. ¿Qué es todo esto sino una evidente manifestación de firmeza?
¿Conservas tu propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarte arrastrar por la pasión? En ese caso has recibido al Espíritu Santo. ¿Quieres hacer a los demás lo que quisieras que hicieran contigo y no hacerles lo que no deseas hagan contigo? En ese caso has recibido un espíritu auténtico para con el prójimo. Tal es la equidad ordenada por una y otra Ley: es innata a la naturaleza y lo pide expresamente la Escritura.
Si perseveras fielmente en este doble bien, bajo todos sus aspectos, has recibido el espíritu fundamental: el único que agrada a Dios. Porque el inmutable no acepta los cambios de ser y no ser, ni el eterno se complace en lo caduco. Así, pues, si deseas que Dios te lleve a su intimidad, procura que el Espíritu Santo dirija tu propia vida y el espíritu de rectitud tus relaciones con el prójimo. Y al Príncipe y Padre de los espíritus ofrécele un espíritu primordial.
8.¡Qué variado es este Espíritu! Se comunica de mil maneras a los hombres y nadie se libra de su calor. Se da para nuestra utilidad: de él proceden los milagros, la salvación, la ayuda, el consuelo y el fervor. En el curso de la vida otorga en abundancia todos los bienes ordinarios a buenos y malos, a los que son dignos e indignos, sin ninguna clase de límite ni frontera. ¡Qué ingrato es el que no reconoce al Espíritu en todos estos beneficios!
 En los milagros se da a través de las señales, prodigios y portentos que realiza por las manos de algunos. El es quien renueva los milagros antiguos, y confirma a los hombres de hoy en la de de los de ayer. Pero como esta gracia no es eficaz para algunos, se hace nuestra salvación cuando nos convertimos al Señor Dios nuestro con todo nuestro corazón. Es nuestro auxilio cuando nos ayuda en nuestra debilidad. Y cuando asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, esto nos lo inspira para consolarnos.
 Y comunica fervor cuando sopla impetuosamente en el corazón de los perfectos y enciende en ellos el fuego ardiente del amor: entonces no sólo se sienten orgullosos con la esperanza de los hijos de Dios, sino que se glorían de las dificultades, y aceptan la injuria como un honor, la ignominia como un gran gozo, y el desprecio como un elogio. Si no me equivoco todos hemos recibido el Espíritu que salva, pero no todos el que da fervor. ¡Qué pocos son los que están llenos de este Espíritu y suspiran por él! Vivimos satisfechos con nuestra penuria y no intentamos respirar ese aire de libertad ni siquiera aspirarlo.
Pidamos, hermanos, que se cumplan en nosotros los días de Pentecostés: días de perdón y de gozo, días de auténtico jubileo. Que el Espíritu Santo nos encuentre siempre reunidos a todos en un mismo lugar, por la presencia corporal, la unanimidad de corazones y la estabilidad que hemos prometido. Para alabanza y gloria del esposo de la Iglesia, Jesucristo nuestro Señor, el Dios soberano, bendito por siempre.

RESUMEN
Obras del Espíritu Santo. La naturaleza del vino místico. Comercio del Cielo y la tierra en el día de Pentecostés. Los filósofos son curiosos y banales. El verdadero sabio mira, principalmente, el fin por el que fueron creadas las cosas. ¿Quiénes son los espirituales? En realidad existe un espíritu triplicado. Indicios de que el Espíritu Santo habita en nosotros. El Espíritu Santo se da a los hombres de muchos modos.

SERMÓN SEGUNDO DE PENTECOSTÉS. Las obras de la Trinidad en nosotros, la solicitud del Hijo y la triple gracia del Espíritu Santo


SERMÓN SEGUNDO DE PENTECOSTÉS
Las obras de la Trinidad en nosotros, la solicitud del Hijo y la triple gracia del Espíritu Santo
1. Hermanos, hoy los cielos han destilado ante el Dios del Sinaí, el Dios de Israel. Ya ha caído una lluvia generosa en la heredad de Cristo. El Espíritu Santo que procede del Padre se ha volcado a manos llenas sobre los Apóstoles con sus dones y carismas. Después de resucitar invencible, ascender lleno de gloria y sentarse en lo más alto del cielo, sólo restaba que llegara la esperada alegría de los justos, y los hombres celestiales se enriquecieran con los dones del cielo. Ya lo había predicho Isaías con el vigor y precisión de su palabra: aquel día, el vástago del Señor será magnífico y glorioso, fruto del país y ornamento para los supervivientes de Israel.
El vástago  del Señor es Cristo Jesús, el único ser engendrado con una semilla purísima. Apareció en condición de pecador como nosotros, pero no pecó. Es hijo de Adán según la carne, pero no ha nacido con el pecado de Adán, porque no era hijo de ira por naturaleza, como lo somos todos los concebidos en pecado. Este vástago, nacido del tronco de Jesé en frescura virginal, fue magnífico cuando resucitó de entre los muertos. Entonces, Dios mío, mostraste tu grandeza insuperable, vestido de belleza y majestad y envuelto en un manto de luz.
¿Y cuál no fue la gloria de tu ascensión, cuando llegaste hasta el Padre rodeado de ángeles y almas santas, envuelto en almas triunfo, y haciendo partícipe de la divinidad a la naturaleza humana? ¿Hay alguien capaz de imaginar, no ya de expresar, cuán maravilloso es ese fruto sublime de la tierra, sentado a la derecha del Padre? Ante él se ofuscan los ojos de las criaturas celestes, y la mirada angélica se estremece y cede. ¡Venga ya el regocijo, Señor Jesús, a los supervivientes de Israel!, a los apóstoles que elegiste antes de crear el mundo. Venga tu espíritu bueno, para limpiar lo manchado e infundir virtud con su espíritu de juicio y ardor. 
2. Hermanos míos, meditemos qué obras ha hecho la Trinidad en el universo y con nosotros desde la creación del mundo hasta su consumación. Contemplemos cuán solícita está la divina majestad, de quien depende el gobierno y orden de los siglos, para que no nos perdamos eternamente. Desplegó su poder al crearnos, y todo lo dirigía con sabiduría: la creación y conservación de esta maravilla del mundo son pruebas evidentes de su poder y sabiduría. También había bondad en Dios, y en grado infinito; pero estaba escondida en el corazón del Padre, para desbordarse sobre los hijos de Adán en el momento oportuno. 
Y el Señor que decía: yo concibo disignios de paz, decidió enviarnos al que es nuestra paz, al que de  los dos  pueblos hizo uno, para inundar a todos de paz: a los que están lejos y a los que están cerca. Su bondad invitó al Verbo de Dios, que habitaba en lo más alto de la divinidad, a que bajara a vivir con nosotros. Su misericordia le arrastró y la fidelidad de su promesas le convenció. La pureza de un seno virginal le acogió, sin perder su integridad; el poder divino le dio a luz, la obediencia dirigió todos sus pasos, su escudo fue la paciencia, y la caridad el emblema de sus palabras y milagros. 
3. Todo esto me ofrece un campo inmenso de consideración: por un lado mis miserias, y por otro los beneficios de mi Señor. Debo examinar mis caminos para enderezar mis pies a sus preceptos. Los bienes son inefables. Para decirlo en una palabra, es lo mejor que pudo inventar la infinita sabiduría divina para redimirnos. Mas también nos cercaban desgracias sin cuento, pues mis pecados eran más numerosos que las arenas del mar. Y por tu nombre, Señor, perdona mi culpa, que es grave. El diablo envió a la astuta serpiente para que inoculara el veneno en los oídos y en el alma de la mujer, y por ella se contagiase toda su descendencia. Pero Dios por su parte envió al ángel Gabriel, que insuflara el Verbo del Padre en el oído, en el seno y en el alma de una Virgen, y el antídoto siguiera el mismo camino que el veneno. 
Sí, hemos contemplado su gloria, gloria del Hijo único del Padre. Todo cuanto Cristo nos ha traído del corazón del Padre es infinitamente paternal. La pequeñez humana no tiene nada que temer. Todo es dulce y paternal en el Hijo de Dios. De la planta del pie a la cabeza no había parte ilesa en nosotros. Nos habíamos extraviado desde el vientre materno, y antes de nacer ya estábamos condenados, porque fuimos concebidos en pecado. 
4. Por eso Cristo se apresuró a aplicar la medicina en el lugar mismo de la primera herida. Descendió sustancialmente al seno de una Viren y fue concebido por el Espíritu Santo para sanar así nuestra concepción, que no realizaba el espíritu malo, pero la infectaba. Cristo no quiere estar ocioso en el seno de su madre, y en esos nueve meses sana esa vieja herida, cauteriza hasta las raíces de esa llaga purulenta y nos devuelve la salvación para siempre.
Ya está llevando a cabo la salvación en medio de la tierra, en el seno de María Virgen, que es sin lugar a dudas el punto central de la tierra. A ella dirigen sus miradas los del cielo y los del infierno, nuestros antepasados, nosotros, y todos los que vendrán y nacerán después que nosotros. En ella ven su centro, el misterio de Dios, el origen de todo, el gran negocio de los siglos. Los del cielo esperan de ella su restauración, los del infierno la liberación, nuestros antepasados la fidelidad de los profetas, y los que nos siguen la gloria. 
Por eso te felicitan todas las generaciones, Madre de Dios, Señora del mundo y Reina del cielo. Todas las generaciones, vuelvo a repetir: las del cielo y las de la tierra. A ti te felicitan todas las generaciones porque engendraste la vida y la gloria para todos los pueblos. En ti encuentran los ángeles la alegría, los justos la gracia y los pecadores el perdón para siempre. Y con razón se dirigen a ti las miradas de toda la creación, porque en ti, por ti y de ti la mano bondadosa del Omnipotente rehízo todo cuanto había hecho.
5. ¿Estarás dispuesto, Señor Jesús, a darme tu vida, como me has dado tu concepción? Porque además de una concepción imputa tengo una muerte fatal y una vida llena de peligros; y tras esta muerte me espera otra mucho peor, la segunda. Él me responde: “Te doy mi concepción y mi vida en todas sus etapas: infancia, niñez, adolescencia, juventud. Te lo doy todo: hasta mi muerte y resurrección, mi ascensión y el mismo Espíritu Santo. Para que mi concepción limpie la tuya, mi vida informe la tuya, mi ascensión prepare la tuya, y el Espíritu acuda en auxilio de tu debilidad.
De este modo verás con toda claridad el camino que debes seguir, las cautelas que debes tomar, y la patria a donde te diriges. En mi vida reconocerás la tuya. Yo recorrí las sendas seguras de la pobreza y obediencia, de la humildad y paciencia, de la caridad y misericordia. Toma tú también estos senderos y no te desvíes a derecha ni a izquierda. Con mi muerte te concederé mi justicia, destrozaré el yugo de tu esclavitud, aniquilaré los enemigos que te acechan en el camino o junto a él, y no se atreverán a molestarte. Y después de hacer todo esto volveré a mi casa, de donde vine, para que me vean aquellas otras ovejas quedaron en el monte y que dejé allí por ti; no para guiarte hacia allí, sino para llevarte yo mismo nuevamente allí. 
6. “Y para que no murmures ni estés triste por mi ausencia, te enviaré el Espíritu consolador, que te dará las primicias de la salvación, el entusiasmo de la vida y la luz de la ciencia. Las primacías de la salvación porque el Espíritu asegurará a tu espíritu que eres hijo de Dios. Imprimirá y hará patentes en tu corazón señales inconfundibles de tu predestinación. Llenará de alegría tu corazón, y empapará tu mente del rocío del cielo, si no siempre, sí con mucha frecuencia.
“Te dará vigor para vivir, de modo que aquello que naturalmente te parece imposible, su gracia, lo convertirá en posible y muy fácil. Con esta harina que todo lo sazona y suprime el veneno de la olla, disfrutarás en el trabajo y vigilias, en el hambre y la sed, y en todas las otras observancias, mucho más que en todas las riquezas. Y te concederá la luz de la ciencia, para que después de haber hecho bien todo eso, te tengas por un pobre criado, y si algo bueno ves en ti se lo atribuyas a aquel de quien procede todo bien, y sin el cual no puedes comenzar ni completar poco ni mucho. Así es como este Espíritu con estos tres dones te enseñará todo, pero todo lo que se refiere a tu salvación. Pues en eso consiste la perfección plena y absoluta”.
7. Esto es precisamente lo que dice ese mismo Espíritu por boca del Profeta: sembrad según justicia, es decir, las primicias de la salvación; cosechad la esperanza de la vida, esto es, el vigor para vivir; encendeos la luz de la ciencia, lo cual es tan evidente que no necesita explicación. Por eso apareció este Espíritu en forma de fuego sobre los Apóstoles, para iluminar y abrasar. Al llenarlos les inflama el espíritu y les hace conocer profundamente que su misericordia es la que les dispone y los guía. ¡Cuánta experiencia tenía de esta misericordia aquel siervo de Dios que exclamaba: su misericordia se adelantará. Tengo ante los ojos tu misericordia. Tu bondad me acompaña toda la vida. Me envuelve con su bondad y su misericordia. Dios mío, misericordia mía!
¡Señor Jesús, qué amable fue tu trato con los hombres! Que abundancia de bienes distribuiste entre ellos! ¡Con qué entereza toleraste por ellos dolores atroces e indignos, para que pudieran sacar miel silvestre y aceite de la roca durísima: dura ante las palabras, más dura que los azotes y durísima ante los horrores de la cruz! Siempre se mostró como cordero llevado al matadero, que no abría la boca. Ahora te das cuenta qué razón tenía aquel que dijo: el Señor se cuida de mí. El Padre, por redimir al siervo, no perdona a su Hijo; el Hijo se entrega espontáneamente; y ambos juntos envían al Espíritu Santo, y el Espíritu intercede por nosotros con gemidos sin palabras. 
8. ¡Oh duros, insensibles e inhumanos hijos de Adán, que no se conmueven con semejante bondad, ni con una llama tan viva, ni ante un fuego tan inmenso de amor, ni ante un amante tan apasionado que invierte todos sus tesoros para adquirir unos viles andrajos! No nos rescató con oro ni plata perecederas, sino con su sangre preciosa que derramó a borbotones, porque el cuerpo de Jesús se convirtió en cinco grandes manantiales de sangre.
¿Qué más pudo hacer que no lo hiciera? Dio vista a los ciegos, encaminó a los extraviados, reconcilió a los pescadores, justificó a los impíos, pasó treinta y tres años en la tierra conviviendo con los hombres, y murió por ellos. Con una sola palabra creó los Querubines, Serafines y todas las Virtudes angélicas, porque puede hacer todo cuanto quiere. ¿Qué espera, pues, de ti el que con tanta solicitud te buscó, sino que tú te intereses por tu Dios? Este interés lo engendra el Espíritu Santo, que sondea lo más íntimo de nuestro ser, juzga los sentimientos y pensamientos, y no consiente ni una simple paja en el corazón que se le entrega en propiedad, porque la consume inmediatamente con su penetrante mirada. 
 Que este Espíritu dulce y suave incline nuestra voluntad, o más bien la enderece y conforme con la suya, para que seamos capaces de comprenderla fielmente, amarla ardientemente y cumplirla con generosidad.

RESUMEN
La bondad de Dios resplandece en la reparación del hombre. La concepción de Cristo reforma la nuestra. María es el medio de la tierra. La vida de Cristo instruye la nuestra. La muerte de Cristo vence a nuestros enemigos. Tres dones del Espíritu Santo: 1. La prenda de nuestra salud. 2. La fuerza de la vida. 3. La luz de la ciencia. Insiste, como en otros sermones, que debemos vivir siempre con solicitud y temor así de nuestro estado presente como de lo que nos pueda suceder. Porque el Espíritu Santo apareció en el fuego, hace cargos a los endurecidos y a los que se muestran insensibles de los beneficios de Dios. 

PENTECOSTES: SERMÓN PRIMERO

EN EL DÍA DE PENTECOSTÉS
SERMÓN PRIMERO
1. Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad del Espíritu Santo, que nos llena de gozo y despierta nuestro fervor. El Espíritu Santo es lo más tierno de Dios. Dios todo bondad, y Dios en persona. Si celebramos las fiestas de los santos, con mayor motivo la de aquel por el que, existen los santos. Si ensalzamos los santificados, mucho más lo merece el que los santificó. Hoy es la fiesta del Espíritu Santo, porque se hizo visible el que es invisible. Lo mismo que el Hijo, siendo de por sí invisible, quiso manifestarse visible en la carne.
 Antes conocíamos algo del Padre y del Hijo; hoy el Espíritu Santo nos revela algo de sí mismo. Y la vida eterna consiste en conocer perfectamente a la Trinidad. Ahora conocemos pocas cosas y creemos todo lo que no podemos comprender. Del Padre sé que es el creador, pues lo proclaman las criaturas: Él nos hizo y no nosotros. Lo invisible de Dios resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras. Pero su eternidad e inmutabilidad me desbordan por completo, pues habita en una luz inaccesible. Del Hijo conozco por delicadeza suya la maravilla de su encarnación. Porque ¿quién es capaz de explicar su generación? ¿Es posible comprender que el engendrado sea igual a quien lo engendró?
 Y del Espíritu Santo no alcanzo a entender cómo procede del Padre y del Hijo: tanto saber me sobrepasa, es sublime y no lo abarco. Pero algo percibo de su inspiración. Hay, pues, un doble aspecto: de dónde viene y a dónde va. La procesión del Padre y el Hijo está envuelta en densa tiniebla, pero su presencia entre los hombres comienza a hacerse tangible y operante entre los fieles.
2. Lo primero que hizo el Espíritu Santo es muy interesante: como es invisible, demuestra su presencia por medio de signos visibles. Ahora, en cambio, cuanto más espirituales son sus signos, más propios y dignos son del Espíritu Santo. Antaño vino sobre los Apóstoles en lenguas de fuego, para que pronunciaran palabras de fuego, y predicaran con lenguas de fuego una ley que era de fuego. Nadie se lamente si hoy no recibimos esta manifestación del Espíritu: a cada uno se le da la manifestación particular del Espíritu para el bien común. Y si queremos saberlo, esa manifestación no se hizo en beneficio de los Apóstoles, sino nuestro. Porque si necesitaban conocer las lenguas de todo el mundo, era para convertir al mundo.
 También hubo otras manifestaciones especiales para ellos, y éstas siguen realizándose en nosotros. Es evidente que fueron investidos de una fuerza divina, los que eran tan cobardes y se volvieron tan audaces. Ya no huyen ni se esconden por temor a los judíos: su arrojo actual para predicar supera su timidez anterior. Este cambio de la diestra del Altísimo aparece inconfundible al ver el miedo del Príncipe de los Apóstoles ante las palabras de una criada, y su entereza ante los azotes de los príncipes. Dice la Escritura que salieron del consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús, y poco antes todos lo abandonaron y huyeron cuando lo llevaban al consejo. Es indudable que vino un espíritu muy recio, que transformó sus almas con una fuerza invisible. En este sentido, lo que el Espíritu realiza en nosotros, da testimonio de El.
3. A nosotros se nos pide que nos apartemos del mal y que hagamos el bien. Fíjate cómo acude precisamente el Espíritu en auxilio de nuestra debilidad para ambas cosas, porque los dones son variados, pero el Espíritu es el mismo. Para apartarnos del mal realiza tres cosas: la compunción, la oración y el perdón. El arranque de nuestro retorno a Dios es la penitencia, y ésta no es obra de nuestro espíritu, sino del de Dios. Así lo enseña la sana razón y lo confirma la autoridad. El que está muerto de frío y se calienta al fuego, no duda jamás que el calor procede del fuego, pues antes carecía de él. Lo mismo ocurre al que está congelado en el mal, y se templa en el fervor de la penitencia: es indudable que ha venido a él un Espíritu que ha reprendido y juzgado al suyo. Lo dice claramente el Evangelio, refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él: probará al mundo de que hay culpa.
4. Mas ¿qué aprovecha arrepentirse del pecado, si no se pide perdón? También esto lo debe hacer el Espíritu infundiendo en el alma la dulce esperanza que impulsa a pedir con fe, sin titubear lo más mínimo. ¿Quieres que te demuestre que esto es obra del Espíritu Santo? Baste decir que, cuando él falta, tu espíritu no siente nada de esto. Y por otra parte él nos permite gritar: ¡Abba! ¡Padre!. Él intercede por los consagrados con gemidos sin palabras. Esto es lo que hace en nuestro corazón.
 ¿Y  en el el del Padre? Así como intercede por nosotros estando dentro de nosotros, del mismo modo perdona los pecados, junto con el Padre, desde el corazón del Padre: es nuestro Abogado ante el Padre en nuestros corazones, y nuestro Señor en el corazón del Padre. Él es quien nos concede lo que pedimos y la gracia para pedirlo. Nos alienta con una santa esperanza, y hace que Dios se incline compasivo hacia nosotros. Para que te convenzas plenamente de que el Espíritu realiza el perdón de los pecados, escucha las mismas palabras que un día escucharon los Apóstoles: Recibid al Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedarán perdonados. Esto por lo que respecta a separarse del mal.
5.¿Y cómo influye en nosotros el Espíritu bueno para hacer el bien? Aconseja a la memoria, instruye al entendimiento y mueve a la voluntad. Son las tres potencias de nuestra alma. Sugiera cosas buenas a la memoria para que piense sensatamente, y de ese modo aleja de nosotros la pereza y la torpeza. Por eso, siempre que sientas esos impulsos hacia el bien, glorifica a Dios y honra al Espíritu Santo cuya voz susurra en tus oídos. Él es quien declara lo que es justo. El Evangelio nos dice que él os irá recordando todo lo que yo os he dicho. E inmediatamente antes ha dicho: Él os lo enseñará todo. Por eso dije yo que instruye al entendimiento.
 Es fácil aconsejar que obremos bien: pero sin la gracia del Espíritu no sabemos qué debemos hacer. Él es quien nos inspira buenos pensamientos y nos enseña a ponerlos en práctica, para que la gracia de Dios no sea estéril en nosotros. Porque el que sabe cómo portarse bien y no lo hace, está en pecado. Así pues, no sólo depende del Espíritu el consejo y la instrucción, sino sentirnos inclinados e impulsados a hacer el bien. Él es quien acude en auxilio de nuestra debilidad y quien infunde en nuestros corazones el amor, o una voluntad buena.
6. Cuando el Espíritu viene y posee totalmente al alma con sus consejos, instrucciones e impulsos de amor, nos comunica por medio de nuestros pensamientos la voz del Señor, ilumina nuestra inteligencia e inflama la voluntad. ¿No te parece que la casa está llena de unas lenguas como de fuego? Recuerda que estas son las tres potencias del alma. Las lenguas repartidas pueden ser la diversidad de pensamientos: pero todos son un mismo fuego en el resplandor de la verdad y en el calor de la caridad. O tal vez sea más exacto reservar esta plenitud para el final, cuando viertan en nosotros una medida generosa, colmada, remecida y rebosante.
 ¿Y cuándo sucederá esto? Cuando se cumplan los días de Pentecostés. Dichosos vosotros, que ya habéis entrado en la cincuentena del reposo y en el año jubilar. Hablo con nuestros hermanos, a quienes dice el Espíritu que descansen de sus trabajos. Porque esto también es obra suya. Como sabéis, hermanos, celebramos dos tiempos sagrados: la Cuaresma y la Quincuagésima. El primero antes de la pasión, y el segundo después de la resurrección. Aquél en compunción del corazón y lágrimas de penitencia, éste en el fervor del espíritu y en solemne Aleluia. El primero es la vida presente, y el segundo simboliza el descanso de los santos después de la muerte. Cuando se acaben, pues, esos cincuenta días, en el juicio y la resurrección, llegará el día de Pentecostés y la plenitud del Espíritu llenará toda la casa. Su gloria llenará la tierra entera, pues no sólo resucitará el alma, sino también el cuerpo espiritual; pero con tal que, como advierte el Apóstol, se haya sembrado un cuerpo animal.

 Resumen: Es difícil comprender a la Santísima Trinidad, pero vamos vislumbrando algunos detalles. Gracias al Espíritu Santo los Apóstoles fueron dotados de una fuerza especial en beneficio de todos nosotros. Cómo acude el Espíritu Santo en nuestra ayuda para que evitemos el mal y hagamos el bien.  Gracias al Espíritu Santo son perdonados los pecados.  Influye en nosotros mediante al amor y la voluntad. La Quincuagésima sigue a la resurrección y simboliza el descanso de los santos después de la muerte.


lunes, 12 de mayo de 2014

SERMO SEXTUS De intellectu et affectu(2)

                                De intellectu et affectu(2)


Capítulo 1 


       Hoy se presenta el Hijo del hombre ante el Anciano que está sentado en el trono, para sentarse junto a él, y ser no solamente vástago del Señor por su honor y su gloria, sino además fruto maravilloso de la tierra. ¡Qué unión más dichosa, y qué misterio tan rebosante de gozos inefables! El mismo es a la vez vástago del Señor y fruto de la tierra. Hijo de Dios y fruto del vientre de María. Hijo de David y Señor suyo, que hoy le colma de alegría y por eso le cantó hace ya muchos siglos: Oráculo del Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha. El vástago del Señor es Señor; sin duda alguna. Y también hijo de David, porque es fruto incomparable de la tierra, brote del tocón de Jesé.
      Hoy el Padre glorifica a este Hijo suyo e hijo de los hombres, dándole la gloria que tenía junto a él antes que existiera el mundo. Hoy festeja el cielo el retorno de la Verdad, nacida de la tierra. Hoy les quitan el novio a los amigos y llorarán, como él mismo se lo predijo. Los amigos del novio no podían llorar mientras estaba con ellos. Hoy se lo llevan y les toca llorar y ayunar. Pedro ¿recuerdas aquello que dijiste: Señor, qué bien estamos aquí; si quieres, hago aquí tres tiendas? Ahora ha entrado en otra tienda mayor y más perfecta, no hecha por hombres, es decir, no de este mundo creado.

Capítulo 2 


       ¿Y podemos estar bien aquí? Todo lo contrario: esto nos resulta pesado, insoportable y peligroso. Abunda la maldad, y apenas hay una pizca de sabiduría. Todo es pegajoso resbaladizo; lleno de tinieblas y asechanzas de pecado; las al mas se extravían y el espíritu no soporta el ardor del sol; todo es vanidad y aflicción de espíritu.
      Hermanos, levantemos al cielo el corazón con las manos, y caminando con fe y devoción acompañemos al Señor en su ascensión. Muy pronto y sin obstáculos seremos arrebatados en las nubes para estar con él. Esto no puede alcanzarlo ahora el espíritu animal, pero lo alcanzará el cuerpo espiritualizado. No nos cansemos, pues, de levantar el corazón, porque como nos dice la propia experiencia, el cuerpo mortal es lastre del alma y la tienda terrestre nos deprime.                                          

Capítulo 3 


      Tal vez necesitemos explicar en qué consiste levantar el corazón, o cómo conviene levantarlo. Damos la palabra al Apóstol: si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estad centrados arriba, no en la tierra. Es decir: si habéis resucitado con él, subid con el; si vivís unidos a él, reinad con él.
      Hermanos, acompañemos siempre al Cordero: cuando sufre, cuando resucita y más aún cuando asciende. Que nuestro hombre viejo esté crucificado con él, para que se destruya el individuo pecador y ya no seamos esclavos  el pecado. Extirpemos cuanto de terreno hay en nosotros. Y así como él fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, emprendamos también nosotros una vida nueva. Si murió y resucitó fue para que abandonemos el pecado y nos entreguemos a la Justicia.

Capítulo 4 


       Y como una vida nueva exige un lugar más seguro, y la resurrección pide un estado superior, acompañemos al que sube: busquemos lo de arriba, no lo de la tierra. ¿Quiéres conocer ese  lugar? Escucha al Apóstol: la jerusalén de arriba es libre y ésa es nuestra madre. ¿Deseas saber qué hay allí? Allí reina la paz: glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios Sión: ha puesto paz en tus fronteras.
      ¡Oh paz que superas todo razonar! ¡Paz sobre toda paz! ¡Medida sin medida, colmada, remecida, rebosante! Alma cristiana: sufre con Cristo, resucita y asciende con él. Es decir: apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre tras ella. En el libro de los Hechos, Pablo recuerda a sus discípulos la continencia, la justicia y la esperanza de la vida eterna. Y la Verdad por excelencia manda en el Evangelio tener siempre el delantal puesto y encendidos los candiles, y parecernos a los que aguardan la vuelta de su amo.

Capítulo 5 


       Si prestáis atención, el Apóstol nos recomienda una doble ascensión : buscar y estar centrados arriba, no en la tierra. Y el Profeta parece insinuar esta misma distinción al decir: busca la paz y corre tras ella. Buscar la paz y correr tras ella equivale a buscar y centrarse en lo de arriba,  no en lo de la tierra. Mientras tengamos los corazones divididos tendremos muchos rincones y nos faltará la unidad. Debemos levantarlo cada uno de nosotros, como miembros de un cuerpo, para que se unan en la Jerusalén celeste, la ciudad bien trazada. Así cada uno en particular y todos los hermanos vivirán unidos sin estar divididos consigo mismos ni con los demás.
       Los miembros principales de nuestro corazón son el entendimiento y el afecto. Sus objetivos suelen ser opuestos: uno tiende a lo alto y al otro le atrae lo más bajo. De aquí el gran dolor y tormento del alma, Que se siente disgregada, mutilada y despedazada. Si no lo percibimos por nuestra lamentable insensibilidad espiritual, podemos adivinarlo por el dolor que nos produce una herida en el cuerpo. Supongamos que estiran violentamente las piernas de un hombre y le separan mucho los pies con un largo madero. La piel está intacta, pero ¡qué tormento tan horrible!

Capítulo 6 


       Así, así vemos con pena que sufren esos pobres que  viven corporalmente con nosotros: tienen la misma luz que nosotros, pero su afecto es muy distinto. Conocen el bien a realizar, mas no les atrae eso que conocen. En nosotros, hermanos, no hay excusa posible de ignorancia: abundamos en la doctrina celeste, en la lectio divina y en la instrucción espiritual. Todo lo que es verdadero, respetable, justo, limpio, estimable; todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que existe, lo aprendéis y recibís, lo oís y os veis, en los ejemplos y palabras de los hermanos más adelantados. Sus consejos y su vida instruyen maravillosamente a todos. Ojalá todo esto que enriquece el entendimiento llegara a conmover el afecto, y se acabara esa dolorosa contradicción e insoportable división de sentirnos atraídos hacia arriba y arrastrarnos por el suelo.

Capítulo 7 


       En casi todas las comunidades religiosas encontrarnos hombres llenos de entusiasmo, rebosantes de gozo, siempre alegres y contentos; fervientes de espíritu, volcados día y noche sobre la ley del Señor, su mirada fija en el cielo y sus manos siempre levantadas en oración. Examinan atentamente su conciencia y se entregan a las buenas obras. La disciplina les resulta amable, el ayuno ligero, las vigilias breves, el trabajo manual agradable, y toda la austeridad de nuestra vida les parece un descanso.
       Más también se hallan hombres  cobardes y apocados, abrumados por el peso; necesitan la vara y la espuela. Su escasa alegría es una tristeza encubierta. Su compunción es fugaz y esporádica. Su manera de pensar puramente animal. Viven con tibieza, obedecen de mala gana, hablan a la ligera, rezan sin interés y leen sin aprovecharse. No les conmueve el temor del infierno, ni el pudor les reprime, ni la razón les frena, ni la disciplina es capaz de dominarlos. Su vida es prácticamente un infierno, porque su entendimiento y afecto están en lucha perenne. Necesitan desplegar toda su fuerza y se alimentan pobremente. Soportan los trabajos y no saborean las alegrías.
      Por favor, despertemos los que así vivimos, renovemos nuestras almas y recuperemos nuestro espíritu. Abandonemos esa maldita tibieza, si no porque es peligrosa y suele provocar a Dios como solemos decir, al menos porque es insoportable, ruin y lamentable. Podemos llamarla antesala del infierno y fantasma de la muerte.

Capítulo 8 


       Si deseamos las cosas de arriba, intentemos ahora ya degustarlas y saborearlas. Cuando se nos recomienda buscar y paladear lo de arriba, podemos aplicarlo al entendimiento y al afecto. Levantemos  nuestro corazón  a Dios con nuestros miembros más nobles, con esa especie de manos que son los humildes esfuerzos y las prácticas espirituales. Yo creo que todos buscamos las cosas de arriba con la inteligencia de la fe y el juicio de la razón. Pero no todos saboreamos esas realidades en el mismo grado, por estar saturados de las realidades terrenas, arrastrados irresistiblemente por el afecto.
      ¿A qué se debe esta variedad de espíritus, esa desigualdad de deseos y esa oposición de conductas, a que antes nos referíamos? ¿De dónde procede tanta miseria espiritual de unos la extraordinaria abundancia de otros? El dispensador de gracia no es avaro ni mezquino. Lo que ocurre es que si no  hay vasijas, el aceite deja de correr. El amor del mundo se filtra por doquier, con sus consuelos o desconsuelos; atisba las entradas, se cuela por las ventanas e invade el espíritu. A no ser que diga resueltamente: Mi alma rehúsa el consuelo. Acudo a Dios y me recreo. El regalo santo no simpatiza con el alma ofuscada por deseos mundanos. Lo auténtico no congenia con la vanidad, ni lo eterno con lo caduco, ni lo espiritual con lo carnal, ni la altura con el abismo. Es imposible disfrutar al mismo tiempo de lo de arriba y de lo terreno.

Capítulo 9 


      Dichosos aquellos hombres que nos anunciaron previamente la ascensión del Señor: me refiero a Elías que fue arrebatado, y a Enoc transportado. Dichosos una y mil  veces, pues ya sólo viven para Dios, y en él descansan comprendiendo, amando y gozando. Su cuerpo mortal no es lastre del alma, ni su tienda terrestre abruma la mente pensativa. Están con Dios. Han desaparecido todos los obstáculos, se han disipado las ocasiones, y ya no queda nada que oprima el afecto ni abrume el entendimiento. Del primero dice la misma Escritura que fue arrebatado para que la malicia no pervirtiera su conciencia, y la perfidia no sedujera su alma ni su entendimiento.

Capítulo 10 


       ¿Cómo seremos capaces nosotros de poseer la verdad en medio de tanta tiniebla, o disfrutar de la caridad en este mundo perverso y que está en poder del malo? ¿Será posible iluminar nuestro entendimiento e inflamar nuestra voluntad? Sí, es posible, si acudimos a Cristo para que levante el velo de nuestros corazones. De él se ha dicho: A los que habitaban en tierra de sombras les brilló una luz.
      Pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios manda a todos los hombres que se conviertan, como dijo Pablo a los atenienses. Recordad cuál fue la tarea del Verbo de Dios y de la Sabiduría encarnada desde que apareció en el mundo y vivió entre los hombres: con su admirable poder, su gloria y su majestad se consagró a iluminar los corazones y aumentar la fe de los hombres, por medio de la palabra  milagros. Lo dice abiertamente: El Espíritu del Señor está sobre mí me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres. Y a los Apóstoles les dice: todavía os quedan unos momentos de luz caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. Pero no sólo habla así antes de su muerte. Después de resucitar se deja ver de ellos en numerosas ocasiones durante cuarenta días y les habla del reino de Dios, o les abre los sentidos para que comprendan las Escrituras. En todos estos momentos pretendía enriquecer su entendimiento, más bien que purificar su afecto.

Capítulo 11 


       ¿Cómo iban a familiarizarse con lo espiritual si eran animales? Eran incapaces de soportar el resplandor de la luz. Por eso tuvo que presentarse el Verbo en la carne, el sol en la nube, la luz en el barro, la miel en la cera, el cirio en el candelero: el Espíritu se hace presente a ellos en Cristo el Señor. Nunca les alta la sombra, bajo la cual viven entre los pueblos. A la Virgen se le dice que la cubrirá con su sombra, para que no la deslumbre un resplandor tan inmenso ni su mirada de águila se ciegue con esa luz brillantísima y el rayo purísimo de la divinidad.
       Mas esa nube no fue inoportuna, sino muy provechosa. Los discípulos no podían progresar en la fe sin transformar sus afectos, ni elevarse a las realidades espirituales. Pero excitó en ellos el amor a su persona humana, y se adhirieron con un amor puramente humano a ese hombre que hacía y decía maravillas. Era, sin duda, un amor totalmente humano, pero tan eficaz que prevaleció sobre todos los demás. Hasta llegar a decir: mira, nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
      Dichosos aquellos ojos que veían al Señor de la majestad presente en la carne, al creador del mundo convivir con los hombres, irradiar poder, curar enfermos, pasear por el mar, resucitar muertos, someter demonios, y comunicar ese mismo poder a tos hombres. Lo vieron manso y humilde de corazón, compasivo, cariñoso y con inmensas entrañas de misericordia: el Cordero de Dios que jamás cometió pecado y cargó con el pecado de todos. Dichosos los oídos que merecieron escuchar las palabras de la vida de la misma boca del Verbo encarnado. Les hablaba el unigénito, el que está en el seno del Padre, y les comunicaba todo lo que había oído a su Padre. Bebían los raudales de la doctrina celestial en el manantial cristalino de la Verdad, y así podían esparcirla, por no decir eructarla, a todos los hombres.

Capítulo 12 

      Nada tiene de extraño, hermanos, que les abrumara la tristeza, cuando les dijo que se marchaba y añadió: A donde yo voy vosotros no podéis venir ahora. ¿No se estremecerían sus entrañas, se perturbaría su afecto y vacilaría su mente? ¿No se abatiría su rostro y se horrorizaría su oído? ¿Serían capaces de admitir que les iba a dejar aquel por el cual ellos habían abandonado todo? Si arrebató todo el amor de los discípulos hacia su humanidad, no fue para que continuara siendo carnal, sino para transformarlo en espiritual y llegaran a decir: Antes conociamos a Cristo como hombre, ahora ya no.
      Este mismo Maestro, lleno de bondad; les anima con estas suaves promesas: Yo mismo pediré al Padre que os dé otro abogado que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la Verdad. Y en otro momento añade: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado. Esto es un misterio asombroso, hermanos. ¿Por qué dice si no me voy, no vendrá vuestro abogado? ¿Tan odiosa es al Abogado la presencia de Cristo? ¿Horrorizaba al Espíritu Santo convivir con esa carne del Señor, que como anuncio el ángel fue concebida por pura iniciativa suya? Entonces ¿qué significa la frase: si no me voy, no vendrá vuestro Abogado? Quiere decir esto: si la presencia de mi humanidad no desaparece de vuestras miradas, vuestra mente estará ocupada y no recibirá la plenitud de la gracia espiritual. El espíritu no la comprende, y el afecto es incapaz de poseerla.

Capítulo 13 


      ¿Qué os parece, hermanos? Si esto es cierto, como lo es, ¿quién tendrá la osadía de esperar al Paráclito y vivir enfrascado en el placer, o esclavo de los halagos de la carne pecadora engendrada en el pecado, habituada al pecado y privada del bien? ¿Es posible vivir en el estiércol, regalar el cuerpo sembrar en la carne y gozar de todo lo carnal, y querer recibir el don de la visita celestial, la plenitud del gozo y el ímpetu del Espíritu? 
      La Verdad en persona nos dice que los Apóstoles no pudieron recibirlo mientras estuvo presente la humanidad del Verbo. Se equivoca quien aspira a mezclar la dulzura celestial con esta ceniza, el bálsamo divino con este veneno, los carismas del espíritu con estos placeres. Te engañas, Tomás, te engañas si pretendes ver al Señor alejándote del Colegio apostólico. A la Verdad no le gustan los rincones ni los escondrijos. Está en el medio, esto es en la observancia, en la vida común y en la voluntad de la mayoría. ¿Hasta cuándo, miserable, irás haciendo rodeos, y buscarás con tanto afán e ignominia satisfacer tu propia voluntad? ¿Y qué quieres que haga?, me dices. Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no compartirá la herencia con el hijo de la libre. Lo repetimos una vez más: es imposible armonizar la verdad y la vanidad, la luz y las tinieblas, el espíritu y la carne, el fuego y el frío.

Capítulo 14  


       Tal vez me objetes: pero mientras él vuelve, yo no puedo vivir sin algún apoyo. Desde luego. Si tarda espérale, que ha de llegar sin retraso. Los Apóstoles permanecieron diez días en esta espera: se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la Madre de Jesús. Aprende tú también a orar, a buscar, a pedir y a llamar, y hallarás, recibirás y te abrirán. El Señor conoce tu barro: es fiel y no permitirá que la prueba supere tus fuerzas. Esto seguro de que si eres constante no tardará ni diez días. Y colmará de gracias inefables al alma que vive en soledad y oración. Y tras haber renunciado a los falsos placeres disfrutarás de su recuerdo, te nutrirás de la enjundia de su casa y beberás del torrente de sus delicias.
      Eso cuentan que hizo Eliseo, cuando lloraba al verse privado de la tierna presencia de Elías. Considera atentamente qué pidió y qué se le respondió: Déjame en herencia el doble de tu espíritu. Quería poseer un espíritu dos veces mayor, para suplir la ausencia del maestro con una gracia dos veces mayor. Por eso le responde Elías: si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás. Y como le vio marchar, su espíritu se hizo el doble mayor: el que era arrebatado al cielo le quitó todos sus deseos propios, y desde entonces sólo aspiraba a lo de arriba, no a lo de la tierra. Se duplicó su espíritu al verle marchar: al entendimiento espiritual se unió el afecto espiritual, siendo arrebatado al cielo con ese hombre a quien tanto amaba.

Capítulo 15 


       Esto mismo se realizó mucho mejor aún en los Apóstoles. Cuando vieron subir a aquel Jesús tan amado, y elevarse tan  gloriosamente  al  cielo,  ninguno  necesitó preguntarle: ¿dónde vas. No: la fe, convertida ya en pura visión por así decirlo, les había enseñado a levantar humildemente los ojos al cielo, extender sus manos limpias y pedir los dones prometidos. Y de repente se oyó un ruido del cielo, como de viento recio, un viento de fuego que Jesús arrojaba a la tierra con ansias de que prendiera. Ya sabemos que habían recibido el Espíritu cuando sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Pero era el espíritu de fe y de inteligencia, no el de fervor. Les iluminó la razón, no les inflamó el afecto. Para esto era necesario recibir un doble espíritu.
       Así, pues, a los que el Verbo del Padre había enseñado Primeramente la disciplina y la sabiduría, y les había llenado de inteligencia, el fuego divino descendió después sobre ellos. Los encontró completamente purificados, derramó en abundancia los dones de las gracias, y los abrasó en un amor totalmente espiritual. El amor que ardía en ellos era tan fuerte como la muerte, y no les permitía cerrar las puertas ni las bocas por miedo a los judíos.
          Para prepararnos a recibir esta gracia en la medida de nuestra pequeñez, procuremos, hermanos, humillarnos en todo y vaciar nuestro corazón de los míseros y caducos consuelos. Y ante la proximidad de este día tan solemne, perseveremos unidos en la oración; con todo fervor y confianza, para que el Espíritu se digne visitarnos, consolarnos y confirmarnos. Que ese Espíritu suave, dulce y fuerte fortalezca nuestra debilidad, suavice nuestras asperezas y  unifique los corazones. Es una misma cosa con el Padre y el Hijo, pero es distinto de ellos: los tres son una realidad y esa única realidad son tres. Así lo confiesa fielmente la Iglesia católica, adoptada por el Padre, desposada por el Hijo y confirmada por el Espíritu Santo. En ellos hay una misma substancia y una misma gloria por los siglos de los siglos. Amén.
RESUMEN
La ascensión de Cristo y su doble naturaleza divina y humana. Dificultades de la vida terrena. Si hemos resucitado en Cristo sigamos sus pasos. También nosotros debemos ascender. Sufrimiento que causa la oposición entre entendimiento y afecto. No podemos alegar desconocimiento. Las diferentes formas de vivir en las comunidades religiosas. Es necesario ascender de verdad y olvidar lo terreno. Elías y Enoc fueron precursores de la ascensión del Señor. La ayuda de Cristo nos lleva hacia la luz. Relación de los discípulos con Cristo. Necesidad de su ida para que llegue el Espíritu Santo. Imposibilidad de armonizar la luz con las tinieblas. Pensar en el más allá nos hace olvidar la tibieza de la vida temporal. Cristo nos dotó de entendimiento. El Espíritu Santo nos dota del verdadero afecto.