EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA
Recuperar los Sermones de San Bernardo de Claraval para facilitar su conocimiento y divulgación. Acompañar cada sermón con una fotografía, que lo amenice, y un resumen que haga más fácil la lectura. Intentar que, al final de esta aventura intelectual, tengamos un sermón para cada día del año. Un total de 365 sermones. Evidentemente, cualquier comentario será bienvenido y publicado, salvo que su contenido sea ofensivo o esté fuera del tema.
sábado, 2 de enero de 2021
LAS DOS ASUNCIONES
viernes, 1 de enero de 2021
DOS PELIGROS QUE AMENAZAN A LOS QUE AYUNAN
RESUMEN
Cuando ayunemos debemos pensar que la intención del mismo sea honesta y, en segundo lugar, comportarnos con dulzura y no ásperamente.
LOS SIETE PANES Y LAS ALMAS DE LOS SANTOS
SERMÓN CUARTO SOBRE LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS
El Hijo se mostrará, según su promesa, no como un siervo, sino como Dios. Y nos mostrará también al Padre y al Espíritu Santo, sin cuya visión quedaríamos defraudados, porque la vida eterna consiste en conocer al Padre, como Dios verdadero, a Jesucristo su enviado, y en uno y otro al Espíritu de ambos. Pasará delante de nosotros y nos obsequiará con las nuevas y hasta entonces totalmente desconocidas delicias de su contemplación inmediata. Con razón dice San Juan: Ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ve lo que vamos a ser. Y añade: Sabemos que cuando se manifieste seremos como él, porque lo veremos como es. Escucha también cómo se desahoga la esposa en el Cantar, cuando se ve ya colocada sobre el altar por la esperanza; el esposo tiene la mano izquierda sobre mi cabeza, y con la derecha me abraza. El alma santa ha trascendido la encarnación y humanidad de Cristo, simbolizadas en la mano izquierda, y contempla extasiada su divinidad y majestad, significada con gran acierto en su derecha.
3. Hermanos, en aquella eterna e incomparable felicidad Dios será nuestro gozo bajo tres aspectos: le veremos en todas las criaturas, lo poseeremos en nosotros mismos. Pero sobre todo -y esto será fuente de una dicha y felicidad infinitas conoceremos a la Trinidad en sí misma y contemplaremos directamente su gloria sin enigmas, con la mirada pura de nuestro corazón. Eso será la vida eterna y perfecta: conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; ver a Dios tal como él es. No como se hace presente en nosotros o en las demás criaturas, sino tal como es en sí mismo. Esas dos primeras formas que dijimos están, en cierto modo, yuxtapuestas, como el trigo y su corteza; pero este otro conocimiento es la plenitud de la felicidad, la médula del trigo, la sustancia del grano, lo que sacia a la Jerusalén celestial.
Tan inmensa es esa felicidad que deslumbra nuestra mirada. El ojo nunca vio, ni el oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado qué cúmulo de luz, intimidad y regocijo nos tiene reservados ese conocimiento. Es la paz de Dios que supera toda comprensión. ¡Cuánto más nuestro pobre entender! Mientras no lo experimentemos mejor será no intentar explicarlo. Bástenos aquella palabra del Señor: Os verterán una medida completa, colmada, remecida, rebosante. Completa, porque gozaremos de todas las criaturas; colmada, para nuestro hombre interior, remecida, para nuestro hombre exterior; y rebosante de Dios. Es el colmo de la felicidad, la gloria incalculable, la dicha desbordante.
4. Cómo le veremos en las criaturas y cómo estará en nosotros lo podemos conjeturar, al menos en parte, por las primicias que hemos recibido del Espíritu. Pero el conocimiento de Dios nos es totalmente misterioso. Es algo tan excelso y trascendente que nos desborda por completo. Podemos comprender, en cierto modo, cómo se manifestará en las criaturas, puesto que ya actualmente se deja ver en ellas. Los mismos filósofos, en frase del Apóstol, percibieron lo invisible de Dios reflexionando sobre sus obras.
Sin embargo, por más que uno avance en su reflexión, y considere cuán infinito es el poder, la sabiduría y la majestad eterna del que ha creado todos los seres, los gobierna y los dirige, en realidad apenas ha comenzado a comprender. Pero como dije en el sermón precedente, llegará el momento en que acompañaremos al Cordero donde quiera que vaya, y le encontraremos en todas las criaturas, y ellas nos inundarán de gozo, del gozo del Señor. Disfrutemos, pues, de todo; pero por él. Él también es su propio gozo en todo.
5. Con esto ya podemos concebir de algún modo cómo lo tendremos en nosotros mismos. Sabemos que en el alma existen tres elementos distintos. Los maestros nos enseñan que el alma es racional, irascible y concupiscible. La naturaleza y la experiencia de cada día nos confirman estas tres facultades. A nuestro ser racional pertenecen la ciencia y la ignorancia, según nos ejercitemos o no en él; el concupiscible se manifiesta en el deseo o en el desprecio; el irascible en la alegría o en la ira.
Dios llenará nuestro ser racional con la luz de la sabiduría, le dará el conocimiento universal. Dará plenitud a nuestra facultad concupiscible con la fuente de la justicia, y hará que la deseemos necesariamente y nos saciemos de ella. Ninguna otra cosa puede colmar su deseo; sólo la justicia puede hacerla feliz. Cuando Dios llene nuestro ser concupiscible con la justicia, el alma desechará lo que debe desecharse, y deseará lo que debe apetecerse; y su deseo se dirigirá sobre todo a lo que sea más digno de apetecerse. Por eso aplicamos la justicia a nuestra facultad concupiscible, porque por ella somos considerados justos o injustos.
Y cuando Dios llene nuestra facultad irascible, tendremos la perfecta tranquilidad, y la paz divina nos inundará de gozo y alegría.
Estas tres cosas constituyen, pues, la felicidad total del alma. La justicia no permite a la ciencia engreírse, ni la alegría le consiente entristecerse. Quedará sin sentido aquel viejo proverbio: A más ciencia más sufrimiento. La ciencia hará discreta a la justicia y la alegría la convertirá en agradable. Y la alegría se enriquecerá con la prudencia de la ciencia y la integridad de la justicia.
6. Mas hasta ahora nuestro hombre exterior no ha participado de nada. Si queremos que la gloria habite en nuestra tierra y, como dice otro Profeta, que el orbe entero se llene de la majestad del Señor, busquémosle cuatro cosas en conformidad con los cuatro elementos que lo integran. Y no te extrañe que tenga más necesidades el que es más pobre. Recordemos aquel verso del salmo: Mi alma está sedienta de ti, y mi carne tiene ansia de ti.
Reciba, pues, nuestra tierra la inmortalidad para que no tema convertirse nuevamente en polvo. Nuestro cuerpo resucitará y nunca volverá a ser víctima de la muerte, ¿Pero de qué le serviría vivir siempre, si está oprimido por las miserias y achaques del sufrimiento que ataca sin cesar al cuerpo mortal y le hace morir continuamente? Para ello se le da el agua de la más absoluta impasibilidad. Porque suele decirse que los malos humores engendran enfermedades. Además de esto, nuestro cuerpo desea la ligereza, ya que el aire es uno de sus elementos. Pues bien, creemos que los santos tendrán tanta ligereza y agilidad en su cuerpo que serán capaces de seguir en todo, si quieren, sin demora ni dificultad, la misma velocidad de nuestro pensamiento.
¿Le falta algo al cuerpo para ser completamente feliz? La belleza. Pues tampoco le faltará, como plenitud de ese otro elemento suyo que es el fuego. Nosotros, en efecto, como el Apóstol, aguardamos un Salvador que transformará la bajeza de nuestro cuerpo, reproduciendo en él el esplendor del suyo. No dejará de cumplirse la promesa: los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.
Resumiendo: Dios llenará nuestras almas con una sabiduría, justicia y alegría perfectas. Y su majestad colmará toda la tierra, porque nuestro cuerpo será incorruptible, impasible, ágil e idéntico a su cuerpo glorioso. Aquí tienes los siete panes con que el Salvador sació a cuatro mil personas. Nosotros nos alimentamos ahora con esos panes y rumiamos en gozosa meditación esa inefable esperanza. Ya llegará el momento en que nuestro manjar no será la esperanza, sino la realidad y su cumplimiento. Y cada pan se convertirá en una espuerta de panes.
El alma es racional, irascible y concupiscible. La racionalidad se manifiesta en la ciencia o en la ignorancia. La concupiscencia en el deseo o en el desprecio. La irascibilidad en la alegría o en la ira. Dios nos otorgará la sabiduría, la justicia y la alegría; lo hará de tal modo que se potencien entre sí y el mayor conocimiento no conlleve sufrimiento.
De nada serviría vivir eternamente, soportando las mismas aflicciones y sufrimientos.
Podemos imaginar siete grandes panes que son nuestra esperanza en la resurrección: la sabiduría, la justicia, la alegría, un cuerpo incorruptible, impasible, ágil e idéntico al cuerpo glorioso de Dios.
SIETE ESCALONES PARA SUBIR
jueves, 31 de diciembre de 2020
LOS SIETE DONES DEL ESPÍRITU SANTO EN LUCHA CONTRA LOS SIETE PECADOS
1. La Sabiduría vence al mal, cuando Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, aplasta a Satanás. Actúa con firmeza de un confín a otro del mundo: expulsa del cielo a los orgullosos, derrota en el mundo al malvado y expolia en el infierno a los avaros. Y todo lo dispone con suavidad: confirma en el cielo a los ángeles fieles, rescata en el mundo a los esclavos del pecado, y en el infierno libera a los condenados.
Contra esta concupiscencia del mal lucha la Fortaleza; la única libertad posible tiene que venir de una mano vigorosa. Que ese hombre se imponga ayunos, castigue su cuerpo y le obligue a servir, si no quiere que de la estirpe de la culebra salga el basilisco, es decir, qe la concupiscencia degenere en costumbre. ¡Ojalá pudiéramos todos nosotros ignorar cómo nuestra misérrima y miresable debilidad humana va hacia lo iícito, arrastrada únicamente por la costumbre, aunque no concurran los halagos de la concupiscencia ni el impulso de los deseos! Es que quien comete el pecado es esclavo del pecado y del diablo; y le sigue a todas las perversidades a que le incita, pues es un auténtico prisionero y esclavo de su voluntad.
4. Esta costumbre es una terrible y pesada cadena, mucho más fácil de soltar que que romper. Podemos aplicarle aquel refrán popular: más vale maña que fuerza. Así como la fuerza cede ante la fuerza y el juego de los instintos se apaga con el ardor del espíritu, así debes burlar las astucias del maligno a base de sagacidad y oponer el Consejo a la costumbre. Porque si acudes a la violencia y esperaras dominar la costumbre castigando tu cuerpo, es de temer que todo ese esfuerzo resulte fatal; se agotará antes tu naturaleza que la inveterada concupiscencia. Tanto más cuanto que la costumbre es una segunda naturaleza.
Por eso necesitamos el consejo, sea el que nos viene del Ángel del gran consejo o de otro hombre espititual que conozca las intrigas de Satanás y los remedios espirituales. Debemos alejarnos de la ocasión y huir de la oportunidad de pecar. Hemos leído, hermanos, que uno fue atacado violentamente en el desierto por el espíritu de la fornicación, y le curó un anciano con una maravillosa estratagema. Llamó en secreto a otro primero y después viniera a quejarse a él como si hubiese sido el injuriado. El otro quedó tan angustiado y confuso que que se olvidó al instante de la tentación anterior, y cuando se le preguntó por ella respondió admirado: ¡Ah Padre!, no ¿ no me dejan vivir y voy a pensar en fornicar?"
5. Pero es posible que, en vez de conseguir la victoria, asegurar el triunfo y merecer la corona, la costumbre engendre el desprecio. En ese caso se entrega libre y desesperadamente al pecado, da rienda suelta a la concupiscencia y se lanza impetuosa al precipicio, como dice la Escritura: El pecador, al llegar al abismo del mal, desprecia. A este desprecio debe atacarle el espíritu de Inteligencia, que ilumina las tinieblas del corazón e infunde la luz de la misericordia divina y de su infinita compasión. A la inteligencia le están reservados los planes y secretos divinos, ante los cuales la razón humana se siente incapaz y a la fe le resulta muy difícil comprender. Citemos un ejemplo: Donde proliferó el pecado sobreabundó la gracia.
6. Mas si el desprecio persiste, se le unirá la maldad. Ansioso de cualquier consuelo este pobre desgraciado que es incapaz de cualquier bien, se alegra sólo en el mal, se regocija haciendo el mal y se goza en el horror. Sólo existe un remedio para esto: que la Sabiduría luche contra la malicia, y la ataque a cara descubierta y con su invencible energía. ¿Cómo liberar al que está cautivo en Babilonia, sino colmándolo previamente de regalos divinos, para que un clavo saque el otro clavo, y el gozo e la unción espiritual expulse la dulzura pestilente de los vicios?
7. La invicta sabiduría actúa con firmeza de un confín a otro; arranca los vicios uno tras otro y planta la virtud correspondiente. Expulsa la negligencia para llenar el alma con el espíritu del Temor, despide la curiosidad para dar paso a la piedad, aleja la experiencia del mal y se presenta la ciencia. La fortaleza, por su parte, subyuga la concupiscencia, el consejo mutila la costumbre, el vigoroso entendimiento conjura el desprecio y cuando desaparece la malicia reina la sabiduría.
Esta pobre alma se hallaba adormecida en una fatal negligencia, excitada por una pésima curiosidad, atraída por la experiencia, enredada por la costumbre, encarcelada por el desprecio y decapitada por la malicia. Pero con el triunfo de la sabiduría, el temor la despierta, la piedad la endulza suavemente, la ciencia le añade el dolor indicándole qué ha hecho; la fortaleza hace su obra propia, levantándola; el consejo la desata, el entendimiento la saca de la cárcel; y la sabiduría le prepara la mesa, sacia su hambre y la repara con sabrosos alimentos.
1. Adormecida en la negligencia
2. Excitada por una pésima curiosidad
3. Atraída por la experiencia
4. Enredada por la costumbre.
5. Encarcelada por el desprecio
6. Decapitada por la malicia
El TRIUNFO DE LA SABIDURÍA permite:
1. Que el temor la despierte.
2. Aparezca la piedad
3. La ciencia le haga conocer el dolor.
4. Actúe la fortaleza
5. El consejo prevalezca.
6. El entendimiento nos dé libertad
7. La reparación de nuestro espíritu.
LAS PROPIEDADES DE LOS DIENTES
LA CARNE, LA PIEL Y LOS HUESOS SIMBÓLICOS DEL ALMA
2. Carísimos míos, evitemos los pensamientos inútiles, para que el rostro de nuestra alma se conserve siempre hermoso. Olvidemos lo que queda atrás, nuestro pueblo y la casa paterna, y el rey se prendará de nuestra belleza. salgamos de nuestro país, para librarnos de los pensamientos que engendran deleites carnales. Abandonemos la familia, formada por los pensamientos curiosos que conviven con los sentidos corporales y son parientes del placer carnal. Dejemos asimismo la casa paterna, para evadirnos de los pensamientos de orgullo y vanidad. También nosotros fuimos hijos de ira, como los demás. Nuestro padre fue el diablo, rey de todos los soberbios, que ha instalado su trono y su triste morada en los montes de la arrogancia. Si nos asaltan alguna vez a la mente estos pensamientos, esforcémonos con toda presteza en lavar y rapar la mancha que han dejado en nosotros, y digamos con el Profeta: Rocíame con el hiposo y quedaré limpio. Lávame y quedaré más blanco que la nieve.
Mas si por nuestro descuido y negligencia, este pensamiento inútil influye en los afectos del corazón, ya no se trata de una mancha sino de una epidemia. Pidamos rápidamente la ayuda del Espíritu, que acude en auxilio de nuestra debilidad; corramos a él y gritémosle aquella súplica del salmo: Señor, ten misericordia; sáname, porque he pecado contra ti. Estas tentaciones son muy humanas, y nos es imposible evitarlas mientras vivamos en este cuerpo y estemos desterrados del Señor. Pero nos conviene estar atentos y vigilantes; no son mortales, pero sí peligrosas.
3. En cambio, hermanos, la intención y el propósito de nuestro espíritu lo debemos defender con el mismo empeño con que protegemos la vida de nuestra alma. Porque si pecamos consciente y deliberadamente, es un delito mortal y nos condena nuestra propia conciencia. No digo esto para que desespere el que, tal vez, tenga conciencia de una falta así; sino para que el precipicio le horrorice y si ha caído se levante rápidamente. Sepa éste que se halla muy desviado de la santidad. Y el que tiene los huesos fracturados y machacados, sepa que está desgajado del cuerpo de Cristo, del cual dice la Escritura: No le quebraréis ni un solo hueso.
En la pasión marchitaron su piel y la amorataron con azotes, para curarnos a nosotros con sus cardenales. También rasgaron su carne con clavos y una lanza abrió su pecho, para redimirnos con su sangre. Pero no le quebraron ni un solo hueso. Por eso dice David: No te olvidaste de mis huesos, y me los pusiste muy ocultos. Y en otro salmo añade: Mis huesos están resecos como leña. Ocurre esto cuando el alma parece haber perdido totalmente el gusto de hacer el bien y le ueda únicamente la fortaleza de una árida intención. Creo que Job pasaba esta misma prueba cuando decía: Consumidas mis carnes, tengo los huesos pegados a mi piel. Es decir, tengo corrompidos mis afectos y sólo tengo el vigor del espíritu para dominar los pensamiento.
Al final sólo nos quedarán los huesos que preservan nuestra intención, son nuestra reserva espiritual. Si pecamos conscientemente, estamos quebrándolos.
SOBRE EL MODO DE LIMPIAR, ADORNAR Y AMUEBLAR LA CASA
jueves, 17 de diciembre de 2020
LA MADERA, EL HENO Y LA PAJA
Hermanos, en ninguna parte hay seguridad: ni en el cielo, ni en el paraíso, y mucho menos en el mundo. El ángel cayó en el cielo arrojado de la presencia de Dios; Adán abandonó en el paraíso el jardín de las delicias; y Judas, en este mundo, fue excluido de la escuela del Salvador. Digo esto para que nadie alardee de vivir en este lugar, del que se dice: "este lugar es santo". Pues no es el lugar el que santifica a los hombres, sino los hombres el lugar.
En consecuencia, estas personas deben tener el humo en el espíritu, es decir, arrepentirse de ser tibios, indolentes e inconstantes y de que contribuyen a perturbar y arruinar la Orden. Por otra parte deben tener luz en la boca, o sea, manifestarse y llorar en la confesión tal y como se ven en su conciencia. Que la conciencia aguijonee la lengua, y ésta condene a la conciencia. Y es también necesario que sientan el ardor en su cuerpo, esto es, el tormento de la penitencia; no excesivamente, pero sí algo. ¿Crees que va a rechazar a los que así se arrepienten de corazón, se confiesan oralmente y sufren en su cuerpo, el que desea que todos se salven y que nadie se pierda?
Hay también otros que edifican sobre este cimiento con plata, oro y piedras preciosas. Comienzan con ardor, continúan con más ardor y acaban abrasador de ardor; no se fijan en las posibilidades de la carne, sino en los deseos del espíritu.
miércoles, 9 de diciembre de 2020
LOS PECES PUROS. EN EL NACIMIENTO DE SAN ANDRÉS
Me refiero a esa tierra sagrada a la que está tan fuertemente amarrado con las raíces de los clavos. Si no fuera el árbol más hermoso y fecundo de todos, jamás se le hubiera plantado en aquel huerto, ni dentro de aquel viñedo. A mí no me extraña que la cruz produzca dulzura, pues eso mismo brotó también del fuego. Si la llama se dulcifica, es normal que la cruz sea sabrosa. ¿A qué le sabía a Lorenzo el fuego cuando se reía de los verdugos y se burlaba del juez?
¿Cuál es nuestra actitud? ¿Por qué no nos deleitamos en las tribulaciones padecidas por Cristo y nos saben a exquisito maná? El diablo quedaría entonces completamente derrotado y ya no podría reclamarnos nada. Bastaría esto para compensar la doble malicia del enemigo.
3. Porque ese malvado tiene sus redes y dardos. Es un astuto cazador de hombres, que está sediento de la sangre de las almas. A unos les echa con habilidad los dardos de cualquier sugerencia, y de ese modo hiere a los que tienen poca paciencia. A otros les echa la red del placer, y atrapa a toda esa gente que se arrastra por la tierra o revolotea a ras de ella.
Pero si nos gozamos en la tribulación el enemigo se queda totalmente desarmado y desconcertado. Nos hemos liberado de la red del cazador y de la ponzoña de sus consejos. El enemigo será incapaz de vencerle, sugiriéndole placeres carnales, a quien se complace en la cruz de Cristo. Y el malvado no le hará daño alguno cuando intente inquietar su espíritu con sentimientos de amargura.
El que sabe alimentarse con ayunos no sueña en banquetes, y menos aún murmurará de lo que es su mejor manjar. Se refugia en el Altísimo, y allí no llegan las redes ni los dardos del enemigo. Es un pez puro, con escamas y aletas. Y si es inútil tender una red a los animales alados, se pierde el tiempo arrojando saetas a las escamas de las corazas. La Ley establece que son peces puros los que se mueven con aletas y están cubiertos de escamas, sean de mar, de río o de estanque.
Sí, este mar inmenso y dilatado tiene muchos peces puros, diagnos de la mesa del Señor. De los que viven inmersos en la vida y costumbres del mundo se ha reservado muchos millares. La red apostólica los coge en sus mallas y cuando vuelve al puerto los separa de los malos. Allí estará, sin duda alguna, este gran pescador de hombres que arrastra tras de sí a la Acaya entera.
También el río cría peces puros: son los administradores honrados. El río simboliza a todo ese conjunto de predicadores que no permanecen fijos en un lugar, sino que se mueven en todas direcciones para regar todos los campos. Y existen también muchos peces puros en los estanques: los que sirven a Dios en el claustro, en espíritu y virtud. Está muy bien comparar los monasterios con los estanques, pues sus moradores son unos peces encarcelados que no pueden corretear libremente y están siempre disponibles para el banquete espiritual. Tienen esta obsesión: "¿Cuándo vendrán por mí? Cada día de mi servicio, espero que llegue mi traslado.
4. Según la Ley son puros todos los peces que tienen escamas y aletas, sean de mar, río o estanque. Aunque tienen muchas escamas, todas forman una sola coraza; es decir, la virtud de la paciencia es siempre la misma, aunque se manifieste de distinta manera en cada tribulación. Y si las escamas simbolizan la paciencia, creo que las aletas nos hacen pensar en la alegría del espíritu. Porque la alegría eleva y sostiene: el hombre alegre parece que está dando saltos. Ahora bien, si buscamos dos alas, necesitamos una doble alegría. Y en este sentido nos dice el Apóstol, cuyas alas eran capaces de cruzar el cielo y llegar hasta el paraíso, que estemos orgullosos con la esperanza de las tribulaciones.
¡Qué alto vuela quien se deleita en la esperanza de los bienes futuros y se recrea y gloria en la prueba de los males presentes! Esto es lo que encontramos, admiramos y pregonamos en este santo Apóstol.
5. Aquí podemos distinguir tres grados distintos: los que comienzan, los que adelantan y los perfectos. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor; en medio está la esperanza; y la caridad es la cumbre. Lo dice el Apóstol: La plenitud de la Ley es el amor. El que comienza a caminar, apoyado en el temor, soporta con paciencia la cruz de Cristo. El que avanza, en alas de la esperanza, la lleva con gusto. Y el que vive del amor, abraza apasionado. Este es el único que puede decir: "Estoy enamorado de ti y ardo en deseos de abrazarte".
¡Qué inmensa distancia entre esta exclamación y la del que soporta la cruz pero prefiere no haber llegado a ese trance! Y si permitís mi atrevimiento, también está muy por encima de aquella otra súplica: ¡Padre, si es posible pase de mí este cáliz! Pocos días antes paseó sentado sobre un asno para dar en rostro a sus enemigos. Y ahora percibo que el capitán de la guerra encarna en sí el temor de los cobardes; en el médico siento los gemidos del enfermo y veo que la gallina es tan frágil como los polluelos. Considero su amor, admiro su misericordia y me estremece su compasión. El Señor misericordioso no quiso asumir esa actitud de fortaleza de San Andrés, porque los sanos no necesitan médico sino los enfermos. Y si alguno se escandaliza ante semejante condescendencia, merece aquella otra respuesta ¿Ves tú con malos ojos que yo sea generoso? A éste el aroma de vida le causa la muerte.
6. ¿Hubiera llamado la atención, Señor Jesús, si al acercarse tu hora te hubieras mostrado intrépido, dando libremente tu vida sin que nadie fuera capaz de quitártela? ¿No fue más glorioso, ya que todo lo hacías para nuestro bien, que soportaras por nosotros el tormento corporal y la agonía del corazón? De ese modo tu muerte sería nuestra vida, tu debilidad nuestra fortaleza, tu tristeza nuestro gozo, tu repugnancia nuestro entusiasmo, tu angustia nuestra paz y tu abandono nuestro consuelo.
En el momento de resucitar a Lázaro se estremeció en su espíritu y se alteró. En ese momento se estremeció voluntariamente, no por coacción natural. Ahora, en cambio, oigo otra cosa muy distinta. Tanto le dominó el amor que es tan fuerte como la muerte, que tuvo que confortar a Cristo un ángel de Dios. ¿Quién a quién? A aquel que en su nacimiento se le abrió de par en par el seno cerrado de la Virgen; al que con un simple gesto convirtió el agua en vino; al que tocó la lepra y la disipó; al que el mar sostuvo sereno sobre sus aguas a cuya palabra resucitan los muertos. Para decirlo brevemente, al que sostiene el universo con la fuerza de su palabra, al qui hizo todo y por el cual todo subsiste, incluso los mismos ángeles. ¿Que más puedo decir de él? No me admiraría tanto si no fuera completamente inefable. Ni el mismo que le anima era capaz de comprender su majestad.
7. ¿A quién consolabas, ángel de Dios? ¿Ignorabas, acaso, quién era aquel a quien venías a consolar? Es el auténtico consolador, el verdadero abogado. Porque si él no fuera abogado no hubiera dicho que el Padre enviaría otro abogado. Yo estoy convencido que es el abogado supremo, porque está muy cerca de los atribulados. Ahora ya no desespero, Señor, aunque me parezca que sufro una pena terrible, aunque me vea tan débil y desee que pase de mí este cáliz. No desespero, no; añado lo mismo que él: No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
Él me ha enseñado también a no buscar consuelos humanos y caducos, sino angélicos, espirituales y celestes. Prometo no volver a quejarme, porque eso me separaría de ti, si no me arrepiento al instante. Acepto la prueba, aunque sé que también necesito el consuelo. ¿Qué has podido desear? Si reconozco mi voz en la del Salvador, tengo asegurada mi salvación. A base de paciencia conseguiré la vida.
8. Pero quiero progresar, si me es posible, y no contentarme con alcanzar la salvación. Afirma el Sabio que quien teme al Señor hará el bien. Esto no me basta, pues añade en otro lugar la Escritura: Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y corre tras ella. Es decir, no te contentes con la salvación; busca la paz y asegurarás mejor la salvación. Cuando nació el que es nuestra paz, el ángel cantaba jubiloso: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Una voluntad buena es una voluntad ordenada. Y esto consiste en actuar conforme a la razón. Ésta nos dice que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros. Si llegas a saborear esto, llevarás gustosamente la cruz de Cristo y dirás: Estoy dispuesto y decidido a cumplir tus mandatos.
9. Mas si quieres ser perfecto, te falta todavía una cosa, ¿Quieres saber cuál? El gozo que da el Espíritu Santo. Quien actúa movido por el temor es paciente; y a quien le alienta la esperanza quiere practicar el bien. Pero si no tiene un espíritu fervoroso puede desfallecer con facilidad. El amor que infunde el Espíritu Santo es paciente y afable y, sobre todo, no falla nunca.
Si observas atentamente el primer mandato dado a nuestros padres, verás que Eva fue paciente y Adán bondadoso. Si cayeron fue porque ninguno de los dos tenía una sólida estabilidad. Oigamos: La mujer cayó en la cuenta de que el árbol era una delicia de ver y tentaba el apetito. Ya casi no puede contener la mano. Le pregunta la serpiente y su respuesta manifiesta que ese mandato le resulta enojoso. "Podemos comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol de conocer el bien y el mal nos dijo que no comiéramos". No dice: "Esta es la voluntad del Creador; él sabe por qué. A nosotros nos basta obedecer, porque nuestra vida depende de su voluntad.
¡Qué fácilmente creyó la mujer en las promesas y aceptó sus falacias! El varón no fue seducido, pero le ofuscó el amor de la mujer. Hubiera observado con fidelidad ese mandato, cuya utilidad conocía, pero la mujer le persuadió a hacer lo contrario. Él no tenía dificultad en cumplir el precepto, pero a esa voluntad buena le faltaba la fortaleza porque carecía de fervor.
10. Tan fuerte como la muerte es el amor, no la paciencia ni la esperanza. No le igualan el temor ni la razón, sino el espíritu de fortaleza. La paciencia, estimulada por el amor, dice: "Conviene obrar así". La voluntad buena, atraída por la esperanza, añade: "Así conviene y así lo haré". Y la caridad, inflada por el espíritu, no se contenta con "así conviene" sino: "Lo quiero, lo anhelo y lo deseo ardientemente". Observad la altura, seguridad y suavidad del amor. ¡Dichosa el alma que ha llegado a este nivel del amor!
No desesperemos nosotros, pues si celebramos la memoria del que lo consiguió, es para invocar su auxilio y estimularnos con su ejemplo. Me atrevo incluso a añadir que algunos de entre nosotros se halla en este estado. Por otra parte, a los que se reconocen tan débiles que no pueden seguir el ejemplo de un apóstol como San Andrés, yo les replico que al menos les sonroje no imitar a sus propios hermanos. Los héroes no se improvisan. Peldaño a peldaño se llega a la cumbre de una escalera. Subamos, pues, nosotros con los dos pies de la meditación y de la oración. La meditación nos dice qué nos hace falta y la oración nos lo alcanza. Aquélla nos muestra el camino, ésta nos guía de la mano. La meditación nos hace ver los peligros, y con la oración los superamos, por gracia de nuestro Señor Jesucristo.
RESUMEN: la cruz como escudo y como árbol de la vida, en la que cualquier ofensa no es diferente a las que sufrió nuestro Salvador. Defendidos porque no se puede sufrir más ni se puede renunciar más a uno mismo. La cruz se convierte en nuestra más deseada defensa.
El que se refugia en la cruz es un pez puro, inmune a cualquier ataque. Unos están en el mar, entre el gentío, otros están en el río (simbolizando a los predicadores que van de un sitio a otro) y un tercer grupo son los que están en los estanques, sinónimo de monasterios.
Las aletas simbolizan la paciencia. Las aletas la alegría del espíritu. Debemos recrearnos en la prueba y en los males presentes.
Aquí podemos distinguir tres grados distintos: los que comienzan, los que adelantan y los perfectos. El comienzo de la sabiruría es el temor del Señor; el que comienza a caminar, apoyado en el temor, soporta con paciencia la cruz de Cristo. El que avanza, en alas de la esperanza, la lleva con gusto. Estos últimos, sanos como están, no necesitan médico pues eso es para los enfermos.
Era necesario el sufrimiento de Cristo en la cruz para ejemplo y santificación de todos.
Cristo es el verdadero abogado porque está muy cerca de los atribulados.
No basta con el temor a Dios sino que también tenemos que amar y practicar la paz.
También necesitamos la paciencia y fortaleza que nos otorga el Espíritu Santo.
Todavía por encima de todo lo anterior está la caridad y el amor. No se llega a ellas espontáneamente sino subiendo peldaño a peldaño. La meditación nos señala el objetivo. La oración es el camino que nos ayuda a recorrerlo.
viernes, 9 de octubre de 2020
SOBRE ESTAS PALABRAS DEL APÓSTOL: "EL REINO DE DIOS NO ES LA COMIDA O LA BEBIDA, SINO LA JUSTICIA, LA PAZ Y EL GOZO EN EL ESPÍRITU SANTO"
1. ¿Por qué abandonamos el camino los que corremos al gozo? Existe, sí, el gozo del reino de Dios, pero eso no es lo primero que percibimos. El gozo del reino de Dios no es un placer carnal, ni el que nos ofrece el mundo, ni la alegría que acaba en tristeza; todo lo contrario, es la tristeza convertida en alegría. En una palabra: no es el gozo de los que disfrutan haciendo el mal y se alegran de la perversión: es el gozo en el Espíritu Santo.
¿Y de dónde procede? De la justicia y de la paz. Son como los alvéolos de la miel: la materia sólida donde depositar tranquilamente el suave y fluido licor. Ya llegará el día en que gustemos la miel pura, y nuestro gozo será total y puro: no sólo gozaremos en el Espíritu, sino también de ese mismo Espíritu. Nuestro gozo será tan plenamente espiritual que ya no brotará de motivos corporales, ni de las obras de misericordia, ni de las lágrimas de la penitencia, ni de practicar la justicia o la paciencia: el único motivo será la presencia del Espíritu, a quien los mismos ángeles ansían contemplar.
Mientras tanto, la sal de la sabiduría me condimenta todo, y me atrevo a decir que ella es mi alimento. Sí, ahora, antes de comer suspiro, y ni siquiera entonces logro tragar mi saliva. Es sabio quien percibe el sabor de cada cosa. Pero quien llega a saborear a la misma sabiduría, además de sabio es dichoso. En esto consiste ver a Dios tal cual es; éste es el río impetuoso que alegra la ciudad de Dios, el torrente de delicias, la abundancia que embriaga.
2. Mas ahora, Señor, no tienen vino. Sí, ahora no hay vino para estas bodas: falta el vino del placer carnal y de los regalos mundanos. Ese vino que es ponzoña de monstruos y veneno mortal de víboras. Hermanos, ojalá nos falte siempre este vino, porque no es bueno. El buen vino no lo cría la viña de la impureza, sino la cuba de la purificación. El buen vino no se hace con las uvas de Gomorra, sino con el agua de Judea. Has guardado el buen vino hasta ahora, dice el maestresala. El vino exquisito lo tiene todavía guardado; y no se hará con agua, sino exprimiendo aquel gran racimo de la tierra de promisión, que cuelga de una vara en este entretiempo en que conocemos a Cristo encarnado y crucificado.
¿No le faltaba el vino al que exclama: Mi alma rehúsa el consuelo? Parece, sin embargo, que probó el vino hecho del agua, pues añadió: Me acordé de Dios y me alegré. ¿Qué sentirá con la presencia el que ya se alegra con el recuerdo? También los apóstoles probaron el agua convertida en vino cuando salieron del Consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús. El agua convertida en vino, ¿no es el hecho de gozarse en el ultraje? Entonces se cumplía la promesa que les había hecho la Verdad: Vuestra tristeza se convertirá en gozo. Es decir, vuestra agua se tornará vino.
¿Te asombra el agua convertida en vino? También se torna en pan si no has olvidado comer aquel pan tuyo del que puedes leer: Nos darás a comer el pan de lágrimas y como bebida lágrimas a tragos. La cantidad está bien explícita: Había seis tinajas de piedra, para la purificación de los judíos. Si eres un auténtico judío, no según la carne, sino según el espíritu, servirás seis años y al séptimo quedarás libre. Las seis tinajas de la purificación son los seis días que trabajas: Con seis tribulaciones alcanzarás la libertad y en la séptima no sufrirás ningún mal. Te darán la libertad y beberás vino de ellas cuando, en frase del Apóstol, te sientas orgulloso en la esperanza y en las tribulaciones.
3. Este es el doble gozo que hallas ahora en el Espíritu Santo: el recuerdo de los bienes futuros y la capacidad de soportar los males presentes. Aquí no hay mezcla de gusto carnal, ni de placer mundano, ni de vanidad. Todo es espíritu de verdad y sabiduría celeste, cuya dulzura saborearemos ya en ambos. Gozaos siempre en el Señor, dice el Apóstol, os lo repito: gozaos. Y añade el motivo de este doble gozo: Que vuestra modestia la conozca todo el mundo; el Señor está cerca. ¿Qué otra cosa es la modestia, sino mansedumbre y paciencia? Gocémonos, pues, por lo que esperamos, ya que el Señor está cerca. Y alegrémonos también por lo que toleramos, para que nuestra modestia irradie por doquier. Porque la dificultad produce entereza; la entereza, calidad; la calidad, esperanza; y la esperanza no defrauda.
4. Ahora bien, para que el espíritu sea capaz de experimentar esta doble alegría espiritual, se requieren dos condiciones en la práctica de la justicia y otras dos en la conservación de la paz.
Así nos lo recuerda continuamente la Escritura santa. La práctica de la justicia consiste en estos dos preceptos: No hagas a otro lo que a ti no te agrada, como dice la carta que los Apóstoles enviaron a los gentiles y como lo afirmó el Señor mismo a los Apóstoles: Todo lo que queremos que hagan los demás por nosotros, hagámoslo por ellos.
Sin embargo, todos fallamos muchas veces y es imposible evitarlo en este tiempo y en este mundo lleno de escándalos. Todavía no han venido los ángeles que suprimirán todos los escándalos del reino de Dios, no estamos ya en esa dichosa ciudad en cuyas fronteras reina la paz de Dios. Por esto es imposible, aquí y ahora, mantener la paz entre nosotros, a monos que quien ofende a su prójimo en algo evite el orgullo temerario, y el ofendido rehuya una inflexible contumacia.
5. Así pues, hermanos míos, precuremos ser humildes para satisfacer a los que tienen alguna queja contra nosotros, y prontos para perdonar a quienes nos han ofendido. De esta doble actitud depende la paz mutua entre nosotros y la posibilidad de alcanzar el perdón divino. Dios no acepta la ofrenda de quien antes no se ha reconciliado con su hermano, e incluso reclama con todo rigor la deuda perdonada al que no perdona a su compañero.
Si permanecen ya en nosotros estas tres cosas: la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo, no por ello estemos seguros de que el reino de Dios está ya en nosotros. Sigamos realizando escrupulosamente nuestra salvación, conscientes de que llevamos todavía este inmenso tesoro en vasijas de barro.
RESUMEN
La tristeza puede convertirse en alegría y transformarse en el verdadero vino del espíritu. La justicia y la paz son como los alvéolos que contienen la miel. Algún día probaremos la misma miel contenida en su interior. Los ultrajes recibidos a causa de la justicia también suponen una conversión del agua en vino. Son seis tinajas. Tras seis días a la semana, de trabajo y tribulaciones, descansaremos en el séptimo día. Nuestro objetivo no es el vino como placer sensual. Nuestro bienestar espiritual debe basarse en la esperanza de los bienes futuros y en la capacidad para soportar las adversidades. Para ello debemos practicar la justicia y conservar la paz. Así es como se produce esta transmutación.










