EL OBJETIVO DE ESTA PÁGINA

Recuperar los Sermones de San Bernardo de Claraval para facilitar su conocimiento y divulgación. Acompañar cada sermón con una fotografía, que lo amenice, y un resumen que haga más fácil la lectura. Intentar que, al final de esta aventura intelectual, tengamos un sermón para cada día del año. Un total de 365 sermones. Evidentemente, cualquier comentario será bienvenido y publicado, salvo que su contenido sea ofensivo o esté fuera del tema.

viernes, 22 de agosto de 2014

OCTAVA DE LA ASUNCIÓN


SOBRE LAS  DOCE PRERROGATIVAS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, SEGÚN LAS PALABRAS DEL APOCALIPSIS: «UN PORTENTO GRANDE APARECIÓ EN EL CIELO: UNA MUJER ESTABA CUBIERTA CON EL SOL Y LA LUNA A SUS PIES Y EN SU CABEZA TENÍA UNA CORONA DE DOCE ESTRELLAS»
1. Muchísimo daño, amadísimos, nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer se restaura todo. Y no sin grande aumento de gracias. Porque no fué el don como había sido el delito, sino que excede a la estimación del daño la grandeza del beneficio. Así, el prudentísimo y clementísinio Artífice no quebrantó lo que estaba hendido, sino que lo rehizo más útilmente por todos modos, es a saber, formando un nuevo Adán del viejo y transfundiendo a Eva en María. Y, ciertamente, podía bastar Cristo, pues aun ahora toda nuestra suficiencia es de El, pero no era bueno para nosotros que estuviese el hombre solo. Mucho más conveniente era que asistiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no habiendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni el otro. Fiel y poderoso mediador de Dios y de los hombres es el hombre Cristo Jesús, pero respetan en él los hombres una divina majestad. Parece estar la humanidad absorbida en la divinidad, no porque se haya mudado la substancia, sino porque sus afectos están divinizados. No se canta de El sola la misericordia, sino que también se le canta igualmente la justicia, porque aunque aprendió, por lo que padeció, la compasión, y vino a ser misericordioso, con todo eso tiene la potestad de juez al mismo tiempo. En fin, nuestro Dios es un fuego que consume. ¿Qué mucho tema el pecador llegarse a El, no sea que, al modo que se derrite la cera a la presencia del fuego, así perezca él a la presencia de Dios?
2. Así, pues, ya no parecerá estar de más la mujer bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramente el papel que desempeña en la obra de nuestra reconciliación, porque necesitamos un mediador cerca de este Mediador y nadie puede desempeñar tan provechosamente este oficio como María. ¡Mediadora demasiado cruel fué Eva, por quien la serpiente antigua infundió en el varón mismo el pestífero veneno! ¡Pero fiel es Maria, que propinó el antídoto de la salud a los varones y a las mujeres! Aquélla fué instrumento de la seducción, ésta de la propiciación; aquélla sugirió la prevaricación, ésta introdujo la redención. ¿Qué recela llegar a María la fragilidad humana? Nada hay en ella austero, nada terrible; todo es suave, ofreciendo a todos leche y lana. Revuelve con cuidado toda la serie de la evangélica historia, y si acaso algo de dureza o de reprensión desabrida, si aun la señal de alguna indignación, aunque leve, se encuentre en María, tenla en adelante por sospechosa y recela el llegarte a ella. Pero si más bien (como es así en la verdad) encuentras las cosas que pertenecen a ella llenas de piedad y de misericordia, llenas de mansedumbre y de gracia, da las gracias a aquel Señor que con una benignísima misericordia proveyó para ti tal mediadora que nada puede haber en ella que infunda temor. Ella se hizo toda para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gracia, el ángel alegría; en fin, toda la Trinídad gloria, y la misma persona del Hijo recibe de ella la substancia de la carne humana, a fin de que no haya quien se esconda de su calor.
3. ¿No juzgas, pues, que esta misma es aquella mujer vestida del sol? Porque, aunque la misma serie de la visión profética demuestre que se debe entender de la presente Iglesia, esto mismo seguramente parece que se puede atribuir sin inconvenente a María. Sin duda ella es la que se vistió como de otro sol. Porque, así como aquél nace indiferentemente sobre los buenos y los malos, así también esta Señora no examina los méritos antecedentes, sino que se presenta inexorable para todos, para todos clementísima, y se apiada de las necesidades de todos con un amplísimo afecto. Todo defecto está debajo de ella y supera todo lo que hay en nosotros la fragilidad y corrupción, con una sublimidad excelentísima en que excede y sobrepasa las demás criaturas, de modo que con razón se dice que la luna está debajo de sus pies. De otra suerte, no parecería que decíamos una cosa muy grande si dijéramos que esta luna estaba debajo de los pies de quien es ¡lícito dudar que fue ensalzada sobre todos los coros de los ángeles, sobre los querubines también y los serafines. Suele designarse en la una no sólo el defecto de la corrupción, sino la necedad del entendimiento y algunas veces la Iglesia del tiempo presente; aquello, ciertamente, por su mutabilidad, la Iglesia por el esplendor que recibe de otra parte. Mas una y otra luna (por decirlo así) congruentísimamente están debajo de los pies de María, pero de diferente modo, puesto que el necio se muda como la luna y el sabio permanece como el sol. En el sol, el calor y el esplendor son estables, mientras que en la luna hay solamente el esplendor, y aun éste es mudable e incierto, pues nunca permanece en el mismo estado. Con razón, pues, se nos representa a María vestida del sol, por cuanto penetró el abismo profundísimo de la divina sabiduría más allá de lo que se pueda creer, de suerte que, en cuanto lo permite la condición de simple criatura, sin llegar a la unión personal, parece estar sumergida totalmente en aquella inaccesible luz, en aquel fuego que purificó los labios del profeta Isaías, y en el cual se abrasan los serafines. Así que de muy diferente modo mereció María no sólo ser rozada ligeramerte por el sol divino, sino más bien ser cubierta con él por todas partes, ser bañada alrededor y COMO encerrada en el mismo fuego. Candidísimo es, a la verdad, pero y también calidísimo el vestido de esta mujer, de quien todas las cosas se ven tan excelentemente iluminadas, que no es lícito sospechar en ella nada, no digo tenebroso, pero ni oscuro en algún modo siquiera o menos lúcido, ni tampoco algo que sea tibio o no lleno de fervor.
4. Igualmente, toda necedad está muy debajo de sus pies, para que por todos modos no se cuente María en el número de las mujeres necias ni en el coro de las vírgenes fatuas. Antes bien, aquel único necio y príncipe de toda la necedad que, mudado verdaderamente como la luna, perdió la sabiduría en su hermosura, conculcado y quebrantado bajo los pies de María, padece una miserable esclavitud. Sin duda, ella es aquella mujer prometida otro tiempo por Dios para quebrantar la cabeza de la serpiente antigua con el pie de la virtud, a cuyo calcaño puso asechanzas en muchos ardides de su astucia, pero en vano, puesto que ella sola quebrantó toda la herética perversidad. Uno decía que no había concebido a Cristo de la substancia de su carne; otro silbaba que no había dado a luz al niño, sino que le había hallado; otro blasfemaba que, a lo menos, después del parto, había sido conocida de varón; otro, no sufriendo que la llamasen Madre de Dios, reprendía impiísimamente aquel nombre grande, Theocotos, que significa la que díó a luz a Dios. Pero fueron quebrantados los que ponían asechanzas, fueron conculcados los engañadores, fueron confutados los usurpadores y la llaman bienaventurada todas las generaciones. Finalmente, luego que dió a luz, puso asechanzas el dragón por medio de Herodes, para apoderarse del Hijo que nacía y devorarle, porque había enemistades entre la generación de la mujer y la del dragón.
5. Mas ya, si parece que más bien se debe entender la Iglesia en el nombre de luna, por cuanto no resplandece de suyo, sino que aquel Señor que dice: Sin mí nada podéis hacer, tendremos entonces evidentemente expresada aquí aquella mediadora de quien poco ha os he hablado. Apareció una mujer, dice San Juan, vestida del sol, y la luna debajo de sus pies . Abracemos las plantas de María, hermanos míos, y postrémonos con devotísimas súplicas a aquellos pies bienaventurados. Retengámosla y no la dejemos partir hasta que nos bendiga, porque es poderosa. Ciertamente, el vellocino colocado entre el rocío y la era, y la mujer entre el sol y la luna, nos muestran a María, colocada entre Cristo y la Iglesia. Pero acaso no os admira tanto el vellocino saturado de rocío como la mujer vestida del sol, porque si bien es grande la conexión entre la mujer y el sol con que está vestida, todavía resulta más sorprendente la adherencia que hay entre ambos. Porque ¿cómo en medio de aquel ardor tan vehemente pudo subsistir una naturaleza tan frágil? Justamente te admiras, Moisés santo, y deseas ver más de cerca esa estupenda maravilla; mas para conseguirlo debes quitarte el calzado y despojarte enteramente de toda clase de pensamientos carnales. Iré a ver, dice, esta gran maravilla . Gran maravilla, ciertamente, una zarza ardiendo sin quemarse, gran portento una mujer que queda ilesa estando cubierta con el sol. No es de la naturaleza de la zarza el que esté cubierta por todas partes de llamas y permanezca con todo eso sin quemarse; no es poder de mujer el sostener un sol que la cubre. No es de virtud humana, pero ni de la angélica seguramente. Es necesaria otra más sublime. El Espíritu Santo, dice, sobrevendrá en ti. Y como si respondiese ella: Dios es espíritu y nuestro Dios es un fuego que consume. La virtud, dice, no la mía, no la tuya, sino la del Altísimo, te hará sombra. No es maravilla, pues, que debajo de tal sombra sostenga también una mujer vestido tal.
6. Una mujer, dice, cubierta con el sol. Sin duda cubierta de luz como de un vestido. No lo percibe acaso el carnal: sin duda es cosa espiritual, necedad le parece. No parecía así al Apóstol, quien decía: Vestíos del Señor Jesucristo. ¡Cuán familiar de El fuiste hecha, Señora! ¡Cuán próxima, más bien, cuán íntima mereciste ser hecha! ¡ Cuánta gracia hallaste en Dios !En ti está y tú en El; a El le vistes y eres vestida por El. Le vistes con la substancia de la carne y El te viste con la gloria de la majestad suya. Vistes al sol de una nube y eres vestida tú misma de un sol. Porque una cosa nueva hizo Dios sobre la tierra, y fué que una mujer rodease a un varón, que no es otro que Cristo, de quien se dice: He ahí un varón; Oriente es su nombre; una cosa nueva hizo también en el cielo, y fué que apareciese una mujer cubierta con el sol. Finalmente, ella le coronó y mereció también ser coronada por El. Salid, hijas de Sión, y ved al rey Salomón con la diadema con que le coronó su Madre. Pero esto es para otro tiempo. Entre tanto, entrad, más bien, y ved a la reina en la diadema con que la coronó su Hijo.
7. En su cabeza, dice, tenía una corona de doce estrellas. Digna, sin duda, de ser coronada con estrellas aquella cuya cabeza, brillando mucho más lucidamente que ellas, más bien las adornará que será por ellas adornada. ¿Qué mucho que coronen los astros a quien viste el sol? Como en los días de primavera, dice, la rodeaban las flores de los rosales y las azucenas de los valles. Sin duda la mano izquierda del Esposo está puesta bajo de su cabeza y ya su diestra la abraza. ¿Quién apreciará estas piedras? ¿Quién dará nombre a estas estrellas con que está fabricada la diadema real de María? Sobre la capacidad del hombre es dar idea de esta corona y explicar su composición. Con todo eso, nosotros, según nuestra cortedad, absteniéndonos del peligroso examen de los secretos, podremos acaso sin inconveniente entender en estas doce estrellas doce prerrogativas de gracias con que María singularmente está adornada. Porque se encuentran en María prerrogativas del cielo, prerrogativas del cuerpo y prerrogativas del corazón; y si este ternario se multiplica por cuatro, tenernos quizá las doce estrellas con que la real diadema de María resplandece sobre todos. Para mí brilla un singular resplandor, primero, en la generación de María; segundo, en la salutación del ángel; tercero, en la venida del Espíritu Santo sobre ella; cuarto, en la indecible concepción del Hijo de Dios. Así, en estas mismas cosas también resplandece un soberano honor, por haber sido ella la primiceria de la virginidad , por haber sido fecunda sin corrupción, por haber estado encinta sin opresión, por haber dado a luz sin dolor. No menos también con un especial resplandor brillan en María la mansedumbre del pudor, la devoción de la humildad, de magnanimidad de la fe, el martirio del corazón. Cuidado vuestro será mirar con mayor diligencia cada una de estas cosas. Nosotros habremos satisfecho, al parecer, si podemos indicarlas brevemente.
8. ¿Qué es, pues, lo que brilla, comparable con las estrellas, en la generación de María? Sin duda el ser nacida de reyes, el ser de sangre de Abraharn., el ser de la generosa prosapia de David. Si esto parece poco, añade que se sabe fue concedida por el cielo a aquella generación por el privilegio singular de santidad, que mucho antes fue prometida por Dios a estos mismos Padres, que fue prefigurada con misteriosos prodigios, que fue preanunciada con oráculos proféticos. Porque a esta misma señalaba anticipadamente la vara sacerdotal cuando floreció sin raíz, a ésta el vellocino de Gedeón cuándo en medio de la era seca se humedeció, a ésta la puerta oriental en la visión de Ezequiel, la cual para ninguno estuvo patente jamás. Esta era, en fin, la que Isaías, más claramente que todos, ya la prometía como vara que había de nacer de la raíz de Jesé, ya, más manifíestamente, como virgen que había de dar a luz. Con razón se escribe que este prodigio grande había aparecido en el cielo, pues se sabe haber sido prometido tanto antes por el cielo. El Señor dice: El mismo os dará un prodigio. Ved que concebirá una virgen. Grande prodigio dio, a la verdad, porque también es grande el que le dio. ¿En qué vista no reverbera con la mayor vehemencia el brillo resplandeciente de esta prerrogativa? Ya, en haber sido saludada por el ángel tan reverente y obsequiosamente, que podía parecer que la miraba ya ensalzada con el solio real sobre todos los órdenes de los escuadrones celestiales y que casi iba a adorar a una mujer el que solía hasta entonces ser adorado gustosamente por los hombres, se nos recomienda el excelentísimo mérito de nuestra Virgen y su gracia singular.
9. No menos resplandece aquel nuevo modo de concepción, por el cual, no en la iniquidad, como las demás mujeres, sino sobreviniendo el Espíritu Santo, solo María concibió  la santificación. Pero el haber engendrado ella al verdadero Dios y verdadero Hijo de Dios, para que uno mismo fuese Hijo de Dios y de los hombres y uno absolutamente, Dios y hombre, naciese de María, abismo es de luz; ni diré fácilmente que aun la vista del ángel no se ofusque a la vehemencia de este resplandor. En lo demás, evidentemente, se ilustra la virginidad por la novedad del mismo propósito de la virginidad por la novedad del mismo propósito, puesto que, elevándose en la libertad de espíritu sobre los decretos de la ley de Moisés, ofreció a Dios con voto la inmaculada santidad de cuerpo y de espíritu juntamente. Prueba la inviolable firmeza de su propósito el haber respondido tan firmemente al ángel que la prometía un hijo: ¿Cómo se hará esto, porque yo no conozco varón? Acaso por eso se turbó en sus palabras y pensaba qué salutación sería ésta, porque había oído que la llamaban bendita entre las mujeres la que siempre deseaba ser bendita entre las vírgenes. Y desde aquel punto, ciertamente, pensaba qué salutación sería ésta, porque ya parecía ser sospechosa. Mas luego que en la promesa de un hijo aparecía el peligro manifiesto de la virginidad, ya no pudo disimular más ni dejar de decir: ¿Cómo se hará esto, porque yo no conozco varón? Por tanto, con razón mereció aquella bendición y no perdió ésta, para que así sea mucha más gloriosa la virginidad por la fecundidad y la fecundidad por la virginidad y parezcan ilustrarse mutuamente estos dos astros con sus rayos. Pues el ser virgen cosa grande es, pero ser virgen madre, por todos modos es mucho más. Con razón también sola ella no sintió aquel molestísimo tedio con que todas las mujeres embarazadas son afligidas, pues ella sola concibió sin libidinoso deleite. Por lo cual, en el mismo principio de la concepción, cuando principalmente son afligidas miserablemente las demás mujeres, María con toda presteza sube a las montañas para asistir a Isabel. Subió también a Belén, estando ya cercano el parto, llevando aquel preciosísimo depósito, llevando aquel peso dulce, llevando a quien la llevaba. Así también, en el mismo parto, de cuánto esplendor es el haber dado a luz con un gozo nuevo la nueva prole, siendo sola ella entre las mujeres ajena de la común maldición y del dolor de las que dan a luz. Si el precio de las cosas se ha de juzgar por lo raro de ellas, nada se puede hallar más raro que éstas. Puesto que en todas ellas ni se vio tener primera semejante ni segunda. De todo esto, si fielmente lo miramos, sin duda concebiremos admiración; pero también veneración, devoción y consolación.
10. Mas lo que todavía resta considerar pide imitación. No es para nosotros el ser antes del nacimiento prometidos prodigiosamente de tantos y tan varios modos ni el ser preanunciados desde el cielo, ni tampoco el ser honrados por el arcángel Gabriel con los obsequios de tan nueva salutación. Mucho menos nos comunican las otras dos cosas a nosotros; ciertamente su secreto es para sí. Porque sola ella es de quien se dice: Lo que en ella ha nacido es del Espíritu Santo. Sola ella es a quien se dice: Lo santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios . Sean ofrecidas al Rey las vírgenes, pero después de ella, porque ella sola reserva para sí la primacía. Mucho más, ella sola concibió al hijo sin corrupción, le llevó sin opresión, le dió a luz sin dolor. Así, nada de esto se exige de nosotros, pero, ciertamente, se exige algo. Porque por ventura, si también nos falta a nosotros la mansedumbre del pudor, la humildad del corazón, la magnanimidad de la fe, la compasión del ánimo, ¿excusará nuestra negligencia la singularidad de estos dones? Agraciada piedra en la diadema, estrella resplandeciente en la cabeza es el rubor en el semblante del hombre vergonzoso. ¿Piensa acaso alguno que careció de esta gracia la que fue llena de gracias? Vergonzosa fue María. Del Evangelio lo probamos. Porque ¿en dónde se ve que fuese alguna vez locuaz, en dónde se ve que fuese presuntuosa? Solicitando hablar al hijo se estaba afuera, ni con la autoridad que tenía de madre interrumpió el sermón o se entró por la habitación en que el hijo estaba hablando. En toda la serie, finalmente, de los cuatro Evangelios (si bien me acuerdo) no se oye hablar a María sino cuatro veces. La primera al ángel, pero cuando ya una y dos veces la había él hablado; la segunda a Isabel, cuando la voz de su salutación hizo saltar de gozo a Juan en el vientre; y, alabando ,entonces Isabel a María, cuidó ella más bien de alabar al Señor; la tercera al Hijo, cuando era ya de doce años, porque ella misma y su padre le habían buscado llenos de dolor; la cuarta, en las bodas, al Hijo y a los ministros. Y estas palabras, sin duda, fueron índice ciertísimo de su congénita mansedumbre y vergüenza virginal. Puesto que, reputando suyo el empacho de otros, no pudo sufrir, no pudo disimular que les faltase vino. A la verdad, luego que fue increpada por el Hijo, como mansa y humilde de corazón, no respondió, mas ni con todo eso desesperó, avisando a los ministros que hiciesen lo que El les dijese.
11. Y después de haber nacido Jesús en la cueva de Belén, ¿acaso no leemos que vinieron los pastores y encontraron la primera de todos a María? Hallaron, dice el evangelista, a María y a José, y al infante puesto en el pesebre. También los Magos, si hacemos memoria, no, sin María su Madre encontraron al Niño, y cuando ella introdujo en el templo del Señor al Señor del templo, muchas cosas ciertamente oyó a Simeón, así relativas a Jesús como a sí misma, pero, como siempre, mostrose tarda en hablar y solícita en escuchar. María conservaba todas estas palabras, ponderándolas en su corazón; y en todas estas circunstancias no profieren sus labios una sola palabra acerca del sublime misterio de la encarnación del Señor. ¡Ay de nosotros, que parece tenemos el espíritu en las narices! ¡Ay de nosotros, que echamos afuera todo nuestro espíritu, y que, según aquello del cómico, llenos de hendiduras nos derramamos por todas partes! ¡Cuántas veces oyó María a su Hijo, no sólo hablando a las turbas en parábolas, sino descubriendo aparte a sus discípulos el misterio del reino de Dios! ¡Viole haciendo prodigios, viole pendiente de la cruz, viole expirando, viole cuando resucitó, viole, en fin, ascendiendo a los cielos! Y en todas estas circunstancias, ¿cuántas veces se menciona haber sido oída la voz de esta pudorosísima Virgen, cuántas el arrullo de esta castísima y mansísima tórtola? Ultimamente leemos en los Actos de los Apóstoles que los discípulos, volviendo del monte Olivete, perseveraban unánimemente en la oración. ¿Quiénes? Hallándose presente allí María, parece obvio que debía ser nombrada la primera, puesto que era superior a todos, así por la prerrogativa de su divina maternidad como por el privilegio de su santidad. Pedro y Andrés, dice, Santiago y Juan, y los demás que se siguen. Todos los cuales perseveraban juntos en oración con las mujeres, y con María, la madre de Jesús. Pues ¿qué?, ¿se portaba acaso María como la última de las mujeres, para que se la pusiese en el postrer lugar? Cuando los discípulos, sobre los cuales aún no había bajado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado, suscitaron entre sí la contienda acerca de la primacía en el reino de Cristo, obraron guiados por miras humanas; todo al revés lo hizo María, pues siendo la mayor de todos y en todo, se humilló en todo y más que todos. Con razón, pues, fue constituida la primera de todos, la que siendo en realidad la más excelsa escogía para sí el último lugar. Con razón fue hecha Señora de todos la que se portaba como sierva de todos. Con razón, en fin, fue ensalzada sobre todos los coros de los ángeles la que con inefable mansedumbre se abatía a sí misma debajo de las viudas y penitentes, y aun debajo de aquella de quien habían sido lanzados siete demonios. Os ruego, hijos amados, que imitéis esta virtud; si amáis a María, si anheláis agradarla, imitad su modestia. NADA DICE TAN BIEN AL HOMBRE, nada es tan conveniente al cristiano y nada es tan decente al monje en especial.
12. Y sin duda que bastante claramente se deja ver en la Virgen, por esta misma mansedumbre, la virtud de la humildad con la mayor brillantez. Verdaderamente, compañeras son la mansedumbre y la humildad, confederadas más íntimamente en aquel Señor que decía: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque así como la altivez es madre de la presunción así la verdadera mansedumbre no procede sino de la verdadera humildad. Mas ni sólo en el silencio de María se recomienda su humildad, sitio que resuena todavía más elocuentemente en sus palabras. Había oído: Lo santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios, y no responde otra cosa sino que es la sierva de El. De aquí llega la visita a Isabel, y al punto se le revela a ésta por el espíritu la singular gloria de la Virgen. Finalmente, admiraba la persona de quien venía, diciendo: ¿De dónde a mí esto, que venga a mi casa la madre de mi Señor? Ensalzaba también la voz de quien la saludaba, añadiendo: Luego que sonó la voz de tu salutación en mis oídos saltó de gozo el infante en mi vientre. Y alababa la fe de quien había creído diciendo: Bienaventurada tú que has creído, porque en tí serán cumplidas las cosas que por el Señor se te han dicho. Grandes elogios, sin duda, pero también su devota humildad, no queriendo retener nada para sí, más bien lo atribuye todo a aquel Señor cuyos beneficios se alababan en ella. Tú, dice, engrandeces a la Madre del Señor, pero mi alma engrandece al Señor. Dices que a mi voz saltó de gozo el párvulo, pero mí espíritu se llenó de gozo en Dios, que es mi salud, y éI mismo también, como amigo del Esposo, se llena de gozo a la voz del Esposo. Bienaventurada me llamas porque he creído, pero la causa de mi fe y de mi dicha es haberme mirado la piedad suprema, a fin de que por eso me llamen bienaventurada las naciones todas, porque se dignó Dios mirar a esta su sierva pequeña y humilde.
13. Sin embargo, ¿creéis acaso, hermanos, que Santa Isabel errase en lo que, iluminada por el Espíritu Santo, hablaba? De ningún modo. Bienaventurada ciertamente era aquella a quien miró Dios, y bienaventurada la que creyó, porque su fe fue el fruto sublime que produjo en ella la vista de Dios. Pues por un inefable artificio del Espíritu Santo, a tanta humildad se juntó tanta magnanimidad en lo íntimo del corazón virginal de María, para que (como dijimos antes de la integridad y fecundidad) se volvieran igualmente estas dos estrellas más claras por la mutua correspondencia, porque ni su profunda humildad disminuyó su magnanimidad ni su excelsa magnanimidad amenguó su humildad, sino que, siendo en su estimación tan humilde, era no menos magnánima en la creencia de la promesa, de suerte que aunque no se reputaba a sí misma otra cosa que una pequeña sierva, de ningún modo dudaba que había sido escogida para este incomprensible misterio, para este comercio admirable, para este sacramento inescrutable, y creía firmemente que había de ser luego verdadera madre del que es Dios y hombre. Tales son los efectos que en los corazones de los escogidos causa la excelencia de la divina gracia, de forma que ni la humildad los hace pusilánimes ni la magnanimidad arrogantes, sino que estas dos virtudes más bien se ayudan mutuamente, para que no sólo ninguna altivez se introduzca por la magnanimidad, sino que por ella principalmente crezca la humildad; con esto se vuelven ellos mucho más timoratos y agradecidos al dador de todas las gracias y al propio tiempo evitan que tenga entrada alguna en su alma la pusilanimidad con ocasión de la humildad, porque cuanto menos suele presumir cada uno de su propia virtud, aún en las cosas mínimas, tanto más en cualesquiera cosas grandes confía en la virtud divina.
14. El martirio de la Virgen ciertamente (que entre las estrellas de su diadema, si os acordáis, nombramos la duodécima) está expresado así en la profecía de Simeón como en la historia de la pasión del Señor. Está puesto éste, dice Simeón al párvulo Jesús, como blanco, al que contradecirán, y a tu misima alma (decía a María) traspasará la espada. Verdaderamente, ¡oh madre bienaventurada!, traspasó tu alma la espada. Ni pudiera ella penetrar el cuerpo de tu hijo sin traspasarla. Y, ciertamente, después que expiró aquel tu Jesús (de todos, sin duda,pero especialmente tuyo) no tocó su alma la lanza cruel que abrió (no perdonándole aun muerto, a quien ya no podía dañar) su costado, pero traspasó seguramente la tuya. Su alma ya no estaba allí, pero la tuya, ciertamente, no se podía de allí arrancar. Tu alma, pues, traspasó la fuerza del dolor, para que no sin razón te prediquemos más que mártir, habiendo sido en ti mayor el afecto de compasión que pudiera ser el sentido de la pasión corporal.
15. ¿Acaso no fue para ti más que espada aquella palabra que traspasaba en la realidad el alma que llegaba hasta la división del alma y del espíritu: Mujer, mira tu, hijo?. iOh trueque! Te entregan a Juan en lugar de Jesús, el siervo en lugar del Señor, el discípulo en lugar del Maestro, el hijo del Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, un hombre puro en lugar del Dios verdadero. ¿Cómo no traspasaría tu afectuosísima alma el oír esto, cuando quiebra nuestros pechos, aunque de piedra, aunque de hierro, solo la memoria de ello? No os admiréis, hermanos, de que sea llamada María mártir en el alma. Admírese el que no se acuerde haber oído a Pablo contar entre los mayores crímenes de los gentiles el haber vivido sin tener afecto. Lejos estuvo esto de las entrañas de María, lejos esté también de sus humildes siervos. Mas acaso dirá alguno: ¿Por ventura no supo anticipadamente que su Hijo había de morir? Sin duda alguna. ¿Por ventura no esperaba que luego había de resucitar? Con la mayor confianza. Y a pesar de esto, ¿se dolió de verle crucificado? Y en gran manera. Por lo demás, ¿quién eres tú, hermano, o qué sabiduría es la tuya, que admiras más a María compaciente que al Hijo de María paciente? El pudo morir en el cuerpo, ¿y María no pudo morir juntamente en el corazón? Realizó aquello una caridad superior a toda otra caridad; también hizo esto una caridad que después de aquélla no tuvo par ni semejante. Y ahora, ¡oh Madre de misericordia!, postrada humildemente a tus pies, como la luna, te ruega la Iglesia con devotísimas súplicas que, pues estás constituída mediadora entre ella y el Sol de justicia, por aquel sincerísimo afecto de tu alma le alcances la gracia de que en tu luz llegue a ver la luz de ese resplandeciente Sol, que te amó verdaderamente más que a todas las demás criaturas y te adornó con las más preciosas galas de la gloria, poniendo en tu cabeza la corona de hermosura. Llena estás de gracia, llena del celestial rocío, sustentada por el amado y rebosando en delicias. Alimenta hoy, Señora, a tus pobres; los mismos cachorrillos también coman de las migajas que caen de la mesa de su Señor; no sólo al criado de Abrahám, sino también a sus camellos dales de beber de tu copiosa cántara de agua, porque tú eres verdaderamente aquella doncella anticipadamente elegida y preparada para desposarse con el Hijo del Altísimo, el cual es sobre todas cosas Dios bendito por los siglos de los siglos.

RESUMEN

En definitiva, la redención del ser humano es más importante, su componente espiritual es más importante que la caída. En esta redención son, igualmente, importantes, la justicia y la misericordia.
 María es el fuego ardiente de la redención. Es la redención que se nos ofrece con lana y miel. Es la intermediaria entre Cristo y su Iglesia. Pero la Iglesia está a sus pies en forma de luna. Asimismo la luna significa que todo esplendor humano nada vale, pues está debajo de María. De nada valen las vírgenes fatuas.  María es el sol y sobre ella resplandecen doce estrellas. Está dotada de doce grandes virtudes que pueden resumirse en que brilla con un singular resplandor, en su propia generación, en la salutación del ángel, en la venida del Espíritu Santo y en la Concepción del Hijo de Dios. Es ejemplo de humildad, pues siendo su papel tan preponderante es nombrada pocas veces en los mismos evangelios.

viernes, 15 de agosto de 2014

SERMÓN SEXTO DE LA ASUNCIÓN




La plenitud de gracia de María implica tres cosas

 Salve, María, llena de gracia. La virginidad por sí sola no manifiesta la plenitud de la gracia. Por otra parte, no todos reciben este don. Dichosos los que no han manchado su ropa y están orgullosos, como nuestra Reina, de su virginidad. Pero, Señora, ¿sólo tienes una bendición? Bendíceme también a mí. Perdí para siempre aquella virtud y ya no puedo aspirar a ella. Me he podrido en mi propio estiércol y soy un auténtico animal. ¿Es que ya no tienes nada para mi? ¿Estoy condenado a vivir alejado de ti, porque no puedo seguirte a donde quiera que vayas? El Ángel busca a la muchacha que el Señor ha destinado para el hijo de su amo. Éste bebe de su cántaro y queda satisfecho de su propiedad natural. ¿Y no abrevas también a los camellos? Bebe el Ángel, porque no conoces varón; pues que beban también los camellos y participen así del triunfo de tu humildad. El Señor se ha fijado en su humilde esclava. La virginidad sin la humildad tiene de qué gloriarse, mas no delante de Dios. El sublime se fija siempre en el humilde y al soberbio lo trata a distancia. Concede gracia a los humildes y se enfrenta con los arrogantes. 
 Veo que tu tinaja no se ha llenado todavía con estas dos medidas. Se le puede añadir una más, y así, además del Ángel y los camellos podrá beber también el maestresala. Este buen vino que hemos guardado hasta ahora lo saca el Ángel para llevárselo al maestresala. Me refiero al Padre, que es el principio de la Trinidad y merece el nombre de maestresala. Así lo dice el Ángel, al ensalzar la fecundidad de María, que viene a ser la tercera medida: El que va a nacer de ti santo, será llamado Hijo de Dios, como si quisiera decir: Tú y él engendráis al mismo Hijo. 
RESUMEN
La pureza no debe ir unida a la soberbia sino a la humildad, de forma que también los seres imperfectos y los muy perfectos puedan gozar de ella. Este maravilloso vino debe ser compartido por todos con la mayor humildad. 

SERMÓN QUINTO DE LA ASUNCIÓN: SOBRE LA MISMA MATERIA

          (Castillo de Safita en Siria, antigua posesión templaria)

 Entró Jesús en un castillo. Lo que nuestro Señor y Salvador se dignó hacer entonces visiblemente, una vez y en un lugar concreto, eso mismo realiza ahora diariamente y de manera invisible en todo el mundo, en el corazón de los elegidos. Acabamos de escuchar el Evangelio: Jesús entró en un castillo y una mujer de nombre Marta lo recibió en su casa. Este castillo es el corazón humano, que antes de venir al Señor está bien guarnecido por el foso de la concupiscencia, y cerrado con el muro de la obstinación; y en su interior se levanta la torre de Babilonia. 
 Hay tres cosas indispensables en toda fortaleza: víveres para alimentarse, trincheras para defenderse y armas para combatir al enemigo. Así les ocurre a los habitantes de este castillo se alimentan del placer corporal y de la vanidad mundana; les protege la dureza de su corazón, de tal modo que apenas o nunca logran hacer brecha las flechas aceradas de la palabra de Dios. Y las armas que se ciñen para atacar al enemigo son las argucias de la sabiduría carnal. Por eso dice la Escritura que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su gente que los que pertenecen a la luz.
 Pero con la venida y visita de Cristo este castillo se desploma, y surge en su lugar otro nuevo, hermoso y espiritual. Se hace realidad aquella afirmación: El que está en Cristo es una nueva creación, pasó lo antiguo. Todo es nuevo. Extirpada la concupiscencia, brota un manantial inmenso de deseos. Ante su presencia el alma anhela lo celestial, con mucho más ardor que antes perseguía lo terreno. Se construye la muralla de la continencia y el baluarte de la paciencia. El cimiento en que se apoya esta obra es la fe, y va subiendo por el amor del prójimo hasta alcanzar el amor de Dios, que está en el plano superior y en las almenas de la muralla. Pues la continencia perfecta consiste en vivir unánimes con el prójimo y unidos por una misma fe; y evitar también el pecado, no por temor al castigo o por aplausos humanos, sino por amor exclusivo de Dios. Por eso el amor de Dios, es decir, el que él nos tiene, está en lo más alto de la muralla, con ello quiere indicar que ayuda en la lucha al que domina sus pasiones y que solamente con su gracia puede resistir las flechas incontables y terribles del enemigo.
 El baluarte de la paciencia tiene esa misma finalidad: hacer imposible al diablo cualquier clase de acceso por donde pueda atacar a la continencia. De este modo los que están protegidos por la paciencia y viven en continencia, pueden afirmar con el Apóstol: ¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Fíjate que sólida es la muralla de los continentes. Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni las potestades, ni otras fuerzas, ni lo presente ni lo futuro, ni el poderío, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
 Pero llamemos a sus puertas, las puertas de la justicia, para que nos abran, y una vez dentro, veamos las grandes obras del Señor, exquisitas en todas sus decisiones. Allí, en la nueva montaña de Sión ha construido él mismo aquella torre evangélica, por la que suben al cielo, desde este valle de lágrimas, los santos que son humildes de corazón. Pero no suben por sí mismo, sino con la ayuda y la gracia de Dios, como lo dice el Espíritu Santo por el profeta David: Dichoso quien encuentra en ti su fuerza, y su corazón está decidido a subir. ¿Quieres saber dónde lo ha decidido? En este valle de lágrimas, es decir, en la humildad de esta vida. Más no olvida la gracia y añade: el legislador dará bendición. A continuación nos indica cuál es la meta de esta subida o a dónde conduce la gracia a los que ascienden: caminan de refugio en refugio hasta ver a Dios en Sión. Esta es la recompensa, el fin y el fruto de nuestro esfuerzo: ver a Dios. ¿Quién no va a preferir esta cosecha tan extraordinaria a todas las realidades visibles e invisibles? ¿Hay un pecho tan yerto que no se inflame con su deseo? Esta es la gracia que nos ofrece Juan Evangelista: De su plenitud todos nosotros recibimos gracia por gracia.
 Estas palabras nos indican que recibimos de Dios tres gracias distintas: la de la conversión, la que nos ayuda con la tentación y la que nos recompensa tras la prueba. Con la primera nos llama y comenzamos a caminar, con la segunda avanzamos y somos justificados, la tercera da la plenitud y la glorificación. La primera es el beneplácito, la segunda el mérito y la tercera el premio. Sobre la primera se dice que nosotros participamos de su plenitud. Y lo que sigue: gracia por gracia, se refiere a las otras dos, es decir, la recompensa de la gloria eterna está en relación con el mérito del esfuerzo en esta vida. Convenimos, pues, en que la gracia primera consiste en el muro de la continencia a que somos llamados. La segunda en escalar la torre que vamos subiendo; y la tercera, en la cumbre a donde llegamos. Cuando llegan aquí a esta cumbre, los que avanzan bien se convierten en morada y albergue para el Señor. De ellos dice la Escritura: Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor. En ella están las sedes. 
 Mientras estaban en el muro de la continencia y en el campo de batalla podían ser atacados, y entonces Dios era conocido en Judá como el que ayuda. Pero cuando alanzan la posición desde la que pueden contemplar al Señor, su nombre es grande en Israel; su tienda está en la paz, su morada en Sión. Allí quebró las ráfagas del arco, el escudo, la espada y la guerra. Porque allí la carne ya no se rebela, sino que está sumisa al espíritu. Este es el lugar que deseaba ardientemente el Profeta cuando exclamaba: No daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, ni descanso a mis ideas, hasta que encuentre un lugar para el Señor. Aquí ansiaba volar el que gritaba: ¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme!
 Tal vez alguien se interese por los habitantes de este castillo y quiera saber qué toman como alimento, cómo se protegen y qué armas usan en el combate. La respuesta más prudente parece ser ésta: lo mismo que los carnales se alimentaban con las obras de la carne, con mayor razón éstos se sustentan con los frutos del espíritu. Su manjar es, sin duda alguna, cumplir la voluntad del Padre omnipotente. Su comida es la palabra de Dios, alimento de todos los santos, sean ángeles u hombres. Así lo dice la Escritura: No de sólo pan vive el hombre, sino también de todo lo que procede de la boca de Dios. Su protección es -ya lo hemos dicho-el muro de la continencia y el baluarte de la paciencia. Las armas que esgrimen contra el enemigo las enumera el Apóstol: la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el casco de la salvación y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. 
 Nadie se extrañe de que la Palabra sea a la vez alimento y espada, ni lo crea imposible o absurdo. En el plano material cada cosa es distinta y tiene su propia finalidad. En el espiritual, en cambio, las realidades no son distintas ni tienen diversa finalidad, sino que todo lo encontramos en Dios, y Dios es todo en todo. ¿Se parecen en algo un pan y una piedra? Y si lo tomamos en sentido místico, ambas cosas significan lo mismo. A cristo se le llama pan y piedra: es el pan vivo, y la piedra rechazada por los constructores. Es una y otra cosa en sentido simbólico, no por su esencia. 
 Pero volvamos al tema. cuando entra Jesús al castillo lo reciben las dos hermanas, Marta y María, es decir, las facultades de hacer y de conocer. ¿Lo reciben o son recibidas por él? Sea lo que fuere, las beneficiadas son ellas, no Jesús. Porque Jesús, al venir a verlas, les regala a cada una lo más apropiado: fuerza y sabiduría; fuerza para obrar y sabiduría para conocer. Por eso el Apóstol predica la fuerza y la sabiduría de Dios.
 Pero ¿por qué es Marta la que recibe a Jesús al llegar y se afana en atenderle, y María, en cambio, se sienta a sus pies y se extasía con sus palabras? Porque la acción precede a la contemplación. Quien aspira a la sabiduría debe practicar antes con tesón las buenas obras. Así lo recomienda la Escritura: Hijo mío, si deseas la sabiduría, guarda la justicia y el Señor te la otorgará. Con tus decretos alcanzo inteligencia. Han purificado sus corazones con la fe. ¿Con qué fe? Con la fe que se traduce en amor. Marta, en su actividad, se muestra mu competente. Y María, cuando está sentada y en silencio, y no responde a los requerimientos, encarna la contemplación. Concentra toda su atención en la palabra de Dios; apura hasta la médula la gracia de conocer a Dios, lo único que le apasiona; desdeña todo lo demás y es insensible a las cosas exteriores, porque se siente gozosamente arrebatada a contemplar, dentro de sí misma, la dicha del Señor. He aquí aquella que susurra en el Cantar: Yo duermo, pero mi corazón está despierto.
 De dos maneras acoge Marta al Señor, y doble es el banquete que le prepara, porque también lo había rechazado antes de dos formas distintas. Las obras, efectivamente, que nos alejan de Dios son dos: la infamia y el delito. cometemos la infamia al pecar con nosotros, y el delito si va contra el prójimo. Y dos son, asimismo, las obras que nos lo devuelven: la continencia y la benevolencia. De este modo cada veneno tiene su contraveneno. Por eso está escrito: Igual que antes cedisteis vuestro cuerpo como esclavo a la inmoralidad y al desorden, para el desorden total, cededlo ahora a la honradez, para nuestra consagración.
 Marta se entrega y afana en preparar estos manjares; y quiere que María, esto es, su entendimiento y todas sus facultades interiores colaboren en esta tarea y les ayuden a perfecionarla. Y se queja de que su hermana no le ayude; mas no se queja a ella, sino que dirige su demanda al Señor: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me eche una mano. Aquí observamos dos cosas: una especie de acusación y una muestra de honor para con el Señor. Al estar él presente, Marta no se atrevió a dirigirse a María, sino que le confió a él su queja, y trató directamente con el Señor a quien competía mandar cualquier cosa a su hermana. 
 No nos extrañe, pues, si alguno de los que trabajan y realizan una buena labor murmura del hermano que esté desocupado: el Evangelio nos dice que Marta lo hizo de María. Lo que nunca vemos es que María murmurara de Marta, por querer compartir su actividad. Sería incapaz de hacer bien ambas cosas: cumplir los servicios materiales y entregarse a los deseos internos de la sabiduría. Recordemos lo que dice de la sabiduría la Escritura: El que se libera de negocios se hará sabio. María se sienta, permanece inmutable, y no quiere interrumpir la paz del silencio para no perder el gozo sabroso de la contemplación. Además, interiormente el mismo Señor le está diciendo: Reposad y reconoced que yo soy Dios.
 Consideremos ahora los tres obstáculos que impiden la contemplación. El ojo de nuestra alma es la inteligencia. Lo mismo que con el ojo corporal vemos la luz y los objetos corpóreos, con el entendimiento percibimos a Dios, luz ilimitada y sin contornos, y todas sus realidades invisibles. Pero existe una diferencia entre el ojo interno y el externo: al externo se le aplica desde fuera la luz corporal para que vea; al interno, en cambio, se le infunde en el interior la luz del Creador, para que pueda discernir. Pero uno y otro tienen tres obstáculos a su capacidad de ver. Comenzaremos explicando lo que se refiere al ojo externo y visible, para que, pasando de lo visible a lo invisible, el argumento sea más fácil de comprender. 
 Puede ocurrir, pues, que ese ojo esté sano y normal, pero si no hay luz externa, no ve nada. Y al contrario si tiene luz, pero está irritado por una hemorragia u otro líquido, tampoco distingue los objetos. Otras veces suele suceder que está sano y hay luz, pero se le introduce una motita e impide su vivacidad. Así, pues, los tres obstáculos del ojo son: las tinieblas, cualquier clase de secreción o una mota que se le adhiere. Estos mismos son los que impiden la visión del ojo interior, aunque tienen otros nombres: lo que en uno llamamos tinieblas, en el otro lo calificamos como pecado. Lo s pecados afluyen a la memoria como a una letrina, y de ahí surgen los distintos humores. Y aquella mota de polvo, aquí es la preocupación de los negocios terrenos. He aquí las tres cosas que oscurecen el ojo de la inteligencia y le impiden contemplar la luz verdadera: las tinieblas de los pecados, el recuerdo de los mismos y la inquietud por los asuntos de la vida. 
 El Profeta se lamentaba de padecer la primera de estas dolencias, con estas palabras: Me abandonan las fuerzas y me falta hasta la luz de los ojos. Si estamos privados de la luz de la santidad, nos envuelven las tinieblas de nuestros pecados. También sentía las consecuencias del segundo mal y decía: Me retuerzo por el dolor que me produce la espina, es decir, el recuerdo de los pecados. Y de las preocupaciones dice así: en vez de pan como ceniza, la ceniza de la actividad en lugar del pan de la contemplación.
 Así, pues, quien desea fijar el ojo de la mente en la contemplación de Dios, antes debe purificarlo de estos tres obstáculos. Y al intentar hacerlo sepa que existe un remedio particular para cada una de estas enfermedades. Son: la confesión, la oración y el sosiego. María podía evitar de su intención el impedimento tercero: la inquietud de la actividad. Por eso, mientras Marta sirve, ella se sienta tranquilamente. 
 ¿Y qué dice el Señor en favor de María, cuando una se queja y la otra calla? Marta, andas inquieta y nerviosa en muchas cosas. Sí, te afanas en mil quehaceres: los de tu propia continencia y las necesidades ajenas. Para proteger las continencias practicas las vigilias, ayunas, castigas tu cuerpo. Y para ayudar a los otros trabajas sin descanso, con el fin de tener algo para el necesitado. Te afanas en mil cosas, cuando sólo una es necesaria. Si no estás integrada en ti misma al hacer todo eso, no agradarás a Dios que es el Único. Lo dice con toda claridad en otro lugar: no hay quien obre bien, excepto uno. Por eso, cuando se agitaba el agua de la piscina, sanaba uno. Y de aquellos diez leprosos curados, solamente uno se volvió alabando a Dios a voces. El Señor se quejó de los otros y ensalzó su gesto de gratitud con estas palabras: ¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido quien vuelva para agradecérselo a Dios, excepto este extranjero? Pablo, por su parte, añade: todos los corredores cubren la carrera pero uno sólo se lleva el premio. Estas y otras citas de la Sagrada Escritura nos prueban con evidencia que el Señor se refiere a nuestra unidad cuando dice: Sólo una cosa es necesaria. 
 Pero tengamos muy en cuenta que existe la unidad de los santos, tal como lo indicamos con la Escritura, y la de los criminales, que la misma Escritura demuestra y rechaza. Recordemos algunos textos: se alían los reyes del mundo, y los príncipes conspiran a una contra el Señor y su Mesías. Se retiraron los fariseos para tener un conciliábulo y ver si lograban sorprender a Jesús con sus propias palabras. Los sumos sacerdotes y fariseos convocaron entonces al Consejo. ¿Con qué fin? Juan dice expresamente que decididos a matar a Jesús. El mismo Señor nos indica cuán pertinaz es la unión de los malvados cuando describe al santo Job el cuerpo del diablo: sólidamente soldados, están tan apretados entre sí, que ni un soplo puede pasar entre ellos; están pegados uno a otro, adheridos sin dejar fisura. 
 Esta unión o perversión suele ser frecuente en algunos hermanos que viven con tibieza y desgana. Si les pides que se esfuercen por una vida más honesta y virtuosa, prefieren derrochar todas sus energías y afrontar las mayores dificultades para rechazar esa propuesta, antes que desear conseguir con facilidad lo que es tan razonable. No existe unidad más perversa y detestable. 
 Excluyamos radicalmente esto de nuestros corazones y de nuestras palabras, y busquemos aquella otra unidad que es tan buena y propia de los buenos. también ésta tiene dos aspectos: por una parte santífica y por otra glorífica. Lo primero tiene carácter de mérito, lo segundo de premio. El mérito se refleja en aquel texto sagrado: la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Y el premio en aquel otro: el que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Pero esto lo esperamos en el futuro, porque es más propio del mañana que del hoy en que vivimos; por eso esperemos recibirlo de Dios y por el momento prescindamos de ello.
 Practiquemos la unidad que santifica; esa que ahora nos es tan necesaria. Esa amabilidad tan deslumbrante que entusiasma al salmista: ¡ved qué dulzura, que delicia convivir los hermanos unidos! Y no contento con proclamar su belleza, proclama también su utilidad: porque allí manda el Señor la bendición y la vida. Ahora la bendición, y en el tiempo venidero la vida eterna. Esta es la unidad que tan vivamente nos recomienda el Apóstol: Esforzaos por mantener la unidad que crea el Espíritu, estrechándola con la paz. 
Este bien tan magnífico de la unidad lo deben fomentar los responsables de dos maneras: prometiéndola en sí misma y en el prójimo. En sí mismos por medio de la integridad, y en el prójimo por la conformidad. Toda criatura, y particularmente la racional, debe imitar al que es su origen. Nuestro Dios es uno como lo atestigua Moisés: escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios es solamente uno. Pero, a pesar de ser uno, idéntico a sí mismo e infinitamente perfecto e independiente, siente para con nosotros una gran bondad y nos ama haciéndonos todo el bien posible. Imitémosle estando unificados por la integridad de la virtud, y unidos al prójimo con los vínculos del amor. El apóstol Juan nos estimula a ella cuando trata del amor y dice: Como él es, así somos nosotros en este mundo. 
 Mas esta unidad, tan necesaria para todos, encuentra tres obstáculos: la presunción, el apocamiento y la ligereza. Los engreídos se jactan de poder lo que en realidad no pueden, o presumen de lo que no tienen. Pedro nos da un ejemplo típico de esto, momentos antes de la pasión de Jesús: Señor, estoy dispuesto a ir contigo incluso a la cárcel y a la muerte. Los apocados son el polo opuesto. También es Pedro quien los encarnó en otra ocasión: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Y los ligeros e inconstantes son los que viven a merced de la última teoría: hace un momento les agradaba una cosa y ahora la rechazan; y lo que eligen ahora lo abandonan dentro de unos instantes. 
 Pero poco vale enumerar estos vicios si no añadimos los remedios con que podemos curarlos. Persigamos, pues, a los enemigos de nuestra unidad y no desistamos hasta derrotarlos. Contra la jactancia presentemos la consideración de nuestra propia fragilidad, que es el remedio por excelencia para aniquilar esta detestable presunción. Contra la pusilanimidad apoyémonos confiados en la fuerza de Dios, y si no eres capaz de hacer algo por ti mismo lo podrás con su ayuda, y dirás con el Apóstol: Todo lo puedo en aquel que me conforta, Cristo. Y contra la superficialidad acude al consejo del anciano para evitar las teorías novedosas y peregrinas, y cumplir el precepto divino: Pregunta a tu padre y te lo contará, a tus ancianos y te lo dirán. 
 Hemos hablado de la unión de cada uno consigo mismo. Pasemos ahora a la unión con el prójimo. Se consigue de dos maneras: acercándonos al otro con amor y acogiendo el afecto que el otro nos ofrece. Los dos impedimentos para conseguirlo son la obstinación y la suspicacia. La obstinación no nos permite entrar en el interior del otro y la suspicacia impide creer que los otros nos aman. De este modo, ni nosotros amamos al otro, por nuestra obstinación, ni creemos que nos otros nos aman, por culpa de nuestra suspicacia. Y quien sufre las consecuencias es la unión que debemos tener con el prójimo. A esta doble enfermedad acude presurosa la caridad con un doble remedio: no buscar los propios intereses y fiarse siempre. El obstinado fomente esa caridad que no busca lo suyo y ame a los otros. Y el suspicaz practique esa caridad que todo lo cree, y esté firmemente convencido de que todos le aman a él. 

RESUMEN
Nuestra alma es como un castillo. Allí penetra Jesús, pero los habitantes de ese castillo se protegen con el placer corporal, la vanidad y la dureza de su corazón.
Cristo edifica un nuevo castillo. Se hace una muralla con la continencia y un baluarte con la paciencia. El cimiento sobre el que se apoya es la fe. El amor de Dios está en las almenas. De este modo la fortaleza es inexpugnable. Si se abren las puertas podremos disfrutar de las maravillas de Dios. Dentro del castillo hay una torre que sólo podemos subir por la gracia de Dios y guiados por la humildad. Recibimos como tres ayudas que son el muro de la continencia (para lo que tenemos que ser llamados), la segunda en poder escalar la torre y la tercera en llegar a su cima. La segunda y la tercera dependen de nuestros méritos. 
 Los habitantes del castillo se alimentan con cumplir la voluntad del Padre y con la palabra de Dios. Se protegen con la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el casco de la salvación, y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. Cuando hablamos espiritualmente, la espada y la palabra significan lo mismo. Antes de la sabiduría deben realizarse buenas obras, para que ésta llegue. La fe subyace en ambas. 
 Marta tiene dos obstáculos para ofrecer el banquete. El primero se llama infamia y son las cosas que hacemos contra nosotros mismos. El delito es lo que hacemos contra los demás. En definitiva, siempre volvemos a la importancia de la contemplación, con la sentencia de que "el que se libera de negocios se hará sabio". También debemos aceptar la murmuración abierta y explícita del ocupado en cosas materiales, frente al contemplativo, pues ya está debidamente expuesto en los Evangelios. 
 Tenemos una visión exterior y otra interior. A la interior le afecta el pecado, las consecuencias del mismo (que son como una espina o el depósito de una sentina) y la preocupación por las actividades diarias. Para el pecado tenemos la confesión, para el dolor de sus consecuencias la oración y para la preocupación por las molestias diarias, el sosiego.
 En realidad sólo la vida contemplativa, fundamentada en el agradecimiento a Dios, es necesaria. Nunca debemos olvidar que nadie es verdaderamente "bueno" sino Dios.
 Igual que existe la unidad de los hombres que desean la santidad, existe la unión de los malvados. Es una unión sin fisura alguna, dispuesta a resistir cualquier intento de virtud. 
 La unidad tiene dos aspectos, uno santífico y otro glorífico. El santífico es la unión de los hermanos, a la que podemos aspirar en nuestra vida terrena. El glorífico deberá esperar a la eternidad.
 La unidad debe fomentarse en sí mismo y en el prójimo. Encuentra tres obstáculos, que son la presunción, el apocamiento y la ligereza. Nos defendemos con nuestra fragilidad, la confianza en la fuerza de Dios y el consejo de los ancianos.
 La unidad con el prójimo se consigue acercándonos a los otros con amor y acogiendo el afecto que nos ofrecen. Los dos impedimentos para conseguirlo son la obstinación y la suspicacia. 

SERMÓN TERCERO DE LA ASUNCIÓN: MARÍA, MARTA Y LÁZARO


María, Marta y Lázaro


 Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Hermanos, ¿por qué dice el texto sagrado que solamente una de las dos hermanas recibió al Señor, y precisamente la que parece menos perfecta? El huésped de Marta afirma expresamente que María ha elegido la parte mejor. Yo pienso que Marta era de más edad, y todos sabemos que las primeras etapas de la salvación piden más acción que contemplación. Cristo alaba a María, pero se deja obsequiar de Marta. Lo mismo que Jacob amaba a Raquel, pero sin saberlo él le dan primero a Lía. Y cuando se queja del engaño, se le replica que no es costumbre dar en matrimonio la más pequeña antes que la mayor.
 Y si piensas que la casa estaba sucia, comprenderás fácilmente por qué es Marta y no María quien acoge en ella al Señor. Aquel consejo del Apóstol: Glorificad a Dios en vuestro cuerpo, se refiere a Marta, no a María. Para Marta el cuerpo es un instrumento, y para María, en cambio, es un impedimento. Porque el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre abruma la mente pensativa. ¿Y no abruma las manos laboriosas? Así, pues, Marta recibe en su casa al Salvador mientras vive en esta tierra. María, en cambio, medita cómo será recibida por él en el albergue eterno del cielo, no construido por hombres. Y me atrevo incluso a afirmar que también ella acogió al Señor, pero espiritualmente: porque el Señor es Espíritu.
  Marta tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras. Como ves, las dos acogen al Verbo, una en su carne y la otra en su palabra. Marta se distraía con el mucho trajín; hasta que se paró delante y dijo: Señor, ¿no te das cuenta que mi hermana me deja trajinar sola? ¿Es posible que también exista la murmuración en la casa donde se hospeda el Señor? Dichosa la casa y bendita la comunidad en la que Marta se queja de María. Y al contrario, sería una cosa muy rastrera y completamente injusta que María tuviera celos de Marta. Jamás leerás que María se queja de que Marta la deje sola en la contemplación.
 Jamás ocurra que él que se consagra a la contemplación desee la vida agitada de los hermanos que tienen algún cargo. Que Marta repita siempre que no puede con todo y que es incapaz de cumplir con su deber, y desee que se confíe a otros lo que ella administra.
 Ya conocemos la respuesta de Jesús: Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con muchas cosas. María tiene el privilegio de contar siempre con un abogado a su favor. El fariseo murmura de ella, su hermana se queda, y los discípulos la censuran. María opta por callar, y es Cristo mismo quien sale en su defensa: María ha escogido la parte mejor, y no se le quitará. Esto es lo único necesario, aquello que con tanta insistencia pedía el Profeta: Una sola cosa pido al Señor y eso es lo que busco.
 Hermanos, ¿qué significa escoger la parte mejor? ¿Podremos seguir afirmando la inferioridad de Marta dedicada a la administración, apoyándonos en aquel texto: es mejor la iniquidad del hombre que las buenas obras de la mujer? ¿Cómo se cumplirá, por otra parte, lo que dijo el Señor: a quien me sirva lo honrará el Padre, o el más grande de vosotros será vuestro servidor? ¿Puede servir de estímulo para la que se afana en el trabajo, zaherirla con ironía al ensalzar lo que hace su hermana? Yo creo que aquí ocurre una de esas dos cosas: se alaba lo que escogió María porque es algo que todos debemos preferir, en cuanto de nosotros depende; o se nos quiere decir que ella practicó las dos cosas, y no se adelantó a escoger una de ellas, sino que estaba siempre dispuesta a lo que el Maestro le ordenara. 
 ¿Ha existido un servidor de tanta confianza como David, siempre de aquí para allá, y atento a las órdenes del rey? Escuchadle: Mi corazón está dispuesto, sí, está dispuesto, una y dos veces, para holgarme contigo y servir al prójimo. Ésta es la parte mejor que nunca se le quitará. Esta la actitud ideal, que jamás abandonará, le envíes a donde le envíes. Los que sobresalen en el servicio se ganan un puesto disinguido. Tal vez consiuen otro mucho mejor los que se entregan seriamente a la contemplación de Dios. Pero lo ideal es ser perfectos en ambas cosas.
 Añadiría una pequeña observación, aunque sea penando mal de Marta: ¿estaría acaso convencida de que su hermana no hacía nada, cuando pidió que le ayudara? La persona que riñe a otra por dedicarse a la contemplación, es carnal y no acepta la manera de ser del Espíritu de Dios. Convénzase que la parte mejor es la que dura eternamente. ¿No resultará algo muy extraño encontrar un alma totalmente ajena a la contemplación divina, en un lugar donde esto es la única tarea de todos, el único deseo y la vida misma?
 Observemos atentamente cómo ha regulado el amor en esta nuestra casa las tres ocupaciones: la administración de Marta, la contemplación de María y la penitencia de Lázaro. Las tres deben hallarse en toda alma perfecta; sin embargo cada uno siente preferencia por alguna de ellas: éste se entrega a a la contemplación, aquel al servicio de los hermanos y el otro a llorar su vida pasada como los leprosos que viven en los sepulcros. María esté absorta en la meditación piadosa de su Dios; Marta sea todo misericordia y compasión hacia el prójimo y Lázaro se mantenga en la humildad y desprecio de sí mismo.
 Que cada uno busque el lugar que le pertenece. Si se encontrasen en esta ciudad tres varones: Noé, Daniel y Job, por ser justos salvarán ellos la vida -oráculo del Señor-. Pero no no salvarán a sus hijos ni a sus hijas. No pretendo adular a nadie, ni que nadie se engañe a sí mismo. Los que no tienen ningún cargo, ni se les ha confiado alguna ocupación especial, permanezcan sentados a los pies de Jesús con María, o con Lázaro en el sepulcro. Que Marta se afane y se preocupe de mil cuidados. Tú, en cambio, que estás libre de todo eso, opta por una de estas dos cosas: vivir tranquilo y hacer del Señor tu delicia. Y si todavía no eres capaz de esto, no te vuelques al exterior, sino vive dentro de ti mismo, como el Profeta.
 Lo vuelvo a repetir para que nadie alegue después ignorancia. Si no tienes que construir el arca o dirigir su mundo sobre las olas, procura ser un hombre de deseos como Daniel, o un hombre de dolores acostumbrado a sufrimientos como Job. De lo contrario, el que te quiere ver candente y abrasado en el juego del amor, por contemplándole a él, o frío y apagando las flechas incendiarias del enemigo con el agua de la compunción te escupirá de su boca porque eres tibio y le produces náuseas. María, por su pare, también debe saber que intente ser de fiar, como se pide a los encargados. Y será fiel si su intención es pura, es decir, si no busca su propio provecho, sino el de Jesucristo, y si su actividad está bien ordenada, esto es, si no hace su propia voluntad, sino la del Señor.
 Algunos no son generosos y ya han cobrado su paga. Otros se dejan llevar de sus impulsos, y contaminan todo lo que ofrecen con las huellas de su propia voluntad. Acudamos al canto nupcial y veamos cómo llama el esposo a su esposa, y no omite ni añade nada a estas tres cosas: Levántate, corre, amada mía,  ¿Qué mejor amiga que la que está atenta  a los intereses del Señor y le entrega generosamente su vida? Siempre que interrumpe sus preocupaciones espirituales por uno de sus pequeñuelos, le está dando su vida. ¿No es hermosa la que refleja a cara descubierta la gloria del Señor, y se va transformando en su imagen con resplandor creciente por el Espíritu del Señor? ¿Y no es paloma la que gime y llora en los huecos de la peña o en las grietas del barranco, encerrada en una losa?
 Dice el Evangelio que una mujer, llamada María, lo recibió en su casa. Aquí se refiere claramente a los hermanos que movidos de amor fraterno, se dedican a diversos servicios. ¡Ojalá fuera yo un encargado digno de fiar! ¿A quiénes mejor que a los prelados se les puede aplicar las palabras del Señor: Marta, María, qué inquieta andas? Suponemos que presiden con toda diligencia. Pero ¿quién está más disperso en mil asuntos que aquel que debe atender a María en su contemplación, a Lázaro en su penitencia, y a los demás con quienes comparte sus tareas? Ahí tienes a Marta inquieta y nerviosa con muchas cosas.
 Estoy pensando en el Apóstol, que exige un gran celo a los prelados, y se preocupa de todas las Iglesias. ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Que Marta reciba, pues, al Señor en su casa, porque le han confiado su cuidado. Es la mediadora para obtener la salvación y la gracia para ella misma y para sus súbditos. Lo dice la Escritura: Que los montes traigan paz para su pueblo y los callados justicia. Y que todos sus colaboradores lo reciban también según su propio ministerio. Que todos reciban a Cristo: que todos sirvan a Cristo. Asístante en sus miembros: éste en sus hermanos débiles, aquél en los obres y el otro en los huéspedes y peregrinos. 
 Mientras éstos se entregan a diversas tareas, dedíquese Marí a contemplar y a experimentar qué suave es el Señor. Procure sentarse con el espíritu ferviente y el alma sosegada a los pies de Jesús, mirándole sin cesar y escuchando las palabras, porque es una delicia para los ojos y melodía para el oído. De sus labios fluye la gracia y es el más bello de los hombres. Más aún: su gloria supera a la de los ángeles.
 Gózate, pues, María y vive agradecida por haber escogido la mejor parte. Dechosos los ojos que ven lo que ves tú, y los oídos que oyen lo que oyes tú. Dichosa tú que percibes el murmullo divino en el silencio, donde es bueno para el hombre esperar la salvación del Señor. Busca la sencillez, evitando de un lado el engaño y la falsedad, y de otro la multiplicidad de las ocupaciones. Y escucharás las palabras de aquel cuya voz encanta, y cuya fitura embelesa. Procura, sobre todo, no fiarte de ti mismo, ni tenerte en más de lo que debes, no sea que te ofusque la luz y andes a tientas, engañado por ese demonio del mediodía del que ahora no es el momento de hablar,
¿Pero dónde se ha quedado Lázaro? ¿Dónde lo pusisteis?Pregunto a sus hermanas que le sepultaron con la predicación y el servicio, el ejemplo y la oración. ¿Dónde, repito, le pusisteis? Está enterrado en la fosa, yace bajo una losa: es muy difícil encontrarlo. reservemos, pues, para este difunto de cuatro días un cuarto sermón, y a ejemplo del Salvador, escuchemos que el que amas está enfermo y quedémonos hoy aquí. 

RESUMEN
Marta significa la vida activa. María la vida contemplativa. Las dos acogen al Señor: una en lo material y la otra en lo espiritual. Queda claro que es mucho más importante la vida contemplativa. ¡Pobre comunidad en la que los monjes o monjas desean la vida de cargos, de cosas materiales, sobre la pura contemplación! Es difícil concebir que Marta no valorara la contemplación, pues entre personas dedicadas a lo espiritual está muy claro el valor supremo de tal práctica. En realidad, podemos vivir de tres maneras distintas: al servicio de los hermanos, en la vida contemplativa o en la penitencia y llanto por nuestros pecados. Lo más aconsejables es vivir tranquilamente en las delicias del Señor, pero si no somos capaces de esto, por lo menos no nos volquemos hacia el exterior. Los prelados deberían tomar nota de estas distintas actitudes y no olvidar nunca que, siendo todo importante, "María escogió para sí la mejor parte".

lunes, 21 de julio de 2014

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA. SERMÓN TERCERO


"Este es el grupo que busca al Señor, que busca el rostro del Dios de Jacob"


 Fatigado mi espíritu por tanta multitud de gente que busca cosas tan distintas, ¡con qué ansias retorno a este recinto para reparar mi alma! Gracias a Dios, mi deseo no ha quedado defraudado, ni frustrada mi esperanza. Ardía en deseos de ver: lo he visto y estoy totalmente relajado. Me siento lleno de ánimos, reboso alegría. Bendigo al Señor con toda mi alma y todo mi ser proclama: Señor, ¿quién como tú?
 Al mirar de lejos, cuando ya me acercaba, confieso que me pareció ver corporalmente a los que el Profeta vio en espíritu; inmediatamente me vino a la mente lo que él pronunció con su boca, y canté con él: Este es el grupo que busca al Señor.
 Hay muchas razas humanas, y si no me engaño, esta que ahora florece y surge entre nosotros es la tercera generación. La primera no buscó al Señor ni fue buscada por él: todos nacimos de nuestra madre con la mente llena de tinieblas, manchados de pecado. La segunda nos dio lo que necesitamos: el rápido remedio del agua y del Espíritu. 
 Esta generación no era la que buscaba, sino la buscada, pues el Señor buscó a los que no sabían ni podían buscarle. Nos buscó, pues, y nos encontró en la segunda generación, para que seamos un pueblo adquirido. Si el hermano mayor murmura y se abrasa de envidia, se le dice: Había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo se había perdido y ha aparecido.
 Pero el Señor nos buscó para que nosotros le buscáramos en el momento oportuno cuando ya podía ser buscado y encontrado. ¡Ay de nosotros, que hemos sido tan descuidados y negligentes en buscar la vida, en buscar al único que es bueno para los que le buscan, para el alma que espera en él! ¡Ay de ti, generación rebelde y pertinaz, gente perversa e idólatra!, que buscas todavía la falsedad y amas el engaño, y no guardas fidelidad a la verdad con la que te habías desposado. ¿No necesita esta generación nacer de nuevo, y ser nuevamente engendrada? Sí, y mucho. Convertidos en raza de víboras, tienen una necesidad absoluta de volver al vientre de la madre gracia y nacer otra vez, porque sus obras últimas son peores que las primeras. 
 Gracias, pues, a la gracia y a la misericordia más que gratuita, si cabe hablar así, que colma de favores no sólo a quienes no lo merecen, sino a los totalmente ingratos y degenerados. Gracias al que os ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, y os concede la adopción filial. Sí, os engendró voluntariamente con el mensaje de la verdad. Primeramente os había engendrado con el misterio de la misericordia. Por parte del que engendraba era voluntario, mas no por parte de los engendrados, que carecían del uso de la voluntad y del ejercicio de la razón. Por eso desconocían su nacimiento y al que les engendró. Ahora, en cambio, la generación voluntaria ofrece un sacrificio voluntario como dice la Escritura: Te ofreceré un sacrificio voluntario dando gracias a tu nombre, Señor, que es bueno. 
 Este es el grupo que busca al Señor. ¿Le busca o ya lo posee? Sí, lo posee y lo busca: es imposible buscarle sin poseerle ya antes. ¿Qué poseen, qué buscan? ¿O cómo lo poseen y cómo lo buscan? Engendrados por el Verbo poseen al Verbo. ¿No es el Verbo el Señor? Sigue escuchando el salmo: Éste es el grupo que busca al Señor, que busca tu presencia, Dios de Jacob. Uno mismo es, pues, al que poseen y buscan, porque uno e idéntico es el Verbo del Padre y el esplendor de la gloria del Padre. A éste se le puede poseer sin buscarle, mas no se le puede buscar si antes no se posee.
 La Sabiduría dice de sí misma: El que que come tendrá más hambre. Él puede salir al encuentro del que no le busca y, como antes dijimos, con su abundancia de gracia y de bendiciones puede buscar y adelantarse a los que son incapaces de buscarle a él. Nadie puede buscarle si antes no lo posee, pues él mismo nos dice que: nadie puede acercarse a mí si el Padre no lo atrae. Hay, pues, alguien que atrae; aunque en cierto sentido no está presente, porque siempre atrae hacia sí mismo. Nunca jamás está presente por la fe el Padre sin el Hijo, para llevarlo hasta la visión.
 ¿Cómo no va a recocijarse mi espíritu? ¿Cómo no se ha de gozar exraordinariamente con esta generación que busca al Señor? El argumento más evidente de que se deleita en la sabiduría es su mismo apetito insaciable. La prueba más cierta y el testimonio indiscutible de que poseéis al que buscáis, y que vive en vosotros, es la fuerza con que os atrae hacia sí. Ese empeño supera las posibilidades humanas: es obra de la diestra del Señor, a quien suplicáis sin cesar. ¡Ah!, llévanos contigo: correremos al olor de tus perfumes. Os repito que no es propio de hombres vivir así, y al ver cómo buscáis a Cristo no necesitamos más pruebas de que Cristo vive en vosotros. 
 Ya veis, hermanos, qué espíritu habéis recibido: el Espíritu que viene de Dios. Por eso conocéis a fondo los dones que Dios os ha hecho. Hemos oído hablar del orden apostólico, profético y angélico y creo que no podemos imaginar cosa más sublime. Pero observo en vosotros algo grande de cada uno de ellos. ¿Quién dudará llamar vida celestial y angélica a la vida célibe? ¿No sos ya vosotros, ahora, lo que serán los elegidos después de la resurrección? ¿No sois como los ángeles de Dios en el cielo, completamente libres del matrimonio? 
 Enamorados hermanos de esa perla de gran valor: entregaos con ardor a esta vida santa que os hace conciudadanos de los consagrados y familia de Dios, como dice la Escritura: la incorruptibilidad acerca de Dios. Así, pues, no por vuestras fuerzas, sino por el favor de Dios, sois lo que sois. Por la castidad y vida santa sois ángeles en la tierra, o ciudadanos del cielo que peregrinan en la tierra. Porque mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados del Señor.
 ¿Qué decir de la profecía? La ley y los profetas llegaron hasta Juan, proclama la Verdad. Pero después de Juan, vino uno que no era enemigo, sino discípulo de la Verdad, y dijo: Imperfecta nuestra profecía. Ha cesado, pues, la profecía, porque ya conocemos; pero no ha cesado del todo, porque nuestro saber es limitado. Los profetas anteriores a Juan anunciaron las dos venidas del Señor. La salvación no provenía del conocimiento, sino de la profecía.
 ¡Qué estilo tan maravilloso de profecía es este al que os veo consagrados! ¡Qué ímpetu profético os absorbe! Sí, es cierto. No poner la mira en lo que se ve, sino, como enseña el Apóstol, en lo que no se ve, es sin duda alguna profetizar. Guiarse por el Espíritu, vivir de la fe, buscar lo de arriba y no lo de la tierra, olvidar lo que queda atrás y lanzarse a lo que está delante, es una pfofecía viviente. ¿Cómo podemos ser ciudadanos del cielo, si no es por el espíritu de profecía? Los antiguos profetas no vivían entre los hombres de su tiempo: se despegaban de su época con la fuerza y el ímpetu del espíritu, y gozaban viendo el día del Señor: ¡y cuánto se alegraban al verlo!
 Sobre la profesión apostólica, escuchemos aquellas palabras: Lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Si es lícito gloriarse podemos gloriarnos. Mas si somos sabios, procuremos gloriarnos en el Señor. Ese es el auténtico orgullo. El que esté orgulloso, que lo esté del Señor. No es nuestra mano quien hace todo esto sino el Señor. El poderoso ha hecho obras grandes por nosotros; que nuestra alma proclame la grandeza del Señor. Por un favor suyo extraordinario, podemos continuar con entusiasmo aquella gran empresa de que se gloriaban los apóstoles. Si quiero sentirme orgulloso de ésto, tampoco soy un insensato. A fuerza de sinceros, algunos de los aquí presentes dejaron algo más que una barca y unas redes. 
 ¿Qué supone ésto? Los apóstoles dejaron todo, pero fue para seguir al Señor hecho hombre. Nosotros no queremos decir nada; preferimos escucharlo del Señor: Tomás ¿poque me has visto tienes fe? Dichosos los que tienen fe sin haber visto. Tal vez sea una profecía más excelente porque no se fija en los bienes temporales y caducos, sino en los espirituales y eternos. Por otra parte, el tesoro de la castidad resalta más en una vasija de barro y la virtud parece más hermosa en la fragilidad de la carne.
 Cuando se vive la vida angélica en el cuerpo, la esperanza profética en el corazón, y en ambos la perfección apostólica, ¿se puede imaginar un cúmulo de mayor de gracias? Vivís en un grado muy algo: pero por eso mismo es más peligrosa la caída. Hesubido al tercer cielo. Por consiguiente, quien se ufana de estar de pie, cuidado con caerse. Yo veía a Satanás, dice el Señor, caer de lo alto como un rayo. Se precipitó, se despedazó y se hizo trizas: sus heridas son incurables. Se convirtió en un aliento fugaz que no torna. ¿También vosotros queréis marcharos? Satán cayó: ¿no caeréis en pos de él?
 Es mucho mejor perseverar, en los caminos del Señor, y seguir apoyándonos en la gracia. No es dichoso el hombre ue sigue la senda de los pecadores, sino los que encuentran en ti, Señor, tu fuerza. Caminan de virtud en virtud hasta ver a Dios en Sión para gozar de la dicha de tus escogidos gloriarse con tu heredad. Sí, ellos son la heredad, ellos los dioses y los hijos del Altísimo. 
 Hermanos míos, si éste es con toda verdad y certeza el grupo que busca al Señor, que busca el rostro de Dios de Jacob, ¿qué otra cosa puedo deciros, sino aquello que dice el Profeta: Que se alegren los que buscan al Señor; recurrid al Señor y perseverad, buscad continuamente su rostro? O lo que dice otro: Si buscáis, buscad. ¿Qué quiere decir: si buscáis, buscad? Buscadle con sencillez de corazón. A él por encima de todo, y ninguna otra cosa fuera de él, ni después de él. Buscadle con sencillez de corazón.
 El que es simple por naturaleza exige sencillez de corazón. Y concede su gracia a los sencillos. El indeciso no sigue rumbo fijo. No encontrarán jamás al que vosotros buscáis, los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba desertan. Él es la eternidad; y ésta no se consigue sin una búsqueda perseverante. ¡Ay del pecador que va por dos caminos! Nadie puede estar al servicio de dos amos. Aquella integridad, perfección y plenitud no acepta semejante doblez. Solamente se deja encontrar de quien le busca con un corazón perfecto. Si es horroroso el perro que vuelve a su vómito y la cera lavada que se revuelca en el fango, y si Dios escupe de su boca al tibio, ¿qué va a ser del impío y del pecador? Si es maldito quien ejecuta con negligencia la obra del Señor, ¿qué merecerá el que obra con engaño?
 Huyamos carísimos de esta doblez, y eviemos por todos los medios la levadura de los fariseos. Dios es la verdad, y los que le buscan han de hacerlo con espíritu y verdad. Si no queremos buscar inútilmente al Señor, busquémosle verdaderamente, busquémosle frecuentemente, busquémosle constantemente. No busuemos nada en lugar de él, nada juntamente con él, ni lo cambiemos por ninguna otra cosa. Porque es más fácil que pase el cielo y la tierra, que no encuentre quien así busca, ni reciba quien así pide, si se la abra al que así llama.
RESUMEN
Somos el grupo de los que buscan al Señor y, a veces, nos ha parecido encontrarlo. En realidad somos la tercera generación. La primera no buscaba ni la buscaban. La segunda fue buscada por el Señor y les enseñó el camino del espíritu. Es un acto generoso del Creador que, a algunos, puede ocasionar envidia. Ante la incapacidad del ser humano era necesario engendrarnos de nuevo y que nuestra evolución espiritual dependa ahora de la voluntad y el sacrificio. Pero nadie busca al Señor si antes no lo posee y si lo posee es porque él nos atrae como el aroma de un perfume. Algunos de los bienes espirituales los estamos disfrutando ya, en nuestra vida cotidiana, si vivimos en la gracia de Dios. Es importante recuperar el espíritu de los profetas, basado en la fe y no en el conocimiento, que busca lo invisible y no lo aparente. Que trata de vivir la realidad de arriba y no la de abajo. Es propio gloriarnos de las cosas que realizamos y de lo que hemos renunciado, pero es de sabios encontrar la última causa, la fuerza definitiva que nos impulsa, en el espíritu de Dios entre nosotros. Llegar a sentir, en nosotros una mezcla de vida angélica en el cuerpo, perfección  en el corazón y, tanto en el cuerpo como en el corazón, la perfección apostólica. Ese camino es preferible al erróneo que constituye el pecado. Pero hay que buscar constantemente. Dios no quiere a los tibios. Menos aún a los pecadores irredentos. Se debe buscar humildemente, con paciencia y perseverencia. Será difícil que si lo hacemos así, las puertas de lo espiritual no se abran para nosotros.

lunes, 14 de julio de 2014

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA, SERMÓN SEGUNDO



LAS DOS MESAS



Hermanos, estos trabajos nos recuerdan nuestro destierro, nuestra pobreza, nuestro pecado. ¿Por qué nos matamos día, tras día, con frecuentes ayunos y largas vigilias, con trabajos y fatigas? ¿Fuimos creados para esto? En absoluto. El hombre nace condenado a trabajar, pero no fue creado para el trabajo. Su nacimiento está manchado por la culpa, y por eso merece pena. Todos debemos gemir con el Profeta: En la culpa nací, pecador me concibió mi madre. La primera creación fue muy distinta, porque Dios no creó la culpa ni la pena. De la muerte, que es la mayor de todas, dice explícitamente la Escritura: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Y en otro lugar: Dios no hizo la muerte, etc.
 Así como cuando trabajan las manos no se cierran los ojos ni los oídos, del mismo modo, y con mayor razón, mientras trabaja el cuerpo, el espíritu debe estar atento a su labor y no perder el tiempo. Piense durante el trabajo el motivo del trabajo, para que la pena que sufre le recuerde la culpa que la mereció. Y al ver la herida vendada, piense en la herida que está debajo de las vendas. Con este pensamiento somos más humildes bajo la mano poderosa de Dios, el espíritu se satura de dulce piedad y se presenta como un pobre ante su presencia. La Escritura no cesa de advertirnos: Compadécete de tu alma agradando a Dios. Y no hay duda de que la miseria que agrada a Dios alcanza fácilmente misericordia. No digamos que no tenemos de qué compadecernos de nuestras almas. Si somos sinceros, encontraremos en ella muchas cosas dignas de compasión. 
 Voy a fijarme solamente en una, y de este modo vosotros podréis examinar las demás. ¿No os parece que nos hallamos en medio de dos mesas, y que contemplamos muertos de hambre a los que comen aquí y allá? Eso somos, sin duda alguna. ¿Cuándo podremos nosotros reírnos, regocijarnos, aliviarnos y vivir orgullosos y satisfechos? ¿No conocemos las mesas, no apreciamos los banquetes, no vemos los manjares? Aquí veo a los que estrujan los placeres de los bienes sensibles de este mundo; allí contemplo a los que Cristo confirió la realiza, para que coman y beban a su mesa en el reino de su Padre.
 En cualquiera de los casos veo que son hombres semejantes a mí, que son mis hermanos. Pero, ay de mí, a ninguna mesa puedo extender la mano. Las dos me están prohibidas: ésa por la profesión, aquella por vivir en el cuerpo. No me atreve a acercarme a la de abajo, ni puedo llegar a la de arriba. La única solución es comer el pan del dolor, que las lágrimas sean mi pan noche y día, y esperar que algún convidado celestial -movido a compasión-arroje unas migajas de felicidad a la boca del cachorrillo que ladra bajo la mesa. 
 La envidia que sentimos al ver a los que están saturados de los goces de este mundo, revela un alma enferma, y ese afecto no me parece propio de un alma espiritual. Y todavía está más lejos de la verdad quien tiene por dichosos a los que debería compadecer como miserables: los que pecan y no se arrepienten. Ese se cree desgraciado, no por el juicio de la razón, sino por el sentimiento de no ser como ellos. En realidad debería desear que todos fueran como él.
 Quien así piensa sólo merece alabanza, si lo que él cree que es una desgracia, se decide a soportarlo pacientemente por amor o temor de Dios, y dice con sinceridad al Señor: Por ser fiel a tus palabras he seguido caminos duros. Esta manera de pensar es propia de principiantes, como la leche para los niños. Cuando el alma progresa y decide seguir el dictamen de la razón, todo lo tiene por pérdida y basura, y se lamenta con el profeta de los que se revuelcan en el estiércol.
 Desprecia todo esto, con una especie de santa y humilde soberbia, y con su grandeza de espíritu, en vez de ensalzar a la gente que tiene todo eso, la tiene por desgraciada, proclama dichoso a aquél cuyo Dios es el Señor. Es decir, se compadece de unos al compararlos consigo mismo, y verá a otros que le hacen compadecerse de sí mismo, porque contempla las riquezas celestiales y sus alerías perpetuas a la derecha del Señor. Y así, el que se lamentaba de no participar en la abundancia de aquí abajo, porque por tu causa nos degüellan cada día, ahora suspira con más anhelo por la opulencia de arriba y dice: Ay de mí, cuánto se prolonga mi destierro.
RESUMEN
Somos dignos de compasión y debemos mirar no sólo las vendas que tapan nuestras heridas, sino imaginar la herida tapada por el apósito.
 Como ejemplo, fijémonos que vivimos entre dos mesas: la celestial (inalcalzable) y la los sentidos que nunca será suficiente para satisfacernos. Mientras tanto vivimos del pan del dolor y de las escasas migajas que caen de la mesa celestial. Para algunos sólo existe la mesa corporal y ni siquiera tienen sentimiento de pecado o de culpa.
 Al principio nos quejamos de los inconvenientes sufridos por intentar obrar con rectitud. Luego, superado ese estado de lactante, pensamos en las bondades celestiales. Nos lamentamos de nuestro destierro de aquella otra mesa, la verdaderamente interesante para el creyente contemplativo.


sábado, 12 de julio de 2014

CONTRA EL PÉSIMO VICIO DE LA INGRATITUD


¡Qué grande es, amadísimos, qué inmensa la misericordia de Dios para con nosotros! Con la fuerza inefable de su Espíritu y el don incomparable de su gracia nos arrancó de nuestra vida superficial y mundana; vivíamos totalmente ajenos a Dios, o incluso -y es lo más terrible- como enemigos de Dios. No lo desconocíamos, lo despreciábamos. ¡Ojalá tengamos siempre ante los ojos de nuestro corazón la imagen de esta vida -o de esta muerte, pues el alma que peca está muerta- y contemplemos nuestra ceguera y perversidad! Al meditar abiertamente en el peso de nuestra miseria, comprendemos de algún modo qué grande es la misericordia que nos da la libertad. Pero quien considera diligentemente de dónde le han sacado y dónde le han puesto, qué evitó y qué recibe, de dónde le han llamado y adónde le convocan, se convencerá de que el cúmulo de esta misericordia supera infinitamente las dimensiones de la anterior. 
 Lo que hizo con nosotros no lo hizo con ningún otro pueblo: darnos a conocer sus mandatos y sus consejos. Y además de eso, ha sido tan grande con nosotros que no contento con recibirnos como siervos nos ha hecho amigos suyos. No le elegimos nosotros a él; es él quien nos ha elegido y quiere que actuemos y demos fruto. No un fruto mortal destinado al juicio y que también deben evitar los siervos, sino aquel otro inmortal que lo engendra el consejo y lo conocen únicamente los amigos.
 Para eso estamos aquí, para no ser esclavos del pecado -fruto destinado a la muerte-ni del mundo. No seamos como esos que vemos absortos en los negocios terrenos, aunque estén libres de pecado; o implicados en las necesidades corporales, aunque no caigan en los vicios; trabajan en el fugaz escenadio de este mundo para subvenir a su vida presente y la de los suyos. Es cierto que ese trabajo no merece la condenación, pero tampoco vale para la salvación. Por eso, aunque conserven el cimiento, perderán todo lo que construyeron sobre él; se salvarán, pero como quien escapa de un incendio.
 ¿Y qué se nos dice de nosotros? ¿Qué consejo se da a los amigos? No trabajéis por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando una vida sin término. Aunque nos entregamos a los trabajos materiales, en espíritu de obediencia o caridad fraterna, no dejemos de trabajar por este alimento, porque nuestra intención es distinta de aquellos que se afanan en trabajos perecederos. El trabajo es idéntico, pero se alimenta de otra raíz; y no está llamado a perecer porque está enrizado en la eternidad, que es inmortal.
 Tal vez nuestra vida está limpia de pecados y vacía de méritos; o hemos abandonado la fornicación y nos hemos mantenido fielmente en la castidad conyugal sin aceptar el consejo que se nos ha dado de llevar una vida célibe; o evitamos el robo y el engaño, pero usamos libremente de los bienes propios, sin aspirar a la perfección evangélica de que habla la Escritura: Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes, etcétera.
 ¿No sería un gesto sublime de misericordia, si a cambio de tantas faltas que nos oprimen a algunos de nosotros, y por las cuales sólo merecíamos la muerte y un juicio implacable de condenación, se nos concediera vivir en uno de los últimos lugares? El hijo pródigo no osaba aspirar al rango de los hijos, y se consideraba muy feliz si se le recibía entre los obreros. Pero el amor del padre no quedó satisfecho: le mostró una misericordia tan inmensa que suscitó la envidia del hermano mayor, que nunca se había alejado del padre.
 Lo mismo podemos decir nosotros: la misericordia de nuestro Dios se ha volcado a raudales sobre nosotros, y aunque éramos rebeldes e incrédulos, nos recibió entre sus elegidos y nos llamó a la asamblea de los perfectos. Si algunos, por negligencia, no llegan a la perfección, ellos verán qué van a responder. Porque todos nosotros hemos hecho profesión de vida apostólica y nos comprometimos personalmente a la perfección de los apóstoles. No me refiereo a esa gloria de santidad que merecieron recibir para ellos y para todo el mundo, según aquel texto sagrado: Montañas, recibid la paz para el pueblo; y vosotras, colinas, la justicia. Me refiero a aquel compromiso que hizo Pedro en nombre de todos: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
 Lo que me inquieta, hermanos, es que la misericordia divina parece ser ahora menos generosa con nosotros. Cuando no se lo pedíamos ni lo deseábamos, o incluso lo rechazábamos, se volcó sobre nosotros; y ahora oramos, ragamos y suplicamos muchas veces o sin cesar, y parece que nos niega cosas mucho menores. ¿Cómo se explica esto, queridos hermanos? ¿Tan corta es la mano del Señor o están tan exhaustos los restos de su gracia? ¿A qué se debe? ¿Ha cambiado su voluntad o se han agotado sus riquezas? En Dios esto es impensable; imposible creer tal cosa d quien es la majestad omnipotente e inmutable.
 Entonces, ¿por qué a pesar de orar, pedir e insistirle tanto, Dios no nos escucha, si antes fue tan misericordioso y liberal con nosotros? Y si alguno me responde que nos basta la gracia de Dios, como le dijo al apóstol Pablo, se engaña por completo. Nuestras oraciones, súplicas y peticiones se dirigen principalmente a eso; no aspiramos a cosas grandes o sublimes: suplicamos la humildad propia de unos monjes pecadores, y no la de los santos. Tampoco pedimos la paciencia heroica de los mártires, sino la que necesitamos para nuestra profesión; ni imploramos la caridad de los ángeles, sino la que recibieron nuestros padres; fueron tan débiles como nosotros, e incluso pecadores, pero la Escritura nos dice que el Señor les concedió ese don. 
 ¡Ay de esta generación tan miserable y mediocre, que se contenta con semejante penuria y miseria! ¿Quién aspira hoy a esa perfección que propone la Escritura? Así se explica que a pesar de abrazar la misma conversión que nuestros padres, adelantemos tan poco en ese estado de vida. De ellos se nos dice que progresaban de día en día y alcanzaron la meta; y a nosotros nos parece extraordinario el que permanece fiel a los rudimentos de la conversión, es decir, el que a la mitad de la vida se mantiene tan humilde y temeroso de Dios, tan fervoroso, paciente y manso como en sus primeros años. ¿No vemos a muchos olvidados de sí mismos y de sus pecados, y despreocupados de Dios y de sus beneficios? En vez de recuperar el tiempo lo pierden, y apenas se fijan en sus costumbres y afectos.
 ¿No hacen eso los que no reparan en las chanzas, calumnias, vanidad e impaciencia, contristan fácilmente al prójimo e incluso al Espíritu de Dios que vive en ellos? No les importa escandalizar a los pequeños y cuando se corrige a los demás les invade el sopor de la negligencia o se inflaman en cólera. A pesar de ello, como un pueblo que practicara la justicia, van tranquilamente a la iglesia y salmodian con ellos, aunque sin espíritu ni inteligencia; pasan el tiempo de la oración pensando en bagatelas y no temen participar en el sacramento del Cuerpo del Señor, que hace temblar a los mismos ángeles.
 ¿Cómo puedo definir esta actitud? A mi juicio están tan seguros de la gracia de su Señor, que abusan de la confianza que creen haber comprado con largos años de servicio. Hay un refrán que lo dice perfectamente: A patrono condescendiente, obrero impertinente. ¿Dónde queda, carísimos, aquello que cantáis tantas veces: Yo soy huesped tuyo, forastero como todos mis padres? Por desgracia, el único que vuelve para agradecérselo a Dios es un extranjero. ¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? Conocéis, así lo creo, estas palabras del Salvador quejándose de la ingratitud de aquellos nueve. Por el texto vemos que habían orado, pedido y suplicado muy bien, pues dijeron a gritos: Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros. Pero les faltó la cuarta forma de plagaria que enumera el Apóstol, la acción de gracias: se olvidaron de dar gracias a Dios. 
 También hoy vemos cuántos piden con insistencia lo que necesitan y qué pocos agradecen las gracias recibidas. No tiene nada de reprensible pedir de manera insistente; pero con la ingratitud hacemos estériles nuestras peticiones y tal vez sea una señal de misericordia no acceder a las súplicas de los ingratos, para no ser juzgados con más rigor por nuestra ingratitud si resulta evidente que somos ingratos a tal cúmulo de beneficios. Si, en este caso concreto negar la misericordia es la mayor misericordia; y al contrario, conceder misericordia puede ser un gesto de cólera e indignación. Así lo dice el mismo Padre de la misericordia por boca del Profeta: Si trato con misericordia al malvado no aprende la justicia.
 ¡Qué triste es, hermanos, ver a tantos que se conforman con llevar el hábito y la tonsura, y creen que eso basta. Son tan miserables que no comprenden que el gusano de la ingratitud les roe su interior. Este es tan sagaz que procura dejar intacta la corteza, y así ellos no lo sienten ni se sonrojan. ni les espolea el pundonor. Mas cuando ya ha corrodído completamente el interior de algunos, no teme asomar su cabeza venenosa al exterior. No pensemos que quienes reniegan públicamente de Dios han caído de repente en el mal; han ido decayendo poco a poco: los extranjeros le han comido sus fuerzas, y él sin enterarse.
 Está, pues, claro que no todos sacan provecho de haber sido purificados de esa lepra de la vida del mundo, es decir, de los pecados públicos. A muchos les ataca internamente la úlcera de la ingratitud, la cual es tanto más peligrosa cuanto más oculta. Por eso pregunta el Señor en el Evangelio dónde están aquellos nueve, pues la salvación está lejos de los malvados. Cuando pecó el primer hombre tambiénle preguntó dónde estaba, y el juicio dirá que no conoce a los que practican la injusticia. Escuchemos al salmisma: El Señor cuida del camino de los justos, pero el camino de los malvados acaba mal. 
 El detalle de ser nueve los que no vuelven a dar gracias al Salvador es también interesante: es un número compuesto de cuatro más cinco, y nunca han hecho una buena mezcla los sentidos corporales con la transmisión del Evangelio. Es muy difícil obedecer a los cuatro Evangelios y regalar al mismo tiempo los cinco sentidos corporales. 
 Dichosos, en cambio, aquel samaritano que reconoció haber tecibido todo cuanto tenía, y por eso conservó lo que se le había confiado y se lo devolvió al Señor con acción de gracias. Dichoso el que por cada don que recibe se dirige al que es la plenitud de todas las gracias. Al no ser ingratos por lo que recibimos, nos hacemos más capaces de la gracia y dignos de mayores dones. Lo único que nos impide progresar en la perfección es la ingratitud: el donante tiene por perdido lo que recibe el ingrato, y en lo sucesivo se cuida de no dar más para no perderlo. 
 Dichoso, en consecuencia, el que se cree extranjero y se vuelca en gratitud por el más pequeño beneficio, sin dudar ni ocultar que es puro don lo que se da al extraño y desconocido. Nosotros, pobres miserables, al principio nos consideramos extranjeros y nos solemos guiar por el temor, el fervor y la humildad; pero olvidamos fácilmente el carácter gratuito de Dios, sin darnos cuenta de que merecemos se nos diga que los enemigos del Señor son los de su propia casa. Sí, nuestra ofensa es mayor porque sabemos que nuestra manera de actuar será juzgada con más severidad, como leemos en el salmo: Si mi enemigo me injuriase lo aguantaría.
 Os ruego, por tanto, hermanos míos, que nos humillemos más y más bajo la mano poderosa del Dios altísimo, y procuremos estar lo más lejos posible de este vicio tan horrible de la ingratitud. Entreguémonos con todo fervor a la acción de gracias para atraernos la gracia de nuestro Dios, que es la única capaz de salvarnos. Y no seamos únicamente agradecidos de palabra y con la lengua, sino con las obras y en verdad. Porque el Señor nuestro Dios no nos pide palabras, sino obras. El es bendito por siempre. Amén.
RESUMEN
La misericordia de Dios es inmensa y nos permite retomar el camino correcto como amigos y no como siervos. No basta con no pecar sino que es necesario trabajar para lo que no es perecedero, en lugar de hacerlo por las necesidades diarias de cada uno y sus familiares. Ante la misericordia de Dios derramada a raudales, debemos responder con la búsqueda de la perfección. La misericordia divina parece ser ahora menos generosa con nosotros y es difícil entenderlo. Muchos no se entregan de verdad y se duermen en la rutina, confiando en los muchos años de servicio. La misericordia se niega a los desagradecidos porque, quizás, sea esa la única forma en que comprendan su infinita grandeza. El camino de los malvados acaba mal. Hay nueve desagradecidos. Nunca hicieron buena mezcla los sentidos corporales con los cuatro evangelios. Debemos alejarnos de la ingratitud y demostrar nuestra gratitud con palabra y con obras. Para alejarnos de la ingratitud, la humildad es el instrumento adecuado.

lunes, 7 de julio de 2014

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA SERMÓN PRIMERO


DOS MALES QUE COOPERAN A NUESTRO BIEN


Parecemos pobres y lo somos. Con tal que recibamos el Espíritu que viene de Dios y conozcamos a fondo los dones que Dios nos ha hecho. Sí, Dios nos ha concedido una gloria y un poder inmensos. A los que le recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios. ¿No es acaso un privilegio de los hijos de Dios el que todas las criaturas estén a nuestro servicio? El Apóstol estaba convencido de que todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios.
 Pero tal vez alguno de vosotros esté pensando: "¿Qué me dices a mi con eso?" Y llevado de su espíritu pusilánime se hará estas o parecidas reflexiones: "Que se gloríen de poder ser hijos de Dios los que se abrasan en amor filial y sienten un profundo afecto hacia él. Alégrense de que todo les aprovecha a los que aman a Dios de verdad. Pero yo soy pobre y desgraciado, estoy vacío de amor filial y no tengo experiencia de una verdadera devoción". Escucha por favor lo que sigue, pues Dios en la Escritura jamás da pie a la desesperación: Entre nuestra constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Este afecto que buscas es la paz, no la paciencia; y eso se halla en la patria, no en el camino. Los que ya están allí no necesitan el consuelo de la Escritura.  
 Así pues, mantengamos la esperanza en la constancia y el consuelo de las Escrituras, aunque no podamos conseguir todavía la paz. Por eso, al decir que cooperan todas las cosas para el bien de los que aman a Dios, añade con mucho acierto: Con los que él ha llamado santos. No te asustes al oír la palabra santos, pues no los llama santos por sus méritos, sino por un designio; ni por sus afectos sino por su intención. 
 En este mismo sentido decía el Profeta: Protege mi vida que soy santo. Aquella santidad que tu te imaginas, ni el mismo Pablo, oprimido todavía por el cuerpo corruptible, creía haberla conseguido. Sólo una cosa me interesa, olvidándome lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, correr hacia la palma de la vocación celestial. Todavía no ha alcanzado la corona, pero ya posee el propósito de la santidad. Eso mismo eres tu si estás decidido a rechazar el mal y obrar el bien, a perseverar en lo que has comenzad y ser cada día un poco mejor; y si alguna vez, por fragilidad humana, no obras con toda rectitud, no te obstines, sino arrepiéntete y corrígete todo cuanto puedas. Sí, tú también eres santo, aunque por ahora necesites gritar a Dios: Protege mi vida que soy santo.
 ¿Quieres saber cómo todas las cosas cooperan al bien de los santos? No puedo detenerme en cada una, pues el tiempo no permite prolongar la plática. Debemos marcar a la oración de la tarde. Os voy a decir en dos palabras, cómo todas las cosas son provechosas y cooperan a nuestro bien. Nuestros mismos enemigos pueden juzgarlo. Si ellos están a nuestro favor, ¿ quién estará contra nosotros? Si nuestros enemigos nos favorecen, ¿cuánto más todas las criaturas con ellos?
 Sabemos muy bien que tenemos dos clases de enemigos, o que nos aqueja un doble mal: lo que hacemos y lo que sufrimos. Para decirlo con otras palabras: la culpa y la pena. Pues aunque ambas cosas nos son contrarias, pueden convertirse en provechosas: ésa puede librarnos de aquella, y la primera puede ayudar mucho a la segunda. 
 Si lloramos de corazón y en lo íntimo de nuestra conciencia por nuestros pecados, esta penitencia y esta pena voluntaria que sufrimos suaviza nuestra conciencia, rompe los dientes de los pecados que nos corroen, y nos devuelve la esperanza del perdón. No sólo rechaza los pecados pasados, sino también los futuros, porque expulsa los vicios seductores, y algunos quedan tan aniquilados que ya casi no vuelven jamás a levantar su cabeza venenosa. Así actúa la pena en nuestro favor contra la culpa: la hace desaparecer o la debilita. Y de la culpa depende que sea pena o que sea más leve. No en el sentido de ue no exista en absoluto, o se rebaje su cantidad, lo cual no conviene, sino en que no sea pena o sea más llevadera, que sea poco onerosa o nada en absoluto.
 El que siente profundamente el peso del pecado y las heridas de su alma, sentirá muy poco o nada la pena corporal, y no le importará aceptar unos trabajos con los que sabe que borra los pecados pasados y evita los futuros. El santo rey David no dio importancia a las injurias del siervo que le insultaba, porque se acordaba del hijo que le perseguía.
RESUMEN
Hemos recibido inmensos dones de Dios. No debemos caer en la desesperación sino consolarnos en nuestra constancia y en las Escrituras. Nuestro objetivo final no es la paciencia sino la paz que está más allá de la vida terrenal.
La santidad no es un logro personal, sino una gracia divina y un deseo personal por conseguirla. En muchas ocasiones tendremos que acudir al arrepentimiento.
 La propia, e injustificada, enemistad acaba favoreciéndonos, depurando nuestro espíritu. Dios lo permite así. Si los sucesos desfavorables nos favorecen, el hermoso mundo creado, del que disfrutamos, es una ayuda en nuestra evolución espiritual. 
Lo que hacemos y lo que sufrimos se contraponen. El llanto nos purifica y nuestros hechos equívocos, cuando los aceptamos como tales, nos hacen tolerar mejor las injusticias que sufrimos.

domingo, 6 de julio de 2014

LA POBREZA VOLUNTARIA


Entró Jesús en su castillo, y una mujer de nombre Marta lo recibió en su casa. El castillo donde entró Jesús es la pobreza voluntaria, la cual protege a sus moradores del doble peligro que amenaza a los enamorados de este mundo: la envidia propia y la ajena. Por una parte la pobreza tiene el aspecto de miseria y evita la envidia ajena; y por otra parte es voluntaria, y no envidia a nadie.
 Estas dos hermanas simbolizan las dos fuerzas de vida de los amantes de la pobreza. Unos como María, preparan dos platos con todo cariño al Señor Jesús: la corrección de sus obras en la salsa de la constricción, y los ejercicios de piedad con el caldo de la devoción. Otros viven sólo para Dios como María, y contemplan a Dios tal como aparece en el mundo, en los hombres, en los ángeles, en sí mismo y en los condenados. Contemplan a Dios que rige y gobierna el universo, que libera y socorre al hombre, que es gozo y encanto de los ángeles, principio y fin de todo, y espanto horroroso de los réprobos. O con otras palabras: admirable en sus criaturas, digno de amor en los hombres, deseo de los ángeles, misterio inaccesible en sí mismo, e intolerable para los condenados.

RESUMEN Y COMENTARIO
La pobreza es una gran virtud porque nos priva de la envidia y de ser envidiados. Podemos enfocarnos en las labores de cada día, en la pobreza y humildad de nuestras obligaciones, como hacía María, o en dejarnos llevar por una vida contemplativa entregados a la voluntad de Dios.